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Cualquier intento académico de definir
la galaxia Miguel Collazo, que
sin duda es uno de los fenómenos más
raros de la narrativa cubana
contemporánea, tendrá siempre el
insalvable y obvio defecto de no
alcanzar la multiplicidad simultánea
de perspectivas. Realismo simbólico,
lírica filosófica, fantasía humorística,
imaginación distópica, realismo “sucio”,
ficción súbita y fabulación gótica son
algunas de ellas. Y, al final, un solo
Collazo. O, para decirlo con cierta
precisión, una sola actitud ante la
literatura.
Hace
algún tiempo, mientras veía una película
de carácter documental sobre el
imaginario de lo bizarro y de la muerte
en varias culturas —incluido el espacio
urbano-centralizador de lo que se
denomina Occidente—, vi algo que me dejó
sin habla: la autoinmolación real
de un monje budista, por medio del
fuego, seguida de la imagen
sobrecogedora y casi fantástica de un
flamenco blanco en pleno vuelo.
Las dos imágenes son muy fuertes y
apelan a zonas distintas de nuestra
sensibilidad y nuestra experiencia, pero
más intenso aún, por misterioso y
revelador, es el lazo que las une, la
contigüidad metafórica con que se
manifiestan.
Algo
así ocurre con las mutaciones de
Collazo, en quien el paso del monje en
llamas al flamenco blanco que vuela es
de una violenta sencillez. El autor de
El hilo del ovillo, una novela
hiperrealista y de sesgo alegórico,
parcialmente anclada en la ensoñación
del suicidio y dada a conocer en 1998,
comenzó su trayectoria como narrador con
un texto experimental de ciencia ficción
—El libro fantástico de Oaj, de
1966—, al que le siguió El viaje
(1968), que es, bien leída, una novela
psico-filosófica. Una aventura
ambientada en un planeta lejano y donde,
en última instancia, lo que percibimos
es una grave meditación sobre la verdad
en un espacio mental y de búsqueda
extremada.
Entre
ese planeta iniciático y la bruma
sombría (y, al mismo tiempo,
vitalista) que rodea al protagonista
del libro de 1998, Collazo desarrolló
una obra autorregulada, restrictiva y en
cuyas páginas la mutación
linguoestilística es la piedra de toque
de una poética absolutamente extraña,
sin parangón de ninguna clase en el
concierto de las fábulas de la isla.
Particular relieve detentan, en ese
lapso que abarca treinta años de
escritura recoleta, los tres libros
incluidos en esta edición: Onoloria
(1971), El arco de Belén (1975) y
Estancias (1985). El primero es
un relato de cierta extensión, cuya
corpulencia simbólica ha contribuido a
que se lo juzgue una novela corta. El
segundo es un singular conjunto de
piezas narrativas muy breves que
dibujan, por medio de personajes-iconos
—un retablo animado—, una especie de
ucronía de aspecto medievalizante. En el
tercero hay un grupo de visiones de
índole metafísica, pero que tienen su
origen en el fluir confesional de
reflexiones cuya finalidad es la de
recolocar la pequeñez del sujeto en la
inmensidad relativa del cosmos.
Onoloria
es una historia acerca de la psicología
del pathos sentimental, y en ella
nos cuenta Collazo cómo la imposibilidad
de transferir la vivencia del
amor (no así de expresarla o
experimentarla por medio de los
sentidos) podría convertirse en una red
de suposiciones donde el otro se
metamorfosea en espejo y
misterio. Como en el planeta de
El viaje, en la mansión de Lisuarte
y Onoloria todo lo que se mueve está
bañado por la lluvia de símbolos, por
los emblemas del intelecto, por ciertas
paradojas del goce y por imágenes de
pequeñas revelaciones que son un retrato
complejo, mas no complicado,
del mundo. Porque en Onoloria eso
que denominamos mundo no es sino la
progresión del conocimiento, de forma
que mundo y sujeto, realidad exterior e
individuo, intercambian sus atributos
para que todo sea leve y aprehensible.
Este
Collazo gótico urde una historia sobre
el deseo —de conocimiento, de
articulación erótica— signada por el
tumulto de las alegorías. Una historia
de fenómenos esenciales, de cosas y
personas que acontecen en lo
legendario y se entregan a la
prescindencia del habla, del lenguaje.
Una historia, en fin, acerca de la
densidad de los pequeños gestos y que
nos enseña cómo el arte, magnificado por
eso que se llama la “aristocracia del
espíritu”, no es más que un instrumento
para explicar y enriquecer la vida.
Muy
fácil (y también engorroso) sería
emprender la detectación de alusiones a
un contexto, a una sensibilidad, dentro
de una secuencia de episodios en los
cuales tiene lugar cierta experiencia
visual del oído. Collazo nos
advierte, por medio de Onoloria,
que el lenguaje es la gran barrera y la
gran herramienta. Una historia semejante
tiende a enunciarse en la graficación
visual y en la auditiva. Por eso el
relato sobre Lisuarte y Onoloria, un
matrimonio tan alquímico como cotidiano,
se configura y discurre en una peculiar
forma de lo musical resuelta en la
ausencia de palabras, o en la
tendencia a la oscura abolición del
lenguaje. La Esposa y el Esposo
dramatizan sus vidas a tal punto que la
escritura no puede menos que ser
sinestésica.
Así, pues, más provechoso será que
intentemos imaginar el frágil equilibrio
de ese discurrir, o, acaso, establecer
un modelo de correlaciones para después
ir en busca de lo que Collazo tramó en
su narración: el diagrama de una utopía
en torno a la felicidad.
Un
hombre escoge a una mujer sin saber que
ha elegido a su doble por exclusión, a
su sombra inquisitiva y rebelde, a sus
instintos en el sexo y en el reino del
espíritu. Ama a esa mujer tan llena de
evasiones y máscaras, y ella le devuelve
un amor de voluta barroca, que es un
arma de la levedad (y también del
ejercicio seminal y primario de
ese amor) contra fórmulas harto
cerebrales. He aquí al magister
Collazo, empeñado en entender el
temperamento de la gracia mediante un
conflicto universal.
Prometido a la belleza, Lisuarte,
adorador y coleccionista de lo bello,
incluye entre sus objetos a Onoloria.
Pero la casa donde viven deviene La
Casa, lugar por excelencia para que en
él demos con una ontología del
conocimiento a través del amor. Esta
frase, que en vano aspira a ser una
definición irreducible, involucra al
juego de los discernimientos y recelos
alrededor de la psique. El relato ansía
convertirse en metarrelato al
transformarse aquél en la testificación
de un vínculo complejo entre dos
criaturas que, como ya dije, procuran
aniquilar el lenguaje. El lenguaje, sin
embargo, está siempre ahí. Me refiero al
lenguaje como posibilidad de escritura.
Lo demás es rito y enigma.
Ya en
El viaje Collazo había insinuado
que la soledad real, uno de sus grandes
temas, constituye a veces una
manifestación de lo sagrado. Habría que
agregar, por otra parte, que la
conciencia de la soledad determina
la aparición, en los personajes, de una
idea capaz de presidir sus actos: la
experiencia del ser es intransferible.
La identificación suprema de los amantes
siempre se encontrará mediatizada por el
lenguaje. El símbolo de las palabras es
quizás, en Onoloria, ese hilo de
plata incrustado por la mujer en el
tapiz que ella teje en el curso del
relato. El tapiz al que ella se entrega
representa pues, de algún modo, la
voluntad de renunciar al lenguaje, la
posibilidad de decir sin decir.
Toda articulación deviene aquí silencio,
y Lisuarte y Onoloria se involucran en
artificios comunicativos que se excluyen
e imantan. Durante algún tiempo ambos
moran en el laberinto de cierta
continencia, atentos a amenazas y
peligros que puedan derogar (por medio
del conocimiento, que es una especie de
término, o de muerte) lo misterioso. La
ternura de la mujer es impugnación del
orden, mientras que la del hombre posee
una raíz teorémica, patriarcal. Para ser
quienes son, y para encarnar lo que
encarnan, los dos personajes
necesitan el misterio, los dos
dependen del laberinto.
La
creación artística, nos induce a pensar
Collazo, es un acto de amor
constructivo. Pero en presencia de su
mujer la vida de Lisuarte se escinde en
dos opciones: o contiene su febrilidad
creativa y posee de verdad
—somáticamente— a Onoloria, o echa
paredes en torno suyo y se aísla de la
tentación que ella personifica en
tanto objeto bello, tantalizador e
intocable. Hay una tercera
alternativa que se esboza en el
desenlace del relato y que, sin dudas,
se constituye en la base misma del
relato: trenzar carne e intelecto, soma
y espíritu, sensorialidad y logos
en una fluencia única. Si lograra
hacerlo, el artista entraría en el coto
de la divinidad. No creará, entonces,
hacia afuera, con palabras.
Diríase que va a crearse otra vez a sí
mismo, pero en los sucedáneos del
silencio y sobre un cuerpo asumido.
Me he
detenido con largueza en Onoloria
porque Collazo descubre en esa
narración, creo, un ejercicio de
lenguaje a cuyo alrededor girará una
zona de su obra posterior. Esta idea
—una presunción, naturalmente— equivale
a sostener que Onoloria es una
suerte de semilla con respecto a una
totalidad.
En
El arco de Belén hay una
contextuación que en modo alguno
contradice lo ucrónico. Se trata de
prosas habaneras, de la vieja Habana, de
los ámbitos y las calles que tienen, en
el famoso arco, un centro de bruma y
claridad. Episodios semejantes a
leyendas encapsuladas, muy parecidos a
los cuadros de un pintor fabuloso que,
por reconocer en los objetos y los
hombres la repetición sutil de lo ya
transcurrido, o el aire de lo viejo que
se renueva, tuviera la pretensión de
hallar la impronta de la ecumenicidad.
Collazo, de quien es útil saber que
había hecho estudios de pintura en la
Academia San Alejandro, también lo
consigue al elegir, con sumo cuidado, la
forma de sus diez historias.
El
asunto de la forma elegida posee aquí
una importancia de primer orden, ya que
es en su búsqueda y fijación donde
reside la posibilidad de sustraer, del
aliento habitualmente visible de la
crónica —verdad, veracidad, certidumbre
de lo real—, un “estado de lírica” cuya
concreción narrativa no entra en
querella alguna con los hechos probables
de un imaginario, ni se opone a esas
tareas de salvamento que la fantasía
ejecuta sin alterar el crédito merecido
por un universo cuyos sustentos son la
realidad y el recuerdo que desea
sublimarse. Resulta significativo, así,
que cada historia exhiba un título
denotativo y un subtítulo connotativo.
Pero estas denominaciones son al cabo
inexactas y, además, esquemáticas. Para
decirlo con relativa ponderación: cada
historia tiene dos insignias que
aluden respectivamente, desde dos
niveles, a arquetipos humanos y a
conflictos de fuerte trascendencia
ecuménica. Es como si Collazo
hubiera deseado revelar las virtudes
generalizadoras de lo simple —“Historia
del rabino y Elisena”, “Historia del
viejito Belianís”, “Historia
de Oriana y Eloísa”, por ejemplo— y,
al mismo tiempo, ambicionara declarar la
proyección sentenciosa de estas
narraciones en sus análogos posibles:
“Entre cardos y begonias”, “Una ligera
vibración del éter” y “Del espíritu y la
carne”, respectivamente. Estos
paradigmas del texto que incorpora
funcionalmente una parte ínfima de su
axiología, y en general todas las piezas
que componen el volumen, trazan rostros
diversos del alma (rostros móviles
dentro del espacio y la atmósfera
habaneros, pero también del hombre
en todas las épocas, desde el Medioevo
hasta el presente) y configuran un
paisaje gozosamente abrumado por su
carga de tangibilidad e inexistencia.
Collazo es uno de los primeros
narradores cubanos que descubren, con el
don de una lengua estereoscópica, la
magia de cierto entorno. Y logra evadir
algo que debió de representar, con toda
seguridad, un peligro para sus
intenciones: el espectro casi inamovible
del costumbrismo literario. Sin embargo,
en El arco de Belén hay
costumbres, hay una luz habanera, una
especie de judería de la ciudad
colonial, unos muros y unas casas que
están como bordados. Un fragmento de
historia tejida en el palimpsesto de las
fábulas. Sólo que ellas se asimilan unas
a otras por medio del color, el gesto,
la textura, la forma y la simétrica
tipicidad/atipicidad de la persona.
Costumbres y actos humanos de la más
lejana estirpe, donde un rabino
podría conversar, en íntimo y
permisivo barajamiento, con los pájaros
de Gavarte, y este con las abstracciones
de Oriana, cuya espiritualidad promueve
un diálogo de signos con el mendigo
Elías, en quien perviven, revueltas, las
contradicciones de la caridad.
Todos
estos nexos se dejan presumir en virtud
de un hecho que transforma a ciertos
libros en materializaciones de nuestro
asombro y nuestra esperanzada inquietud
acerca del mundo. Ese hecho es de
naturaleza estructural y provoca la
aparición de algunos arcanos, de
preguntas inevitables cuyas formas se
resumen en lo parabólico. ¡El arco de
Belén es una especie de tarot! Me
refiero a composiciones compactadas
en imágenes. La naturaleza, la
sensualidad del movimiento, el carácter
perfectivo de ciertas acciones humanas,
y los objetos que edifican el tono
de un ámbito, se articulan en una
especie de crónica cantabile,
ajena —y he aquí la paradoja— a la
necesidad de escritura. Sus personajes
hablan de un pasado verificable, de una
gran recámara en la que los personajes
se arremolinan y donde los objetos nos
miran con desafío y perplejidad. Y
también “dialogan” sobre un futuro en
lontananza cuya garantía de existencia
se funda en la condición adherente del
idioma de los cantares, más allá del
estupor con que a veces miramos al
porvenir.
En
las Estancias se halla el Miguel
Collazo definitivo: el que desarrolla
—sin miedo a beber en fuentes que
podrían, siguiendo a José Lezama Lima,
conformar toda una era imaginaria—
el estilo de la indeterminación y del
fragmento. Estoy aludiendo a algo
semejante a las Iluminaciones,
pero sin la inflamada zozobra de Rimbaud.
O las “intempestivas” de Nietzsche
—juicios y confidencias de raíz
filosófica que cifran todo su alcance en
la intuición y la revelación súbita— sin
la brusca pugnacidad que ellas detentan
en el autor de El origen de la
tragedia. Según Gastón Bachelard, la
poesía equivale a una “metafísica
instantánea”, y es ese fogonazo, luego
escriturado, por el que creemos entender
algo del mundo. Pues bien: Estancias
encierra una “metafísica instantánea” y
se arma, ante los lectores, del modo en
que podría armarse un manojo de textos
cristalinos, severos y simples que
vienen a subrayar las certezas del
inicio y el final de la vida, en
conexión directa con las fuerzas
elementales y mágicas que rigen el
cosmos.
Dos
órdenes filosóficos hay, me parece, en
la literatura. Uno es, en rigor,
parafilosófico, colindante. El otro
es posfilosófico, sucesor,
limítrofe, a juzgar por la forma que
adoptan ciertas indagaciones antiguas y
recientes, en las cuales los géneros
literarios se confunden hasta espesarse
en una sola masa coloidal. Hablo de un
orden prístino, de los inicios, cuyos
ejemplos clásicos se encuentran en los
libros y escritos de Leonardo da Vinci,
John Bunyan, Dante Alighieri, Robert
Burton, Emanuel Swedenborg, Nietzsche y
otros. Estancias pertenece a los
dos órdenes, me atrevería a decir. Para
imaginar esa doble pertenencia no
estaría de más recordar cómo se leen o
deberían leerse hoy El sepulcro sin
sosiego (1945), de Cyril Connolly, y
Claros del bosque (1977), de
María Zambrano.
Miguel Collazo esgrime una lengua que
carece de formulaciones categoriales y
confía, por otra parte, en los
encantamientos de la naturaleza, el arte
y la poesía. El punto de unión, la zona
neutral (y no por ello menos ígnea) se
encuentra en el sujeto, las palabras del
hombre que se desnuda con el fin de
reverenciar no sólo las concatenaciones
explicables e inexplicables del mundo,
sino también la belleza de su caos. Las
Estancias son una suerte de
testamento literario anticipado, al par
que regalan al lector atento una
hondísima (y lúdicra) meditación sobre
la armonía del hombre con respecto a su
fragilidad y su conocimiento de la
muerte. El compromiso con la belleza es
el único capaz de redimir, nos induce a
creer Collazo. Es preciso recobrar la
sabiduría interior, que nos avisa acerca
de un hecho: toda sensación de verdad es
siempre primordial, así como toda
fugacidad es un extraño signo de
perduración.
¿Por qué la vida es un milagro?, se
pregunta este hombre extraordinario en
el inicio mismo de Estancias.
Está refiriéndose a su propia vida, la
de quien escribe. El asunto es, así,
él mismo. Esa interrogación surge
velada. Dice exactamente: Tengo
algunas razones para considerar que mi
vida es un milagro: pero, ya comienzo a
entrar en un tiempo en que esto no me
asombra. Y, a manera de conclusión,
escribe: Doy /.../ estas
meditaciones extravagantes en torno al
milagro de mi vida, semejante a la
materia orgánica que muere y renace de
sí misma.
Hay
que saborear por mucho tiempo la
soberbia, o conocerse muy bien uno mismo
(aludo a un conocimiento que estaría al
amparo de los grandes hallazgos y dudas
que nos suministran el Caos y el Orden
del mundo), para que el yo de un
escritor coincida, por decisión propia,
con el sujeto de su escritura.
Las Estancias magnifican, como
desde un estilo infinito y
suprarromántico, la integración del
autor-persona en lo literario cuando el
yo se libera de sus antifaces y resuelve
autoexplorar su sustancia. El fenómeno
en que va a constituirse da fin a un
ciclo cuyo inicio está vinculado a las
interrogaciones sobre aquello que se
encuentra “fuera” del yo. El ciclo acaba
en el retorno de la mirada al cuerpo que
la “emite”. Por ese motivo yo diría que
Estancias, un libro austero hasta
el ascetismo, llega a ser metaficcional,
virtud que se justifica en sus maneras
de inspeccionar y vigilar una
trayectoria literaria. Se trata, pues,
de una colección de textos
recapituladores, compendiadores de
momentos sagrados. Sin embargo, como
hombre sabio que fue, Miguel Collazo
soslaya la summa y accede a la
transfiguración.
Porque la lengua de estos breviarios del
yo, hija también de las nupcias del
Hölderlin de Hiperión con el
Rilke de los Cuadernos de Malte
Laurids Brigge, aprehende lo vital
desde todas las perspectivas posibles.
Ejecuta la aletheia, la
develación de la verdad, y, de igual
modo, sirve de máscara porque
contribuye a la invención. La voluntad
que desea ser austera en lo confesional,
rebasa y perturba ese anhelo porque es
tan sólo el lenguaje el instrumento que
le sirve. Para un escritor de
autenticidad inexorable, el “milagro de
la vida” radica, por consiguiente, en
esa perturbación, esa maravillosa
imposibilidad de que el pensar y las
palabras edifiquen un nexo unívoco. En
este sentido, y nada más que en este,
los dones y prodigios de la existencia
son sempiternos a causa de una lengua
que los incorpora y acerca a nosotros
aplazándolos en tanto vivencias. Ellas
perviven en la morada donde alma
y espíritu se confunden (si es
cierto que, al referirnos a tan ilustres
figuras del pensamiento, distinguimos
dos regiones y no una).
Al
final, todos estos comentarios se
concentran en la pregunta sobre la
dimensión literaria de un hombre. Él,
individualidad de tantos rostros,
discreto hacedor de mundos, arqueólogo
de su cotidianidad urbana, es como un
escoliasta del naufragio (y la
salvación) a que se exponen lo incierto,
lo dudoso y lo vacilante. Y sobrevivió a
esos asedios y venció, por desgracia, la
tentación de vivir. Leyendo las
Estancias, tenemos la impresión de
que para Collazo apenas existe un
Creador metafísico y que la resurrección
del cuerpo es un mero deseo del ensueño
y la piedad.
Ahora, con la reaparición de Onoloria,
El arco de Belén y Estancias,
piezas definitivas e imprescindibles
para calibrar su huella en la literatura
cubana contemporánea, comprenderemos
mejor por qué Miguel Collazo se ha
transustanciado en un mentor cuyas
lecciones esenciales son el
acendramiento de las formas, la mirada
plural del hombre despierto ante sus
dioses y sus sueños, y la ética
insobornable del escritor que abre sus
ojos, sin miedo, ante la descomposición
y la impiedad de nuestra época.
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