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Yanet
Moreno, con 32 años de edad, soltera,
debutó como árbitro de béisbol en la
Serie Nacional. Fue la noche del 6 de
diciembre de 2006, en el juego
Matanzas-Villa Clara.
Leo
la noticia en nuestro diario Granma.
Esta vez no compré el periódico en la
céntrica San Rafael, a dos pasos de la
casa donde cohabito felizmente con mi
mujer y su linda familia. Ahora ando de
viaje y el periódico me llega en su
versión digital. Ahí veo que ―arrancando
nuestra serie de pelota― se luce una
mujer como juez principal de un partido
de béisbol. La crónica del colega
Fulgueiras deja ver a una muchacha
negra, joven y sonriente, con la careta
en la mano y dispuesta a impartir
justicia detrás del home, lugar sagrado
de este deporte; sitio desde el que se
empuña el bate y en el cual se anotan
las carreras. Por primera vez en Cuba,
un juego de pelota es administrado,
señalizado, orientado por mano femenina.
Ya se sabe que la mujer se abre paso en
la arrancada del XXI hacia muchas
funciones que le estaban prohibidas. Es
como si la lucha, los pujantes desvelos
de todo un siglo estuviesen recogiendo
cosecha en la nueva centuria. En
Inglaterra ha sido aprobada una dama
para desempeñarse como parte de la
escolta real, rompiendo una tradición
masculina de varios siglos.
La
pelota o béisbol, deporte nacional de
los cubanos, se ha ido despojando de su
pertinaz machismo. Lo clásico fue
siempre que los hombres fuésemos amplia
mayoría en los estadios y hasta que en
la casa se riñera porque los varones
querían el partido y las hembras la
telenovela. Esa distancia se ha acortado
y descolorido. A partir de los 90, son
muchos más los hombres que gozan con el
melodrama ―sea nacional o importado de
Brasil― y numerosos los rostros
femeninos que se ven en los terrenos de
pelota. Para colmo de bienes, de unos
años a esta parte se juega béisbol
femenino y cada vez resultan más
organizados y coherentes los todavía
tímidos campeonatos. Tengo un amigo que
me dice: “te imaginas, qué maravilla,
que la novia de uno sea toda una cuarto
bate”. Para los que viven en países
donde no se conoce el largo pero
maravilloso ritual de la pelota, vale
aclarar que el (o la, precisaremos a
partir de ahora) cuarto bate es quien
más poder tiene y de quien se espera que
impulse las anotaciones decisivas. Que
esa función, casi sagrada para los
fanáticos, la asuma una muchacha es una
mezcla de sensaciones que mi padre no
pudo ni imaginar.
Lo de
la mujer como principal autoridad
beisbolera vendrá bien a la larga. La
tradición es que los hombres se hablen
fuerte entre sí, que estalle ―sin
posibles sinónimos o eufemismos― alguna
de las llamadas malas palabras y hasta
que, cierta torpe vez, se vayan a las
manos en el calor del juego. Ahora habrá
que respetar más, comportarse mejor,
señores peloteros. Además, supongo que
en los juegos administrados por
muchachas, ellos vistan con mayor
pulcritud el uniforme, lleven la gorra
con sin par hidalguía y ―las reglas
tendrán que aclararlo con precisión―
usen algún piropo, hasta donde lo
permita el reglamento.
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