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Querida Rosa: Te escribo
otra vez desde Almería,
al filo de un mediodía
del mes de abril. No hay motivo
que disculpe este agresivo
silencio y esta distancia.
Por eso hoy, sin jactancia,
te hago una epístola en verso.
¿Valdrá la pena el esfuerzo?
No sé. Ni tiene importancia.
Lo importante es escribirte
ya que no he podido hablarte.
Anoche volví a llamarte
y no estabas. Quise oírte
al menos, pretendí asirte
por la voz, pero fue en vano.
Hoy volví a llamar temprano
y hablé con una señora.
Te dejé un recado. Ahora
le he exigido a cada mano
que teclee una misiva
para ti, Rosa Regás.
La izquierda se inspira más.
La derecha se cree “viva”
y me da la alternativa
de una epístola normal.
Pero ya sabes: lo oral
y lo escrito en mí se imbrican,
se yuxtaponen, fabrican
otra realidad postal.
Por eso llegué al teclado
recordando que en febrero
estuviste en Cuba, pero
no pude estar a tu lado.
Me dio rabia. ¡Qué apenado
el resto de la semana!
¡Rosa Regás en La Habana
y yo sin poderla ver!
Me prometí que al volver
a España, amiga lejana,
de inmediato llamaría
o escribiría a tu casa.
¿Tú sabes lo que me pasa?
Que el pasado octubre,
un día, estando aquí (todavía
me acuerdo y qué bien me siento)
un gran acontecimiento
me sorprendió: Tú, la inquieta
Rosa, ganaste el Planeta.
¡Un premio para el talento!
Feliz yo, feliz mi esposa.
Qué risa tonta nos dio.
Yo la besé. Me besó.
Yo nervioso, ella nerviosa.
Esa noche glamorosa
te dejamos un mensaje
telefónico. Aquel viaje
fuimos mejores por ti.
Llegué a casa y comprendí
que me estorbaba el lenguaje,
que tenía que escribir
y comencé una misiva
que dejé inconclusa. Iba
seguramente a decir
lo que querías oír,
o leer, pero no pude.
Permíteme que reanude,
entonces, la carta aquella.
La copio sin cambios. Ella
es la que en mi ayuda acude.
Querida Rosa Regás:
Esta tarde llegué a España
con Natalia y tras la caña
de rigor (tuve quizás
mayor sed que los demás)
fuimos a Ciudad Real
y allí, bajo un soportal,
animando un bar menor
había un televisor,
¡y tú dentro del cristal
Yo le pedí a mi cerveza
que se callara en el vaso,
pero el pan no me hizo caso,
ni las sillas, ni la mesa.
Así que con entereza
me acerqué al televisor…
La voz del presentador
decía: “Rosa Regás,
Premio Planeta”, y detrás...
tú vestida de color
oscuro, yendo hacia el centro
de la sala, entre ovaciones.
No sabes cuántos ciclones
de luz me bulleron dentro.
Natalia viendo tu encuentro
con los aplausos lloraba,
me tocaba, me besaba...
Y yo mandaba a callar
a todos para escuchar
tus palabras. Me temblaba
la cerveza en una mano
y en la otra la poesía.
Tu sonrisa me traía
un recuerdo ya lejano:
Canarias, Alba, un cubano
narrador desconocido...
Compruebo que no has perdido
la humildad de aquel momento,
la sencillez, el talento
el orgullo comedido.
Feliz, Natalia se siente
como si fuera ella misma
la premiada. Tu carisma
invade todo el ambiente.
Todo el mundillo presiente
que es un premio merecido.
Que el Planeta ha redimido
contigo su mala fama
Un Gran Premio a una Gran Dama.
Un duro golpe al olvido.
Hasta aquí la carta aquella,
la “medio-carta”, el prefacio
de esta otra. (Tengo espacio,
pero el tiempo me degüella.)
Voy a seguirla. Tu huella
de premiada y escritora
sigue viva. Usaré ahora
fragmentos de tu entrevista
en El País: reconquista
de una mujer soñadora.
Rosa Regás presentó
La Canción...
bajo el seudónimo
Brandon B. (tu talismónimo),
y ayer tarde reveló
que el nombre se lo inspiró
un burro del Empordà.
(Seguramente ya habrá
alguna broma indiscreta:
“¿Que un burro ganó el Planeta?
Algo significará.”)
Dormiste sólo tres horas
y media la noche aquella.
Era jueves. Cada estrella
te silbaba. Las señoras
te besaban. Cegadoras
luces buscaban tu risa.
Noche de champán y prisa.
De copas y servilletas.
De duendes y de poetas.
Noche de sacerdotisa
de las letras españolas
y la vida catalana;
noche de pasión mundana,
noche de no estar a solas.
Vidrio y humo. Banderolas.
Laureados de otros Planetas.
Miradas con etiquetas.
Plumas nerviosas copiando
tu nombre. Voces rumiando:
“¡Cien millones de pesetas!”.
Y tú: “Espero conseguir
—atentos los escritores—
con el premio más lectores
y tiempo para escribir”.
Los flashes te hacen reír
pero sigues adelante:
“Siempre he vivido bastante
acelerada y he hecho
—la flaca mano en el pecho—
muchas cosas en mi vida
—la sonrisa detenida,
el cabello satisfecho—,
pero no recuerdo haber
dicho que no a casi nada”.
La energía acumulada
te vuelva cráter-mujer.
La prensa te quiere ver.
Los amigos te rodean.
Sobre tus manos pasean
destellos reverenciales.
Callas un segundo. Sales
para que los otros vean
qué es una Rosa enfrentada
a los fastos del Planeta:
nada de imagen coqueta
ni de actriz recién pintada.
Rosa tajante, ajustada:
“¿La vanidad?: el peor
contrario de un escritor”.
Rosa de viento y marea.
La canción de Dorotea
no es otro canto de amor.
La novela que ha ganado
—por cinco votos a dos—
no es tampoco un canto a Dios,
ni una condena al pecado.
Has contado, has evocado:
“Mi padre solía decir
—el silencio quiere oír—
que todos tienen derecho
—el silencio es un barbecho
de botellas sin abrir—
a usar su propia canción...
Por ahí va la novela”.
La gente se desconsuela,
la luz levanta el mentón
como una demostración
de que no te ha comprendido.
“Toda persona ha venido
—vuelves por tu padre a hablar—
al mundo para cantar
una canción”. Cada oído
finge. Vuelves enseguida
a recordar: “Es decir,
viene para descubrir
qué hacer con su propia vida”.
Sientes una sacudida,
ingravidez de la idea.
“La canción de Dorotea
se centra en un hombre alto
con un sombrero”. Qué asalto
de timidez te marea.
(Primera vez, o segunda,
que la timidez te invade).
Quieres que todo te agrade,
pero si la luz te inunda
te sientes sola, profunda
y líricamente sola.
De pronto, llega una ola
de flashes, bolis, agendas...
Ola para que comprendas
que todo el mundo enarbola
sonrisas. Vuelves a hablar:
“A partir de ahora doy
gracias a Planeta, y voy
a tratar de rebajar
—sin dejar de trabajar—
este ritmo acelerado,
este método alocado
con el que siempre he vivido”.
Sonríen: te han entendido.
Aplauden: te han aceptado.
“Los que somos muy activos
siempre soñamos tumbarnos”.
Comienzas a retratarnos
como lo que somos: divos
deformes, autolesivos
proyectos de Ser Humano.
Mueves el pelo. Una mano
te la pasas por la frente:
has descubierto a más gente
que quisiera de antemano
escribir para tumbarse
a contemplar las estrellas.
(Protesta de las botellas,
vasos que dejan de hablarse,
corbatas sin anudarse,
cuchicheos que no escuchas.)
“Yo siempre he vivido muchas
vidas a la vez y ahora
tendré que educarme.” Aflora
la huella de tantas luchas.
“Veremos si lo consigo”
—dices con gran convicción.
Y aplauden. Cerveza, ron,
champán, vino tinto... Sigo
pensando, como tu amigo,
que era injusto no aplaudir.
“Lo importante es escribir
—dijiste seria, lozana—;
si se gana o no se gana,
lo importante es escribir”.
Entonces, querida Rosa,
seis meses después te escribo
glosando el mismo motivo
pero buscando otra cosa.
¿Recuerdas la noche hermosa
de otro octubre, en Gran Canaria?
¿Tú, futura “planetaria”,
dando el Premio a un novelista
que resultó repentista?
Pues, llegó la necesaria
segunda novela mía.
Una obra diferente
a la anterior. Raro puente
entre prosa y poesía.
Una obra... ¿como diría...?
femenina y musical,
psicológica y sensual...
La historia de una mulata
que viene a Madrid y trata
de vivir, y le va mal.
Se llama MALDITA DANZA
(Alba Editorial de nuevo).
Y yo a pedirte me atrevo
(no sé si es mucha confianza)
a que si el tiempo te alcanza
(¡no será más de una hora!),
si estás accesible ahora
(esta carta es un ardid),
estés conmigo en Madrid
como mi presentadora.
Es mi segunda novela.
Es para mí muy importante.
Contigo como garante
tal vez alguien se conduela
y la lea. El tiempo vuela.
Debo presentarla en mayo.
¿Puedes hacerlo? Si encallo
en el silencio contigo
seguiré siendo tu amigo,
no te preocupes. Me callo.
Postada: La hora y el día
dependerán de tu tiempo.
Si no hay ningún contratiempo,
si me das tu compañía,
entonces yo ajustaría
mi trabajo a tu deseo.
Rosa, esta carta no creo
que afecte nuestra amistad.
Espero con ansiedad
tu llamada, o tu correo. |