Año V
La Habana
2007

Regresar a la Página principal

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Carta a Rosa Regás
Alexis Díaz-Pimienta

Querida Rosa: Te escribo

otra vez desde Almería,

al filo de un mediodía

del mes de abril. No hay motivo

que disculpe este agresivo

silencio y esta distancia.

Por eso hoy, sin jactancia,

te hago una epístola en verso.

¿Valdrá la pena el esfuerzo?

No sé. Ni tiene importancia.

Lo importante es escribirte

ya que no he podido hablarte.

Anoche volví a llamarte

y no estabas. Quise oírte

al menos, pretendí asirte

por la voz, pero fue en vano.

Hoy volví a llamar temprano

y hablé con una señora.

Te dejé un recado. Ahora

le he exigido a cada mano

que teclee una misiva

para ti, Rosa Regás.

La izquierda se inspira más.

La derecha se cree “viva”

y me da la alternativa

de una epístola normal.

Pero ya sabes: lo oral

y lo escrito en mí se imbrican,

se yuxtaponen, fabrican

otra realidad postal.

Por eso llegué al teclado

recordando que en febrero

estuviste en Cuba, pero

no pude estar a tu lado.

Me dio rabia. ¡Qué apenado

el resto de la semana!

¡Rosa Regás en La Habana

y yo sin poderla ver!

Me prometí que al volver

a España, amiga lejana,

de inmediato llamaría

o escribiría a tu casa.

¿Tú sabes lo que me pasa?

Que el pasado octubre,

un día, estando aquí (todavía

me acuerdo y qué bien me siento)

un gran acontecimiento

me sorprendió: Tú, la inquieta

Rosa, ganaste el Planeta.

¡Un premio para el talento!

Feliz yo, feliz mi esposa.

Qué risa tonta nos dio.

Yo la besé. Me besó.

Yo nervioso, ella nerviosa.

Esa noche glamorosa

te dejamos un mensaje

telefónico. Aquel viaje

fuimos mejores por ti.

Llegué a casa y comprendí

que me estorbaba el lenguaje,

que tenía que escribir

y comencé una misiva

que dejé inconclusa. Iba

seguramente a decir

lo que querías oír,

o leer, pero no pude.

Permíteme que reanude,

entonces, la carta aquella.

La copio sin cambios. Ella

es la que en mi ayuda acude.

 

Querida Rosa Regás:

Esta tarde llegué a España

con Natalia y tras la caña

de rigor (tuve quizás

mayor sed que los demás)

fuimos a Ciudad Real

y allí, bajo un soportal,

animando un bar menor

había un televisor,

¡y tú dentro del cristal

Yo le pedí a mi cerveza

que se callara en el vaso,

pero el pan no me hizo caso,

ni las sillas, ni la mesa.

Así que con entereza

me acerqué al televisor…

La voz del presentador

decía: “Rosa Regás,

Premio Planeta”, y detrás...

tú vestida de color

oscuro, yendo hacia el centro

de la sala, entre ovaciones.

No sabes cuántos ciclones

de luz me bulleron dentro.

Natalia viendo tu encuentro

con los aplausos lloraba,

me tocaba, me besaba...

Y yo mandaba a callar

a todos para escuchar

tus palabras. Me temblaba

la cerveza en una mano

y en la otra la poesía.

Tu sonrisa me traía

un recuerdo ya lejano:

Canarias, Alba, un cubano

narrador desconocido...

Compruebo que no has perdido

la humildad de aquel momento,

la sencillez, el talento

el orgullo comedido.

Feliz, Natalia se siente

como si fuera ella misma

la premiada. Tu carisma

invade todo el ambiente.

Todo el mundillo presiente

que es un premio merecido.

Que el Planeta ha redimido

contigo su mala fama

Un Gran Premio a una Gran Dama.

Un duro golpe al olvido.

 

Hasta aquí la carta aquella,

la “medio-carta”, el prefacio

de esta otra. (Tengo espacio,

pero el tiempo me degüella.)

Voy a seguirla. Tu huella

de premiada y escritora

sigue viva. Usaré ahora

fragmentos de tu entrevista

en El País: reconquista

de una mujer soñadora.

Rosa Regás presentó

La Canción... bajo el seudónimo

Brandon B. (tu talismónimo),

y ayer tarde reveló

que el nombre se lo inspiró

un burro del Empordà.

(Seguramente ya habrá

alguna broma indiscreta:

“¿Que un burro ganó el Planeta?

Algo significará.”)

Dormiste sólo tres horas

y media la noche aquella.

Era jueves. Cada estrella

te silbaba. Las señoras

te besaban. Cegadoras

luces buscaban tu risa.

Noche de champán y prisa.

De copas y servilletas.

De duendes y de poetas.

Noche de sacerdotisa

de las letras españolas

y la vida catalana;

noche de pasión mundana,

noche de no estar a solas.

Vidrio y humo. Banderolas.

Laureados de otros Planetas.

Miradas con etiquetas.

Plumas nerviosas copiando

tu nombre. Voces rumiando:

“¡Cien millones de pesetas!”.

Y tú: “Espero conseguir

—atentos los escritores—

con el premio más lectores

y tiempo para escribir”.

Los flashes te hacen reír

pero sigues adelante:

“Siempre he vivido bastante

acelerada y he hecho

—la flaca mano en el pecho—

muchas cosas en mi vida

—la sonrisa detenida,

el cabello satisfecho—,

pero no recuerdo haber

dicho que no a casi nada”.

La energía acumulada

te vuelva cráter-mujer.

La prensa te quiere ver.

Los amigos te rodean.

Sobre tus manos pasean

destellos reverenciales.

Callas un segundo. Sales

para que los otros vean

qué es una Rosa enfrentada

a los fastos del Planeta:

nada de imagen coqueta

ni de actriz recién pintada.

Rosa tajante, ajustada:

“¿La vanidad?: el peor

contrario de un escritor”.

Rosa de viento y marea.

La canción de Dorotea

no es otro canto de amor.

La novela que ha ganado

—por cinco votos a dos—

no es tampoco un canto a Dios,

ni una condena al pecado.

Has contado, has evocado:

“Mi padre solía decir

—el silencio quiere oír—

que todos tienen derecho

—el silencio es un barbecho

de botellas sin abrir—

a usar su propia canción...

Por ahí va la novela”.

La gente se desconsuela,

la luz levanta el mentón

como una demostración

de que no te ha comprendido.

“Toda persona ha venido

—vuelves por tu padre a hablar—

al mundo para cantar

una canción”. Cada oído

finge. Vuelves enseguida

a recordar: “Es decir,

viene para descubrir

qué hacer con su propia vida”.

Sientes una sacudida,

ingravidez de la idea.

La canción de Dorotea

se centra en un hombre alto

con un sombrero”. Qué asalto

de timidez te marea.

(Primera vez, o segunda,

que la timidez te invade).

Quieres que todo te agrade,

pero si la luz te inunda

te sientes sola, profunda

y líricamente sola.

De pronto, llega una ola

de flashes, bolis, agendas...

Ola para que comprendas

que todo el mundo enarbola

sonrisas. Vuelves a hablar:

“A partir de ahora doy

gracias a Planeta, y voy

a tratar de rebajar

—sin dejar de trabajar—

este ritmo acelerado,

este método alocado

con el que siempre he vivido”.

Sonríen: te han entendido.

Aplauden: te han aceptado.

“Los que somos muy activos

siempre soñamos tumbarnos”.

Comienzas a retratarnos

como lo que somos: divos

deformes, autolesivos

proyectos de Ser Humano.

Mueves el pelo. Una mano

te la pasas por la frente:

has descubierto a más gente

que quisiera de antemano

escribir para tumbarse

a contemplar las estrellas.

(Protesta de las botellas,

vasos que dejan de hablarse,

corbatas sin anudarse,

cuchicheos que no escuchas.)

“Yo siempre he vivido muchas

vidas a la vez y ahora

tendré que educarme.” Aflora

la huella de tantas luchas.

“Veremos si lo consigo”

—dices con gran convicción.

Y aplauden. Cerveza, ron,

champán, vino tinto... Sigo

pensando, como tu amigo,

que era injusto no aplaudir.

“Lo importante es escribir

—dijiste seria, lozana—;

si se gana o no se gana,

lo importante es escribir”.

Entonces, querida Rosa,

seis meses después te escribo

glosando el mismo motivo

pero buscando otra cosa.

¿Recuerdas la noche hermosa

de otro octubre, en Gran Canaria?

¿Tú, futura “planetaria”,

dando el Premio a un novelista

que resultó repentista?

Pues, llegó la necesaria

segunda novela mía.

Una obra diferente

a la anterior. Raro puente

entre prosa y poesía.

Una obra... ¿como diría...?

femenina y musical,

psicológica y sensual...

La historia de una mulata

que viene a Madrid y trata

de vivir, y le va mal.

Se llama MALDITA DANZA

(Alba Editorial de nuevo).

Y yo a pedirte me atrevo

(no sé si es mucha confianza)

a que si el tiempo te alcanza

(¡no será más de una hora!),

si estás accesible ahora

(esta carta es un ardid),

estés conmigo en Madrid

como mi presentadora.

Es mi segunda novela.

Es para mí muy importante.

Contigo como garante

tal vez alguien se conduela

y la lea. El tiempo vuela.

Debo presentarla en mayo.

¿Puedes hacerlo? Si encallo

en el silencio contigo

seguiré siendo tu amigo,

no te preocupes. Me callo.

Postada: La hora y el día

dependerán de tu tiempo.

Si no hay ningún contratiempo,

si me das tu compañía,

entonces yo ajustaría

mi trabajo a tu deseo.

Rosa, esta carta no creo

que afecte nuestra amistad.

Espero con ansiedad

tu llamada, o tu correo.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
IE-Firefox, 800x600