Año V
La Habana
2007

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TE PONGA EL PLATO?

Una arruga es elegante
Jorge Ángel Pérez • La Habana

Dijeron que era escuálido, macilento, y que cubría su cráneo, porque no le quedaba más remedio, con rizadas y azabachinas greñas. Dijeron que era auténtico porque repetía, y repetía, el vasto corte en los pantalones y los escandalosos tonos de colores con que arropaba tanta delgadez. Dijeron que no guarecía sus pies en toda la largueza, solo unas tirillas entrecruzándose para mostrar el arco y su blancura. Qué era auténtico, repetían. ¡Tan auténtico! porque no se extraviaba del camino intentando decidir si era mejor vestir con Dolce & Gabanna o con Jean Paul Gaultier, con Prada o con Versace. Y no porque creyera, como Boy George, que la gente guapa no necesita ir a la moda, en ese caso la necesitaría, y mucho. Es auténtico, dijeron, es austero, como si tal cosa fuera posible, como si les fuera yo a creer que alguien de manos tan largas y huesudas, voladoras, con anillo doradísimo en el índice de la izquierda, pudiera ser atemperado y escribir “La carta”. Un cuento así no se escribe con espíritu severo, no si tiene tanta vehemencia. No compagina la austeridad con un espíritu flexible y a la vez rígido. La carta es un cuento vitalísimo, ambiguo, de lenguaje pulcro y exaltado, de energía femenina, ¡y tan viril! Quien escribe así debe tener una maraña en la cabeza, eso pensé y dije, y lo premié, junto al negro Redonet y a alguien más que no recuerdo. Por “La carta” recibió su primera corona, como si tal cosa fuera posible. Su primera felicidad debió ser la angustia, o quizá al revés. Su recompensa primera, de seguro fue dudar, estar seguro y no de acuerdo, vengarse y perdonar: contradecirse. Es cierto que es profundo, pero es tan superficial.

Desde “La carta” ando yuxtapuesto al de Jesús, leyéndolo, queriéndolo a veces y otras mucho menos. Pedro de Jesús es, sin duda, uno de los hombres más inquietos que conozco, uno de los más apasionados. Es la escritura uno de sus más socorridos entusiasmos, la palabra lo domina y él domina a la palabra. La palabra es su mayor verdad, la más completa. Escribir no es para él un acto de exorcismo, es crear otra realidad, aunque no escoja el realismo como meta, ni una verdad concentrada e insoluble, una verdad que no se difumine. Él superpone y juega para no hacer tan visibles sus verdaderas intenciones, y escribe sí, para crear como ya dije, con palabras, otra realidad, para mostrar su tolerancia y burlarse de los que en ella creen, él es tolerante, es un creyente empedernido de la moral augusta, y escribe y describe personajes liberados que dejan boquiabierto a los espíritus más emancipados. ¡Qué soltura, qué desparpajo! dicen los lectores, y también que es atrevido, inteligente, y es verdad. Lo que casi nunca apuntan sus lectores, lo que descubren pocas veces, es su manera de juzgar, de mostrar su filiación con la moral. No es moralista, jamás se permitiría tal cosa, porque él sí que indaga en los entuertos que describe, mete el dedo, hurga, saca, huele, muestra, sonríe y hace guiños, coquetea, juzga aunque simule lo contrario. Si usted es su lector, recuerde Cuentos frígidos, vaya a Sibilas en Mercaderes, disfrute su neobarroca filiación, la festividad de su lenguaje, lo urbano, que son sus personajes, moviéndose en La Habana o en Bambula, disfrute la soltura y el tramado de las historias. Recuerde cómo comienzan las aventuras de Cálida y Gélida, con una voz fantasmal cuya jerigonza, por suerte, dura poco, pero dura el tiempo necesario para notar que esa Gélida, tan contraria a Cálida en sexo, en raza, y en espíritu, discursea negando y en la negación juzga. Usted no hizo tal cosa. ¿Debió hacerla? La sibila no dice usted debió hacer tal cosa, no va a permitirse el autor ninguna evidencia tan dictatorial. Usted no hizo, y ahí viene la cantaleta, el letánico discurso, la juzgadera, la palabra, la palabra, la palabra, su gran protagonista. Grande es su pasión por la querella, lo mismo en la conversación que cuando escribe, e insiste en el enfrentamiento de la verdad con su contraria, y esta vez, en este libro, vuelve a insistir en debate tan fecundo sin que quiera hacer observancia de los límites, la verdad se acerca a la mentira y viceversa, se traspasan, se contaminan, y lo mismo hace con el arte y lo real, uno incidiendo sobre el otro, contraponiéndose, abrazándose. Cada cual alberga al otro, una historia que convive junto a otra para apoyarse, para negarse, como sucede en “La última farsa”, en “El cuento menos apropiado”, en “Mientras llega el chico a lo punk”, como sucede en “Fiesta en casa del maître”. Y le gusta a Pedro fragmentar: una mirada, un pestañazo, una mirada, así cuenta muchas veces, en La sobrevida, como hiciera también en Sibilas en Mercaderes, como hiciera en Cuentos frígidos. Con el accionar ambiguo de los personajes que ha trazado, Pedro de Jesús anuncia, enuncia posibilidades que más tarde convertirá en hechos, anuncia, hace esperar, para que el lector no opere con certezas inmediatas, para que espere por la acción disfrutando la palabra que anuncia cada acto, la palabra, la palabra en el centro, entre los personajes y sus hechos, y se apoya en un discurso que es también oráculo, sutil en “La última farsa”, más explícito en “La señal”. Es la palabra quien profetiza y traza el camino hacia la verdad,  hacia las acciones y los hechos, hacia la realidad que quiere mostrar, que muestra con registros estilísticos diversos y que maneja con soltura y con fluida prosa y con imaginación fecunda, y nos muestra fraternas y alucinadas representaciones. 

Pedro de Jesús sabe muy bien que los marginales son singularísimos y por eso los prefiere, los distingue, los lleva al centro, y vuelve otra vez a la sexualidad, recurre a los hombres que gustan del cuerpo de los hombres, a las mujeres que prefieren la lúbrica profundidad de sus iguales, y lo mejor, lo que lo distingue, subordina esas pasiones a temas más esenciales, universalísimos, trascendentes. Vuelve al conflicto del hombre con su cuerpo, honra y ennoblece al que prefiere fisgonear, disfrutar del Cangre penetrando a La Veneno y legitima su accionar, el meneo de la nata para concretar la mantequilla mientras mira y disfruta lo que ve, sin dejar de batir, sin dejar de mirar, así es feliz y se realiza, erotizándose con la lejana cercanía de los cuerpos de dos hombres que se atraen, que creen que se atraen, que fingen atraerse, y es la mirada del tercero lo que vuelve más erótico el encuentro concretísimo de esos dos, todo es un juego de apariencias, parece que dijera, y legitima también al cuerpo enfermo con perversa lucidez, y claro que juzga y que cuestiona, porque él sabe muy bien que el arte es también razonamiento, y defiende la posibilidad de la imposibilidad a toda costa, incluso con humor muy fino y descarnado, para que pueda ser retórica una muda, y para que lleve la voz cantante. Y como Goethe, cree que la verdad está en el silencio, en el impedimento de la muda, la que no puede hacer ruido alguno, y voluntario se contradice escogiendo el lenguaje más exaltado para describir de ella la mudez, para otorgarle el palique y la facundia, para convertirla en la muda más locuaz, para que sea ella la palabra misma, la que enuncia, la que se adelanta y avisa.

Ahora añade Pedro a sus páginas escritas los ambientes rurales, que contrastan, aunque no sea lo más significativo, con lo urbano de sus textos anteriores. La Sobrevida es un libro excelente y afilado, festivo y triste. Supongo que habrá quien busque en estas páginas a “El retrato”, quizá el cuento de Pedro que tiene más adeptos, siempre habrá quien intente encontrar señales de “La carta”, de “Maneras de obrar en 1830”, quizá encuentre lo que busca, yo busqué y encontré también la discrepancia, encontré correspondencia, negación. Si los libros anteriores lo ubicaron bien en el panorama literario más reciente, este revalida y lo muestra más maduro. A pesar de que ahora se debate, aunque no llegue a decidirse, entre Versace y Gaultier,  es auténtico, si eso fuera posible. Aunque prefiera la seda más fina y también el cachemir que no le va muy bien, pero seguro le encanta la palabra, es profundo. Y seguro que sabe, porque es muy superficial, encontrar la belleza de una arruga.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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