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Dijeron que era escuálido, macilento, y
que cubría su cráneo, porque no le
quedaba más remedio, con rizadas y
azabachinas greñas. Dijeron que era
auténtico porque repetía, y repetía, el
vasto corte en los pantalones y los
escandalosos tonos de colores con que
arropaba tanta delgadez. Dijeron que no
guarecía sus pies en toda la largueza,
solo unas tirillas entrecruzándose para
mostrar el arco y su blancura. Qué era
auténtico, repetían. ¡Tan auténtico!
porque no se extraviaba del camino
intentando decidir si era mejor vestir
con Dolce & Gabanna o con Jean Paul
Gaultier, con Prada o con Versace. Y no
porque creyera, como Boy George, que la
gente guapa no necesita ir a la moda, en
ese caso la necesitaría, y mucho. Es
auténtico, dijeron, es austero, como si
tal cosa fuera posible, como si les
fuera yo a creer que alguien de manos
tan largas y huesudas, voladoras, con
anillo doradísimo en el índice de la
izquierda, pudiera ser atemperado y
escribir “La carta”. Un cuento así no se
escribe con espíritu severo, no si tiene
tanta vehemencia. No compagina la
austeridad con un espíritu flexible y a
la vez rígido. La carta es un cuento
vitalísimo, ambiguo, de lenguaje pulcro
y exaltado, de energía femenina, ¡y tan
viril! Quien escribe así debe tener una
maraña en la cabeza, eso pensé y dije, y
lo premié, junto al negro Redonet y a
alguien más que no recuerdo. Por “La
carta” recibió su primera corona, como
si tal cosa fuera posible. Su primera
felicidad debió ser la angustia, o quizá
al revés. Su recompensa primera, de
seguro fue dudar, estar seguro y no de
acuerdo, vengarse y perdonar:
contradecirse. Es cierto que es
profundo, pero es tan superficial.
Desde “La carta” ando yuxtapuesto al de
Jesús, leyéndolo, queriéndolo a veces y
otras mucho menos. Pedro de Jesús es,
sin duda, uno de los hombres más
inquietos que conozco, uno de los más
apasionados. Es la escritura uno de sus
más socorridos entusiasmos, la palabra
lo domina y él domina a la palabra. La
palabra es su mayor verdad, la más
completa. Escribir no es para él un acto
de exorcismo, es crear otra realidad,
aunque no escoja el realismo como meta,
ni una verdad concentrada e insoluble,
una verdad que no se difumine. Él
superpone y juega para no hacer tan
visibles sus verdaderas intenciones, y
escribe sí, para crear como ya dije, con
palabras, otra realidad, para mostrar su
tolerancia y burlarse de los que en ella
creen, él es tolerante, es un creyente
empedernido de la moral augusta, y
escribe y describe personajes liberados
que dejan boquiabierto a los espíritus
más emancipados. ¡Qué soltura, qué
desparpajo! dicen los lectores, y
también que es atrevido, inteligente, y
es verdad. Lo que casi nunca apuntan sus
lectores, lo que descubren pocas veces,
es su manera de juzgar, de mostrar su
filiación con la moral. No es moralista,
jamás se permitiría tal cosa, porque él
sí que indaga en los entuertos que
describe, mete el dedo, hurga, saca,
huele, muestra, sonríe y hace guiños,
coquetea, juzga aunque simule lo
contrario. Si usted es su lector,
recuerde Cuentos frígidos, vaya a
Sibilas en Mercaderes, disfrute
su neobarroca filiación, la festividad
de su lenguaje, lo urbano, que son sus
personajes, moviéndose en La Habana o en
Bambula, disfrute la soltura y el
tramado de las historias. Recuerde cómo
comienzan las aventuras de Cálida y
Gélida, con una voz fantasmal cuya
jerigonza, por suerte, dura poco, pero
dura el tiempo necesario para notar que
esa Gélida, tan contraria a Cálida en
sexo, en raza, y en espíritu, discursea
negando y en la negación juzga. Usted no
hizo tal cosa. ¿Debió hacerla? La sibila
no dice usted debió hacer tal cosa, no
va a permitirse el autor ninguna
evidencia tan dictatorial. Usted no
hizo, y ahí viene la cantaleta, el
letánico discurso, la juzgadera, la
palabra, la palabra, la palabra, su gran
protagonista. Grande es su pasión por la
querella, lo mismo en la conversación
que cuando escribe, e insiste en el
enfrentamiento de la verdad con su
contraria, y esta vez, en este libro,
vuelve a insistir en debate tan fecundo
sin que quiera hacer observancia de los
límites, la verdad se acerca a la
mentira y viceversa, se traspasan, se
contaminan, y lo mismo hace con el arte
y lo real, uno incidiendo sobre el otro,
contraponiéndose, abrazándose. Cada cual
alberga al otro, una historia que
convive junto a otra para apoyarse, para
negarse, como sucede en “La última
farsa”, en “El cuento menos apropiado”,
en “Mientras llega el chico a lo punk”,
como sucede en “Fiesta en casa del
maître”. Y le gusta a Pedro fragmentar:
una mirada, un pestañazo, una mirada,
así cuenta muchas veces, en La
sobrevida, como hiciera también en
Sibilas en Mercaderes, como
hiciera en Cuentos frígidos. Con
el accionar ambiguo de los personajes
que ha trazado, Pedro de Jesús anuncia,
enuncia posibilidades que más tarde
convertirá en hechos, anuncia, hace
esperar, para que el lector no opere con
certezas inmediatas, para que espere por
la acción disfrutando la palabra que
anuncia cada acto, la palabra, la
palabra en el centro, entre los
personajes y sus hechos, y se apoya en
un discurso que es también oráculo,
sutil en “La última farsa”, más
explícito en “La señal”. Es la palabra
quien profetiza y traza el camino hacia
la verdad, hacia las acciones y los
hechos, hacia la realidad que quiere
mostrar, que muestra con registros
estilísticos diversos y que maneja con
soltura y con fluida prosa y con
imaginación fecunda, y nos muestra
fraternas y alucinadas
representaciones.
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Pedro de Jesús sabe muy bien que los
marginales son singularísimos y por eso
los prefiere, los distingue, los lleva
al centro, y vuelve otra vez a la
sexualidad, recurre a los hombres que
gustan del cuerpo de los hombres, a las
mujeres que prefieren la lúbrica
profundidad de sus iguales, y lo mejor,
lo que lo distingue, subordina esas
pasiones a temas más esenciales,
universalísimos, trascendentes. Vuelve
al conflicto del hombre con su cuerpo,
honra y ennoblece al que prefiere
fisgonear, disfrutar del Cangre
penetrando a La Veneno y legitima su
accionar, el meneo de la nata para
concretar la mantequilla mientras mira y
disfruta lo que ve, sin dejar de batir,
sin dejar de mirar, así es feliz y se
realiza, erotizándose con la lejana
cercanía de los cuerpos de dos hombres
que se atraen, que creen que se atraen,
que fingen atraerse, y es la mirada del
tercero lo que vuelve más erótico el
encuentro concretísimo de esos dos, todo
es un juego de apariencias, parece que
dijera, y legitima también al cuerpo
enfermo con perversa lucidez, y claro
que juzga y que cuestiona, porque él
sabe muy bien que el arte es también
razonamiento, y defiende la posibilidad
de la imposibilidad a toda costa,
incluso con humor muy fino y descarnado,
para que pueda ser retórica una muda, y
para que lleve la voz cantante. Y como
Goethe, cree que la verdad está en el
silencio, en el impedimento de la muda,
la que no puede hacer ruido alguno, y
voluntario se contradice escogiendo el
lenguaje más exaltado para describir de
ella la mudez, para otorgarle el palique
y la facundia, para convertirla en la
muda más locuaz, para que sea ella la
palabra misma, la que enuncia, la que se
adelanta y avisa.
Ahora añade Pedro a sus páginas escritas
los ambientes rurales, que contrastan,
aunque no sea lo más significativo, con
lo urbano de sus textos anteriores. La
Sobrevida es un libro excelente y
afilado, festivo y triste. Supongo que
habrá quien busque en estas páginas a
“El retrato”, quizá el cuento de Pedro
que tiene más adeptos, siempre habrá
quien intente encontrar señales de “La
carta”, de “Maneras de obrar en 1830”,
quizá encuentre lo que busca, yo busqué
y encontré también la discrepancia,
encontré correspondencia, negación. Si
los libros anteriores lo ubicaron bien
en el panorama literario más reciente,
este revalida y lo muestra más maduro. A
pesar de que ahora se debate, aunque no
llegue a decidirse, entre Versace y
Gaultier, es auténtico, si eso fuera
posible. Aunque prefiera la seda más
fina y también el cachemir que no le va
muy bien, pero seguro le encanta la
palabra, es profundo. Y seguro que sabe,
porque es muy superficial, encontrar la
belleza de una arruga. |