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(Del espíritu y la carne)
De acuerdo con nuestra humana condición,
y puesto que por algo fuimos reunidos en
cuerpo y alma, Oriana y Eloísa deberían
haber venido al mundo en un solo parto,
constituyendo una sola entidad. Pero en
lo primero que nos vemos obligados a
pensar al comenzar esta historia es en
lo inextricables que suelen ser a veces
los «designios de la Providencia».
Oriana nació, pues, un veintinueve de
octubre, de noche, y dos años más tarde,
en una soleada mañana de abril, nació la
linda Eloísa. Desde que dio los primeros
pasos, Eloísa fue la seducción, el
arrebato de todos. No quiere esto decir
que Oriana no fuera bella y tuviera sus
encantos. No se trata de eso. Creemos
simplemente que cada una de ellas tenía
su reino, pues se nos mostraban como dos
naturalezas diferentes, maravillosas a
su modo, sólo que opuestas e
inconciliables entre sí.
Las dos hermanas vivían con sus padres
en los altos de una casa de empeños de
la calle Compostela. La casa de empeños
era oscura y antigua, con paredes
entabladas de cedro y caoba, de bellas
molduras, llenas de anaqueles y
vitrinas. Afuera, los dos pequeños
escaparates mal alumbrados tenían algo
de museo, de muestrario de reliquias.
Desde muy pequeñas, las hermanas
conocieron los rostros terribles de
quienes iban allí a empeñar todavía más
su pobreza, y con ello su alma, ya que
este negocio era el de sus padres y de
él vivían. Pero en realidad, para las
niñas, estas criaturas eran ajenas,
puras fantasías, gente que no tenía una
existencia auténtica. En cambio, tanto
la madre como el padre eran afectados a
su manera por sus propios clientes.
Pertenecían a esa clase de gente que aun
haciendo de cada cosa un sagrado
ceremonial, no lograba sentirse a gusto
con los ritos y los azares de la vida; y
no es que se sintieran excluidos o
faltos de fe: eran sencillamente, y por
así resumirlo, insustanciales. Por otra
parte, nunca pudieron tomar, al modo que
les correspondía, la desgracia ajena, no
por piedad hacia los demás, sino por
miedo al espejo que eran esos demás. En
otras palabras, no podían vivir del
prójimo, ni de sí mismos.
En consecuencia, el negocio y el hogar
iban mal. La madre, en ocasiones,
lloraba tras el biombo por las
desgracias de sus clientes, y también
los odiaba. El padre, con las manos
abiertas sobre el mostrador, se quedaba
tenso, como cuerda a punto de romperse;
luego sus ojos, invariablemente,
recorrían aquella suerte de cárcel que
los alimentaba con un pan tan amargo. A
veces, durante las noches de insomnio
del padre, las niñas lo oían renegar y
maldecir de aquella herencia, y
escuchaban después los sosiegos tristes
de la madre, su suave y tierna voz que
hablaba de una posible venta, de cerrar
y comenzar una nueva vida, de proyectos
irreales, y sobre todo de resignación.
Siempre esta palabra era el final, que
se repetía como un eco distorsionado en
la voz del padre hasta hacerle perder
todo sentido. Entonces, en la oscuridad
del cuarto, Oriana y Eloísa se buscaban
las manos. En el fondo, como a todos los
niños, las ideas de mudanzas, los
futuros proyectos, todo aquello que, por
incierto que fuera, tendiera en fin a la
ruptura del orden conocido, las unía
momentáneamente con la excitación de una
sana alegría. En verdad, no se querían
ni tampoco se odiaban como dos hermanas
de su edad; era como si la sangre no
contara, y los juicios y sentimientos
dependieran más bien de algo que las
regía y estaba por encima de ellas, algo
inalcanzable e inimaginable. Pero en
esas espaciadas ocasiones, reunidas en
las tinieblas del dormitorio, Oriana
sentía vergüenza por las ideas de íntima
deslealtad que se había forjado
alrededor de la conducta de su hermana.
Eloísa, en cambio, sólo veía en ello el
predominio que ejercía sobre Oriana,
pues de alguna manera no muy clara, se
atribuía a sí misma la virtud de ser el
motor de todas las cosas.
Esos años eran los de crianza, los
suaves años donde ni siquiera las
tormentas familiares son auténticas
tormentas, donde hasta la tristeza de
los padres puede ser nuestra alegría,
donde ni aun la muerte es la muerte que
luego nos toca desnudar.
Los ojos de Oriana eran grandes, muy
negros. Los de Eloísa eran verdes y
brillantes, exactamente como espejos.
Mientras los de la mayor mostraban esa
oscuridad poblada de misterios propia de
los abismos, los dos espejos verdes sólo
nos devolvían el reflejo de las cosas
tangibles. El pelo de Oriana caía por su
peso, y el de Eloísa se encrespaba
rebelde. Ciertamente la boca de la mayor
tenía labios carnosos, dientes
regulares, blancos y bellos; pero la
boca de su hermana era grande, de labios
encendidos y dientes irregulares, anchos
y poderosos. Ambas poseían un cuerpo
esbelto, bien proporcionado; solamente
las caderas de la menor parecían tener
tendencia a ensanchar. En general, las
diferencias físicas eran sutiles; la
cuestión estaba más bien en lo que esos
cuerpos expresaban.
Las niñas pasaron sus trece, sus catorce
y sus quince años moviéndose
internamente en direcciones cada vez más
acentuadamente opuestas. Hasta que un
día, sentados todos al comedor,
sostuvieron ambas una extraña
conversación que dio bastante que pensar
a sus padres. Por mucho que indagaron
éstos, les fue completamente imposible
penetrar en el significado de aquellas
palabras. Podrían haber sido pequeños
misterios de alcoba, tonterías y claves
de niños... Pero lo cierto fue que a
partir de ese momento notaron que las
relaciones entre las hijas se habían
enfriado hasta un punto que resultaba
embarazoso para todos.
Los padres cruzaban entre ellas como
fantasmas asombrados, con tiento, tal si
caminaran sobre un terreno cuya
naturaleza real se desconoce; y ellas a
su vez transitaban, perfectamente
tranquilas, cándidas... Eran hermosas y
daba gusto mirarlas, uno sentía el deseo
de abrazarlas y mimarlas. Las sentían
buenas, y aun cuando las sabían malas no
podían decir con exactitud qué era lo
verdaderamente malévolo en su conducta.
Había distancia, silencio, encuentros,
tropiezos, repentinas llamaradas que
parecían salir de la nada para terminar
en la nada. Y los padres, naturalmente
no muy conscientes de aquello, estaban
entre las fuerzas de su instinto y una
muralla irracional. El negocio cruel los
reclamaba día tras día. A pesar de ser
los dueños o quizá precisamente por eso,
veíanse más empeñados que sus clientes.
Hablaban a menudo entre sí sin
entenderse, pues el mismo tema era
incomprensible para ellos. Estaban de
acuerdo en que las niñas distanciadas
necesitaban más atención. Alguien debía
velar continuamente por ellas. Pensaron
en una criada que reuniera ciertas
condiciones especiales. En la noche,
sentados a la mesa mientras las niñas
dormían, y tal si tuvieran entre las
manos un libro abierto, pasaron y
repasaron las hojas de la vida de todos
sus conocidos. En verdad, esa persona
ideal no aparecía, justo por eso
mismo. Pero en carne y hueso surgió una
cuarentona recia y bondadosa llamada
Mabilia, antigua conocida de la casa, y
se decidieron por ella. Ciertamente, la
mujer les resultó muy útil para todos
los menesteres domésticos, pero desde
luego, fracasó desde el primer momento
como conciliadora. Haber esperado otra
cosa era exigirle demasiado a esta pobre
mujer. Sin embargo, Mabilia se hizo
pronto una idea bastante clara respecto
a la conducta de las jóvenes. Esto le
resultaba difícil de explicar a ella
misma; y lo poco que pudo decirle a los
padres, lo muy poco que ellos lograron
entender, fue lo suficiente como para
que la despidieran con los pretextos al
uso. Pero las niñas, por su parte —y por
separado— se habían encariñado con la
señora. De manera que, contra la
voluntad de los padres, la mujer
regresó, y había en la expresión de su
rostro algo de ese irremediable
desaliento que produce la estupidez
humana.
Oriana y Eloísa continuaron sin hablarse
más allá de lo estrictamente necesario
de acuerdo con el orden de la casa.
Lo desconcertante para los padres era
que nada parecía haber ocurrido entre
ellas. El absurdo hería a estos pobres
espíritus más hondamente que la
tragedia, pues en ningún momento
pudieron notar la menor señal de
rencores ni envidias, ni ningún otro
sentimiento producto del desamor. Y por
otro lado, tampoco podría decirse que
había indiferencia. Nada de lo que a los
seres humanos normales y corrientes
pueda ocurrirles, parecía ser la causa
de la conducta de sus hijas. A veces, al
regresar de un corto paseo con ellas, el
padre y la madre se miraban largamente,
como tratando de comunicarse una
sensación angustiosa que no podía ser
expresada con palabras; era como si las
niñas, una a cada lado de ellos, fueran
en realidad una sola criatura dividida a
la mitad por la espada del arcángel
caído. Por supuesto, esto jamás llegó a
configurarse en sus mentes porque no
había espacio para ello.
El buen padre sucumbió finalmente a su
débil naturaleza y trató de escapar al
conflicto y al absurdo, atribuyéndoselo
todo al cambio de edad de las jóvenes.
Pero la madre persistió y esto
fue lo que marcó toda su existencia. A
punto de la quiebra total, el negocio
fue malvendido. Tal vez con ello
pensaban que se librarían de algo
ominoso, probablemente de la causa de
aquella desgracia a la que no alcanzaban
siquiera a darle forma concreta en sus
pensamientos.
Sobre el Arco de Belén, Oriana tenía
bellos sueños podados de prodigiosos
seres que confluían como las aguas
diversas de los ríos, y se aunaban,
ascendiendo hasta las regiones habitadas
por los ángeles. Le gustaba levantarse
temprano y cuidar de sus plantas, y ver
las aves sedientas saciándose con el
rocío de los capullos; entonces
desmigajaba un trozo de pan y sentía que
con ello ingresaba mágicamente en el
mundo terrenal. A veces, estando allí un
poco desatenta y como a punto de
desfallecer, el aire de la mañana
acariciaba sus cabellos como una mano
buena y confortadora. Adentro el
mundo no era bello ni feo, triste ni
alegre...; adentro dormía Eloísa, y todo
cuanto Oriana palpaba era pura ilusión.
Abajo, la calle era un inmenso misterio
fieramente cerrado en lo próspero y lo
adverso, y ella no tenía brazos ni manos
para alcanzarlo. A esas horas, la buena
Mabilia se movía por la casa y colaba
café. Qué placer este café traído al
balcón, en ese instante en que todavía
el mundo no ha despertado por completo y
los seres y las cosas están como a la
espera de un milagro. Porque el amanecer
es siempre la promesa del milagro, el
momento en que la vida parece tener toda
su prístina pujanza. Pero, ¿qué podría
ocurrir en un mundo dividido, guardado
de una parte por el Maligno y de la otra
por la impenetrable misericordia del
Señor?
Papá y mamá, qué distantes; nada parecía
unirla a ellos. En realidad, ella estaba
en vilo como un pájaro que no puede
posarse jamás. Y sin embargo, ni
siquiera había angustia; había
contemplación, tal vez solamente eso, ya
que el sosiego, el verdadero sosiego,
era algo imposible de definir para quien
nunca sintió la desesperación.
Mabilia contaba historias de la vida.
Era viuda; llevaba veinte años sirviendo
en una casa y otra, siempre alrededor de
este pequeño huerto donde nació. Las dos
muchachas, sentadas en los extremos de
la mesa, escuchaban, expresando en sus
rostros cosas tan disímiles, que la
señora Mabilia, en ocasiones, retenía
sus palabras y estaba como a la espera
de un conflicto. Pero las jóvenes
violentaban su naturaleza y la miraban a
los ojos. Estas miradas eran crueles. La
pobre mujer, hecha a las cosas concretas
y asibles, temblaba por dentro y sentía
que de ella tiraban dos fuerzas
opuestas. Era irresistible esta
sensación casi física, como si dos
poderosos caballos fueran los que
tiraran de sus miembros y sus miembros
crujieran dolorosamente. Por vía de esta
señora entraron en la casa las hierbas
exóticas y los extraños rituales; pero
ni ella misma sabía lo que hacía; sólo
experimentaba con ello esa bienhechora
dulzura del que cumple con un deber.
Amaba a estas dos muchachas embrujadas.
En ocasiones, su inmensa ternura, y
también la violencia de su carácter, la
impulsaban a tomarles las manos y
unírselas, abrazarlas y estrecharlas
contra sí, desafiando con saña esas
extrañas leyes que las desunían y contra
las cuales nada parecía eficaz. Todo era
inútil. Su desánimo la llevaba a alterar
la mansedumbre de sus hábitos. Con el
transcurso de los días tornóse
exasperable; las cosas se le caían de
las manos, mientras con más fuerzas las
asía.
Eloísa comenzaba a salir. El mundo, este
mundo terrenal, era bueno para ella,
pero no lo entendía. Disfrutaba a la
manera de los perros y los gatos. Era
bella y gustaba; el placer venía
fácilmente a ella, y sin embargo era un
placer sin sentido, que no dejaba
huellas. Se amaba a sí misma, cuidaba de
su cuerpo; y el baño era algo
maravilloso cuando, desnuda y perpleja,
sentía el agua besarla por todas partes.
Mas, ¿qué hacer con todo aquello? Nada
da esto trascendía, nada rebasaba sus
límites y perduraba en sueños. Las
caricias de mamá, los fuertes y
temblorosos abrazos de papá eran
agradables y le llegaban, pero, nada
más. Por alguna región remota que ella
ni siquiera podía imaginar, se movía
Oriana. No podía pensar; no podía, al
menos, sentarse y preguntarse: ¿Qué es
esto, Dios mío? Dios era un nombre, y el
Diablo era otro nombre... Sólo las cosas
tangibles carecían de nombre para ella.
Todo lo material ingresaba a ella por
los sentidos y no hallaba luego ninguna
resonancia.
Los padres creían haber cumplido cada
cual consigo mismo. Por una parte estaba
la fe de la madre y el retorno a las
disciplinas religiosas de la Iglesia;
esta regresión, de alguna manera, la
salvó. En definitiva, su condenación
hubiera sido útil. En esencia, nadie
puede ayudar a nadie; los hombres se
hunden o se salvan solos... «Bendito sea
el nombre del Señor», resumía la madre.
El padre, por su parte, se aferró a la
economía, a sus cuentas, a los diarios y
al renacimiento de un antiguo pleito,
perdido hacía años, sobre los bienes de
su abuelo. Y todo ello para el futuro de
las niñas, que pronto serían mujeres y
asentarían casa. Pero en todo esto
afloraba a ratos su natural endeblez, y
había tensión, soterrada melancolía y
los negros presagios, no siempre muy
bien entendidos, de las parábolas de los
sueños.
Oriana amaba su Arco de Belén; la curva
de sus piedras encerraba para ella algo
simbólico; la curva de esas piedras bajo
las cuales corría una calle y
transitaban los seres desconocidos, los
seres tal vez imposibles de conocer...
El Arco se tragaba a las personas y las
devolvía diferentes. También esto era un
juego para un alma encerrada. Veía
asimismo, junto a los pilares del Arco,
a quienes la vida había marginado por un
misterio indescifrable, y que se movían
por los alrededores con las manos en los
bolsillos, o estaban reunidos allí, de
pie, de la noche a la mañana. Salir a la
calle no era fácil para ella, al menos
no lo era en la medida en que lo era
para su hermana. Oriana se limitaba a
verla partir y cruzar bajo el Arco hacia
su vía, sabiendo que en las aventuras
terrenales de Eloísa le iba posiblemente
a ella la realización de su espíritu.
Los padres, viejos y retirados, fueron
generosos con ellas, pero esta
generosidad a veces excesiva, por
esquivez de Oriana, recaía justamente en
quien más la necesitaba. De esta manera,
Eloísa podía cumplir con casi todas las
exigencias de su naturaleza. Oriana, en
levitación, seguía desde arriba y sin
azoro, el curso agitado y jubiloso que
constituía la existencia de su hermana.
Ya no eran niñas, o sólo lo seguían
siendo para sus padres. La vida está
llena de amenazas y peligros y asedios
para los que abandonan el nido de la
infancia, y más para quienes no lo hacen
voluntariamente. A la muerte de la
madre, Oriana fue arrojada del paraíso
por un pecado que no había cometido. Sin
embargo, ¿qué era Oriana en sí misma?
¿Qué era Eloísa? Entre el bien y el mal
está el hombre, como está entre el
espíritu y la carne; pero ellas, ¿dónde
estaban?
Por su parte, el padre, tenso, insomne,
y ahora ajeno, obsesionado por el
recuerdo y los fantasmas, terminó por no
reconocer a ninguna de sus hijas. Es
difícil decir que todo esto fue como un
descanso; no el cese del conflicto,
sino, más bien, la aceptación de él.
Pero la agonía del padre fue larga en lo
referente a su cuerpo, aunque para las
jóvenes había muerto por anticipado.
Mabilia estuvo allí, a la cabecera de su
cama, en medio de un desorden que no le
pertenecía y que sin embargo hacía suyo
por desafío. Su lucha fue hasta el
final, y fue conmovedora. A pesar de
todo, cuando el padre dejó de existir,
supo que había roto el último vínculo
natural y que estaba de más en esa
casa... y probablemente en este inundo
también. Entonces, solas, a merced de sí
mismas, Oriana y Eloísa se miraron a los
ojos, y luego, arrebatadas por un
impulso irracional, se abrazaron y se
besaron con violencia. Pero había en
todo aquello algo de ceremonial, de cosa
que cumplir, de liquidación.
Miguel Collazo (La
Habana, 1936-1999). Uno de los más
interesantes narradores cub anos
contemporáneos. Cultivó una especie de
estilo a contracorriente que le granjeó
una singularidad no siempre entendida.
El presente texto fue tomado de
Onoloria y otros relatos, de próxima
aparición por la editorial Letras
Cubanas. |