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¿Qué sabía yo de Panamá antes de ahora
que casi acabo de regresar de ese
acogedor país, después de cumplir la
función de jurado de teatro del concurso
Ricardo Miró? Muy poco, en verdad. Lo
que me habían enseñado, hace mucho
tiempo, en los elementales cursos de
historia de América en la Escuela
Primaria Superior donde estudié; lo que
leí alguna vez en un libro de historia o
en un artículo periodístico hace tanto
que no recuerdo cuándo; y lo que mi
amigo el escritor y profesor
universitario, el guatemalteco Manuel
Galich, me refirió en detalle en
aquellas largas y provechosas
conversaciones que sostuvimos en la Casa
de las Américas. Y como diría mi padre:
Pare usted de contar.
¿Fue el
imprescindible Cristóbal Colón quien
descubrió esas tierras que hoy llaman
Panamá?, le pregunté alguna vez a Galich.
Y él amable y sonriente, como siempre,
me dijo que no. Y mencionó algunos
nombres de conquistadores españoles como
Vasco Núñez de Balboa (la moneda
panameña se nombra precisamente Balboa),
Pedrarias Dávila y Juan de la Cosa, que
a principios del siglo XVI exploraron
esas tierras, pero no fueron muy bien
recibidos por los bravos nativos y se
retiraron prestos para no perecer en la
empresa. La misma suerte corrió el
almirante don Cristóbal Colón poco
tiempo después. Fue en su cuarto viaje
realizado en 1502 cuando fundó Santa
María de Belén, pero se asegura que
aquello no duró mucho, ante la
hostilidad de los nativos. Pero el
primer establecimiento que perduró fue
el de Santa María de la Antigua del
Darién, fundado por Vasco Núñez de
Balboa en 1513 el que atravesó el istmo
y descubrió el océano Pacífico. Pero el
nuevo gobernador Pedrarias Dávila, por
rencillas y ambiciones personales ordenó
la ejecución de Balboa en 1517 y fundó
la ciudad de Panamá en 1519. Me decía
Galich que relatan los historiadores que
unos cuantos años después, España, por
fin, emprendió la colonización del
istmo. Entonces para alguien fueron
evidentes las ventajas de contar con una
ruta marítima a través de Panamá.
Fue el Rey Carlos V
de España el que ordenó los primeros
estudios topográficos para la
construcción de un canal por una sección
del istmo de 80 kilómetros de ancho.
Pero el proyecto nunca prosperó. La
complejidad de una obra como esta estaba
más allá de las posibilidades técnicas
de la época.
Su posición de
escala de las flotas que iban a España
convirtió a Panamá en centro de ataque
de los corsarios y piratas, durante los
siglos XVI, XVII y XVIII, como lo
hicieron los muy renombrados Drake y
Morgan, el que saqueó y destruyó en 1671
la ciudad de Panamá. Vamos a dar un
salto histórico. La independencia de
Panamá no fue proclamada hasta 1821,
uniéndose a la Gran Colombia de la que
formó parte el departamento del Istmo,
que gozó de gran independencia. En el
año de 1826 fue sede del Primer Congreso
Interamericano convocado por Simón
Bolívar. Cuando este murió hubo diversas
tentativas secesionistas, estimuladas
por la evidente importancia del
Istmo.
Ahora, en este año
2006 del siglo XXI, en total mis
conocimientos no pasaban de saber que
Panamá ocupa la zona más estrecha del
istmo centroamericano. Que el sector
agrícola es muy importante, el que
exporta sobre todo, por supuesto, a los
EE.UU. Y algo muy fundamental, que el
famoso Canal de Panamá, que merece toda
una historia aparte, desde muy temprano
fue concebido como dije por los
españoles, después por los franceses, y
finalmente fue completado por los
norteamericanos que lo explotaron muy
provechosamente hasta que llegó el
general Omar Torrijos y proclamó:
“Teníamos dos objetivos fundamentales en
la Revolución del año 68. Primero, la
recuperación del Canal, y segundo,
convertir una caricatura de país en
Nación.” Ahora sé que me adelanté.
Vuelvo atrás.
Un folleto que
tengo delante de mí me informa que: “más
de tres siglos después, el conde francés
Ferdinand de Lesseps, quien construyó el
Canal de Suez entre 1859 y 1869,
organizó en 1879 la Compañía Universal
del Canal Interoceánico de Panamá con el
propósito de construir un canal a nivel
en el istmo de Panamá. En 1880 De
Lesseps inauguró las obras y, por medio
de la Compañía Universal, vendió bonos y
acciones para financiar la construcción
de la vía, pero la experiencia y
conocimientos de los ingenieros
franceses no fueron suficientes para
sobreponer los obstáculos propios de un
clima como el que encontraron. Las
enfermedades y la deficiente
administración del proyecto terminaron
por hacerlo fracasar financieramente en
1889.” Pero este folleto no menciona
que los infelices obreros venidos de
Jamaica primero y de Barbados después,
que trabajaban diez y doce horas diarias
por un dólar de salario, murieron por
miles durante años, sin que la
millonaria empresa francesa dirigida por
el famoso De Lessep hiciera otra cosa
que lamentarse por las cuantiosas
pérdidas monetarias de la riesgosa
empresa.
Sigue relatando el
folleto que “los franceses no se dieron
del todo por vencidos y en 1894 fue
organizada la Nueva Compañía del Canal
de Panamá. Un comité técnico investigó
las características topográficas,
geológicas, e hidrológicas del Istmo. El
comité recomendó la construcción de un
canal de esclusas para controlar los
efectos de las crecidas del río Chagres
y, a la vez, disminuir la magnitud de
las excavaciones que implicaría la
construcción de un paso a nivel. Este
segundo intento tampoco prosperó.
Huérfanos de apoyo financiero estatal o
privado, y ya sin fondos, los
representantes de la Nueva Compañía del
Canal se vieron obligados a vender al
gobierno de EE.UU. las propiedades y
derechos que tenían sobre la
construcción del Canal.” Este sería el
inicio de las calamidades futuras de
los panameños.
En 1903, Panamá,
que ya era una nación independiente de
Colombia, acordó con el gobierno de
EE.UU. el Tratado Hay-Bunau Varilla, que
les permitía a los norteamericanos
emprender la construcción de un canal
interoceánico a través del Istmo de
Panamá. En 1904 EE.UU. compró la opción
a un costo de B.40 millones.
Durante una década
de muy peligrosos trabajos, los
estadounidenses se dieron a la tarea de
completar el Canal de Panamá. La obra
demandó la presencia de 75 000 hombres y
mujeres —muchos de ellos murieron
víctimas de la fiebre amarilla, el
tifus, la malaria y las pésimas
condiciones de vida. La obra costó B.400
millones. Al igual que los franceses,
los nuevos constructores se enfrentaron
con descomunales problemas: como los
derrumbes constantes; la complejidad del
enorme volumen de excavación; el gran
tamaño de las esclusas y la necesidad de
establecer nuevas comunidades; importar
distintos materiales y organizar
desconocidos niveles de trabajo. Una
tarea realmente sobrehumana de los
trabajadores y los directores del magno
proyecto.
Pero hay que
destacar quiénes fueron los verdaderos
héroes de esta empresa gigantesca. La
voluntad y el empeño de seres humanos,
la mayoría de ellos ahora anónimos: los
hombres y mujeres que construyeron el
Canal, lo que se constituyó en un legado
muy valioso para la humanidad.
Por esa fecha el
doctor Carlos J. Finlay, un eminente y
laborioso médico cubano, descubrió que
el mosquito Aedes Aegypti, era el
trasmisor de la fiebre amarilla, lo que
llegó a ser conocido y utilizado
ampliamente por el equipo médico
norteamericano —con el coronel William
Crawford a la cabeza, que atendía al
personal que laboraba en la construcción
del canal. Con los profesionales que
fueron concibiendo la obra como el
ingeniero jefe John F. Stevens y su
equipo de trabajo, los que levantaron
poblados, establecieron el sistema de
abastecimiento y organizaron un
importante sistema ferroviario para
extraer el material pétreo excavado del
corte; el coronel George Washington
Goethals y su personal llevaron adelante
la excavación del Corte Culebra,
diseñaron los planos finales y
construyeron las esclusas así como la
represa de Gatún. Una obra
verdaderamente gigantesca, hay que
reconocerlo. Este trabajo conjunto
permitió la inauguración del Canal de
Panamá el 15 de agosto de 1914, con el
primer tránsito oficial de uno a otro
océano del vapor Ancón. Es necesario
decir que desde esta fecha hasta octubre
de 1979, en que según lo dispuesto en
el Tratado Torrijos-Carter se inició una
nueva etapa para el Canal, el gobierno
de EE.UU. obtuvo enormes ganancias
provenientes de los fondos que obtenía
del pago que efectuaban las empresas
navieras por el derecho a transitar por
el Canal de Panamá.
Durante 85 años el
pueblo panameño subordinó su
independencia nacional a la intervención
constante y múltiple del gobierno
norteamericano. El Canal de Panamá era
su mayor riqueza económica, e iba a
parar a las manos del gobierno de
EE.UU., mientras los panameños carecían
de las normas más elementales de vida.
En un discurso que
pronunció en la Plaza 5 de Mayo, el 11
de octubre de 1971, en la Ciudad de
Panamá, el general Omar Torrijos
afirmaba: Yo quiero hablarles a ustedes
de que hay 200 000 analfabetos panameños
que esperan la redención del libro, la
redención del maestro para aprender a
leer y escribir. Yo quiero hablarles a
ustedes de los 45 000 panameños que
están sin trabajo. Quiero hablarles a
ustedes de los 50 000 agricultores
panameños cuyos ingresos no llegan
siquiera a los cien balboas al año.
¿Quién era el tan
mencionado general Torrijos? Este era un
lenguaje nuevo, este era un hombre que
se atrevía a desafiar a los poderosos, a
los políticos que habían pactado desde
siempre en contra de los intereses del
pueblo panameño.
Omar Torrijos era
el Comandante de la Guardia Nacional,
que derrocó en 1968 al corrupto y
tradicionalista presidente Arnulfo Arias
y asumió el poder. En un discurso que
pronunció ante el Primer Congreso de
Corregidores de la República, en el
Palacio Legislativo, el 17 de agosto de
1971, dejó sentado un principio básico
de la Revolución que encabezaba. “Esta
Revolución es para los desvalidos, no
para los que tienen. Para los desvalidos
porque solo ellos pueden hacer la
Revolución.” Y en otra ocasión definió
el ideario político de él y sus
seguidores en estos términos: “Cuando
nosotros llegamos al Gobierno, la
Guardia Nacional junto con todos los
funcionarios que nos acompañan, hicimos
el juramento de dedicar el esfuerzo del
Gobierno Revolucionario al servicio del
hombre a quien el estado nunca había
recordado: el indio, el campesino el
pobre, el que tiene hambre, el que está
anémico, el que anda agachado.” Estos
no eran retóricos ni huecos conceptos
como acostumbraban los políticos de
siempre, para adormecer al pueblo con
falsas promesas. Eran opiniones
contundentes, y respondían a las
necesidades más esenciales de los
panameños.
Pero Omar Torrijos
sabía bien quiénes eran sus enemigos
internos —la burguesía nacional— y los
externos —que estaban agazapados con
falsas promesas en los EE.UU. Por eso
advirtió el 15 de marzo de 1973 ante el
Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas. “Si se nos impide emprender
cambios pacíficos, están empujando a
nuestro pueblo a que propicie cambios
violentos.”
Él sabía no solo
quiénes eran sus enemigos, si no los
métodos que seguirían. Él lo dijo muy
claro, advirtiendo el final violento que
tendría su vida. “Eso está previsto, y
eso no me preocupa…lo que me interesa es
que el día que eso pase, recojan la
bandera, le den un beso y sigan
adelante.” Todavía muchos se preguntan,
¿en qué circunstancias murió el general
Omar Torrijos? Sabemos lo evidente, que
fue en un accidente aéreo, pero quién lo
propició. Y muchos siguen contestando,
en circunstancias muy sospechosas, no
aclaradas, en circunstancias que señalan
con el dedo a los culpables, y hasta
surge un nombre: los Servicios de
Inteligencia de los Estados Unidos de
América. ¿Quedará aclarado este
misterio, que para muchos no es tal,
algún día? Este no es un acto de
intromisión en los asuntos internos de
Panamá, lo recogí allí en las opiniones
de muchos.
El Tratado
Torrijos-Carter, como es ampliamente
sabido, permitió que la República de
Panamá asumiera la administración plena
del Canal a partir del mediodía del 31
de diciembre de 1999. La encargada de
hacerlo ha sido desde entonces la
Autoridad del Canal de Panamá (ACP), una
institución autónoma del Gobierno,
dirigida por un administrador y un
subadministrador bajo la supervisión de
una Junta Directiva integrada por 11
personas. La ACP fue creada por la
Constitución Política de la República de
Panamá. Las cosas estaban cambiando.
Se dice que a veces
los números hablan. Aquí tenemos un caso
muy elocuente que habla por sí mismo. En
85 años de administración
norteamericana, el Canal aportó al
Tesoro Nacional 1, 877,907, 000 en
balboas. En seis años de administración
panameña, el aporte económico al Tesoro
Nacional fue de 1, 821, 100, 000
balboas. El argumento es tan contundente
que no necesita ser ampliado. Pero los
panameños no están conformes, están
enfrascados en una tarea gigante para el
futuro. La Junta Directiva de la
Autoridad del Canal de Panamá entregó al
presidente de la República, Martín
Torrijos (como es sabido hijo del
general Torrijos y seguidor de sus
ideales) el 24 de abril de 2006 la
propuesta de ampliación del Canal
mediante el proyecto del tercer juego de
esclusas. Después de ser aprobado por el
ejecutivo de la nación, el proyecto fue
aprobado recientemente en un referendo
votado mayoritariamente por el pueblo
panameño. Se asegura que este proyecto
duplicará la capacidad del Canal y le
permitirá captar la creciente demanda de
comercio marítimo que usaría la ruta por
Panamá. La construcción del proyecto
tomará entre siete y ocho años y el
costo estimado es de B. 5,250 millones.
El proyecto se iniciará en el 2007 y se
completará a más tardar en el 2014.
La mayoría de los
panameños con quienes hablé durante mi
reciente estancia en ese bello y
amistoso país, está de acuerdo con el
proyecto de ampliación del Canal. Y yo
pensaba que los beneficios de esta obra
tienen un nombre y un apellido: Omar
Torrijos. Si el Canal no hubiera pasado
a manos de los panameños, como él se
propuso, los beneficios de todo tipo de
esta obra no llegarían a la mayoría del
pueblo de Panamá. En un discurso que
pronunció en 1973 preguntó: ¿No será que
unos se están muriendo de opulencia,
mientras otros se mueren de miseria?
Parece que la historia presente de
Panamá le está dando la respuesta que
Omar Torrijos esperaba. La riqueza ha
comenzado a pasar, cada vez más, a los
que se morían de miseria. |