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El joven artista de la plástica Sandor
González se refiere al proyecto Arca de
la Libertad como una oportunidad única
que le permitió no solo trabajar entre
maestros establecidos del arte pictórico
cubano sino expresar su compromiso y
homenaje personal gracias a la obra
mayor que se logró de esta labor
conjunta, en la que intervinieron 15
artistas de nuestro país, dedicada al
Comandante en Jefe Fidel Castro en el
contexto de la celebración por su 80
cumpleaños
¿Cómo
se vinculó a la obra mural Arca de la
Libertad?
Kcho me llamó, me dijo que estaba
preparando un proyecto. Cuando llegué ya
estaba montada la tela y el grupo de
artistas reunido. Antes nos había
enviado una carta explicando en qué
consistía todo. Empezamos a trabajar
casi enseguida, aunque algunos quedaron
para después, yo mismo trabajé casi al
final para unificar las obras. Había
quien llegaba rápido en un tiempo libre
y trabajaba en ese momento. Fabelo pasó
y dejó planteado el boceto de lo que iba
a hacer para que los demás no se
atrasaran. Al otro día fue y lo terminó.
El proyecto se hizo así, fue muy
relajante, muy tranquilo.
Hubo organización, pero todo el mundo
hizo lo que quiso. Por ejemplo, Bejarano
llegó y pegó papeles en un gran espacio,
después se dejaron elementos y lo demás
se fusionó con el resto de las obras.
Había mucha libertad. Fue muy
espontáneo, pero con orden.
¿Con
qué idea se enfrentó a la obra?, ¿cómo
surgió su aporte personal?
Yo hago edificaciones, trabajo el tema
urbano, el hombre dentro de su mundo.
Estos elementos los puede reconocer
quien conoce mi obra. Trabajo
principalmente con carbón, dibujo, pero
esta obra era más pictórica. Ya había
texturas y pensé que no podía dibujar,
así que empecé a pintar, pero no con
brocha, lo hice con las manos, con los
dedos, con la intención del dibujo pero
pintando.
En mi fragmento se pueden ver dos
situaciones diferentes con un puente en
el medio y una pareja con una escalera
en color blanco. La pareja no tiene que
ver necesariamente con el hombre y la
mujer, sino con la idea de que uno solo
no puede llegar a “algo”, es una
mentira. Siempre hace falta alguien por
lo menos para contarle las cosas buenas
o malas. La escalera transmite los
deseos de seguir hacia arriba y a la vez
te permite descender sin caer. Juego un
poco con esta metáfora. El puente es la
unión, y más que nada quería algo
esperanzador, en medio de la presencia
lúgubre de esos dos edificios.
Yo fui el niño de este mural, cumplo 30
años en unos días. Estaba entre Bejarano
y Fabelo, y también el resto, que para
mí son maestros. Debía unir las obras de
los dos y creo que al final salió bien.
¿Se
sintió intimidado al trabajar, no solo
con maestros, sino con la imagen
simbólica del yate Granma?
No,
fue una gran experiencia. Ya había
participado en otros murales y desde
todos los puntos de vista representa un
compromiso y una tensión, pero no soy
cobarde para ese tipo de cosas. Es mi
obra y es lo que más defiendo. Aunque es
necesario hilar fino entre todos estos
artistas.
Por
otra parte, una cosa está clara: esto es
una reafirmación. No es algo único,
porque Fidel sabe lo que sentimos por él
y lo que significa para nosotros.
Para
mí fueron una sorpresa dos cosas que me
marcaron: Una fue el formato del yate,
que me pareció un regalo muy bonito para
el Comandante; otra fue su decisión de
traerlo para el Museo. Para mí tener una
obra junto a estos maestros en el Museo
Nacional, además de todo lo que
simboliza, es algo muy significativo.
¿Está
satisfecho con el resultado de la obra
en general?
El
mural me ha gustado mucho. Incluso viajé
a España después de haber pintado mi
parte el tercer día y no vi más. Faltaba
aún Rancaño y alguna otra gente por
pintar, no tenía los rifles ni las
bases, que son excelentes para la pieza.
Cuando lo volví a ver fue aquí en el
Museo, ya terminado, y me impresionó. Se
ve precioso. Me gusta también cómo mi
parte, en el centro, rompe con la
linealidad de la obra. Estoy muy
satisfecho con todo: con el destino, con
que nos haya gustado a todos, y sobre
todo que le haya gustado a Fidel. |