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Comienza el 2007 con buenos augurios
para Francisco (Pancho) García:
acaba de cumplir 45 años de vida
artística, hace unas horas fue nominado
para el premio Caricato de actuación
masculina y dentro de unos días iniciará
una gira —auspiciada por la productora
Del alma que dirige Robert Muro— por
Madrid, Barcelona y Valladolid con el
espectáculo “Los ojos de la noche” de la
dramaturga española Paloma Pedrero.
Estas
razones fueron el pretexto para
conversar con Pancho (Cienfuegos, 4 de octubre de 1943), actor que,
además de talento, irradia unas
tremendas ganas de vivir y quien se
ruboriza cuando lo alaban. Me consta.
Esta es, entonces, una suerte de Mirar a
Pancho o Pancho visto por
Pancho.
“Trabajaba como jefe de almacén en el
Hospital de Emergencias de La Habana y
allí pertenecía al Sindicato del sector
de la salud. Se orientó la creación de
los grupos de aficionados y comencé a
buscar gentes que estuvieran
interesados, y yo mismo, como para dar
el ejemplo, me presenté.
“Aunque había ido poco al teatro, ese
mundo me gustaba. De todos los que nos
presentamos, tuve la suerte de ser el
único seleccionado y me tocó un
instructor que fue vital para la cultura
cubana en la década de los 60 y que,
algún sentido, innovó la técnica
teatral: Juan Rodolfo Amán.
“Recuerdo que la primera vez que nos
vimos fue en un anochecer en el local de
ensayos que tenía en la calle C, de El
Vedado. En ese momento cada sindicato
tenía su local, su costurera, sus
diseñadores… cada cual producía
íntegramente todas las obras. Fue el
momento de oro del movimiento de
aficionados en Cuba.
“Amán
empezó a hablar de lo que era el teatro
y de la sensibilidad que había que
tener; fue decisivo y marcó el momento
en que, definitivamente, quedé atrapado.
Sin discusión alguna, Amán fue un hombre
que revolucionó el teatro porque en
puestas como Edipo Rey, Mundo
de cristal y Hamlet, por solo
citar tres ejemplos, comenzó a utilizar
una estética de vanguardia.
Vicente Revuelta, Roberto Blanco y todas
las gentes que eran ya profesionales
iban a ver las puestas de Amán quien
creó el Grupo de Teatro Experimental de
Aficionados integrado por personas que
provenían del sector de la salud y de la
gastronomía.
Nos
cedieron un local que antes fue el
almacén de un hotel ubicado en las
calles San Miguel y Galiano en pleno
corazón de La Habana. Lo limpiamos y lo
acondicionamos nosotros mismos… nos
dieron asientos que, tiempo atrás,
pertenecieron al Hipódromo Nacional y
creamos un teatro arena con todos los
elementos profesionales, pero siendo
aficionados.
¿Puedo afirmar sin temor que es fundador
del Movimiento de Aficionados en Cuba?
Por
supuesto. Cuando coincido con Amán, él
estaba montando Venancio, el
espiritista. Yo no trabajaba en la
obra, pero el que hacía el personaje de
El médico se fue. Hacía solo unos días
que había entrado al grupo y Amán,
inmediatamente, me dijo: ¡sube! Eso fue
tremendo.
El
día de la función en el Primer Festival
Nacional de Aficionados, el cine-teatro
Payred estaba repleto. Recuerdo que
cuando salí a hacer mi escena, comencé a
auscultar a un supuesto paciente, el
estetoscopio se me iba de las manos, yo
temblaba y temblaba de pies a cabeza, y
la gente se daba cuenta. Fue algo muy
brusco porque de la nada a un teatro
repleto de personas el miedo escénico
era muy grande. Así fue mi estreno como
actor.
¿Qué ha pasado con el movimiento
aficionado?
Indudablemente ya no es igual. El
Movimiento Aficionado continúa, pero es
que aquella experiencia fue fabulosa.
Imagínate que cada sindicato subvencione
y le dé un local a su grupo y que, al
mismo tiempo, produjera sus propias
obras.
Eso
es una garantía tremenda e inclinaba la
balanza hacia una excelente calidad.
Recuerdo, por ejemplo, cuando en un
Festival hicimos Hamlet en la
Sala José Luis Tasende de la provincia
de Camagüey fue algo impresionante y
obtuvimos casi todos los premios del
certamen.
Me
siento muy orgulloso de haber vivido esa
década junto a Amán quien creó una
escuela; nos forjamos en el escenario;
pero recibíamos clases de expresión
corporal, de actuación, de ballet, de
folclore, de voz y dicción.
Era
una verdadera academia donde se nos
orientaba qué libros teníamos que leer,
los espectáculos que debíamos ver, y nos
ilustró en el sentido de que nos enseñó
que un actor necesita conocer de todo.
Fue la escuela en la que me formé y de
eso me siento muy orgulloso.
¿Alguien de tu familia tenía que ver con
el mundo del espectáculo?
Mi
papá era cantante de tangos y recuerdo
que me emocionaba mucho cuando lo
escuchaba en la radio de Cienfuegos. Mi
madre contaba que ella le llevaba
tabacos al portero del teatro Terry y en
agradecimiento la sentaba en un palco
escondida y ella veía los espectáculos…
de niño redactaba cosas y antes de
empezar a leer y escribir me aprendía de
memoria los poemas y los decía en la
escuela. Era una tendencia natural, pero
recuerdo que cuando iba a Cienfuegos la
Compañía de Teatro Vernáculo de
Arredondo y se presentaba en el cine
Luisa no me perdía una función porque mi
tío, que trabaja allí, me colaba. Creo
que esa fue la semilla.
¿Diez años perteneció a la compañía de
Amán?
Hasta
el año 1968 estuve de aficionado
trabajando en puestas como Mundo de
cristal, Hamlet, Edipo Rey,
Juan criollo, Permiso para
casarme, Santa Juana de América
y muchísimas más.
En el
año
1968
a
Amán lo llamaron a trabajar en Teatro
Estudio y me escogen para quedarme al
frente. Accedí porque no quería dejar el
teatro.
Escribí un texto, un guión de sátira
social y nos fuimos a recoger cebollas
para Santa Cruz del Norte. ¿Por qué lo
hice?, pues para no separarme del
teatro. En la mañana recogíamos cebolla,
en la tarde entrenábamos y en la noche
hacíamos funciones en el pueblo.
Entre
las cosas que monté estaba El burgués
gentilhombre, de Moliere, obra que
llevé a quince personajes a pesar de
solo tener seis actores. Al regreso
teníamos que defender la permanencia del
local y ese fue uno de los momentos más
hermosos de mi carrera. Recuerdo que el
productor, en una colchonería, consiguió
unas tiras azules y rosadas y las
empatamos y con eso hicimos metros de
tela y confeccionamos todo el vestuario
y la escenografía.
Estrenamos y fue un acontecimiento; algo
milagroso. Todavía hoy me pregunto cómo
pude dirigir un Moliere… fue un
atrevimiento, una osadía. Se dio lo que
tiene que ser el teatro: algo colectivo.
Logré, siendo tan joven, un verdadero
respeto que parte de la confianza y de
la amistad. Luego la obra se puso en el
teatro Mella y al ver mi nombre en la
marquesina fue un estremecimiento. Un
tiempo después me llaman de El joven
teatro, porque iban a montar La
alondra, de Jean Anouilh
—(1910-1987), dramaturgo francés, cuyo
repertorio ecléctico combina un
sentimentalismo clasicista con unas
formas teatrales novedosas— y necesitan
a alguien para el personaje de El
Inquisidor. Mi prueba para entrar al
mundo profesional fue ese personaje.
Después Pepe Santos montó un espectáculo
muy atrevido y trasgresor en el sentido
de que se cuestionaban
asuntos más bien sociales y que
tenían que ver con comportamientos
machistas… fue una obra vista por todo
el mundo y tuvo una resonancia tremenda.
Creo que el día en que se haga la
historia del teatro cubano, ese
espectáculo hay que tenerlo,
necesariamente, en cuenta.
En 1970, Héctor Quintero habla con
Raquel Revuelta y me admiten en Teatro
Estudio.
¿Pancho hoy?
Hay
algo que me ha salvado: no me he
anquilosado. Llevo en este mundo 45 años
y, como es natural, me han ocurrido
muchas cosas bellas y buenas y otras no
tanto, pero creo haber tenido un fogueo
y una experiencia.
A
actores de mi edad, con frecuencia, les
sucede que adquieren una manera de hacer
y se acomodan a ella; les reproché mucho
a Berta Martínez y a Raquel Revuelta,
por ejemplo, que dejaran de actuar
porque es una pena que las nuevas
generaciones no las vean trabajar. Berta
es un prodigio y la gente no se imagina
la gran actriz que es.
Llegado un momento, ambas no se
pertenecían, eran como un patrimonio
necesario para las jóvenes. Siempre
estuve en desacuerdo y me dije: eso no
me va a pasar. Por ejemplo, me acerqué a
Carlos Celdrán, director del grupo Argos
Teatro, y le dije: quiero trabajar
contigo. Él nunca había hecho nada con
un actor de mi generación y me invitó a
hacer Vida y muerte de Pier Paolo
Pasolini, de Michel Azama y creo que
fue una decisión muy buena de ambas
partes porque, mutuamente, nos hemos
aportado cosas.
Una decisión difícil porque es, quizá,
como subordinarse a alguien con menos
recorrido en el mundo del teatro…
Es
cierto, pero no fui tonto porque Celdrán
es un director muy, muy, muy
inteligente; es un tipo de gran talento
y comparto sus estéticas, las entiendo,
las admiro y toda la experiencia que he
ido adquiriendo en estos años de trabajo
no cae en saco roto. Se trata de
utilizarla, de ponerla en función.
Alguien me dijo el otro día algo que me
emocionó: “te has convertido en un icono
para los actores jóvenes”. Eso me
conmueve, pero no con vanidad, sino con
toda la humildad del mundo porque es una
gran responsabilidad que ellos —sin
prepotencia y sin paternalismo hacia
ellos— adquieran esa experiencia.
Trabajar con jóvenes, estar en el
escenario junto a ellos de tú a tú y
transmitirles confianza me hace sentir
pedagogo. En ese sentido, me encanta ser
maestro, es decir, estar metido en la
historia, in situ. Igual, cuando
dirijo, me gusta actuar, estar dentro de
la puesta… me da envidia porque los
actores se adueñan y uno se siente como
relegado.
Me
encanta trabajar con los jóvenes,
interactuar con ellos. No me gusta
decirles “esto se hace así” sino
demostrárselo. Me gusta verlos en el
escenario y que se den cuenta de que la
mirada que se produce en escena es
única. Lo que pasa entre los actores es
maravilloso; la gente no se mira en la
calle. Es especial aprender a captar el
misterio que se da en el público cuando
los actores están vivos, haciendo esa
síntesis, como en estado de gracia.
Definitivamente prefiere actuar que
dirigir…
Sí.
Ser director implica una gran
responsabilidad con todo el mundo y eso
me resulta muy agónico. La parte
creativa, la de estructurar e inducir
una obra me encanta, pero los aspectos
de producción y lo que tiene que ver con
la economía me hace sentir muy inseguro.
Es por eso decisivo tener un equipo
sólido. En la creación tiene que darse
la unidad y no puede haber imposición.
El director es la cabeza, y todos los
demás tienen que entender lo que está
proponiendo y trabajar en función de
ello porque es quien tiene el concepto
general de puesta en escena. Ello no
quiere decir que no existan
contradicciones e incluso discusiones y
que todo tenga que ser una nube rosa.
No, pero tiene que primar el criterio
del director.
El
teatro es un medio maravilloso, pero muy
ingrato en el sentido de la popularidad…
Personalmente la televisión no me gusta
tanto, pero la valoro. Me encantaría
hacer cine aunque nada sustituye al
teatro. Ese contacto público-actor es
único y aunque es cierto que no da
popularidad a mí, sinceramente, no me
preocupa. Lo que te regala el teatro
paga todas las demás ingratitudes.
¿Y
el aplauso?
Lo
siento como una contradicción. Cuando
aplauden me da como pena, pudor; pero al
mismo tiempo es la catarsis del
espectador, es cuando el público te
reciproca. Durante la función se crea un
estado, un silencio, con el que el
espectador delata el grado de
concentración y de complicidad. El
aplauso es gratificante, es el alma de
la aprobación. También puede ser
terrible cuando sientes que no es lo que
esperas.
¿Y
el instante anterior a salir a escena?
Aunque lleves mucho tiempo haciendo
teatro, ese momento ante de salir a
escena es angustioso. Es un instante
particular, pero que está dentro del
juego. Cuando entras en escena es como
un paso al vacío: no hay retrocesos
posibles. En la televisión se corta, en
el cine se hace otra toma, pero ¿cómo
resuelves en el teatro? El terror, el
pánico más grande de un actor es
“quedarse en blanco”, que se te olvide
el texto. Es terrible.
¿Le ha pasado?
Me ha
pasado; han sido segundos y me han
parecido años. Para vencer esa situación
hay que tener una concentración muy
grande. Si no eres capaz de reaccionar
en ese instante se acabó la obra. Por
suerte, casi todos los actores
reaccionamos.
Cuando llega el
estreno tengo que tener el libreto junto
a mí, pero no lo toco. Es algo que tengo
que tener en vena, en sangre. Ahora tú
me pides que te diga un fragmento de
El caballero de Olmedo —que
interpreté en los 60— y te puedo repetir
el monólogo completo.
Es un
mecanismo que hay que crear. En la
actuación el personaje que interpretas
es como un espíritu que el actor tiene
que controlar; es como dejar que ese
espíritu entre dentro de ti, pero, a la
vez, tienes que estar capacitado para
dominarlo. Se establece un forcejeo, hay
momentos en que sueltas un poquito y
dejas que el personaje se desate, pero
no puedes permitir que llegue a la
locura: tienes que traerlo hacia ti y
domarlo otra vez. En la medida en que
vas adquiriendo experiencia se establece
un juego.
No
puede olvidarse que el teatro es eso:
representación y un trabajo en el que la
intuición es decisiva; hay quien dice
que la intuición es el grado más alto de
la inteligencia. Creo que sí, que el
intelecto tiene que trabajar, hay que
estudiar cada escena y hasta donde se
quiere llegar, qué quiere decir el
director, qué aporta tu personaje. Todo
eso lo tienes ahí y luego hay que dejar
que salga el personaje, pero tú tienes
que controlar siempre. El teatro no es
la calle; estás diciendo al espectador
algo y quieres que entienda el mensaje,
hay un concepto detrás, una lección.
Tienes que entretener, pero al mismo
tiempo tienes que enseñar y educar. El
teatro se hace para todo tipo de público
y lo ideal es lograr un diapasón
mediante el cual se pueda entretener lo
mismo al espectador de más nivel que al
de menos. En ese sentido, el teatro no
puede ser discriminatorio.
¿Cuál es el personaje que no ha hecho
que desearía interpretar?
A
medida en que uno va envejeciendo el
diapasón se va, desgraciadamente,
cerrando. Hay un personaje de Lope de
Vega que interpreté hace mucho tiempo y
que no me quedó bien y eso me va a
lastimar toda la vida. Ahora, a esta
edad, quisiera hacer Muerte de un
viajante, del dramaturgo
norteamericano Arthur Miller
(1915-2005), también El rey Lear,
de William Shakespeare aunque comprendo
que es un reto muy grande porque
Shakespeare no se da fácil.
¿Teatro cubano hoy?
Creo
que falta dramaturgia y hay urgencia de
temas. Hubo un momento en que prevaleció
la censura, pero ahora hay como una
autocensura. El teatro no cambia la
realidad, pero sí hace pensar sobre
ella, sí hace meditar. Se requiere de
una dramaturgia que enamore a los
directores. Existen aún tabúes a la hora
de enfrentar ciertas problemáticas. La
realidad cubana es muy rica, se mueve
mucho y hay que atraparla.
Nosotros tenemos algo maravilloso a
nuestro favor y es que cuando, por
ejemplo, se estrena una película cubana
todo el mundo va a verla aunque esté
precedida de la peor crítica. Esa
característica no la tienen otros
países. A los cubanos nos encanta ver
nuestros problemas reflejados. ¿Qué pasó
con María Antonia, de Eugenio
Hernández Espinosa? Fueron meses de
teatro repleto, y el público lo
agradeció tremendamente; igual sucedió
en su momento con Aire frío, de
Virgilio Piñera o con Contigo pan y
cebolla, de Héctor Quintero. Son obras
que nos reflejan. Ese es un regalo que
hace tiempo no tenemos y que nos
merecemos.
¿Hay buenos actores jóvenes?
Está
pasando algo muy extraño. Entre las
mujeres hay posibilidades de buenas
actrices; ellas están tiradas al ruedo,
luchando y se arriesgan. Los varones no
tanto y no sé por qué. Creo que hay más
calidad en las hembras que en los
varones.
También
hay un éxodo de actores.
Cuando
aparece alguien y empieza a foguearse,
de pronto se nos va y eso es muy triste.
Siento que se va diezmando la tropa,
aunque cada cual es dueño de su
destino, pero creo que deberían de haber
mayores incentivos y más oportunidades.
¿Qué planea para el 2007?
Imagino que Celdrán reponga
Stockman, un enemigo del pueblo,
de Henrik Ibsen, Vida y muerte
de Pier Paolo Pasolini, de Michel
Azama y Chamaco, del dramaturgo
cubano Abel González Melo y en las tres
trabajo. Quisiera dirigir Muerte de
un viajante, de Miller, que es una
obra complicada y que requiere de un
elenco joven.
¿Si tuviera otra vida, elegiría,
nuevamente, el teatro?
Sí, a
pesar de todo. Sería otra vez actor,
pero me gustaría cursar una escuela lo
cual, creo, es muy beneficioso para un
actor. |