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Tomás Gutiérrez Alea: momento insoslayable del cine cubano y latinoamericano
Odal Palma La Habana


Abogado de profesión, cineasta de nacimiento, convicción, profesionalidad y maestría insuperables, Tomás Gutiérrez Alea se inscribe en el selecto grupo de hombres a los que es aplicable el precepto martiano que asegura que la muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien con la obra de la vida. 

Considerado desde sus primeras realizaciones director de vanguardia y uno de los más populares del naciente cine cubano, Alea es tema de obligada referencia en festivales o encuentros de cineastas celebrados tanto en Cuba, como en el extranjero. En todos y cada uno de estos eventos, su obra cinematográfica es traída de vuelta, ya sea como objeto de análisis o debate o mediante la exhibición de algún filme de uno de los tantos realizadores de las nuevas generaciones que ayudó a formar. 

Para que esta regla continúe sin excepción —y tampoco creo la tenga nunca— por estos días en que cineastas de todo el mundo se han dado cita en La Habana para ofrecer a los cubanos diez días de excelente cine, Gutiérrez Alea es recordado una vez más por el mejor y exigentes de sus críticos: los espectadores. 
 


Juan Suárez, luminotécnico ICAIC 

Tuve la inmensa dicha, el grandísimo honor de trabajar con Titón en una de sus primeras películas: Memorias del subdesarrollo. Ya desde esta realización, Alea demostró tener muy buen tino como director de cine. Desde la primera hasta la última escena se desempeñó como un maestro dueño de gran talento y de una imaginación infinita. 

A pesar de haberse hecho en los años 60 cuando apenas podía hablarse de cine cubano y la carencia de recursos fulminaba hasta los más nobles proyectos, Memorias… está considerada como una de las mejores películas no solo de nuestro cine, sino del latinoamericano en general. Ello se debe en buena medida, sin desdecir de los actores, a la audaz y magistral dirección de Gutiérrez Alea, al dominio firme de su oficio de realizador.
 


Rosa Elena Méndez, profesora universitaria 

¿Alea? Un maestro, un genio del cine. Aunque han transcurrido ya algunos años, ¿quién no ríe todavía cada vez que recuerda determinadas escenas de Las doce sillas, La muerte de un burócrata, Los sobrevivientes, Guantanamera…? Y de la misma manera, ¿a cuántos no se nos oprime el pecho cuando pensamos en ese abrazo tierno, infinito de Diego y David en Fresa y Chocolate

Como pocos directores, Alea reflejó en el cine la realidad cubana. Pero no se trata de reflejar esa realidad por el simple hecho de mostrarla. Como tampoco es la crítica por la crítica. Se trata de un llamado a la reflexión, de mirarnos a nosotros mismos, de revisar nuestros actos, nuestra manera de proceder en la sociedad en que vivimos.
 


Raúl González, arquitecto 

Hoy por hoy el mejor director de cine cubano. Un profesional del cine de los pies a la cabeza. 

En casi todas sus películas, sus personajes, más actores, son testimoniantes de una época, pues él supo combinar magistralmente elementos de la realidad vivida por los cubanos en aquellos años para sacar a la luz magníficas realizaciones, algunas de las cuales pueden ser consideradas verdaderas joyas del cine cubano.
 


Caridad Bermúdez, psicóloga

Ya no trabajo y por ello mis visitas al cine se han limitado bastante, aunque dentro de esa limitación quedan fuera los Festivales de cine, a los cuales, como este asisto desde la inauguración hasta la clausura. Pero hace un tiempo atrás salía del hospital y me colaba en el cine casi todos los días. Fue por esos años que conocí las películas de Titón. Desde entonces las consideré maravillosas, entre otras razones, porque casi todas están cargadas de humanismo, de mucha poesía y, sobre todo, de grandes realidades.  

Por su obra cinematográfica, espléndida en verdad, Alea puede situarse muy bien entre los primeros cineastas del mundo. Todas sus realizaciones están dirigidas a la reflexión, quizá por eso las disfruto tanto. Aunque de todas ellas es Fresa y Chocolate la que más me cautiva. En esa película Titón aborda un tema muy difícil, muy escabroso: el homosexualismo. Un tabú no solo en Cuba, sino en casi todo el mundo. Él, sin embargo, lo trató de una manera tan convincente, con tanto desenfado, tan natural, que hasta el espectador más prejuiciado se identificó con aquella realidad, y, no solo eso, sino también con el abrazo de Diego y David al final de la película. 

A mi juicio ese abrazo es un canto a la esperanza, a la tolerancia, al reconocimiento del valor incalculable del ser humano cualesquiera que sean sus preferencias, sus gustos sexuales. Fresa y Chocolate es una película realizada impecablemente. Con ella Titón conquistó el más prolongado de los aplausos y con él la eternidad.
 

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