Año V
La Habana
2006

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Amado del Pino La Habana


Es hermosa esa canción del mexicano Manzanero en que afirma que la semana puede tener más de siete días. Parece proponer que el tiempo se diversifica, estira, amplía en manos del amor. Claro, uno no se pasa todo el tiempo bien enamorado hasta el delirio y lo más común, lo cotidiano es que estas unidades de siete días viajen de lunes a domingo con su eterno y preciso fluir.

Cuando niño mi día preferido eran los miércoles. Esa noche el equipo de pelota de nuestra provincia jugaba en Morón. Mi padre y yo salíamos de casa desde el mediodía por tal de ver aquellos juegos que se siguen celebrando en mi memoria o en los terrenos de la melancolía. Ya en La Habana me enteré de que los miércoles solían ser blanco preferido de los organizadores de reuniones. Claro, esa no es una desgracia completa. A pesar de las merecidas críticas a la burocracia, puede suceder que un grupo de personas resuelva problemas alrededor de un buró. Además,  aquella invasión de citaciones servía de coartada para algunos amantes.  Contaba la leyenda habanera de los 80 que ese día del centro de la semana estaban más concurridas las posadas o casas destinadas a los amantes más o menos apresurados.

Muchos sitúan al sábado como sinónimo de alegría o al menos de jolgorio. A mí me han ocurrido ciertos sábados algunas de las pocas desgracias con que la vida recuerda su crudeza. Además, esas películas de la tele que casi nunca me gustan… Entre jueves y viernes anda —habría que preguntarle a un matemático cubano que implanta récords mundiales en cálculos a pura mente— el día en que conocí a Tania. Por si acaso me gustan los dos.

Se repite hasta el cansancio que no hay casi nada tan aburrido como un domingo por la tarde.  Es como una epidemia que se impone sobre la siesta, las programaciones especiales, el libro guardado para ese tiempo muerto. En ciudades como San Juan de Puerto Rico, animadas en cuanto al comercio y las ofertas gastronómicas, los domingos suelen ser de calles vacías y puertas cerradas. Recuerdo una larga caminata con un amigo interesado en invitarme a tomar algo en el centro de ese día en que los dueños de los bares deciden descansar.

Hacer o recibir una visita puede enfrentar la calma chicha  o agravarla, según, claro, quien sea el visitante o el visitado. Agradezco al teatro también un buen antídoto contra el aburrimiento dominguero. Suelo acudir a las funciones de las cinco de la tarde. Es cierto que muchas veces el sol habanero pretende mellar el entusiasmo de un espectador profesional y continuo como yo, pero me impongo sobre ese resto de soñolencia y acudo a las salas. Si la función es buena, salgo al filo del atardecer, con hambre y con la buena conciencia de que mi querido arte me ayudó a saltar  la barrera, el peligro del bostezo, la parálisis de otro lentísimo domingo.
 

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