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Es
hermosa esa canción del mexicano Manzanero en que afirma
que la semana puede tener más de siete días. Parece
proponer que el tiempo se diversifica, estira, amplía en
manos del amor. Claro, uno no se pasa todo el tiempo
bien enamorado hasta el delirio y lo más común, lo
cotidiano es que estas unidades de siete días viajen de
lunes a domingo con su eterno y preciso fluir.
Cuando
niño mi día preferido eran los miércoles. Esa noche el
equipo de pelota de nuestra provincia jugaba en Morón.
Mi padre y yo salíamos de casa desde el mediodía por tal
de ver aquellos juegos que se siguen celebrando en mi
memoria o en los terrenos de la melancolía. Ya en La
Habana me enteré de que los miércoles solían ser blanco
preferido de los organizadores de reuniones. Claro, esa
no es una desgracia completa. A pesar de las merecidas
críticas a la burocracia, puede suceder que un grupo de
personas resuelva problemas alrededor de un buró.
Además, aquella invasión de citaciones servía de
coartada para algunos amantes. Contaba la leyenda
habanera de los 80 que ese día del centro de la semana
estaban más concurridas las posadas o casas destinadas a
los amantes más o menos apresurados.
Muchos
sitúan al sábado como sinónimo de alegría o al menos de
jolgorio. A mí me han ocurrido ciertos sábados algunas
de las pocas desgracias con que la vida recuerda su
crudeza. Además, esas películas de la tele que casi
nunca me gustan… Entre jueves y viernes anda —habría que
preguntarle a un matemático cubano que implanta récords
mundiales en cálculos a pura mente— el día en que conocí
a Tania. Por si acaso me gustan los dos.
Se
repite hasta el cansancio que no hay casi nada tan
aburrido como un domingo por la tarde. Es como una
epidemia que se impone sobre la siesta, las
programaciones especiales, el libro guardado para ese
tiempo muerto. En ciudades como San Juan de Puerto Rico,
animadas en cuanto al comercio y las ofertas
gastronómicas, los domingos suelen ser de calles vacías
y puertas cerradas. Recuerdo una larga caminata con un
amigo interesado en invitarme a tomar algo en el centro
de ese día en que los dueños de los bares deciden
descansar.
Hacer o recibir una visita puede enfrentar la calma
chicha o agravarla, según, claro, quien sea el
visitante o el visitado. Agradezco al teatro también un
buen antídoto contra el aburrimiento dominguero. Suelo
acudir a las funciones de las cinco de la tarde. Es
cierto que muchas veces el sol habanero pretende mellar
el entusiasmo de un espectador profesional y continuo
como yo, pero me impongo sobre ese resto de soñolencia y
acudo a las salas. Si la función es buena, salgo al filo
del atardecer, con hambre y con la buena conciencia de
que mi querido arte me ayudó a saltar la barrera, el
peligro del bostezo, la parálisis de otro lentísimo
domingo.
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