Año V
La Habana
2006

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Primer capítulo (Libro Uno) de la novela Creación
Herodoto da una conferencia en el Odeón, en Atenas
Gore Vidal


1

Soy ciego, pero no sordo. A causa de lo incompleto de mi infortunio, ayer me vi obligado a escuchar durante casi seis horas a un historiador autodidacto cuya versión de las guerras que los atenienses se complacen en llamar «persas» era un disparate tal que, si yo hubiera sido menos anciano y más privilegiado, me habría levantado de mi asiento en el Odeón para responderle y escandalizar a toda Atenas.

Pero, es claro, yo conozco el origen de las guerras griegas; él no. ¿Y cómo podría? ¿Cómo podría conocerlo un griego? Yo pasé la mayor parte de mi vida en la corte de Persia y todavía, a mis setenta y cinco años, continúo sirviendo al Gran Rey como serví a su padre—mi querido amigo Jerjes—y al padre de éste, un héroe conocido aun por los griegos como Darío el Grande.

Cuando por fin terminó su penoso discurso —nuestro «historiador» tiene una voz débil y monótona que un áspero acento dorio hace aún menos agradable— mi sobrino Demócrito, de dieciocho años, quiso saber si estaba yo dispuesto a hablar ante el intérprete de Persia.

—Deberías hacerlo —dijo—. Todo el mundo te está mirando. Saben que tienes que estar muy enfadado.

Demócrito está estudiando filosofía aquí, en Atenas. Esto significa que le encantan las disputas.

—Escribe esto, Demócrito. Después de todo, es a petición tuya que estoy dictando este informe acerca de cómo y por qué comenzaron las guerras griegas. No perdonaré a nadie; ni siquiera a ti. ¿Dónde estaba? En el Odeón.

Sonreí con la punzante sonrisa de los ciegos, como ha definido un poeta poco observador la expresión de aquellos de nosotros que no podemos ver. Y no es que yo haya dedicado mucha atención a los ciegos cuando veía. Por otra parte, nunca creí poder vivir lo bastante para llegar a viejo, mucho menos pensé posible quedar ciego, como ocurrió hace tres años, cuando las nubes blancas que se habían agrupado sobre las retinas de mis ojos se tornaron súbitamente opacas.

Lo último que vi fue mi propia cara borrosa en un espejo de plata pulida. Eso fue en Susa, en el palacio del Gran Rey. Pensé primero que la habitación se estaba llenando de humo. Pero era verano y no había fuego. Por un instante me vi en el espejo; luego ya no me vi; ni volví a ver más cosa alguna.

En Egipto los médicos hacen una operación que, según parece, despeja las nubes. Pero soy demasiado viejo para ir a Egipto y, además, ya he visto lo suficiente. ¿Acaso no he visto el fuego sagrado que es el rostro de Ahura Mazda, el Sabio Señor? Y he conocido Persia y la India y el lejano Catay. Ningún otro hombre viviente ha viajado a tantas tierras como yo.

Estoy haciendo digresiones. Es propio de los ancianos. Mi abuelo, a sus setenta y cinco años, solía hablar durante horas sin ligar jamás un tema con otro. Era absolutamente incoherente. Pero él era Zoroastro, el profeta de la Verdad; y así como el Dios Único a quien servía estaba obligado a concebir simultáneamente todos los aspectos de la creación, así también hacía su profeta Zoroastro. El resultado era inspirador si alguna vez uno lograba encontrar algún sentido en lo que decía.

Demócrito quiere que registre lo que ocurrió mientras nos marchábamos del Odeón. Muy bien. Son sus dedos los que se fatigarán. La voz no me ha fallado nunca, ni la memoria... Hasta ahora.

Hubo aplausos ensordecedores cuando Herodoto de Halicarnaso concluyó su descripción de la «derrota» persa en Salamina, hace treinta y cuatro años. De paso, la acústica del Odeón es terrible. Aparentemente, no soy el único que encuentra inadecuado el nuevo edificio destinado a la música. Incluso los atenienses sin oído musical saben que algo funciona mal en su precioso Odeón, levantado en un tiempo extraordinariamente breve por orden de Pericles, que lo pagó con dinero recolectado en todas las ciudades griegas para la defensa común. El edificio es una copia en piedra de la tienda del Gran Rey Jerjes que de algún modo cayó en manos de los griegos durante la confusión de la última campaña persa. Fingen despreciarnos; pero nos imitan.

Mientras Demócrito me llevaba hacia el vestíbulo escuché por todas partes la frase «¡El embajador persa!». Esas sílabas guturales golpearon mis oídos como esas conchas donde los atenienses solían escribir el nombre de quien los había ofendido o aburrido. Quien más votos obtenía en esa elección era desterrado de la ciudad durante un período de diez años. Y era afortunado.

Citaré algunas observaciones que oí mientras avanzaba hacia la puerta.

—Apuesto a que no le ha gustado lo que oyó.

—Es hermano de Jerjes, ¿verdad?

—No, es un mago.

—¿Qué es eso?

—Un sacerdote persa. Comen perros y serpientes.

—Y cometen incesto con sus hermanas, madres e hijas.

—¿Y con sus hermanos, padres e hijos?

—Eres insaciable, Glaucón.

—Los magos son ciegos. Tienen que serlo. ¿Ése es su nieto?

—No. Su amante.

—No me parece. Los persas son distintos de nosotros.

 —Sí. Pierden batallas. Nosotros no.

—¿Cómo puedes saberlo? Ni siquiera habías nacido cuando hicimos que Jerjes volviera corriendo al Asia.

—Ese muchacho es muy guapo.

—Es griego. Tiene que ser griego. Ningún bárbaro puede ser así.

—Es de Abdera. El nieto de Megacreón.

—Un partidario de los medos. La hez de la tierra.

—Una hez muy rica. Megacreón posee la mitad de las minas de plata de Tracia.

En cuanto a mis otros dos sentidos restantes y comparativamente sanos —el tacto y el olfato—, poco puedo decir del primero, aparte del nervudo brazo de Demócrito, que tenía asido con mi mano derecha. ¡Pero del segundo! En verano, los atenienses no se bañan con frecuencia. Y en invierno (estamos ahora en la semana que contiene el día más corto del año) no se bañan jamás. Según parece, su dieta consiste enteramente en cebollas y pescado en conserva. Conservado desde los tiempos de Homero.

Me empujaron, me insultaron, me echaron el aliento. Yo sé, naturalmente, que mi situación en Atenas, como embajador del Gran Rey, es no sólo peligrosa sino también sumamente ambigua. Es peligrosa porque, en cualquier momento, este pueblo volátil celebrará una de esas asambleas en que cualquier ciudadano varón puede decir lo que se le ocurre y, lo que es aún peor, votar. Después de escuchar a alguno de los muchos demagogos locos o corrompidos de la ciudad, los ciudadanos son muy capaces de romper un tratado sagrado, como hicieron hace catorce años, cuando enviaron una expedición para conquistar la provincia persa de Egipto. Fueron netamente derrotados. Esa aventura fue doblemente vergonzosa porque, hace dieciséis años, una embajada ateniense fue a Susa con la misión de establecer una paz permanente con Persia. El embajador principal era Calias, el hombre más rico de Atenas. Como correspondía, se redactó un tratado. Atenas reconocía la soberanía del Gran Rey sobre las ciudades griegas del Asia Menor. A su vez, el Gran Rey acordaba mantener la flota persa fuera del Mar Egeo, y así sucesivamente. El tratado era muy largo. A decir verdad, muchas veces he pensado que mis ojos se dañaron definitivamente durante la composición del texto persa. Por cierto, las nubes blancas empezaron a condensarse durante aquellos meses de negociaciones en que estuve obligado a leer cada palabra escrita por los amanuenses.

Después de la debacle egipcia, otra embajada se dirigió a Susa. El Gran Rey estuvo magnífico. Ignoró el hecho de que los atenienses hubieran roto el tratado original al invadir su provincia egipcia. Habló en cambio cálidamente de su amistad hacia Esparta. Los atenienses estaban aterrorizados. Con toda razón, temen a Esparta. En cosa de días se convino que el tratado, que ninguna parte pudo reconocer nunca, volvía a ponerse en vigor; y como prueba de la confianza del Gran Rey en sus esclavos atenienses (así los llamó) enviaría a Atenas al más intimo amigo de su difunto padre, Jerjes, es decir a Ciro Espitama, yo mismo.

No puedo decir que esto me hiciera sentir enteramente satisfecho. Nunca se me había ocurrido la posibilidad de pasar los últimos años de mi vida en esta ciudad fría y ventosa, entre unas gentes tan frías y ventosas como el lugar mismo. Por otra parte —y esto es absolutamente confidencial, Demócrito: en realidad, todo este comentario es, sobre todo, para tu beneficio, para que lo uses como te plazca una vez que yo haya muerto... cuestión de días, me parece, a juzgar por la fiebre que me abrasa y los accesos de tos que hacen este dictado tan fatigoso para mí como para ti... He perdido el hilo de los pensamientos.

Por otra parte... Sí. Desde el asesinato de mi querido amigo Jerjes y la llegada al trono de su hijo Artajerjes, mi posición en Susa ha sido menos que cómoda. Aunque el Gran Rey es amable conmigo, se me asocia demasiado con el reinado anterior para que los nuevos miembros de la corte confíen completamente en mí. La influencia que aún me resta deriva de un accidente natal: soy el último nieto vivo y varón de Zoroastro, el profeta del Dios Único, Ahura Mazda, llamado el Sabio Señor en griego. Desde que el Gran Rey Darío se convirtió al zoroastrismo, hace medio siglo, la familia real ha tratado siempre a nuestra familia con reverencia, lo que me hace sentir hasta cierto punto un impostor. Después de todo, nadie puede elegir a su propio abuelo.

En la puerta del Odeón me detuvo Tucídides, un hombre sombrío y de edad mediana que ha dirigido el partido conservador de Atenas desde la muerte de su famoso suegro Cimón, hace tres años. Como resultado, es el único rival serio de Pericles, el jefe del partido democrático.

Aquí las denominaciones políticas son imprecisas. Los líderes de ambas facciones son aristócratas. Pero algunos nobles —como el desaparecido Cimón—favorecen a la opulenta clase terrateniente, en tanto que otros —como Pericles—se apoyan en la muchedumbre urbana, cuya notoria asamblea él ha fortalecido, continuando la obra de su mentor político, Efialtes, un líder radical asesinado misteriosamente hace doce años. Naturalmente, se acusó del crimen a los conservadores. Si fueron ellos, habría que felicitarlos. Ninguna muchedumbre puede gobernar una ciudad; mucho menos, un imperio.

Ciertamente, si mi padre hubiese sido griego y mi madre persa, y no al contrario, yo habría sido miembro del partido conservador, aunque éste nunca se ha podido resistir a asustar al pueblo con la idea de Persia. A pesar del amor de Cimón por Esparta, y de su odio hacia nosotros, me habría gustado conocerlo. Todos aseguran aquí que su hermana Elpinice se le parece por su carácter. Es una mujer maravillosa y ha sido para mí una amiga leal.

Demócrito me recuerda cortésmente que de nuevo me alejo del tema. Yo le recuerdo a él que, después de escuchar a Herodoto durante todas esas horas ya no puedo pasar con lógica de un punto al siguiente. Herodoto escribe como salta un saltamontes. Yo lo imito.

Tucídides me habló en el vestíbulo del Odeón.

—Supongo que una copia de lo que acabamos de oír será enviada a Susa.

—¿Por qué no? —yo me mostré a la vez dulce y obtuso, el perfecto embajador—. Al Gran Rey le gustan los cuentos fantásticos. Tiene predilección por lo fabuloso.

Por lo que parece, no me mostré lo bastante obtuso. Percibí el disgusto de Tucídides y del grupo de conservadores que lo rodeaban. Los jefes de partido de Atenas raras veces salen a caminar solos, por miedo al asesinato. Demócrito me dice que cuando uno ve un gran grupo de hombres ruidosos en cuyo centro se destaca una cebolla con yelmo o una luna escarlata, necesariamente el primero es Pericles y el segundo, Tucídides. La ciudad está dividida irritablemente entre la cebolla y la luna de otoño.

Hoy fue el día de la luna escarlata. Por alguna razón la cebolla con yelmo no había asistido a la conferencia del Odeón. ¿Podría ser que Pericles estuviera avergonzado de la acústica de su edificio? Pero lo olvido: la vergüenza no es una emoción que los atenienses conozcan.

En este momento Pericles y su caterva de artistas y arquitectos le construyen un templo a Atenea en la Acrópolis, un grandioso reemplazo del miserable templo que el ejército persa quemó hasta los cimientos hace treinta y cuatro años, hecho en el cual Herodoto tiende a no reparar.

—¿Quiere decir, Embajador, que el relato que acabamos de oír es inexacto?

 Tucídides era insolente. Me atrevería a afirmar que estaba borracho. Aunque a los persas se nos acusa de beber en demasía a causa de nuestro uso ritual del haoma, jamás he visto tan borracho a un persa como a ciertos atenienses; y para ser justos, ningún ateniense podrá estar nunca tan borracho como un espartano. Mi viejo amigo el rey Demarato de Esparta acostumbraba decir que los espartanos nunca bebieron vino sin agua hasta que los nómades del norte enviaron a Esparta una embajada, poco después de asolar Darío su Escitia nativa. Según Demarato, los escitas enseñaron a los espartanos a beber vino sin agua. No creo esta historia.

—Lo que hemos oído, querido joven, es solamente una versión de acontecimientos que ocurrieron antes de que nacieras y, sospecho, antes del nacimiento del historiador.

—Todavía quedamos muchos que recordamos el día en que los persas llegaron a Maratón.

 Escuché, junto a mi codo, una voz antigua. Demócrito no reconocía a su dueño. Pero uno oye con bastante frecuencia viejas voces como ésa. En toda Grecia, los desconocidos de cierta edad se saludan mutuamente con esta pregunta: «¿Dónde estabas tú y qué hiciste cuando Jerjes llegó a Maratón?. Y luego se cuentan mentiras.

—Sí —dije—. Hay quienes aún recuerdan los viejos días. Yo, ay, soy uno. En verdad, el Gran Rey Jerjes y yo tenemos exactamente la misma edad. Si él viviera, tendría hoy setenta y cinco años. Cuando llegó al trono, tenía treinta y cuatro, la flor de la vida. Sin embargo, tu historiador acaba de decirnos que Jerjes era un chico atrevido cuando sucedió a Darío.

—Un detalle mínimo —empezó Tucídides.

—Pero característico de una obra que causará tanta alegría en Susa como la pieza de Esquilo llamada Los Persas, que yo mismo traduje para el Gran Rey, a quien le pareció un encanto el ingenio ático del autor.

 Por supuesto, nada de esto era cierto. Jerjes se habría enfurecido si hubiera sabido hasta qué punto él y su madre habían sido disfrazados para la diversión del populacho ateniense.

He optado por la política de no mostrar jamás confusión cuando me insultan los bárbaros. Afortunadamente, estoy libre de sus peores insultos: se los reservan para ellos mismos. Es una suerte para el resto del mundo que los griegos sientan mucho más disgusto entre sí que por nosotros los extranjeros.

Un ejemplo perfecto: cuando el antes aplaudido dramaturgo Esquilo perdió un premio que ganó el ahora aplaudido Sófocles, se indignó tanto que dejó Atenas y se marchó a Sicilia, donde encontró una muerte muy satisfactoria. Un águila en busca de una superficie dura donde romper la tortuga que sostenía en sus garras, tomó por una roca la calva del autor de Los Persas y dejó caer la tortuga con fatal precisión.

Tucídides estaba a punto de continuar con lo que parecía el comienzo de una escena sumamente desagradable, cuando el joven Demócrito me impulsó bruscamente hacia adelante con un grito:

 —¡Paso al embajador del Gran Rey! —y abrieron paso.

Afortunadamente, mi litera aguardaba junto al pórtico.

Había tenido la suerte de poder alquilar una casa construida antes de que incendiáramos Atenas. Aunque menos presuntuosa, es algo más cómoda que las casas actualmente construidas por los atenienses ricos. Nada inspira tanto a los arquitectos ambiciosos como el que su ciudad natal haya sido arrasada hasta los cimientos. Sardis es ahora, después del gran incendio, mucho más espléndida que en los tiempos de Creso. Aunque nunca vi la vieja Atenas —ni podré ver por supuesto la nueva Atenas—me dicen que todavía se hacen de ladrillos de barro las casas privadas, que las calles rara vez son rectas y nunca anchas, y que los nuevos edificios públicos son espléndidos aunque de oropel, como el Odeón.

En este momento casi toda la edificación se desarrolla en la Acrópolis, un pedazo de roca de color de león, según la poética frase de Demócrito, que domina no solamente la mayor parte de la ciudad sino también esta casa. El resultado es que en invierno —es decir ahora—tenemos menos de una hora de sol por día.

Pero esa roca tiene su encanto. Demócrito y yo vamos a caminar por allí, muchas veces. Yo toco las paredes arruinadas. Escucho el estrépito de los albañiles. Pienso en la espléndida familia de tiranos que vivía en la Acrópolis antes de ser expulsada de la ciudad, como toda persona verdaderamente noble es expulsada más tarde o más temprano. Conocí al último tirano, el amable Hipias. Estaba con frecuencia en la corte de Susa cuando yo era joven.

Hoy el rasgo principal de la Acrópolis son las casas o templos que contienen imágenes de dioses que la gente pretende adorar. Digo pretende porque, a mi juicio, a pesar del conservadurismo básico de los atenienses cuando se trata de mantener las formas de las cosas viejas, su espíritu esencial es ateo. O bien, como un primo mío, griego, dijo hace poco, con peligroso orgullo, el hombre es la medida de todas las cosas. Pienso que en su corazón los atenienses creen verdaderamente que esto es cierto. Y como resultado, paradójicamente, son inusitadamente supersticiosos y castigan con rigor a quienes consideran culpables de impiedad.

 

2

 

Demócrito no estaba preparado para algunas de las cosas que dije anoche, durante la cena. Y ahora no sólo me pide un informe verídico sobre las guerras griegas, sino que, lo cual es más importante, quiere que registre mis memorias de la India, de Catay, de los sabios que conocí en oriente, y al oriente del oriente. Se ha ofrecido a escribir todo lo que yo recuerde. Mis invitados a la cena se mostraron igualmente ansiosos. Pero sospecho que solamente eran corteses.

Ahora estamos sentados en el patio de la casa. Es la hora en que tenemos sol. El día es fresco, no frío, y puedo sentir la calidez del sol en la cara. Me encuentro a gusto, porque estoy vestido al modo persa: todas las partes del cuerpo cubiertas, excepto el rostro. Incluso las manos, en reposo, quedan cubiertas por las mangas. Naturalmente, llevo pantalones; un articulo indumentario que siempre turba a los griegos.

Nuestra idea del pudor divierte sobremanera a los griegos, que nunca son más felices que cuando contemplan los juegos de jóvenes desnudos. La ceguera no sólo me ahorra la visión de los jóvenes descarados de Atenas, sino también la de los hombres que los miran ávidamente. Sin embargo, los atenienses son pudorosos cuando se trata de sus mujeres. Aquí las mujeres van envueltas de la cabeza a los pies como las damas persas, aunque sin color, ornamento ni estilo.

Dicto en griego porque siempre he hablado con facilidad el griego jonio. Mi madre, Lais, es griega, de Abdera. Es hija de Megacreón, el bisabuelo de Demócrito. Como Megacreón posee ricas minas de plata y tú desciendes de él por línea masculina, eres mucho más rico que yo. Sí, escríbelo. Aunque joven e insignificante, formas parte de esta narración. Después de todo, has despertado mi memoria.

Anoche invité a cenar al sofista Anaxágoras y a Calias, el portador de la antorcha. Demócrito pasa muchas horas por día oyendo hablar a Anaxágoras. Esto se conoce como educación. En mi época y en mi país, educación significaba estudiar matemáticas, memorizar textos sagrados, practicar la música y el tiro al arco...

«Cabalgar, tensar el arco, decir la verdad.» Ésta era la educación persa, según una frase proverbial. Demócrito me recuerda que la educación griega es casi la misma, si se exceptúa decir la verdad. Él recuerda de memoria al jonio Homero, otro ciego. Tal vez sea verdad; pero en estos últimos años los métodos tradicionales de educación han sido abandonados —Demócrito dice complementados—por una nueva clase de hombres que se llaman a sí mismos sofistas. En teoría, se supone que un sofista está adiestrado en una u otra de las artes. En la práctica, muchos sofistas locales no tienen un tema único de conocimiento. Simplemente, son astutos con las palabras y es difícil determinar qué se proponen enseñar, específicamente, porque cuestionan todas las cosas, salvo el dinero. Sin duda alguna, se ocupan de ser bien pagados por los jóvenes de la ciudad.

Anaxágoras es el mejor de un mal grupo. Habla con sencillez. Escribe buen griego jonio. Demócrito me ha leído su libro Física. Aunque en gran parte no lo pude comprender, me asombró la audacia de ese hombre. Trata de explicar todas las cosas mediante la observación atenta del mundo visible. Puedo seguirle cuando describe lo visible pero, cuando trata lo invisible, me extravía. Cree que no existe la nada. Cree que todo el espacio está lleno de algo, aunque no lo podamos ver, como el viento, por ejemplo. Es interesantísimo (¡y ateo!) lo que dice acerca del nacimiento y de la muerte.

«Los griegos», ha escrito, «tienen una concepción errónea del nacer y el perecer. Nada perece o llega a ser; hay la mezcla y la separación de cosas que existen. Por esto deberían hablar, con propiedad, de la generación como mezcla, y de la extinción como separación.» Esto es aceptable. Pero, ¿qué son esas «cosas»? ¿Qué las reúne y separa? ¿Cómo y cuándo y por qué fueron creadas? ¿Por quién? Para mí sólo hay un tema sobre el cual vale la pena meditar: la creación.

En respuesta, Anaxágoras ha acudido a la palabra mente. «En el origen, todas las cosas, desde las infinitamente pequeñas hasta las infinitamente grandes, estaban en reposo. Entonces la mente las puso en orden.» Y esas cosas (¿qué son? ¿dónde están? ¿por qué existen?)... empezaron a girar.

Una de las cosas más grandes es una piedra caliente a la que llamamos sol. Cuando Anaxágoras era muy joven, predijo que más tarde o más temprano un trozo del sol se desprendería y caería a tierra. Hace veinte años se comprobó que tenía razón. Todo el mundo vio caer un fragmento del sol en un arco fulgurante a través del cielo, que tocó tierra cerca de Egospotami, en Tracia. Cuando el fragmento se enfrió, se vio que era sólo un trozo de roca de color castaño. Anaxágoras se tornó famoso de la noche a la mañana. Hoy su libro se lee en todas partes. Cualquiera puede comprar una copia de segunda mano en el ágora por un dracma.

Pericles invitó a Anaxágoras a Atenas y le concedió una pequeña pensión, con la que hoy se mantienen el sofista y su familia. Es innecesario decir que los conservadores lo odian casi tanto como a Pericles. Cada vez que desean avergonzar políticamente a Pericles, acusan a su amigo Anaxágoras de blasfemia, de impiedad, de todos los disparates habituales... no, disparates no, porque Anaxágoras es tan ateo como todos los demás griegos, aunque, a diferencia del resto, no sea un hipócrita. Es un hombre serio. Piensa mucho en la naturaleza del universo, y si no se tiene conocimiento del Sabio Señor hay que pensar verdaderamente mucho, pues de otro modo jamás nada tendrá sentido.

Anaxágoras tiene unos cincuenta años. Es un griego jonio, de una ciudad llamada Clazomene. Es bajo y gordo, o al menos eso es lo que me ha dicho Demócrito. Proviene de una familia rica. Cuando su padre murió, se negó a administrar las propiedades de sus mayores y a desempeñar cargos políticos. Sólo le interesaba observar el mundo natural. Finalmente cedió todas sus propiedades a unos parientes lejanos y abandonó el hogar. Cuando le preguntaban si su lugar de nacimiento le interesaba o no, respondía: «Oh, sí, mi país natal me interesa mucho». Y señalaba el cielo. Le perdono este gesto característicamente griego. Les encanta exhibirse.

En la primera mesa, mientras comíamos pescado fresco y no en conserva, Anaxágoras se interesó por conocer mi reacción ante los cuentos de Herodoto. Traté varias veces de responder, pero el viejo Calias se apropió de casi toda la conversación. Debo excusar a Calias porque nuestro invisible tratado de paz no es de ningún modo popular entre los atenienses. En realidad, siempre existe el riesgo de que nuestro acuerdo sea denunciado un día y de que yo me vea obligado a partir, siempre que se reconozca mi carácter de embajador y no se me condene a muerte. Los griegos no respetan a los embajadores. Mientras tanto, como coautor del tratado, Calias es mi protector.

Calias volvió a describir la batalla de Maratón. Me fatiga la versión griega de ese incidente. No es necesario decir que Calias luchó con la bravura de Hércules.

—Y no porque estuviera obligado. Quiero decir, yo soy portador de antorcha hereditario. Sirvo en los misterios de Demeter, la Gran Diosa. En Eleusis. Pero ya lo sabes, ¿no es así?

—Por supuesto, Calias. Eso es algo que tenemos en común. ¿Recuerdas? También yo soy... portador de la antorcha... hereditario.

—¿Tú? —Calias no tiene mucha memoria para las informaciones recientes—. Ah, sí. Naturalmente. ¡Adoración del fuego! Sí, todo eso es muy interesante. Debes permitirnos contemplar una de vuestras ceremonias. Me han dicho que son un espectáculo. Particularmente, esa parte en que el Gran Mago come fuego. Ese eres tú, ¿verdad?

—Sí. —Ya no me preocupo por explicar a los griegos la diferencia entre el culto de los Magos y el de Zoroastro—. Pero no nos comemos el fuego. Lo atendemos. El fuego es el mensajero entre nosotros y el Sabio Señor. El fuego nos recuerda además el día del juicio, en que cada uno de nosotros deberá atravesar un mar de metal en fusión, bastante parecido al sol real, si la teoría de Anaxágoras es cierta.

—¿Y entonces qué ocurre? —aunque Calias es sacerdote por herencia, es extremadamente supersticioso. A mí me parece curioso: normalmente, los sacerdotes hereditarios tienden al ateísmo. Saben demasiado.

Le respondí en la forma tradicional:

 —Si has servido a la Verdad y rechazado la Mentira, no sentirás el metal hirviente. Podrás...

—Comprendo. —La mente de Calias revolotea como un pájaro asustado—. También nosotros tenemos algo parecido. De todos modos, me gustaría verte comer fuego uno de estos días. No podré devolver el favor, naturalmente. Nuestros misterios son muy secretos, ya sabes. No puedo decirte nada de ellos. Sólo que volverás a nacer una vez que atravieses todo aquello... si lo atraviesas. Y cuando mueras, podrás evitar... —Calias se interrumpió; el pájaro asustado se afirmó sobre un arco—. Sea como sea, he luchado en Maratón, aunque estaba obligado a vestir estas ropas sacerdotales que siempre uso, como puedes ver. Está bien, no, por supuesto, no lo puedes ver. Pero, sacerdote o no, maté mi porción de persas ese día...

—Y encontraste el oro en la zanja.

 Anaxágoras encuentra exasperante a Calias, como yo. Pero él no tiene que soportarlo.

—Esa historia ha sido muy deformada. —Calias se tomó bruscamente preciso—. Yo había cogido un prisionero, y él pensó que yo era una especie de rey o un general porque llevo esta cinta en torno de la cabeza, que tú no puedes ver. Como él sólo hablaba persa y yo únicamente griego, no había forma de aclarar la cosa. No podía decirle que yo no era un hombre importante, aparte de ser el portador de la antorcha. Y además, como yo tenía entonces apenas diecisiete o dieciocho años, él debía haber comprendido que yo no era importante. Pero no comprendió. Me indicó la costa del río —¡no una zanja!—donde habían escondido ese cofre con oro. Por supuesto, lo cogí. Botín de guerra.

—¿Y qué fue del propietario?

 Como todo el mundo en Atenas, Anaxágoras no ignoraba que Calias había matado al persa de inmediato. Y luego, gracias a ese cofre de oro, Calias pudo invertir en vino, aceite y barcos, y hoy es el hombre más rico de Atenas, y muy envidiado. Pero en Atenas todos son envidiados por algo, aunque sólo sea la ausencia de alguna virtud envidiable.

—Lo dejé en libertad. Por supuesto. —Calias mentía con facilidad. A sus espaldas le llamaban el magnate de la zanja—. El oro era como un rescate. Una cosa normal en la guerra. Se ve todos los días entre los griegos y los persas... o se veía. Ahora eso ha terminado, gracias a nosotros dos, Ciro Espitama. El mundo entero nos debe, a ti y a mí, gratitud eterna.

—Me bastaría con un año o dos de gratitud.

Antes de que quitaran las primeras mesas y trajeran las segundas, Elpinice se reunió con nosotros. Es la única mujer ateniense que cena con hombres cuando lo desea. Tiene ese privilegio por ser la esposa del rico Calias y la hermana del espléndido Cimón, la hermana y también la viuda. Antes de casarse con Calias, ella y su hermano vivían juntos como hombre y mujer, para escándalo de los atenienses. Los griegos no comprenden todavía, y esto revela su tosquedad esencial, que una gran familia se engrandece aún más cuando el hermano desposa a la hermana. Después de todo, cada uno es la mitad de la misma entidad: si ambas se combinan por el matrimonio, cada una es doblemente formidable.

Se dice también que Elpinice, y no Cimón, era quien dirigía realmente el partido conservador. Y en este momento tiene gran influencia sobre su sobrino Tucídides. Es admirada y temida. Su compañía es agradable. Alta como un hombre, Elpinice es hermosa pero algo estropeada... Mi informante es Demócrito, que a sus dieciocho años ve a cualquiera que tenga una sola cana como un fugitivo ilegal de la tumba. Elpinice habla con ese suave acento jonio que me gusta tanto como rechazo el duro acento dorio. Pero yo aprendí el griego de una madre jonia.

—Soy un escándalo, lo sé. No lo puedo evitar. Ceno con hombres. Sin que me esperen. Sin vergüenza. Como una compañera milesia, aunque no soy música.

 Aquí se llama compañeras a las prostitutas elegantes.

Aunque las mujeres poseen escasos derechos en cualquier ciudad griega, hay diferencias tremendas. La primera vez que fui a ver los juegos en una de las ciudades jonias de Asia Menor, me asombró advertir que las jóvenes solteras eran alentadas a concurrir a los juegos y a examinar desnudos a sus maridos potenciales, en tanto que esto se prohibía a las mujeres casadas. Sin duda, por la sensata razón de que no se debe contemplar ninguna alternativa a un marido legitimo. En la conservadora Atenas, a las mujeres casadas y a las doncellas rara vez se les permite abandonar sus habitaciones, mucho menos asistir a los juegos. Excepto a Elpinice.

Pude oír cómo la mujer se acomodaba —como un hombre—en un diván, en lugar de sentarse modestamente en una silla o un taburete como se supone que deben hacer las damas griegas en las raras ocasiones en que cenan con hombres. Pero Elpinice ignora las costumbres. Hace lo que se le antoja y nadie se atreve a quejarse... en su cara. Como hermana de Cimón, esposa de Calias, tía de Tucídides, es la primera dama de Atenas. Con frecuencia carece de tacto y rara vez se molesta en disimular el desdén que siente por Calias, quien la admira extraordinariamente. Jamás he podido decidir si Calias es estúpido o no. Yo diría que se requiere algún tipo de inteligencia para enriquecerse, con o sin un tesoro encontrado en una zanja. Pero su agudeza en asuntos de negocios es puesta en entredicho por su tontería en todos los demás aspectos de la vida. Cuando su primo, el noble, honesto, desinteresado (para ser ateniense) estadista Arístides vivía en la pobreza, Calias fue muy criticado por no prestarle ayuda a él ni a su familia.

Cuando Calias comprendió que empezaba a ganar fama de tacaño, le pidió a Arístides que dijera a la asamblea con cuánta frecuencia se había negado a aceptar dinero de Calias. El noble Arístides dijo exactamente lo que deseaba Calias, quien se lo agradeció y no le dio dinero. Como resultado, Calias es considerado ahora no sólo un miserable sino un perfecto hipócrita. Arístides es conocido como el justo. No sé exactamente por qué. Hay grandes lagunas en mi conocimiento de esta ciudad y de su historia política.

Anoche Elpinice llenó rápidamente una de esas lagunas.

—Ella ha tenido un hijo. Muy temprano, esta mañana. Él está encantado.

 Ella y él, pronunciados con cierto énfasis, se refieren siempre a la compañera Aspasia y a su amante, el general Pericles.

El conservador Calias parecía muy divertido.

—Entonces el niño tendrá que ser vendido como esclavo. Eso dice la ley.

—La ley no dice eso —respondió Anaxágoras—. El niño es libre porque sus padres son libres.

—No según la nueva ley que Pericles ha hecho votar a la asamblea. La ley es muy clara. Si la madre es extranjera, o si el padre es extranjero, quiero decir ateniense... —Calias estaba empantanado.

Anaxágoras le ayudó.

—Para ser ciudadano de Atenas, los dos padres deben ser atenienses.

Como Aspasia es milesia de nacimiento, el hijo de Pericles nunca podrá ser ciudadano ni funcionario. Pero no es un esclavo, como no lo es su madre ni... el resto de los extranjeros, como nosotros.

—Tienes razón, Calias se equivoca. —Elpinice habla viva y precisamente. Me recuerda a la madre de Jerjes, la vieja reina Atosa—. Aun así, me da cierto placer que sea Pericles quien ha impuesto esa ley a la asamblea. Ahora su propia ley excluirá para siempre a su hijo de la ciudadanía.

—Pero Pericles tiene otros hijos. De su mujer legítima.

 Calias está todavía resentido, o eso dice, porque hace muchos años la esposa de su hijo mayor abandonó a su marido para casarse con Pericles, haciendo así desventuradas a dos familias y no a una sola.

—Las malas leyes atrapan a quien las hace —dijo Elpinice, como si citara algún proverbio familiar.

—¿Solón ha dicho eso? —pregunté.

 Solón es un sabio legendario que suelen citar los atenienses.

—No —respondió Elpinice—. Lo he dicho yo. Me encanta citarme a mí misma. Y no soy modesta. Pero, ¿quién será el rey de nuestra cena?

Es costumbre en Atenas el elegir, apenas se retiran las segundas mesas, un jefe, que decidirá, primero, cuánta agua debe mezclarse con el vino —muy poca implica obviamente una noche frívola—y, segundo, el tema de conversación. Luego, este rey guía, hasta cierto punto, el debate.

Elegimos reina a Elpinice, que ordenó tres partes de agua por una de vino, proponiendo una discusión seria. Y tuvimos realmente una conversación muy seria sobre la naturaleza del universo. Digo muy seria porque hay una ley local —¡qué lugar para las leyes!—que prohíbe no sólo la práctica de la astronomía sino también todo tipo de especulaciones acerca de la naturaleza del cielo, las estrellas, el sol y la luna, la creación.

La antigua religión mantiene que las dos grandes formas celestes son deidades llamadas, respectivamente, Diana y Apolo. Cada vez que Anaxágoras sugiere que el sol y la luna son sencillamente grandes piedras ardientes que giran en el cielo, corre verdadero peligro de ser denunciado por impiedad. No es necesario decir que los atenienses despiertos especulan constantemente sobre estas cosas. Pero siempre existe el riesgo de que algún enemigo lo acuse de impiedad en la asamblea, y si esa semana tiene la mala suerte de ser impopular, puede ser condenado a muerte. Los atenienses me asombran incesantemente.

Pero antes de entrar en temas peligrosos, Elpinice me interrogó acerca de la conferencia de Herodoto en el Odeón.

Tuve cuidado de no defender la política del Gran Rey Jerjes respecto de los griegos. ¿Cómo habría podido? Pero mencioné que había oído con horror los abusos de Herodoto contra nuestra reina madre. Amestris no se parece en lo más mínimo a la virago sedienta de sangre que a Herodoto le pareció bien inventar para su público. Cuando dijo que ella, recientemente, había enterrado vivos a varios jóvenes persas, el auditorio se estremeció de júbilo. Pero la verdadera historia es muy distinta. Después del asesinato de Jerjes, ciertas familias se rebelaron. Cuando se restauró el orden, los hijos de esas familias fueron ejecutados del modo habitual. El ritual de los Magos exige que el muerto quede expuesto a los elementos. Como una buena creyente en Zoroastro, Amestris desafió a los Magos y ordenó enterrar a los jóvenes muertos. Era un gesto político calculado para demostrar una vez más la victoria de Zoroastro sobre los adoradores del diablo.

Hablé de la perfecta lealtad de Amestris a su marido, el Gran Rey. De su heroica conducta cuando él fue asesinado: De la firme inteligencia que demostró al otorgar el trono a su segundo hijo.

Elpinice estaba encantada.

—Yo debía haber sido una dama persa. Es evidente que en Atenas me desperdician.

Calias estaba escandalizado.

—Ya eres libre por demás. Y estoy seguro de que ni siquiera en Persia permiten que una señora se tienda en un diván, beba vino con los hombres y diga blasfemias. Te encerrarían en un harén.

—No, conduciría ejércitos, igual que cómo—se—llama de Halicarnaso. ¿Artemisia? Debes —me dijo Elpinice—preparar una respuesta a Herodoto.

—Y hablar de tus viajes —agregó Calias—. Acerca de todos los países orientales que has visto. Las rutas comerciales... Eso sería verdaderamente útil. Quiero decir, ¿cómo se llega a la India o a Catay?

—Más importantes que las rutas comerciales son las ideas acerca de la creación que has encontrado. —El disgusto de Anaxágoras por el comercio y la política lo distingue de los demás griegos—. Y debes poner por escrito el mensaje de tu abuelo Zoroastro. He oído hablar de Zoroastro toda mi vida, pero nadie me ha explicado claramente quién era ni qué creía respecto de la naturaleza del universo.

Dejo a Demócrito el registro del debate que siguió. Calias dijo que creía en todos los dioses. Era predecible. ¿De qué otro modo habría podido ganar tres veces la carrera de carros de Olimpia? Pero es claro: es el portador de la antorcha en los misterios de Demeter en Eleusis.

 Elpinice se mostró escéptica. Le gustan las pruebas. Esto significa un argumento bien construido. Para los griegos, la única prueba que importa son las palabras. Son maestros en el hacer plausible lo fantástico.

Como siempre, Anaxágoras hizo gala de modestia. Siempre habla como una persona «simplemente curiosa». Aunque aquella piedra que cayó del cielo demostró su teoría sobre la naturaleza del sol, se muestra más modesto que nunca, porque «hay tanto más por conocer».

Demócrito le preguntó por sus célebres «cosas»: las cosas están todo el tiempo en todas partes y no se pueden ver.

—Nada —dijo Anaxágoras, después de su tercera copa de vino muy diluido de Elpinice—es generado ni destruido; simplemente es mezclado o separado de las cosas existentes.

—Pero sin duda —respondí—, la nada no es ninguna cosa y por lo tanto no tiene ninguna existencia.

—¿No sirve la palabra «nada»? Probemos entonces con el término «todo». Pensad en todo como en un número infinito de pequeñas simientes que contienen todo lo que existe. Por lo tanto, todo está en todo lo demás.

—Eso es mucho más difícil de creer que la pasión de la sagrada Demeter cuando su hija descendió al Hades —dijo Calias—, llevando consigo la primavera y el verano, un hecho concretamente observable. —Calias murmuró entonces una plegaria, como debe hacer un gran sacerdote de los misterios eleusinos.

—No he hecho ninguna comparación, Calias. —Anaxágoras siempre tiene tacto—. Pero admitirás que un tazón de lentejas no tiene pelos.

—Esperemos que no —dijo Elpinice.

—¿Ni recortes de uñas? ¿Ni trocitos de hueso?

—Estoy de acuerdo con mi esposa. Quiero decir, espero que no haya nada de eso entre las lentejas.

—Está bien. Yo tampoco. Admitiremos también que por muy atentamente que observemos una lenteja, no veremos más que la lenteja misma. No hay pelos ni sangre ni huesos ni piel.

—Desde luego que no. A mí no me gustan las lentejas.

—Calias es un auténtico pitagórico —dijo Elpinice.

 Pitágoras prohibió a los miembros de su secta comer legumbres porque contenían almas humanas transmigrantes. Esta es una noción hindú que de algún modo recogió Pitágoras.

—No, soy una auténtica víctima de la flatulencia. —Calias creía que su aclaración era divertida.

Anaxágoras fue al grano.

—Con una dieta de solamente lentejas y agua invisible, un hombre cría pelos, uñas, huesos, nervios, sangre. Por lo tanto, todos los elementos de un cuerpo humano están de alguna manera presentes en la lenteja.

Demócrito anotará por su cuenta, pero no por la mía, el resto de nuestra cena, que fue agradable e instructiva.

Calias y Elpinice se marcharon los primeros. Luego Anaxágoras se acercó a mi diván y dijo:

 —Quizás no pueda visitarte por algún tiempo. Sé que comprenderás.

—¿Medismo?

 De esto acusan los atenienses a los griegos que favorecen a los persas y a sus hermanos de raza, los medos.

—Sí.

Me sentí más exasperado que alarmado.

—Esta gente no es sensata. Si el Gran Rey no quisiera la paz, yo no sería embajador en Atenas. Sería el gobernador militar.

 Eso no era inteligente. El efecto del vino.

—Pericles es popular. Yo soy su amigo. Además, vengo de una ciudad que estuvo sometida al Gran Rey. Por lo tanto, tarde o temprano, me acusarán de medismo. Por el bien de Pericles, espero que sea tarde.

 Cuando era muy joven, Anaxágoras combatió en Maratón, lo hizo de nuestro lado. Ninguno de nosotros ha aludido nunca a este episodio. Él no es como yo, no tiene el menor interés por la política. Por lo tanto, está condenado a ser utilizado por los conservadores como un arma contra el general Pericles.

—Esperemos que nunca te acusen —respondí—. Si te encuentran culpable, te condenarán a muerte.

Anaxágoras dejó escapar un suave suspiro que podía ser una risilla.

—El descenso al Hades —dijo— es el mismo para todos, no importa dónde ni cuándo se inicie.

Le hice entonces la más sombría de las preguntas griegas, formulada por el autor de Los Persas, cuya cabeza no era lo bastante dura:

 ¿No sería mejor para el hombre no haber nacido?

—Ciertamente no. —La respuesta no se hizo esperar—. Poder estudiar el cielo es una razón suficiente para vivir.

—Infortunadamente, no puedo ver el cielo.

—Entonces escucha música. —Anaxágoras es siempre concreto—. Pericles está convencido de que los espartanos respaldan la rebelión de Eubea. Por eso, esta temporada, el enemigo es Esparta y no Persia. —Anaxágoras bajó su voz hasta que fue un susurro—. Cuando le dije al general que venía a cenar aquí esta noche, me pidió que te presentara sus excusas. Hace tiempo que desea recibirte, pero siempre está vigilado.

—Por la libertad ateniense.

—Hay ciudades peores, Ciro Espitama.

Mientras Anaxágoras se despedía le pregunté:

 —¿Dónde estaba toda esa materia infinitesimal antes de que la mente la pusiera en movimiento?

—En todas partes.

—No es una verdadera respuesta.

—Ni era una verdadera pregunta.

Reí.

—Me recuerdas a un sabio que conocí en oriente. Cuando le pregunté cómo había empezado el mundo, me dio una respuesta disparatada. Cuando le dije que esa respuesta no tenía sentido, contestó: «Una pregunta imposible obliga a una respuesta imposible».

—Un sabio, en verdad —repuso Anaxágoras sin convicción.

—¿Por qué esa mente puso en marcha la creación?

—Porque ésa es la naturaleza de la mente.

—¿Es eso demostrable?

—Se ha demostrado que el sol es una roca; gira tan rápidamente que se ha inflamado. Pues bien, el sol debe de haber estado en reposo en algún momento, o de lo contrario ya se hubiera apagado, como el fragmento que cayó a tierra.

—Entonces, ¿por qué no concuerdas conmigo en que la mente que puso en movimiento todas esas semillas era la del Sabio Señor, cuyo profeta era Zoroastro?

—Debes hablarme más del Sabio Señor, y contarme qué le dijo a tu abuelo. Quizás el Sabio Señor sea la mente. ¿Quién sabe? Yo no. Debes enseñarme.

Me gusta Anaxágoras. No se pone en primer plano, como la mayoría de los sofistas. Pienso en mi pariente Protágoras. Los jóvenes le pagan para que les enseñe algo llamado moral. Es el sofista más rico del mundo griego, según los demás sofistas, que sin duda lo saben. Hace muchos años que conocí a Protágoras, en Abdera. Un día vino a casa de mi abuelo a traer leña. Era joven, encantador, ingenioso. De alguna manera, más tarde llegó a ser educado. No creo que mi abuelo le ayudara, aunque era un hombre muy rico. Hace varios años que Protágoras no está en Atenas. Se dice que enseña en Corinto, una ciudad repleta de jóvenes ricos, ociosos e impíos, según los atenienses. Demócrito admira a nuestro pariente y se ha ofrecido a leerme uno de sus muchos libros. He declinado este placer. Por otra parte, no me molestaría volver a verle. Protágoras es otro favorito de Pericles.

Excepto por una breve reunión pública con el general Pericles, en la casa de gobierno, nunca he estado a menos de media ciudad de distancia de él. Pero es natural; como dijo Anaxágoras anoche, siempre está vigilado. Aunque Pericles es, efectivamente, el gobernante de Atenas, siempre puede ser acusado de medismo o de ateísmo, o aun del asesinato de Efialtes, su mentor político.

A Demócrito, el gran hombre le parece aburrido. Por otra parte, el muchacho admira a Aspasia. Últimamente ha visitado con asiduidad su casa, donde residen permanentemente media docena de encantadoras jóvenes milesias.

Como le estoy dictando a Demócrito, no mencionaré mis puntos de vista sobre la conducta ideal de un joven en la sociedad. Él asegura que Aspasia es todavía hermosa a pesar de su edad avanzada —tiene casi veinticinco años—y de su reciente maternidad. También es una mujer sin miedo, lo cual es muy bueno, desde que hay mucho que temer en esta turbulenta ciudad, en particular para una meteca —el término local para extranjera—que es, además, casualmente, la amante de un hombre odiado por la vieja aristocracia y por sus numerosos dependientes. Se rodea de hombres brillantes que no creen en los dioses.

En estos días, un vidente loco amenaza con acusar a Aspasia de impiedad. Si lo hace, podría estar verdaderamente en peligro. Pero, según Demócrito, ella se ríe ante la sola mención del nombre del vidente. Sirve el vino. Instruye a los músicos. Escucha a los que hablan. Atiende a Pericles; y a su nuevo hijo.

 

3

 

En el principio fue el fuego. Toda la creación parecía estar en llamas. Habíamos bebido el sagrado haoma y el mundo era tan etéreo y luminoso como el fuego que ardía en el altar.

Esto ocurría en Bactra. Yo tenía siete años. Estaba junto a mi abuelo Zoroastro. Tenía en la mano el haz ritual de varas y miraba...

Justamente cuando empezaba a ver de nuevo aquel día terrible, hubo un estrépito en la puerta. Como el criado no está jamás en casa, Demócrito abrió y dejó entrar al sofista Arquelao y a uno de sus alumnos, un joven albañil.

—¡Lo han arrestado!

 Arquelao tiene la voz más poderosa que yo haya oído de labios griegos, es decir, la más atronadora del mundo.

—Anaxágoras —dijo el joven albañil—. Lo han arrestado por impiedad.

—¡Y por medismo! —gritó Arquelao—. Debes hacer algo.

—Pero —dije suavemente—como soy precisamente el medo de Atenas, no me parece que mis palabras impresionen bien a la asamblea. Todo lo contrario.

Arquelao, sin embargo, no lo cree así. Quiere que me presente ante las autoridades y afirme que, desde el tratado de paz, el Gran Rey no piensa atacar el mundo griego. Y concretando: como hay ahora, demostrablemente, una paz perfecta entre Persia y Atenas, Anaxágoras no puede ser culpable de medismo. Encuentro este argumento moderadamente ingenioso, como al mismo Arquelao.

—Infortunadamente —digo—, una de las condiciones del tratado es que los términos no se discutan en público.

—Pericles puede discutirlos. —La voz reverberaba en el patio.

—Puede —dije—. Pero no lo hará. Es un asunto demasiado delicado. Además, aun cuando se pudiera discutir el tratado, los atenienses podrían encontrar a Anaxágoras culpable de medismo, o de cualquier otra cosa que excite su fantasía.

—Muy cierto —dijo el alumno.

 El joven albañil se llama Sócrates. Insólitamente feo, según Demócrito, es insólitamente inteligente. El verano pasado lo contraté, por complacer a Demócrito, para que reparara la pared del frente. Hizo tal desastre que ahora tenemos una docena de rendijas nuevas por donde silba el viento helado y, como resultado, he tenido que abandonar definitivamente la habitación del frente. Sócrates se ha ofrecido a rehacer la pared, pero temo que baste con que toque la casa con su llana, para que todo el edificio de barro se derrumbe sobre nuestras cabezas. Como artesano, es de lo más desconcertante. Mientras escayola una pared puede quedarse bruscamente inmóvil mirando al frente, durante un rato, escuchando alguna especie de espíritu privado. Cuando le pregunté qué cosas le decía el espíritu, él se limitó a reír y dijo: «A mi daimon le gusta hacerme preguntas».

Me pareció que el suyo era un tipo de espíritu muy poco satisfactorio. Pero osaría decir que, a pesar de su agudeza, Sócrates es tan poco satisfactorio en su condición de sofista como en su calidad de albañil.

Arquelao coincidió conmigo en que como los conservadores no se atreven a atacar personalmente a Pericles, deben contentarse con acusar a su amigo Anaxágoras. Pero no estuve de acuerdo con Arquelao cuando sostuvo que yo debía hablar en la asamblea y decir que la acusación de medismo era falsa.

—¿Por qué habrían de escucharme? —pregunté—. Además, la acusación principal es de impiedad. Anaxágoras es culpable de impiedad. Como lo eres tú, Arquelao. Como yo, a los ojos de la muchedumbre y de quienes lo han acusado. ¿Quién lo hizo?

—Lysicles, el vendedor de ovejas.

 El nombre resonó en mis oídos como una enorme ola. Lysicles es un hombre vulgar, tortuoso, resuelto a hacer fortuna sirviendo a Tucídides y a los intereses conservadores.

—Entonces todo está claro—dije—. Tucídides atacará en la asamblea a Anaxágoras, y a su amigo Pericles. Pericles defenderá a Anaxágoras, y a su propia administración.

—¿Y tú...?

—No haré nada. —Me mostré firme—. Mi propia posición aquí es débil, para decir lo menos. En el momento en que los conservadores decidan que es hora de otra guerra con Persia, me matarán, si el tiempo no se anticipa.

 Me obligué a toser patéticamente. Luego no pude dejar de toser. Estoy verdaderamente enfermo.

—¿Y qué ocurrirá —preguntó bruscamente Sócrates—cuando mueras? —Aspiré con avidez; pasó una eternidad antes de que el aire me llenara el pecho.

—Por lo menos una cosa —respondí—. Me marcharé de Atenas.

—¿Pero crees que tú mismo continuarás vivo de otro modo?

 EI joven parecía auténticamente interesado por lo que yo pensaba, o más bien por lo que pensaban los creyentes en Zoroastro.

—Creemos que todas las almas fueron creadas en el principio por un Sabio Señor. Cada alma nace a su tiempo, una vez y solamente una vez. Por otra parte, en el este, creen que un alma nace, muere y vuelve a nacer, miles y miles de veces, en formas distintas.

—Pitágoras piensa lo mismo —dijo Sócrates—. Cuando Arquelao y yo fuimos a Samos, conocimos a uno de los viejos alumnos de Pitágoras. Dijo que Pitágoras había tomado sus doctrinas de los egipcios.

—No —respondí con firmeza. No sé por qué. Verdaderamente, no se nada acerca de Pitágoras—. Las ha tomado de otros que viven más allá del río Indo, donde he estado...

Arquelao estaba impaciente.

—Eso es fascinante, Embajador. Pero el hecho es que nuestro amigo ha sido arrestado.

—El hecho es, también —dijo Sócrates fríamente—, que los hombres mueren, y lo que le ocurre o no le ocurre a la mente que habita su carne posee considerable interés.

—¿Qué haremos? —Arquelao parecía próximo al llanto. En su juventud había sido alumno de Anaxágoras.

—No es a mí a quien se lo debes preguntar—respondí—. Ve a ver al general Pericles.

—Ya lo hemos hecho. No está en su casa. No está en la casa de gobierno. No está en casa de Aspasia. Ha desaparecido.

Finalmente, me libré de Arquelao. Ahora Anaxágoras está en la prisión, y en la próxima reunión en la asamblea será acusado por Tucídides. Supongo que será defendido por Pericles.

Digo supongo porque esta mañana temprano el ejército espartano cruzó la frontera y entró en el Ática. El general Pericles ha salido al campo y la guerra, que todo el mundo preveía hace tanto tiempo, por fin ha comenzado.

Estoy hasta cierto punto convencido de que Atenas será derrotada. Demócrito está trastornado. Le he dicho que no tiene ninguna importancia quién gane. El mundo sigue adelante. En todo caso, entre Atenas y Esparta, no hay mucho que elegir. Ambas son griegas.

Terminaré de explicarte, Demócrito, lo que no logré decir a tu amigo cuando me preguntó qué ocurre después de la muerte. Una vez libre del cuerpo, el alma retorna al Sabio Señor. Pero, antes, el alma debe atravesar el puente del redentor. Quienes han seguido en su vida a la Verdad irán a la casa de la mente serena, y a la felicidad. Los que hayan seguido a la Mentira, es decir, quienes hayan seguido el camino del hermano gemelo del Sabio Señor, Arimán, que es el mal, irán a la casa de la Mentira y allí sufrirán toda clase de tormentos. Y finalmente, cuando el Sabio Señor derrote al mal, todas las almas serán como una.

Demócrito quiere saber en primer término por qué el Sabio Señor creó a Arimán. Es una buena pregunta, que mi abuelo respondió una vez y para siempre.

En el momento de la creación, el Sabio Señor dijo de su hermano:

 —Ni nuestros pensamientos, ni nuestros hechos, ni nuestras conciencias, ni nuestras almas están de acuerdo.

Demócrito dice que no es una respuesta suficiente. Yo digo que sí. Tú dices que es meramente una declaración de oposición. Yo digo que es más profundo que eso. Tú dices que el Sabio Señor no explica por qué creó a su hermano maligno. Porque ambos fueron creados simultáneamente. ¿Por quién? A tu manera griega, eres muy fastidioso. Te explicaré.

En el momento de la creación sólo existía el tiempo infinito. Entonces, el Sabio Señor decidió crear una trampa para Arimán. Procedió a crear el tiempo del largo dominio dentro del tiempo infinito. La raza humana está ahora encerrada en el tiempo del largo dominio como una mosca en un trozo de ámbar. Al final del tiempo del largo dominio, el Sabio Señor derrotará a su hermano, y toda la oscuridad será quemada por la luz.

Demócrito quiere saber por qué el Sabio Señor se tomó tanto trabajo. ¿Por qué consintió en la creación del mal? Porque no podía elegir, Demócrito. ¿Y quién podía elegir?, preguntas. He dedicado mi vida a tratar de responder a esa pregunta; se la he hecho a Gosala, al Buda, a Confucio y a muchos otros sabios del oriente, y del oriente del oriente.

Así que ponte cómodo, Demócrito. Tengo una larga memoria y la dejaré correr. Mientras esperamos en esta casa llena de corrientes de aire a que llegue el ejército espartano —nunca demasiado pronto por lo que me concierne— empezaré por el principio y te diré lo que sé sobre la creación de este mundo y de todos los demás mundos. Explicaré también qué es el mal y qué no lo es.

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