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Estuvo en Cuba
cinco días. Siguió un programa delirante que lo llevó de
la Universidad de Ciencias Informáticas a la Escuela
Latinoamericana de Medicina, de la Colina universitaria
a la Escuela Nacional de Ballet, de La Habana Vieja al
parque que recuerda a John Lennon con una réplica en
bronce del director de los Beatles, sentado en un banco
como un buen hijo de vecino.
En un respiro de una
hora, Gore Vidal accede a conversar con este diario. El
más erudito escritor estadounidense de su generación y
el más corrosivo crítico de la actual administración
republicana, no habla, sino interpreta lo que dice.
Modula la voz y aparecen George W. Bush, Eisenhower, F.
D. Roosevelt, algún oscuro oficial del Pentágono y hasta
el propio Gore Vidal, burlándose de todos ellos, con la
ironía emboscada en un rostro que desmiente sus 81 años
recién cumplidos.
Le interesa más ser
recordado como historiador que como autor de ficción.
Aunque sus obras fácilmente triplican su edad —en su
bibliografía hay novelas, tragedias, comedias, memorias,
ensayos, guiones de cine y de televisión—, su obsesión
es una sola: el extravío de la República. «El principal
trozo de sabiduría que aprendí de Thomas Jefferson, y
este de Montesquieu, es que no se puede mantener una
República y un imperio al mismo tiempo. Desde 1846, en
guerra con México, somos imperialistas rapaces».
—¿Cuándo despierta la
conciencia antiimperialista de Gore Vidal?
—Francamente, yo creía
que nuestro esfuerzo expansionista había terminado en
1898. Que era apenas un paréntesis entre 1846 y 1898,
cuando destrozamos al Imperio español y tomamos el
Caribe y las Filipinas, que era lo que verdaderamente
queríamos. Habíamos terminado vencedores en la Segunda
Guerra Mundial. Conquistamos a Alemania y a Japón.
Ocupamos ambos países —cada uno un mundo, y no
simplemente una nación. Éramos los dueños del primer
imperio global y se lo debíamos también a otro Roosevelt
imperial, Franklin Delano, que sabía muy bien lo que
hacía. Quería destruir al colonialismo europeo donde
estuviera, y en compensación a sus «esfuerzos», los
Estados Unidos recibían el mandato de «cuidar» a los
países «liberados», como a él le encantaba decir. Eso
nos metió formalmente en el negocio de Imperio.
«En Guatemala tuve una
gran amistad con Mario Monteforte Toledo, escritor,
vicepresidente de la nación y presidente del Parlamento
de su país durante el gobierno de Juan José Arévalo. Yo
vivía en Antigua y él venía de vez en cuando a verme, a
mi casa. Un día me dijo: “no nos queda mucho, ¿sabes?”.
“¿De qué me hablas?”, le respondí. “Tu gobierno ha
decidido intervenir en Guatemala”. Y yo no daba crédito:
“Oh, mira, acabamos de derrocar y tomar a Alemania y a
Japón, ¿qué vamos a hacer con Guatemala? No tiene
sentido. No vale la pena”. Respondió: “Sí vale la pena
para la United Fruit Company, que no quiere pagar un
mínimo impuesto por nuestros plátanos, que venden en el
mundo entero, mientras nosotros no ganamos nada. Ella es
la que controla las relaciones entre los dos países».
Fue mi primera lección de política hemisférica.
«Sabía del
imperialismo yanqui, pero creí que esto era una
exageración de mi amigo. Mientras tenía lugar esa
conversación con Mario, Henry Cabot Lodge Jr. —el hijo
de Henry Cabot Lodge que había sido senador por
Massachussets y uno de los más entusiastas partidarios
de la conquista de Filipinas—, llamaba al Presidente
(Dwight David) Eisenhower para soplarle al oído las
palabras mágicas: Arévalo y su grupo en Guatemala son
“comunistas” y van a ocupar las tierras de la United
Fruit. La historia posterior es conocida: forzaron a
Arévalo a irse y luego intervinieron, en 1954. El
gobierno electo de Jacobo Arbenz, elegido por voto
popular, fue derrocado por el embajador norteamericano
John Peurifoy, e impusieron al general Carlos Castillo
Armas. De ahí en adelante, los Estados Unidos
garantizaron a sus guerreros en el gobierno y un baño de
sangre a los ciudadanos guatemaltecos. Mark Twain tenía
toda la razón cuando dijo, después de la intervención de
los Estados Unidos en Filipinas: “las barras y las
estrellas de la bandera norteamericana deberían ser
reemplazadas por el símbolo de Jolly Roger, la calavera
sobre dos tibias cruzadas. Llevamos la muerte a donde
quiera que vamos”».
REPÚBLICA BANANERA
—En su novela
La Edad Oro usted asegura que
Franklin Delano Roosevelt pudo haber evitado el ataque a
Pearl Harbor, que sacó a los
norteamericanos de su pacífico aislacionismo y decidió
la entrada de los EE.UU.
en la guerra. ¿Hasta qué punto eso fue así?
—Las naciones, como
los individuos, tienden a seguir determinadas recetas.
Si un plan que tienen en la cabeza funcionó una vez,
quizá funcione de nuevo. Cada vez que un presidente es
asesinado, la primera conclusión es que lo hizo un
«asesino enloquecido y solitario», por pura maldad.
Jamás se ofrece un por qué, una razón, un motivo. Y no
lo hacen, porque quizá pudiéramos enterarnos entonces de
los oscuros entretelones de la política, y al pueblo
estadounidense nunca se le habla nada de política.
«Roosevelt,
probablemente con la mejor voluntad del mundo, vio que
Hitler era peligroso no solamente para Europa, sino a
largo plazo también para los Estados Unidos. Éramos, al
fin y al cabo, un poder mercantil. Comerciábamos. Con
Hitler encargado de Europa la vida sería muy difícil
para nosotros. En 1940, el 80 por ciento de los
estadounidenses (entre ellos yo) nos oponíamos a que
nuestro país se involucrara en la guerra en Europa. Pero
Roosevelt tomó la ofensiva. Él fue nuestro gran
Maquiavelo. Sabía, mejor que cualquier otro presidente
anterior, cómo funcionaba el mundo. Estaba plenamente
consciente de que el hundimiento de nuestros barcos nos
había empujado a la guerra contra Alemania en 1917, pero
eso no sería suficiente en 1941. Necesitaba un trauma de
importancia que decidiera a los norteamericanos por la
guerra. Por tanto, provocó deliberadamente a los
japoneses para que nos atacaran el 7 de diciembre de
1941 en Pearl Harbor.
«Fue un plan brillante
y funcionó. Los japoneses acababan de firmar un acuerdo
con Alemania e Italia, la Alianza Tripartita. Si alguien
atacaba a uno de los tres, los otros dos vendrían en su
defensa. No era una alianza que garantizara apoyo ante
planes de agresión, y Roosevelt tenía bajo un cerco a
los japoneses, que habían ocupado la Manchuria, después
de históricos intentos de ocupar China. Desde 4 000
millas de distancia, el Presidente norteamericano dio un
ultimátum a los japoneses: salgan de China. “Si no se
van de ahí, no le vendemos más chatarra y le cortamos la
bencina”, en particular el combustible que Japón
necesitaba para sus aviones y sus buques de guerra.
«La reacción de Japón
fue lógica, dar un gran golpe que pusiera a los
norteamericanos a pensar por un rato en otra cosa que no
fuera China. Atacarían y hundirían la flota
estadounidense en Pearl Harbor. Creían que los Estados
Unidos tardarían más de un año en construir otra
flotilla. Ellos podrían entonces ir hacia el sur, a Java
y a Sumatra, y tomar los campos petroleros holandeses,
Singapur, Malasia y todo lo que apareciera por el
camino. Japón no tenía idea de la velocidad en que
podíamos rearmarnos. Roosevelt sí lo sabía. Fuimos una
gran potencia industrial —cosa que ya no somos. Las
primeras señales de ese poder habían sido los
automóviles ensamblados en línea y las plantas de acero.
Podíamos hacerlo todo muy rápido. Sacamos miles de
bombarderos B-17, verdaderas fortalezas volantes que
ganaron la Segunda Guerra Mundial para los Estados
Unidos».
—Usted fue un
observador privilegiado de ese período previo a la
guerra.
—Yo me crié en
Washington D.C. en la época del gobierno de Roosevelt,
que salió elegido cuatro veces como Presidente —toda una
marca. Recuerdo los largos recesos del verano en esa
edad dorada. El calor era tan grande que el gobierno
entero se iba de la ciudad. No hemos tenido tanta paz y
prosperidad desde que el gobierno de los Estados Unidos
se iba de vacaciones. En los años 40, el desempleo se
acabó. Franklin Delano Roosevelt era ambicioso e
imperial pero sacó al país de la depresión económica.
Todos estaban contentos por primera vez en años y el
Presidente aprovechó la coyuntura para invertir 8 mil
millones de dólares en el rearme de los Estados Unidos.
Nos pusimos directamente en el camino de construir la
más grande máquina de guerra del planeta, que luego se
convirtió en nuestra maldición.
—Culpa a Harry
Truman de convertir a los EE.UU.
en el país totalitario que hoy es, una opinión
que no parecen compartir muchos norteamericanos.
George W. Bush acaba de decir,
por ejemplo, que el hombre que
lanzó las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki fue un buen
Presidente.
—Recuerde algo: la
mayoría de los norteamericanos no tienen información
sobre la historia, la geografía y lo que pasa en el
mundo. Roosevelt hizo todos los arreglos para que
pudiéramos arrancarles las colonias a Francia, Holanda y
Portugal, después de la Segunda Guerra Mundial. Los
estadounidenses todavía no se han enterado de esto. Lo
que saben de Truman es que era un hombre pequeñito y
bonachón, que tocaba el piano. No sabía nada de nada.
Detrás de él estaba un Príncipe Metternich, el
secretario de Estado Dean Acheson, abogado internacional
que sabía de todo. Fue él quien diseñó el estado
militarizado que emergió a partir de 1949 con Harry
Truman, con la CIA incluida. Todo giró en torno a un
documento: el Memorando número 68 de 1950, del Consejo
de Seguridad Nacional, que se mantuvo secreto hasta 1975
y resolvía estar perennemente en guerra contra alguien.
Íbamos a luchar contra el comunismo donde quiera que se
encontrara sobre la Tierra, aunque este no nos
amenazara. Establecía de facto una guerra santa, como la
que ahora tenemos contra el terrorismo y el Islam, igual
de estúpida e igual de irrelevante.
«Pero fíjese qué
ironías tiene la historia norteamericana. El hombre que
debió haber tomado la presidencia en 1945 era Henry
Wallace, un hombre opuesto a la Guerra Fría, que fue
vicepresidente con Roosevelt. Sin embargo, este
sustituyó a Wallace en la vicepresidencia por Harry
Truman, un hombre salido de la nada, un derechista
sureño de Missouri, que tomaría finalmente el poder,
cuando muere Roosevelt el 12 de abril de 1945.
«De modo que
terminamos con un terrible presidente al frente del
gobierno. Era tan malo que lo convirtieron en un ídolo.
Todos los ignorantes admiran a Harry Truman, y no saben
por qué. Él terminó con la República y nos colocó en
esta ola de conquista. Truman le gritaba a la gente que
la Unión Soviética estaba avanzando. Que estaban a punto
de tomar Grecia y que inmediatamente después iban a
Italia, y entonces a Francia, y luego cruzarían el
Atlántico. Escuchamos los ecos de Truman en este pequeño
hombrecito de ahora, el señor Bush quien dice
(imitándolo): “Tenemos que luchar contra ellos allá, o
de lo contrario tendremos que combatirlos a ellos
aquí...”. Y tales enemigos no tienen manera de llegar a
los Estados Unidos para empezar una guerra. Pero ningún
estadounidense puede poner en duda semejante delirio,
sin que le pongan la etiqueta de anti-patriota o de
tonto».
—«El atentado
terrorista ocurrido en Oklahoma en 1995 se explica según
leyes de la Física: no hay acción sin
reacción». Son sus palabras.
Aludía al odio que ha sembrado Estados Unidos en
el mundo y en su propio país. ¿Era una profecía?
—No conectaría este
hecho con lo que ocurrió el 11 de Septiembre, al menos
no directamente. Sabemos ahora que Timothy McVeigh no
estaba solo, que había más gente involucrada. La
administración Clinton —un gobierno muy norteamericano
en el mejor sentido de la palabra— redactó regulaciones
dacronianas sobre el terrorismo, simplemente para
exorcizar el fantasma de Timothy McVeigh. Cuando ocurrió
el atentado del 11 de Septiembre, sacaron de la gaveta
estos papeles y los activaron todos. Esa es la Ley
Patriota, que prácticamente ha anulado todas nuestras
sagradas libertades.
«Hasta un niño de
cinco años podría darse cuenta de que la solución a los
ataques terroristas es simplemente policial. Fuimos
atacados por una mafia. No puedes tener una guerra sin
un país contrincante. Trate usted de explicar esto a los
estadounidenses: ni siquiera saben lo que es un país.
Han logrado que el 80 por ciento de ellos todavía no se
haya enterado de que Saddam Hussein no es precisamente
el mejor amigo de Osama Bin Laden. Creen que funcionan
como una misma persona y que ambos nos atacaron el 11 de
Septiembre. Todo es una gran bobería. No había conexión
ninguna entre Saddam y Bin Laden, pero Bush quería
completar el trabajo de su padre y mostrar que él era el
más audaz de los dos. Quería ser recordado como el “Bush
de Bagdad”, algo así como un Lawrence de Arabia».
—Esta semana,
una encuesta de CBS registraba que el 75 por
ciento de los estadounidenses desaprueban la gestión del
gobierno en Iraq, mientras bajaba a
niveles históricos el índice de aceptación del
Presidente. ¿Será Bush el mandatario
más odiado de la historia de Estados Unidos?
—Cuando dije que no
era profeta, eso no quiere decir que no puedo de vez en
cuando adivinar lo que va a suceder. Los
neo-conservadores —la palabra que se utilizaba antes
para referirse a ellos era fascista— querían todo el
poder para que la Junta de Gas y Petróleo tuviera las
manos libres y así enriquecer más a sus corporaciones y
manipular la Constitución, a tal punto que esta no tenga
sentido. Querían el poder supremo y lo tuvieron, con
otra circunstancia a su favor: nosotros elegimos un
Presidente inofensivo para ellos; un verdadero tonto,
literalmente un tonto.
«Si el pueblo
estadounidense hubiera tenido una verdadera prensa libre
y unos medios de comunicación alertas, jamás este hombre
habría sido electo. Es un ser incompetente. Ya tuvimos
muchos presidentes bobos, pero Bush ni siquiera sabe
leer bien. Al menos en esto es representativo. Lo
escuchas hablar por diez minutos y es claro que no sabe
lo que está diciendo. Está desesperado tratando de
seguir las líneas del teleprompter. Sin alguno de sus
consejeros al lado, no puede responder preguntas.
«Desde que Woodrow
Wilson dejó el despacho oval en 1921, ningún presidente
ha escrito sus propios discursos. El presidente lee lo
que otros escriben. A veces está de acuerdo; a veces,
no. Eisenhower leía sus discursos haciendo todo un
descubrimiento. Durante su primera campaña electoral, el
país se quedó asombrado cuando él, a mitad del discurso,
dijo: “y si resulto elegido, iré a... ¡¿Corea?!” Estaba
furioso. Nadie la había comentado nada antes de aquella
promesa. Pero de todas formas, fue a Corea.
«Si tuviéramos unos
medios de prensa interesados en la República y no en las
ganancias, la historia habría sido diferente. Hay alguna
esperanza. Después de todo Albert Gore ganó la elección
en el 2000 por el voto popular, con 600 000 votos más
que Bush. La intervención de la Corte Suprema y el truco
en el conteo de los votos falsificaron el resultado de
las elecciones. Nos convertimos de la noche a la mañana
en una república bananera, sin bananas que vender. Ese
es nuestro mayor problema ahora».
—Recientemente,
Fidel afirmó que el gobierno de Bush ha
conducido a su país «a un desastre de
tal magnitud que,
casi con seguridad,
el propio pueblo norteamericano no le permitará concluir su mandato
presidencial». ¿Lo cree usted?
—No me extrañaría. La
administración Bush es tan extremista y hay gente ahí
con las mentes tan vacías que serían capaces de comenzar
a bombardear a Rusia, a Irán..., simplemente para
desviar la atención de la otra guerra y para que el
gobierno no se desmorone antes de tiempo. Ellos son
expertos en fabricar los pretextos para crear el pánico.
«Dos días después del
11 de Septiembre alguien en el gobierno dijo: “el
problema no es si atacarán de nuevo, sino cuándo”. Ahí
fue donde comenzó toda esta tontería. Cuando les
recordamos que han pasado ya cinco años y no nos atacan,
responden: “¡es por las precauciones que hemos tomado en
los aeropuertos!” Y dicen (Gore Vidal con expresión y
voz de terror): “...tampoco a nosotros nos gustan estas
precauciones, porque tenemos que quitarnos los zapatos
en el aeropuerto. ¡Pero son esas medidas las que nos han
salvado de los ataques!” Bueno, si es así, pruébelo.
“¡Es que no lo podemos probar sin revelar nuestras
fuentes secretas!”, responden. Es un círculo vicioso.
«Espero que los
demócratas que ahora toman posiciones de presidentes de
comités legislativos, especialmente el judicial, lleven
a estos generales al Congreso, los pongan bajo juramento
y los hagan responder seriamente nuestras preguntas.»
—¿Qué es necesario
para restaurar la República?
—Recuperar la gran
advertencia de Franklin Delano Roosevelt, nuestro mejor
presidente, en el discurso inaugural de su mandato,
cuando el país colapsaba, el dinero escaseaba y los
bancos quebraban. Él dijo (imita a Roosevelt): “We have
nothing to fear but fear itself” (No tenemos nada que
temer, salvo al propio miedo.) Esa es la base de nuestra
República. Le diría al pueblo norteamericano: no te
dejes engañar por el miedo. Hay mucha gente en los
Estados Unidos que gana dinero gracias al temor. Ese es
su trabajo: asustarte.
«No estoy a favor de
una revolución violenta ahora, porque suelen traer lo
opuesto de lo que buscaban. La Revolución francesa le
dio al mundo a Napoleón Bonaparte y Luis XVI no era tan
malo como él. Pero creo que en los Estados Unidos vamos
a tener una debido al colapso económico.
«En estos días uno de
los grandes titulares decía que el ejército le rogaba al
gobierno que le diera dinero. ¡No tienen suficiente
dinero para seguir haciendo el ridículo en Bagdad! Van a
recaudar el dinero como sea, y no a costa de los ricos.
Los ricos no tienen la obligación de pagar impuestos.
Tampoco las corporaciones. Antiguamente el 50 por ciento
de los ingresos de los Estados Unidos venían de los
impuestos a las ganancias corporativas. Ahora pagan
menos del 8 por ciento. Han liberado a todos sus amigos
ricos de pagar impuestos para que hagan donaciones al
Partido Republicano, con el compromiso de que éste
seguirá diciendo mentiras al país y certifique que los
patriotas son traidores. Ha sido un magnífico truco
desde el punto de vista económico para ellos, pero un
malísimo plan para nosotros, los estadounidenses. Y no
nos gusta. Perdimos el Bill of Rights (Carta de los
Derechos fundamentales) y la Carta Magna, en la cual se
sustentaron todas nuestras libertades por más de 700
años. No, no ha sido esta ni será una época divertida».
TENEMOS UNA CRISIS DE DERECHO
—En sus
memorias ha contado que John Kennedy le habló de los
planes de la CIA para asesinar a Fidel y que la relación
con los cubanos extremistas se convirtió en una
pesadilla para él y para su hermano Robert.
¿Están vinculados estos grupos en la muerte de
los dos hermanos?
—Jack (John) Kennedy
perdió su vida por eso. Hay evidencias de que el
asesinato de Kennedy lo cometió la mafia de Nueva
Orleans y que en el crimen de Dallas estuvo involucrado
un hombre llamado Carlos Marcello, que también trató de
matar a Bobby Kennedy. Marcello fue un capo de los
casinos en La Habana, amigo de Meyer Lansky y Santos
Trafficante, que manejaba la mafia en Tampa, Florida. En
una grabación del FBI, Trafficante dice: «Tenemos que
deshacernos de Bobby». Marcello le dijo en septiembre de
1962 al investigador privado Edward Becker que un perro
continuaría mordiéndote si le cortas su cola
(refiriéndose al Procurador General de la República,
Robert Kennedy), mientras que si le cortas la cabeza al
perro (el Presidente John Kennedy) dejaría
inmediatamente de molestar. Fue la sentencia de muerte
para Jack. Robert Kennedy nunca investigó la muerte de
su hermano por temor a verse involucrado en turbios
asuntos en los que estaban entrelazados los cubanos de
Batista y la mafia.
—¿Qué influencia cree
que han tenido los cubano-americanos
de Miami en las decisiones del gobierno norteamericano
en los últimos 40 años?
—Ellos llegaron a
tener una enorme influencia en el país, y creo que esta
es mucho menor ahora. Desde el principio, la Florida ha
sido muy corrupta, desde los días de la Confederación.
Si a eso le añades un montón de enojados seguidores de
Batista, la situación allá empeoró con gente que tenía
mucho dinero o se hicieron de muchísimo dinero. Se podía
contar con ellos para apoyar cualquier cosa que sirviera
para odiar más al Presidente Castro y para odiar lo que
se estaba haciendo en la Cuba moderna.
«La Florida es un
lugar perfectamente situado para que recale ahí
cualquier demagogo que busque el apoyo de gente con
mentalidad batistiana o de cualquiera que quiera luchar
contra el comunismo. Los norteamericanos no están
preparados para entender que han recibido por décadas
una información distorsionada de su propio gobierno y de
los medios que trabajan con el gobierno. Por eso, la
Florida es uno de de los primeros lugares a donde van
los candidatos a buscar votos. Es menor ahora la
influencia de estos grupos extremistas, pero los
neoconservadores saben que pueden contar con ellos.
«La Florida es un
estado grande, un estado clave, con colegio electoral,
que a veces decide las elecciones. A eso se suma la
complicada maquinaria del siglo XVIII, que nos impide
tener una democracia. A nuestros próceres no les gustaba
la democracia. No me canso de repetir eso, y nadie me
escucha, porque la prioridad es que le llevemos la
“democracia” a Iraq y a todos los pobres países que la
añoran».
—¿Está al tanto del
caso de los cinco cubanos presos en Estados Unidos,
por informar al gobierno de la Isla de planes
terroristas en el sur de la Florida?
—Conozco el caso a
través de los abogados, pero no por lo medios. Parece
ser otra de las cosas idiotas que está haciendo nuestro
gobierno. Tengo entendido que el Presidente Clinton y el
Presidente Castro intercambiaron mensajes para detener a
los terroristas de Miami, que habían puesto bombas en
hoteles y en oficinas que enviaban turistas a la Isla.
Los dos presidentes estaban de acuerdo con que esta
situación debía ser detenida. Clinton le pidió al FBI
que viniera a Cuba y Castro estuvo de acuerdo con eso.
En vez de apresar a los terroristas, el FBI arrestó a
los cubanos.
«Nos encanta
encarcelar a la gente, tanto como nos gusta la pena de
muerte. Es la estrella más brillante de nuestra diadema.
Tenemos un país loco por la tortura, por el asesinato,
por las ejecuciones, por las sentencias a cadena
perpetua. Es una mentalidad perversa, que está en el
trasfondo del puritanismo protestante. Todos tienen que
sufrir, si han pecado. Pero si uno es rico, Dios te ama.
Esa es la prueba. Si uno es pobre, no le caes bien a
Dios. Esa es la prueba. Semejante forma de pensar no es
saludable para nadie, y en el estado de la Florida hay
muchas personas que piensan así, además de los que
llegaron con Batista.
«Así que los Cinco
—“The Cuban Five”, que es como se les conoce en los
círculos legales de los Estados Unidos— están presos,
cumpliendo cadenas que parecen eternas por haber
obedecido a dos presidentes: uno de aquí, de la Isla, y
otro, de Estados Unidos. Dos Presidentes que quisieron
evitar que terroristas locos siguieran poniendo bombas y
matando a civiles inocentes.
«La Junta que los
apresó y los condenó, lo hizo sabiendo muy bien las
consecuencias. La Junta de Gas y Petróleo Bush-Cheney no
es tan estúpida como parece. Hace cosas malvadas, porque
es así como mantiene todo bajo control. No creas que no
aprendieron de las dictaduras del siglo XX. El caso de
los Cinco es una prueba más de que tenemos una crisis de
derecho, una crisis política y una crisis
constitucional.
—Oliver Stone
ha sido sancionado por el Departamento del Tesoro de
Estados Unidos por violar el bloqueo contra Cuba.
Su delito es haber viajado a la Isla para
realizar sus dos documentales sobre Fidel.
¿Es constitucional este tipo de medidas?
—Por supuesto que no.
Es una violación. Pero el 11 de Septiembre hubo un golpe
de Estado en los EE.UU., el primero en nuestra historia.
Un golpe en el cual un grupo de gente deshonesta de una
Junta petrolera usurpó el poder del Estado y tiró abajo
el Congreso. Es un hecho único y los detalles
conformarán algún día una gran historia. Esto es algo
que el pueblo no acaba de comprender, porque los
norteamericanos tienen una mentalidad muy simple: lo que
no conocen o no han visto previamente, no existe. Bueno,
lo viven ahora in situ, pero lo descubrirán algún día
como arqueólogos y no será nada agradable. Las sanciones
contra los norteamericanos que quieren una relación
normal con Cuba son hijas de estas circunstancias. Pero
Oliver Stone —y cualquier otro ciudadano norteamericano—
tiene todo el derecho de hacer cualquier película que
quiera en cualquier circunstancia, mientras no haya
violado ninguna ley. Es su derecho constitucional. Él no
ha violado la ley. Lo que ocurre es que a la Junta no le
gusta lo que él hace: ¡oh, my goodness! (¡Oh,
Dios mío!)
—¿Teme que pueda haber
alguna represalia contra usted?
—Suelo estar preparado
para que no guste nada de lo que haga, diga o escriba
sobre ese gobierno.
—Lleva usted
varios días en La Habana. ¿Es Cuba la Isla satánica que la prensa y los políticos muestran
a los norteamericanos?
—¿Estás loca? ¡No! Nos
dicen siempre que los cubanos detestan estar aquí. Que
todos se mueren de hambre. Sacan esos cuentos que dicen
que los hospitales son terribles y que nadie acude a
ellos. Que los cubanos que se enferman van a la clínica
Mayo en Estados Unidos. No hay mentira que nuestro
gobierno no nos cuente cuando habla de Cuba. En Estados
Unidos, la mentira es la lengua franca de la nación.
«¿Sabe por qué voy a
la televisión? Porque siento que habrá alguien que me
vea y me escuche y al que le puedo hablar de lo que he
visto, sin intermediarios tendenciosos. Puedo hablarles,
por ejemplo, de los maravillosos planes médicos de Cuba.
Visité una escuela de medicina, que se dedica a preparar
médicos de muchos países para que brinden servicios
comunitarios a los pobres, algo que el sistema
estadounidense odia. La Medicina en Estados Unidos se
aprende para agarrar todo el dinero que puedas y fugarte
a Tahití, o a otro lugar de vacaciones, y olvidarte de
la gente que sufre.
«Estuve conversando
con 8 o 9 norteamericanos de Nueva York y Massachussets,
que estudian Medicina en Cuba. Les pregunté si la
preparación que recibían era tan buena como me habían
dicho, y me respondieron que sí, que es mejor que
cualquiera que pudieran obtener en EE.UU. ¿Por qué no
hacemos nosotros lo mismo por nuestra gente y por la
salud de otros pueblos? Los médicos cubanos están en los
lugares más olvidados, desde África hasta la jungla
amazónica. Solamente si reponemos la Constitución,
podríamos tener un país con aspiraciones y con éxitos
como los de Cuba. No crea que no me siento celoso como
norteamericano con lo que he visto en Cuba. Yo soy un
gran patriota y tengo celos».
—¿Volverá?
—Jamás hago
predicciones.
(Traducción:
Margarita Alarcón)
Publicado en Juventud Rebelde |