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Para
Natacha, Arlen y Yoanis, por sus espacios.
Un
viaje siempre entraña un cambio.
Uno se apropia de otros momentos, de ajenas
circunstancias y contamina con las suyas propias todo lo
que resulta nuevo.
Uno
vive en un completo y mágico cambio. Nada es estático.
Por eso
existen los libros y los lectores y los que escriben
esos libros para que los lectores cambien, viajen a
otros lares y se multipliquen tanto como puedan. Porque
los espacios fueron concebidos para ser habitados, para
abarrotarlos de sueños o de hombres que acaso es lo
mismo, y la Naturaleza que lo concibe todo no entiende
que haya hombres que no puedan encontrar esos espacios
vacíos.
Yo
encontré algunos de ellos. Es decir, di mi primer viaje.
Es decir, me multipliqué y fui vasto, como la noche o
los libros. Repito, el Hombre tiene la libertad de
poblar todos los confines y de hacer sueños o hacer
hombres. Yo salí del sueño para ser un Hombre. Emergí de
esa ciudadela semioscura de mi propia realidad y quise
buscar más claridad, liberación. Me obsesionan las
libertades.
Y fui
libre. Acaso como quería la Naturaleza.
Y fui
testigo de la libertad de otros hombres. Me contaminé de
ellos.
La
magia ocurrió en la segunda edición de la
Feria
Internacional del
Libro de Venezuela. Magia que
agradezco. Magia que me acercó a los sueños de Teresa
Melo, de Pedro de la
Hoz, de Miguel Barnet. Compartí sus
pasos por el parque de Carabobo; me perdí con sus
respiraciones en el metro; me dejé amilanar por la
alegría de estar vivo y compartir con ellos ese júbilo
que es la conciencia humana.
Ellos
compartieron conmigo, también, sus distintas y leales
alegrías. Los conocí de verdad. Los hice parte de mis
sueños y en uno de esos sueños nos volvíamos a ver
montados en un iceberg o en el globo de Matías
Pérez, mi ancestro.
Así
comprendí cuán largo eran los espacios que la naturaleza
nos brindaba para la multiplicación. Y que no solo eran
espacios físicos sino, además, espirituales. Lo confirmé
con las cálidas compañías de Mariann, Marit, Fanny. A
cada una le dejé algo de mí. Cada una se llevó un
«vasily» renovado. Cada una, a su tiempo, me desconoció
y me extrañará mientras no volvamos a vernos. También
agradecí las charlas animadas con Giordano Bruno, casi
siempre encima del ómnibus que nos llevaba al recinto
ferial o en los opulentos desayunos, o en las noches
antes de irse cada uno a sus respectivos o compartidos
sueños; y las pocas pero inteligentes disecciones con
Franco Mercurio.
Pero no
solo dejé mi huella en los espacios. Los espacios, con
sus voces propias, dejaron sus marcas en mí. Y aquí
están, ahora, hechas palabras para que los lectores las
prueben, las convoquen. Ojalá crean en ellas, ojalá las
materialicen dentro de sus vidas.
En
Caracas, a las 3 y 15 de la madrugada, en una de esas
tantas veladas sin dormirme, escuché los primeros
disparos en vivo que necesitaba para darme cuenta de lo
poco que había vivido dentro de mi reducido espacio.
Agradecí la fortaleza del vidrio que hacía de ventana en
mi habitación y corrí al baño, a guarecerme dentro del
agua tibia, pensando en mis amigos, en las calles de mi
ciudad, en el café «La Fontana» donde tantas veces
compartimos las palabras o las ideas, que también,
acaso, es lo mismo. Y temí por Fanny, por Marit, que
vivían allí, entre aquellos temores que yo, en el
espacio minúsculo de mi vida en Cuba, en Ciego de Ávila,
siento tan lejanos. Vi las campañas electorales tanto de
Hugo Chávez como del inepto y aparatoso Rosales. Jamás
olvidaré ese volante tan estúpido: SI NO BOTAS TE
QUEDARÁS: CIEGO, SORDO Y MUDO. Y otro que rezaba: SI NO
BOTAS TE PASARÁ ESTO: (y debajo una lámina de un hombre
muerto en la calle). Era espantoso. Además, en la
televisión, los argumentos tan débiles que usaba la
oposición. Dios mío, cómo se puede ser tan estúpido, tan
irreal, tan patafñisico. El locutor, todo desparapetado,
comienza a hablar sandeces de la revolución de Chávez y
la llama “al margen de la constitución” porque no ha
hecho cambios a la constitución como debería hacer una
verdadera revolución. Además de que el individuo no
entendía una cosa elemental y lo achacaba a Chávez,
decía: SI LA REVOLUCIÓN APOYA AL PUEBLO, ¿POR QUÉ EL
PUEBLO APOYA A LA REVOLUCIÓN? Vi, también, los primeros
indigentes de verdad, en mi vida. Y el más triste de los
limpiabotas y las más hermosas mujeres del mundo. Dios
mío.
Pero no
me entristeció ni me amilané. Ahondé la amistad con
Teresa y Pedro y Miguel Barnet, hablamos de Silvio, de
Fidel, de nuestra realidad y hasta nos convocamos a
reírnos de todos los aristocráticos que desayunaban o
cenaban en el restaurante. Barnet era el centro de
nuestra mesa, con él nos dimos cuenta de que no importa
cuán alto estemos, para mirarlo todo con la misma
cercanía, con la misma ingenuidad.
También
era la primera vez que iba a una Feria Internacional del
libro.
Me
deslumbraron los distintos espacios repletos de libros,
de buena o mala literatura. Compartí con Giordano o con
Mariann, la imposibilidad de comprar algunos títulos por
lo encarecido de los precios. Incluso regateando,
incluso poniendo cara de devoción o de muy interesado.
En más de una ocasión quise llevarme algún libro, pero
no pude. No pude o no quise, en realidad. Ahora no
importa.
Era
estimulante ver a los niños, a los jóvenes, a todo el
mundo entrando a la feria, llevándose los libros que
querían, participando de las lecturas o presentaciones o
siendo partícipes de los distintos espacios para las
presentaciones de escritores. Como si los escritores
fuéramos animales de zoológico, como si al leer nuestros
textos, el público fuera a decidir quién es el más digno
de conmiseración, o cuál es el más triste. Porque a la
larga, el escritor escribe lo que sufre, en la medida
que más se sufra, más se escribirá. Bienaventurada la
angustia y los angustiados, de ellos será el reino de la
literatura.
Fue
mágico el momento en que se homenajeó ese hermoso
ejemplar de Biografía de un cimarrón, que cumplía
sus cuarenta años. Fue hermoso ver y oír cantar a
Barnet, desde su altura, de su humildad y cubanía.
Todos
los venezolanos que pasaron por nuestros stands, se iban
convencidos de la cultura que irradiábamos, de la
identidad que somos. Porque Cuba es cada pedacito de
nuestros cuerpos, de nuestros pensamientos. Cuba es el
minúsculo espacio de mi tristeza que me hace vivir cada
mañana, y el aire que, en tierra extraña, respiramos
dualmente. Cuba es la manera de hablar que tenemos los
cubanos, la forma de mirar un objeto o a un niño o a un
árbol. Cuba es la posibilidad de sentirse orgulloso o
superior, de dar las gracias por todo o por casi nada.
Cuba es orgullo que es decir nosotros. Que es decir
nosotros mismos.
Nadie
escapa de la identidad cubana.
Hasta
nuestros colores se contagian. Aquel que nos conoce
termina pensando como nosotros y hasta divirtiéndose de
todas las desgracias del mundo porque se sabe
autosuficiente como para ponerles remedio.
Ser
cubano es ser curandero, porque sabemos que podemos
remediar casi todos los males de la sociedad. Y eso es
orgullo, también.
Porque
cuando caminaba por las calles de Caracas y un niño
venía a venderme un periódico, yo veía en ese niño las
venturas de nuestros niños, y veía a mi sobrino a esa
edad, en su escuela, soñando con un nuevo avioncito o
suspirando por los muñe que aún no empezaban. Pero
también veía las cosas tristes que, necesariamente,
viví. Y con todo eso me entristecía, pero sabiendo que
Teresa estaba al alcance de la mano, o Barnet o Pedro,
para hacerme ver que los golpes enseñan, que es bueno
enfrentarse a las cosas más duras, como quería Séneca,
para entender que la vida es una perpetuidad de
espacios, de sueños y de hombres, de sonrisas o
desgracias, de libertades o sufrimientos. Y que los
individuos, en ella, se hacían más fuertes.
No sé
si vuelva a ver a Venezuela, no sé si Fanny o Marit
volverán a tenerme; no sé si una vez más vea a Chávez
tan cerca de mí como para tocarlo y sentir ese otro
espacio tan vasto que ciega o domina; no sé si los
amigos nuevos se acuerdan, por fin, de mí o de “Buda”,
pero yo me llevo todas esas cosas a lo más profundo de
la tierra, o a lo más alto.
Nada
será suficiente para que los olvide. Multiplicándose
cada día, esas vivencias llegarán a poblar todo mi
espacio, todo el espacio del mundo y entonces no habrá
otra solución que crear nuevos espacios, nuevos mundos,
para seguir recordando. Porque soy cubano, que es igual
a decir recuerdo, que es igual a decir Cuba.
Porque
soy Cuba. |