Año V
La Habana

16 al 22 de DICIEMBRE
de 2006

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Las palabras que cubren un espacio
(o las impresiones de un viajante)

Vasily M.P. La Habana


Para Natacha, Arlen y Yoanis, por sus espacios.

Un viaje siempre entraña un cambio. Uno se apropia de otros momentos, de ajenas circunstancias y contamina con las suyas propias todo lo que resulta nuevo.

Uno vive en un completo y mágico cambio. Nada es estático.

Por eso existen los libros y los lectores y los que escriben esos libros para que los lectores cambien, viajen a otros lares y se multipliquen tanto como puedan. Porque los espacios fueron concebidos para ser habitados, para abarrotarlos de sueños o de hombres que acaso es lo mismo, y la Naturaleza que lo concibe todo no entiende que haya hombres que no puedan encontrar esos espacios vacíos.

Yo encontré algunos de ellos. Es decir, di mi primer viaje. Es decir, me multipliqué y fui vasto, como la noche o los libros. Repito, el Hombre tiene la libertad de poblar todos los confines y de hacer sueños o hacer hombres. Yo salí del sueño para ser un Hombre. Emergí de esa ciudadela semioscura de mi propia realidad y quise buscar más claridad, liberación. Me obsesionan las libertades.

Y fui libre. Acaso como quería la Naturaleza.

Y fui testigo de la libertad de otros hombres. Me contaminé de ellos.

La magia ocurrió en la segunda edición de la Feria Internacional del Libro de Venezuela.  Magia que agradezco. Magia que me acercó a los sueños de Teresa Melo, de Pedro de la Hoz, de Miguel Barnet. Compartí sus pasos por el parque de Carabobo; me perdí con sus respiraciones en el metro; me dejé amilanar por la alegría de estar vivo y compartir con ellos ese júbilo que es la conciencia humana.

Ellos compartieron conmigo, también, sus distintas y leales alegrías. Los conocí de verdad. Los hice parte de mis sueños y en uno de esos sueños nos volvíamos a ver montados en un iceberg o en el globo de Matías Pérez, mi ancestro.

Así comprendí cuán largo eran los espacios que la naturaleza nos brindaba para la multiplicación. Y que no solo eran espacios físicos sino, además, espirituales. Lo confirmé con las cálidas compañías de Mariann, Marit, Fanny. A cada una le dejé algo de mí. Cada una se llevó un «vasily» renovado. Cada una, a su tiempo, me desconoció y me extrañará mientras no volvamos a vernos. También agradecí las charlas animadas con Giordano Bruno, casi siempre encima del ómnibus que nos llevaba al recinto ferial o en los opulentos desayunos, o en las noches antes de irse cada uno a sus respectivos o compartidos sueños; y las pocas pero inteligentes disecciones con Franco Mercurio.

Pero no solo dejé mi huella en los espacios. Los espacios, con sus voces propias, dejaron sus marcas en mí. Y aquí están, ahora, hechas palabras para que los lectores las prueben, las convoquen. Ojalá crean en ellas, ojalá las materialicen dentro de sus vidas.

En Caracas, a las 3 y 15 de la madrugada, en una de esas tantas veladas sin dormirme, escuché los primeros disparos en vivo que necesitaba para darme cuenta de lo poco que había vivido dentro de mi reducido espacio. Agradecí la fortaleza del vidrio que hacía de ventana en mi habitación y corrí al baño, a guarecerme dentro del agua tibia, pensando en mis amigos, en las calles de mi ciudad, en el café «La Fontana» donde tantas veces compartimos las palabras o las ideas, que también, acaso, es lo mismo. Y temí por Fanny, por Marit, que vivían allí, entre aquellos temores que yo, en el espacio minúsculo de mi vida en Cuba, en Ciego de Ávila, siento tan lejanos. Vi las campañas electorales tanto de Hugo Chávez como del inepto y aparatoso Rosales. Jamás olvidaré ese volante tan estúpido: SI NO BOTAS TE QUEDARÁS: CIEGO, SORDO Y MUDO. Y otro que rezaba: SI NO BOTAS TE PASARÁ ESTO: (y debajo una lámina de un hombre muerto en la calle). Era espantoso. Además, en la televisión, los argumentos tan débiles que usaba la oposición. Dios mío, cómo se puede ser tan estúpido, tan irreal, tan patafñisico. El locutor, todo desparapetado, comienza a hablar sandeces de la revolución de Chávez y la llama “al margen de la constitución” porque no ha hecho cambios a la constitución como debería hacer una verdadera revolución. Además de que el individuo no entendía una cosa elemental y lo achacaba a Chávez, decía: SI LA REVOLUCIÓN APOYA AL PUEBLO, ¿POR QUÉ EL PUEBLO APOYA A LA REVOLUCIÓN? Vi, también, los primeros indigentes de verdad, en mi vida. Y el más triste de los limpiabotas y las más hermosas mujeres del mundo. Dios mío.

Pero no me entristeció ni me amilané. Ahondé la amistad con Teresa y Pedro y Miguel Barnet, hablamos de Silvio, de Fidel, de nuestra realidad y hasta nos convocamos a reírnos de todos los aristocráticos que desayunaban o cenaban en el restaurante. Barnet era el centro de nuestra mesa, con él nos dimos cuenta de que no importa cuán alto estemos, para mirarlo todo con la misma cercanía, con la misma ingenuidad.

También era la primera vez que iba a una Feria Internacional del libro.

Me deslumbraron los distintos espacios repletos de libros, de buena o mala literatura. Compartí con Giordano o con Mariann, la imposibilidad de comprar algunos títulos por lo encarecido de los precios. Incluso regateando, incluso poniendo cara de devoción o de muy interesado. En más de una ocasión quise llevarme algún libro, pero no pude. No pude o no quise, en realidad. Ahora no importa.

Era estimulante ver a los niños, a los jóvenes, a todo el mundo entrando a la feria, llevándose los libros que querían, participando de las lecturas o presentaciones o siendo partícipes de los distintos espacios para las presentaciones de escritores. Como si los escritores fuéramos animales de zoológico, como si al leer nuestros textos, el público fuera a decidir quién es el más digno de conmiseración, o cuál es el más triste. Porque a la larga, el escritor escribe lo que sufre, en la medida que más se sufra, más se escribirá. Bienaventurada la angustia y los angustiados, de ellos será el reino de la literatura.

Fue mágico el momento en que se homenajeó ese hermoso ejemplar de Biografía de un cimarrón, que cumplía sus cuarenta años. Fue hermoso ver y oír cantar a Barnet, desde su altura, de su humildad y cubanía.

Todos los venezolanos que pasaron por nuestros stands, se iban convencidos de la cultura que irradiábamos, de la identidad que somos. Porque Cuba es cada pedacito de nuestros cuerpos, de nuestros pensamientos. Cuba es el minúsculo espacio de mi tristeza que me hace vivir cada mañana, y el aire que, en tierra extraña, respiramos dualmente. Cuba es la manera de hablar que tenemos los cubanos, la forma de mirar un objeto o a un niño o a un árbol. Cuba es la posibilidad de sentirse orgulloso o superior, de dar las gracias por todo o por casi nada. Cuba es orgullo que es decir nosotros. Que es decir nosotros mismos.

Nadie escapa de la identidad cubana.

Hasta nuestros colores se contagian. Aquel que nos conoce termina pensando como nosotros y hasta divirtiéndose de todas las desgracias del mundo porque se sabe autosuficiente como para ponerles remedio.

Ser cubano es ser curandero, porque sabemos que podemos remediar casi todos los males de la sociedad. Y eso es orgullo, también.

Porque cuando caminaba por las calles de Caracas y un niño venía a venderme un periódico, yo veía en ese niño las venturas de nuestros niños, y veía a mi sobrino a esa edad, en su escuela, soñando con un nuevo avioncito o suspirando por los muñe que aún no empezaban. Pero también veía las cosas tristes que, necesariamente, viví. Y con todo eso me entristecía, pero sabiendo que Teresa estaba al alcance de la mano, o Barnet o Pedro, para hacerme ver que los golpes enseñan, que es bueno enfrentarse a las cosas más duras, como quería Séneca, para entender que la vida es una perpetuidad de espacios, de sueños y de hombres, de sonrisas o desgracias, de libertades o sufrimientos. Y que los individuos, en ella, se hacían más fuertes.

No sé si vuelva a ver a Venezuela, no sé si Fanny o Marit volverán a tenerme; no sé si una vez más vea a Chávez tan cerca de mí como para tocarlo y sentir ese otro espacio tan vasto que ciega o domina; no sé si los amigos nuevos se acuerdan, por fin, de mí o de “Buda”, pero yo me llevo todas esas cosas a lo más profundo de la tierra, o a lo más alto.

Nada será suficiente para que los olvide. Multiplicándose cada día, esas vivencias llegarán a poblar todo mi espacio, todo el espacio del mundo y entonces no habrá otra solución que crear nuevos espacios, nuevos mundos, para seguir recordando. Porque soy cubano, que es igual a decir recuerdo, que es igual a decir Cuba.

Porque soy Cuba.

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