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Amigas y amigos:
Colocado ante el inédito desafío de elogiar a seis
gigantes, ante las probabilidades
—casi
las exigencias, nada gratuitas, de la desmesura—,
he optado por el fácil ejercicio de preguntarme junto a
mis compañeros de veinte o menos años de terca
militancia en la Asociación Hermanos Saíz, ¿qué sería de
este país sin los poemas de Fina y de Roberto, sin las
canciones de Silvio, sin el cine y la prédica de Julio,
sin la música de Los Van Van de la mano de Formell, sin
los seculares acordes de Santiago devueltos clásicos en
los pentagramas de Harold?
La respuesta, de
ningún modo única por existir otras tantas mejores, es
por fuerza sencilla: no fuéramos los mismos, no
estaríamos hechos de la misma materia de espíritu. Y si
quiero ser caprichosamente didáctico diría: no
caminaríamos igual por las calles de la Habana del
Centro, no entraríamos al Cine cubano con la misma
devoción crítica, no bailaríamos como ahora, no
hubiéramos redescubierto a Calibán en nosotros, no
interpretaríamos como hoy nuestra música, no habríamos
tenido los versos cantados del juglar para hacernos el
amor.
Podría detenerme,
además, en cuánto han aportado en la acción del
magisterio directo, al lado de jóvenes y veteranos. Fina
con sus investigaciones sobre Martí en la Biblioteca
Nacional y el Centro de Estudios Martianos, allí mismo
Retamar con su Casa de las Américas y su
emblemática revista a cuestas o en las aulas de la
Universidad, Harold y Julio desde la época fundacional
de Nuestro Tiempo, entregados por largo tiempo a la
tarea de dirigir en el ICAIC o la UNEAC o de enseñar en
el ISA o en la Escuela de Cine de San Antonio, Juan
liderando y renovando su tren de pelea, esa enorme
máquina del ritmo nacional que son Los Van Van y Silvio
catapultando en silencio proyectos y venturas de muy
diverso signo. Sin embargo, lo creo innecesario, no me
parece que haga falta.
Basta con la
insistencia de Eliseo de que venimos a esta tierra a dar
testimonio. Poseyendo el silencio como Charlot, según
descubrió Fina. Rememoro también un poema de Roberto
dialogando con Brecht y reafirmando su aquí.
Aquí, precisamente,
se han tejido los extraordinarios testimonios de cada
uno, fijados siempre en un haz: el paso de los cubanos
por la tierra. Un paso hermoso, firme, rico, hondo,
único, y sin duda diferente por el viento huracanado de
una Revolución radical y fecunda que nos ha hecho otros
y dignos, otros y justos, otros y mejores.
Desde aquí eligieron
entregarnos sus testimonios, sus creaciones, en medio de
la fiesta innombrable o de la oscura noche o de la
soledad del sacrificio. Poemas, canciones, ensayos,
composiciones, películas, libros que han surcado el
rostro cultural de la patria, es decir, la manera en que
somos. Por eso la Asociación que recuerda en su nombre y
en su afán a Luis y Sergio Saíz Montes de Oca, aquellos
que nos legaron con sus vidas la tarea de una inmensa
obra por realizar, cumplida con creces por ustedes, se
honra en entregarle la condición de Maestros de
Juventudes.
Con Martí podemos
asegurarles que sus obras crecerán bajo/sobre la hierba
y la tierra de esta Isla, con Lezama que con esos actos
no solo han rasguñado la piedra, en verdad han horadado
el rostro múltiple de este lugar entrañable del mundo.
Por ese ejemplo,
gracias querida Fina, gracias queridos Harold, Juan,
Silvio, Julio y Roberto.
No puedo evitar la
cita a mi manera y con ella, como en tiempos antiguos,
recordar al actor que pide de antemano benevolencia al
auditorio por sus muchas faltas:
Quién fuera
Lennon y McCartney, y
Harold y Juanito, /
Quién fuera
Sindo y Julio y
Retamar/
Violeta, Fina/
Quién fuera
Chico y Silvio.
Quién fuera vuestro
trovador.
Palabras de elogio en la entrega de la
condición Maestro de Juventudes a los destacados
intelectuales cubanos Roberto Fernández Retamar, Fina
García-Marruz, Juan Formell, Silvio Rodríguez, Harold
Gramatges y Julio García Espinosa, jueves 14 de
diciembre, Museo Nacional de Bellas Artes, Edificio de
Arte Universal. |