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Las
primeras palabras que crucé con Gore Vidal fueron para
provocarlo. Le dije que había algunos por ahí —o mejor
dicho, por allá— que lo consideraban un “mal americano”.
Con su lengua afilada, pero muy amable, respondió que en
todo caso él pensaba que era “el último buen americano”.
Más que un
juego verbal, este intercambio y el que siguió
después, durante cada una de las estancias de su
itinerario por La Habana, me confirmó la entereza
moral de un intelectual y la honestidad de un
verdadero ciudadano.
Durante cinco
días este notable escritor norteamericano, con más de 50
obras entre novelas, ensayos, piezas teatrales y guiones
cinematográficos, anduvo por la capital cubana y un poco
más allá, interesándose por conocer nuestra realidad de
una manera objetiva y desprejuiciada.
No vino solo. Le
acompañaron dos ex senadores demócratas, John Burton y
James Abourezk, este último en los años 70 el primer
norteamericano de origen árabe en acceder a ese cuerpo
legislativo; la ex defensora del pueblo en San
Francisco, Kimiko Burton, el fiscal de la ciudad de Los
Ángeles, Dennis Herrera; su sobrino, el director de cine
Burr Steers; el editor de la revista Vanity Fair,
Matt Tyrnauer; y el académico y cineasta Saul Landau .
De entrada, para
que no cupieran dudas, afirmó que estaba consciente de
que su viaje a Cuba contradecía la letra y el espíritu
del criminal bloqueo que por casi medio siglo han
ejercido las administraciones de la Casa Blanca contra
la Isla.
Y en todas las
declaraciones a la prensa e intervenciones públicas se
expresó de una manera sumamente crítica sobre el actual
equipo gobernante en EE.UU., consecuente con el
pensamiento que ha venido sosteniendo desde que George
W. Bush accedió a la presidencia mediante un virtual
golpe de estado, consumado mediante el fraude electoral
de 2000 y confirmado luego del ataque a las Torres
Gemelas.
Me habían dicho
que Vidal era un individuo ácido, ríspido, poco
accesible. Incluso que con la edad había aumentado su
perfil cínico. Quienes lo tratamos advertimos en él a un
hombre lúcido, inteligente, agudo y sincero, que llama a
las cosas por su nombre y maneja la ironía y el
sarcasmo. Un hombre con fobias personales, y un ser
capaz de conmoverse como un simple mortal dotado de
sensibilidad, especialmente en tres momentos: la noche
que asistió a la cantata por la paz que la trova y el
rock dedicaron a la memoria de John Lennon; la jornada
que compartió con los estudiantes de la Escuela
Latinoamericana de Medicina (ELAM); y los minutos en que
confrontó sus sueños de juventud con Alicia Alonso, a
quien había conocido en el Nueva York de los 40, cuando
el novelista en ciernes quiso ser bailarín.
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Gore Vidal
encarna la auténtica tradición liberal norteamericana.
No posa de revolucionario ni de pensador social de
avanzada. Sencilla y llanamente es un humanista. Un
escritor que cree que la política y la ética no deben ni
pueden estar divorciadas. Que se siente patriota pero no
nacionalista. Que apuesta por hacer realidad aquella
frase de Lincoln olvidada en estos días: “La democracia
es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el
pueblo”. Que le gustaría recordarles a Bush y a sus
adláteres lo que dijo el escritor y filósofo Ralph Waldo
Emerson: “El destino de quienes han delinquido es
inexorable. Ya no podrán nunca ocultar su pasado: Toda
la tierra les es de vidrio”.
Ese es Gore Vidal. Un hombre, para decirlo con palabras
de Antonio Machado, en el buen sentido de la palabra,
bueno.
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