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Repaso al ritmo de los días:
Festival de Occidente en Venezuela
Omar Valiño
 
La Habana
Fotos: Roland Streuli


El curso de los días en Guanare es pura intensidad gracias al Festival de Teatro de Occidente. Este encuentro teatral, que anda ya por su vigésimo cuarta edición, agita el  ritmo campestre y sosegado de la ciudad entre el 15 y el 26 de noviembre. Creado un público con el curso de los años, y con la labor paciente de la Compañía Regional de Teatro de Portuguesa, que bajo la dirección de Carlos Arroyo organiza el evento, la gente circula en estos días tomando el pulso al festival.  Apenas alcanza el tiempo. Se duermen en el tintero las notas sobre espectáculos que quedaron atrás, se suman los apuntes sobre lo visto ayer o ahora mismo. Sin contar foros críticos, jornadas de investigación, bautizos de libros y revistas, charlas y demostraciones prácticas, un feliz cumplimiento de todo el universo teatral.

Pero uno de los placeres esenciales que provoca el Festival de Teatro de Occidente es tomar contacto con la producción escénica venezolana de hoy.

Así, Estival Teatro presentó Dollwrist, de Juan Martins, con dirección de José Sánchez.La relación entre una experimentada actriz de televisión y un joven recién ingresado al medio constituye el centro de la propuesta. Establecen un juego, impuesto por ella, siguiendo las estructuras “participativas” de tantos programas de moda en la pequeña pantalla, casi escondidos en un camerino o almacén que se convertirá en prisión. Allí afloran las soledades, desamparos y deseos incumplidos de los protagonistas, Aura y Ezequiel. Harán de un maniquí, de una muñeca, de la dallwrist que intitula la obra, fetiche de ese encuentro perverso que concluirá con la muerte de ambos personajes.

Para el espectador resulta contradictorio que una puesta en escena cuyo presupuesto es un espacio lúdico, no contenga un juego verdadero. Ni las pautas del montaje ni el trabajo de los actores establecen un intercambio dinámico de acuerdo con ese enunciado. Del mismo modo, el espectáculo manifiesta serias inconsecuencias en el desarrollo de los lenguajes a los cuales apela. La pantalla de fondo apenas se utiliza dos veces para proyectar imágenes, a pesar de la insistencia entre los personajes en los recursos de la propia televisión o la publicidad. Espejos, maniquíes y otras estructuras escenográficas permanecen, en general, intocadas. El ropero, después de la utilización temprana de un traje por parte de  Ezequiel al asumir otro rol (en lo que debió constituirse en meta discurso de la puesta para activar el juego), queda como mero elemento decorativo.

Tampoco en la medida en que la situación de enunciación lúdica se intensifica o se adentra por caminos más oscuros, los lenguajes escénicos se transforman en consecuencia. Asimismo, ni la actriz Mirla Campos, de probadas dotes, ni el inexperto Douglas Pérez consiguen la realidad de ese juego anunciado solo en apariencia.

Estival Teatro tiene ante sí el reto de reformular la puesta en escena con las múltiples posibilidades que le ofrecen los propios materiales intelectuales y prácticos a los cuales han acudido para proponernos su Dollwrist.

Ya casi en el  balance de la despedida, me han impresionado más La noche de Molly Bloom, Esperando a dos y Sueño pelele.

El primero, del Taller Experimental de Teatro, con dirección de Elizabeth Albahaca, nos deparó la excelente actuación de María Fernanda Ferro y una significativa propuesta de comunicación con el auditorio. La Molly Bloom de James Joyce grita por las mujeres acalladas por siglos. Provocadora a la salida del Ulises, entre José Sanchis Sinisterra, el autor de la pieza, y María Fernanda, imantadora en su seducción, le confieren una hermosa actualidad por lo quemante de lo humano particular que siempre vive en Ella y en nosotros, sus cómplices. Me gustaría ver La noche de Molly Bloom en nuevas situaciones escénicas de experimentación en cuanto al contacto con el público. Tal vez en una habitación en una casa real, convenientemente habilitada. O probar con una iluminación naturalista, a tono con esa “puerta” privada, de suma intimidad, por la que nos deja asomarnos Molly.

La noche de Molly Bloom

Con Esperando a dos, de la autoría y dirección de  Miguel Issa, Dramo profundiza en una estética donde la dramaturgia del movimiento y la acción, la fina comicidad, así como la precisión del montaje se confirman como sus elementos cenitales. A caballo entre el teatro y la danza, se constituye en hermoso homenaje al compromiso cotidiano, al deber social de la profesión y también a la necesidad de la expresión humana. Sobre todo Issa, como intérprete, podría ahondar en la riqueza del payaso. Destacable el desempeño de Eliana Santander. 

Esperando a dos

Sueño pelele, de Río Teatro Caribe, hijo de la creación de Talía Falconi y Francisco Denis, cuenta en unos escasos minutos pero con la fuerza de un relámpago, una metáfora del viaje por dentro de lo humano. Del chimpancé al Hombre (a la Mujer) en tanto Humanidad. El capaz del vuelo y el guiñapo objeto de los golpes. El vencedor de obstáculos y el extremo de la Nada. Ícaro y su reverso: el despojo.

Sueño pelele

Tirado de las cuerdas y de los contrapesos que se pierden en la altura de la parrilla sobre el escenario, el personaje sin nombre no va más allá de un tránsito por el sueño. Es un títere, un pelele movido por fuerzas desconocidas. Sean estas humanas, íntimas, sociales o sobrenaturales, vienen de lejos y son desconocidas, aparecen aquí como invencibles.

Un mérito de la pauta del performance es su brillantez técnica a la par que su  concreción de significaciones. Otro, su dosificación del movimiento y su control de esos significados, cuando se ofrecían posibilidades casi infinitas para “perderse” en ese entramado. Y el mayor: Talía Falconi. Correspondiendo a su nombre de musa, ella es dación de sentido, de energía controlada, de fuerte presencia, de insoslayable relación con el espectador.
 

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