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Antonio Meucci
EL MAGO DE LA ESCENA
Josefina Ortega
La Habana


Alguien lo llamó el Mago de la Técnica,  por los artilugios que inventó o recreó para el público desde  su puesto de trabajo como “mecánico principal de escena” o superintendente  técnico en el  Teatro de Tacón, a donde había llegado contratado por su constructor, concesionario y  dueño,  el catalán Francisco Marty. Sin embargo al italiano Antonio Santi Guisseppe Meucci se le recuerda solo por la controversia sostenida con Alexander Graham Bell en  la invención del teléfono.

Naturalmente la razón es poderosa. El teléfono es una de las maravillas del mundo moderno.

Pero veamos la otra perspectiva.

La Habana en 1830 era ya una plaza fuerte de las artes escénicas —y lo seguiría siendo muchos años después—, cuando acompañado de su esposa,  Ester Mocchi, el meridional arribaba en el vapor Cocodrilo, el 17 de diciembre de 1835,  junto a los 81 miembros de una compañía de opera italiana.

Según recogen los historiadores el día en que la compañía debuta en el teatro Principal, ya Meucci andaba vinculado a algunos empeños como el de purificar y mejorar las aguas que se suministraba a la ciudad. En este y otros ahíncos estaba el italiano cuando el Teatro de Tacón se inauguraba —oficialmente como teatro de ópera—  el domingo 18  de abril de 1838.

El nuevo teatro estaba concebido en estructura, capacidad y elegancia, como un alarde de lujo y técnica  —estilo mejorado incluso, al costo de $ 400 000—,  semejante a los mejores de Europa. De modo que allí debían estar los mejores. Y al parecer Meucci debía ser, en su esfera, el mejor. De paso digamos que su esposa era la encargada del vestuario de los actores.

Entonces el trabajo de “mecánico teatral”  era crear la tramoya, el decorado, el atrezzo, la utilería y cuánto efecto escénico se necesitará  —precursor de los efectos especiales del cine—, y para lo cual se precisaba, además de habilidades para la pintura y el dibujo, conocimientos en artes plásticas, historia, química y física. Lamentablemente poco se conserva en la memoria historiográfica de su trabajo escénico en los 15 años habaneros de Meucci, pero tal fue la fama obtenida por las  maravillas creadas, que  el 16 de diciembre de 1844, en el propio Tacón se daba una función de gala en su homenaje.

El reconocimiento llegaba además pues a Meucci se le atribuye el establecimiento en La Habana de un taller de galvanoplastia, uno de los primeros que creados en el continente americano;  con el empleo de 60 pilas “Bunsen”, doraba o plateaba armas y distintivos militares y  realizaba experimentos de electroterapia, con amigos enfermos de reuma.

En  medio de sus ensayos ocurrió el milagro de encontrar el génesis del teléfono.

El “inventor” un florentino nacido el 13 de abril de 1808 no había llegado a ese punto de la nada: con 13 años había sido aceptado en la Accademia Di Belle Arti, y durante seis años cursó estudios de mecánica, que comprendía la química y toda la física conocida hasta entonces.

En el mes de octubre de 1833 —con 25 años— era auxiliar del mecánico principal de escena del famoso Teatro Della Pérgola, en donde creó un sistema de tubos para la comunicación acústica entre el escenario y los tramoyistas.

Es cierto que no tenía mejores conocimientos que Bell,  en cuanto a la electricidad.

Es cierto que la muerte de su pequeña hija, ocurrida en la Habana, dejó a los Meucci sumidos en la tristeza.

Es cierto que no había encontrado facilidades para desarrollar su idea primigenia de lo que llamaría como “telégrafo parlante”, cuando en abril de 1850  expira el contrato de la compañía italiana. Sin tener como sufragar los experimentos en la transmisión de la “palabra hablada” —tan cierto como que era famosa su incapacidad de hablar otro idioma que no fuera el italiano—,  sale de La Habana para Nueva York, el día 23, en  el vapor Norma.

Sin embargo es igualmente cierto que una serie de fatalidades y algo de mala fe entre quienes lo rodeaban, le impidieron en Estados Unidos no solo desarrollar mejor el proyecto del teléfono, sino también el registro legal del invento, hasta más de un siglo después de adjudicársele a Graham  Bell.

Cuando muere en EEUU,  el 18 de octubre de 1889,   estaba pobre  quien llamaron en La Habana “El mago de la escena”.
 

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