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Mientras pulso estas líneas, mi mujer lava la ropa de
los dos. Ella podría estar leyendo un relato de Delibes
que le recomendé con fervor o poniéndose más linda en
casa de la peluquera, pero andar limpio sigue siendo
importante. Además –aunque he sido uno de los tipos
menos presumidos de mi generación- no debe olvidarse del
todo aquella sentencia de Tolstoi: “cuando se llega a
viejo, si no se es un señor se es un pellejo”. Por lo
demás, Tania a la larga se las arregla y visita a la
responsable de su pelo o sus manos y se comunica con la
prosa del español o con las novelas de Onetti, el
inmenso uruguayo que la tiene fascinada con sus párrafos
duros y ese estilo que roza la perfección. Yo no lavo
casi nunca –me entrego, amigas feministas, levanto los
brazos, me declaro culpable- pero he buscado el pan
temprano en la mañana y cargué el pesado bulto de tela
estrujada. Para los cincuenta años prometo dar otro
pasito en esta disidencia del machismo que hasta ahora
se ha expresado más en palabras que en hechos tan
rotundos como limpiar y cocinar.
En mi
infancia de campo no asistí a las lavanderas casi
sumergidas en la corriente. Tal vez porque en nuestra
zona no había ríos caudalosos. Sí tengo a la batea en mi
memoria familiar profunda. Mi madre y la tía Nena
–después diplomática y mujer de mucho trabajo y diversa
cultura- lavaban con agua sola la ropa endurecida por
el trabajo y la tierra del ajetreo agrícola. Debían
esperar porque la gallina pusiera el huevo, mi abuelo lo
vendiera y pudiese ponerles delante el jabón. Mami
también hizo buena carrera como maestra y hasta
dirigente, pero siempre ha recordado aquellas manos
jóvenes dándole guerra al fango y al sudor para lograr
el sustento.
En
Tamarindo se lavaba casi siempre los lunes. Ese día –que
los creyentes vinculan al Dios afrocubano Elegguá- era
allí el de las tendederas repletas, los pantalones
bailando y las mujeres inclinadas durante ocho o diez
horas ante su labor. Por entonces se usaba el almidón
–que los actuales cuarentones aprendimos a detestar
desde la infancia- sustancia capaz de endurecer el
cuello de una camisa hasta casi sacar sangre de sólo
rozarte. Cuando resultaba amable el almidón era recién
fabricado desde la subterránea yuca; sabroso al tacto
ese acto de desintegrarlo. Después desapreció el hábito
de almidonar; se perdió en un recodo como la virginidad,
el prejuicio contra las divorciadas o la costumbre de
pedirle la bendición a los mayores cada mañana.
La
lavadora humaniza y dinamiza el lavado de la ropa. A
las más modernas –y por supuesto las más caras- las
llamo “de novena grado”. Sí, porque son tan diestras que
tal parecen haber estudiado hasta el nivel secundario.
Algunas hasta secan, pero el sol –que en Cuba, por
suerte, es casi siempre abundante - sigue siendo un
cierre estelar para la limpieza. El agua no abunda, pero
este año ha sido de lluvias y los periódicos hablan de
inversiones imprescindibles en los temas hidráulicos.
Nada, que hoy estoy optimista. Hay sol, ha vuelto a
llover y a unos pocos metros de distancia las manos del
amor limpian mis amplias camisas con una fórmula similar
a la que han empleado para higienizarme un poco esa
complicada región que llamamos alma.
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