Año V
La Habana
2006

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Del río a la sofisticación
Amado del Pino La Habana


Mientras pulso estas líneas, mi mujer lava la ropa de los dos. Ella podría estar leyendo un relato de Delibes que le recomendé con fervor o poniéndose más linda en casa de la peluquera, pero andar limpio sigue siendo importante. Además –aunque he sido uno de los tipos menos presumidos de mi generación- no debe olvidarse del todo aquella sentencia de Tolstoi: “cuando se llega a viejo, si no se es un señor se es un pellejo”. Por lo demás, Tania  a la larga se las arregla y visita a la responsable de su pelo o sus manos y se comunica con la prosa del español o con las novelas de Onetti, el inmenso uruguayo que la tiene fascinada con sus párrafos duros y ese estilo que roza la perfección. Yo no lavo casi nunca –me entrego, amigas feministas, levanto los brazos, me declaro culpable- pero he buscado el pan temprano en la mañana y cargué el pesado bulto de tela estrujada. Para los cincuenta años prometo dar otro pasito en esta disidencia del machismo que hasta ahora se ha expresado más en palabras que en hechos tan rotundos como limpiar y cocinar.

En mi infancia de campo no asistí a las lavanderas casi sumergidas en la corriente. Tal vez porque en nuestra zona no había ríos caudalosos. Sí tengo a la batea en mi memoria familiar profunda. Mi madre y la tía Nena –después diplomática y mujer de mucho trabajo y diversa cultura-  lavaban con agua sola la ropa endurecida por el trabajo y la tierra del ajetreo agrícola. Debían esperar porque la gallina pusiera el huevo, mi abuelo lo vendiera y pudiese ponerles delante el jabón.  Mami también hizo buena carrera como maestra y hasta dirigente, pero siempre ha recordado aquellas manos jóvenes dándole guerra al fango y al sudor para lograr el sustento.

En Tamarindo se lavaba casi siempre los lunes. Ese día –que los creyentes vinculan al Dios afrocubano Elegguá- era allí el de las tendederas repletas, los pantalones bailando y las mujeres inclinadas durante ocho o diez horas ante su labor. Por entonces se usaba el almidón –que los actuales cuarentones aprendimos a detestar desde la infancia- sustancia capaz de endurecer el cuello de una camisa hasta casi sacar sangre de sólo  rozarte. Cuando resultaba  amable el almidón era recién fabricado desde la subterránea yuca; sabroso al tacto ese acto de desintegrarlo. Después desapreció el hábito de almidonar; se perdió en un recodo como la virginidad, el prejuicio contra las divorciadas o la costumbre de pedirle la bendición a los mayores cada mañana.

La lavadora humaniza y dinamiza el lavado de la ropa.  A las más modernas –y por supuesto las más caras- las llamo “de novena grado”. Sí, porque son tan diestras que tal parecen haber estudiado hasta el nivel secundario. Algunas hasta secan, pero el sol –que en Cuba, por suerte, es casi siempre abundante - sigue siendo un cierre estelar para la limpieza. El agua no abunda, pero este año ha sido de lluvias  y los periódicos hablan de inversiones imprescindibles en los temas hidráulicos. Nada, que hoy estoy optimista. Hay sol, ha vuelto a llover y a unos pocos metros de distancia las manos del amor limpian mis amplias camisas con una fórmula similar a la que han empleado para higienizarme un poco esa complicada región que llamamos alma.
 

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