Año V
La Habana
2006

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

GALERÍA

LA OPINIÓN
MEMORIAS
LA CRÓNICA
APRENDE
POESÍA
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
PALABRA VIVA

LIBROS DIGITALES

LA CARICATURA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

Flora y el ángel
Rubén Rodríguez


Flora no tenía la belleza boba de los santos de papel ni la belleza fría de las estrellas de cine o la belleza geométrica de los modelos de revista, la belleza de cera de los moribundos o la serena belleza de los lisiados. Porque Flora era bien fea. Hasta el nombre era feo, con el flo hinchándole los cachetes y el ra colgante, indefenso como un badajo. Que jamás sonaría como una Flora de Boticelli, de tenue bata floreada que cae en pliegues sobre el vientre mórbido y dibuja las redondeces de esos muslos de diosa pagana con las cálidas volutas de las rodillas. O una Flora de Portocarrero con un bosque en la cabeza, como no sea por tanta flor que se pone en esa corona solar, en tanto rizo alborotado, en esa cabeza de fiesta.

¿Fiesta? ¿Quién dijo fiesta? Flora, cuídame el niño, Flora, cuídame el bolso, Flora, cuídame el sitio. Con la más firme y certera confianza de que jaba, sillón y muchacho estarán muy bien cuidados, porque Flora, la pobre, no baila. Y no es que no sepa, sino que nadie... nobody, Silvia, absolutamente nadie va a invitarme y soportar la burla colectiva, como no sea Mayito la pizza con sus cachetes granujientos. No sé cómo puedes... Silvia silvísima silvática, sutil  hembrita vegetal sonriendo a Flora que ríe amoscada... mosqueada dirás, qué rica está Silvia, campeona de las competencias de pajas en el pre cuando uno se vierte a fuerza de frotarse contra la cama, contra la almohada, contra la mano que se parece a Silvia desnuda, en un ahogo que sumerge en aguas negras a diez o veinte cada noche.

Dos horas después Flora se marcha y es la peor tarde del peor día de su vida, cargada de bolsas, pensando que no es tan mala idea que la reviente un carro la peor tarde del peor día de su vida. Pero justo al bajar a la calle la salva el fantasma de su madre Esperanza: Presta atención que el corazón se me hace un puño de pensar... Virgen Santísima, que Sandra y Marcos... pero tú...

Tú, el patico feo, el último mono, la parienta pobre, la oveja negra, la papa podrida. Coro de gente que siempre qué graciosa Florita, Esperanza, qué educada Florita, Esperanza, ¿qué edad tiene Florita, Esperanza?, ¿tiene novio Florita, Esperanza? No, ella es muy estudiosa. Flora vergüenza de mamá, de papi, de abuela, de tanto primo macho y tanta puta prima. Flora florida floral prendida de la saya de abuela. Flora es un huevo de pato... Te la cambiaron en maternidad, Agustín... Y ya hicieron llorar a la niña, límpiese la nariz y vaya a jugar con sus primos. Al patio donde Sandra está con las mujeres y Marcos trepado en el potro de abuelo. Enfilados los cañones de la muchachada trotona: Flora llorona, feísima Flora, aquí no te quiero, no juegues con Flora, puedes mirar pero no jugar.

Pero eso no importa, porque la peor tarde del peor día de su vida Flora va a encontrar al ángel. Porque solo levanta la cabeza para mirar a estribor si se acerca el Enemigo de la camioneta. Y lo ve. Pero no entre nubes y truenos sino en flamante bicicleta china. Entonces la calle se esfuma con viajantes, viandantes, presuntos transeúntes, curiosos y ansiosos de las tres de la tarde cuando el aire de la esquina escupe un ángel nuevecito, sin alas, porque es un ángel disidente, va de incógnito. Y en esa niebla luminosa Flora mira los ojos del ángel, que ya se pierde calle abajo mirando todavía atrás. Y Flora flota sobre el pavimento, sobre la gente que va y viene, empuja, corre, compra y grita, vende y simula, siente y miente, aboba, aturde, enloquece, entre humo y voces y timbres y traspiés, para darse de narices otra vez con el ángel.

Trágatela, tierra. Pobre Flora que no sabe qué hacer, tartamudeces y heladas, piernas de algodón y plomo en el estómago, el miedo absoluto a la voz como grave del ángel que pregunta si siempre tienes esa cara de niña buena. Sí de siempre esta cara de boba, te defiendes. De niña buena dije, dijo el ángel. Y ella pasmada quisiera correr y no parar hasta el aula donde pueden llamarla flora bacteriana, y flora intestinal, flora y fauna, y hasta la bestia con bella si va con Silvia. Pero nunca asustarla como el ángel que quiere saberlo todo de ella. Y no importa si es ángel triunfante o caído porque de sus ojos, prendida de sus labios quiere Flora entrar al mundo de los vivos. Y acaba de bautizarlo ángel oficial del reino floral con todo y pioneritos, bandera y redoblantes. Flora sube a la guagua con desgano, sin hacerse muchas ilusiones porque a la segunda vez siempre le preguntan si eres muy amiga de Silvia porque a mí me gusta mucho y pensé que tú podrías... Pero esta vez quiere hablar, decir que lo conocía desde el fin de mundo anterior, que lo hacía su ángel del reino, pero la lengua se le hizo un nudo y no le quedó más remedio que mirar profundo a los ojos del ángel y hallar dentro un bosque cuajado de olor a mariposas y la luna que la bañaba de luz desconocida.

Como se mira en el espejo del baño odiando pecas y huesos, mientras Marcos aúlla en la puerta: ¿qué hace Flora en el baño, mamá? Como no sea... Jesús, muchacho, respeta a tu hermana, regaña Esperanza, y recuerda que en el último cumpleaños de tío se durmió sentadita en la taza. Tarada que es, llévala a un médico, gruñe Marcos meando en el patio de tierra. Y los golpes de puerta a Flora se le hacen golpes de agua en el pecho del ángel, repetido en el espejo, rajándose en el bisel, sonriente de jabón, danzante en el filo de un dedo de Flora, y se va con el agua espumosa del tragante. Y en la puerta está mami, pero Flora, qué es eso, dos horas metida... Un macho le hace falta, dice Marcos de toga y birrete con sus nalgas de pelotero, un macho que la espabile. Tercia Esperanza: Déjala así, cómo está el mundo, Dios mío, y Marcos se encoge de hombros, ignorante de que esa noche nadie va a dormir. Pobre mamá en el barrido, no sabe que es  la noche del ángel y todos  la pasarán pésimo, que las luces conservan después de apagadas una rara fluorescencia, y qué les pasa a los peces, mamá, y los perros no aguantan cadena y retozan en las flores de Flora, y Marcos tiene que matarse a gimnasia porque se me ha ido el sueño y apenas pongo la cabeza en la almohada vienen mil cosas, con la muerta vestida de novia... Virgen del Cobre, voy a hacer tilo para los tres... ¿Qué tres?, dice Marcos, ojeroso, para ti y para mí, que Flora está roncando. Y vista por la puerta entreabierta, sueña con el ángel.

Soñando despierta llega Flora a su aula, arrastrando miradas y risas de tanta mariposa en la cabeza, flotando y flotando. Ahora sí se tostó, llegó la Montiel, véndame usté ese ramito pa' ponerlo en el ojaaaaaaaaaaal. Ojal como su boca, berrea Roberto, porque en su boca, flor mía, están vedadas ciertas palabras, invéntese un mundo de cosas pequeñas: pancito, botón, ojalito, galleta... Galleta no, que se traga un arete. Los dos, compadre, se vira al revés. Pero Flora no oye, e igual recibe el suspenso más feliz de su vida porque le da lo mismo gramática y fonética, retórica y lingüística. Y quisiera convocar en el patio a la escuela de Letras para gritar que llegó el ángel y la espera a las doce en la esquina. Silvia silvática se inquieta y pregunta, Flora susurra que no pasa nada y masculla el nombre de un ángel. Y se deshace de Marta y María, con Silvia y Virginia, y tanta hembrita curiosa a la salida del aula, porque lo intuye a unos metros, y está sola cuando aparece: qué bueno encontrarte, te estuve pensando, mi reino por una mariposa, y agarra la flor del norte de sus pecas. Y es solo sonrisa de ángel, que hace a Flora taparse la suya poblada de tanto diente. Más dientes que un peine, que una cabeza de ajo, más dientes que Flora en la foto de los seis años, desterrada del álbum porque ella sale mejor seriecita, mamá. Ahora la foto de los seis, los veinte años de Flora, tan feos, han desaparecido porque el ángel, sin tiempo, no lee y acepta gustoso cuanto Flora le traiga y le cuente. Y ella promete hasta enciclopedias si las pide el ángel, con la voz rajada. Tráela mañana, que vengo si quieres, y hasta si no quieres, se atreve el ángel.

El próximo paso de Flora será dejar quemar el flan de claras de Clara, la receta familiar de un flan de claras de huevo bañado en licor de naranja que Esperanza le lleva a su hermana cada año el primero de abril. Pero llega el ángel a la cocina, sobrevuela el fogón, juguetea en los huevos partidos, patina en el azúcar, sopla vainilla en los ojos de flora, se zambulle en la leche condensada... Y al diablo, perdón, al ángel el flan de claras de Clara. Porque la boba de Flora no mira el reloj ni la candela bajo la olla de presión y lo que hace es chillar al hermano cuando la cocina se llena de humo y pita la olla tanto como la señora Esperanza, que echa cuatro carajos a Flora y jura que, efectivamente, necesita un macho que le apriete las tuercas, porque es mucho, criatura, se jodió el flan de claras de Clara, mira esa mierda que ni los perros se comen. Y lárguense los dos, que no estoy para comida ni plancha. Entonces Flora echa mano a la bolsa y sale en busca de las alas del ángel que no tardará en aparecer para cambiar su itinerario, y se la pasarán en el viejo parque de fronda olorosa, mientras se acerca la noche y se descalzan, porque el zapato no deja sentir los años en la humedad rugosa del ladrillo, ni las campanadas del reloj o los chillidos de gorrión al pie de otro ángel de cobre. O la risa de Flora que no es ya vacilante, sino risa completa para contar del dulce quemado y el perro miope de los cinco años, más torpe que ella, como hermano de Flora, de su carrera y cómo conocer a las personas hipócritas por las cejas rígidas mientras la boca babea una risa, de los viejos boleros de viejo, que ella canta aunque Marcos se burle. Los mismos que el ángel le canta de cerca, porque no gusta de plegarias, es un ángel disidente, va de incógnito.

Flora ruega que la noche no acabe, pero el Enemigo del reloj campanea las once y es tiempo de irse, que mamá, que ese susto, que Marcos, papá que murió... Pero la calla un dedo de ángel, que ya pedalea con sus piernas largas de bailarín apenas cubiertas por un recortado mezclilla, que es el trópico, Flora, el Caribe, mira a los negros de esas islas fragantes, pero las viejas metrópolis y esos siglos de colonialismo español que no en balde te han hecho cobarde... ¿Silvio? Silvio. Cuando quieras escucharla me dices. Y la noche llueve sobre ella el agua tibia de la ducha, mientras mira su desnudez floral que por primera vez no es huesuda sino frágil, ni plano su pecho sino sutil, ni su boca enorme, sino plena, para caber una risa de ángel que la acaricia con sus manos anchas de uñas comidas, porque también en el cielo la gente tiene sus manías. Y Flora se mira en el espejo, en el vaso de leche tapado en el fogón, en la oreja de Marcos dormido con una mano entre las piernas donde no brilla la estrella del ángel. Me gusta la argolla, cuando no me guste más me la quito, la gente es libre, Flora. Con la cabeza llena de flores te quiero igual, y al diablo el rebaño criticón, porque te quiero también por las flores. Y allá va Flora a sonrojarse, que ella no, pero la  gente... No son prejuicios. Y el ángel recordado le da un beso. Y le cuenta que una vez en Santiago...

Una vez en Santiago me pasó lo mismo, no te preocupes, y es Silvia silvática, desmayada hembrita vegetal que se ha sentido mal de pronto y las piernas no la sostienen, pero Flora no debes preocuparte, que viene el sopor del medicamento y la enfermera te llamará cuando despierte. Flora... sorprendida del ángel que tampoco está enfermo sino un amigo cubierto de ronchas en alguna parte del hospital. Y viene el temor a Silvia, que es su mejor amiga y siempre sucede igual: Flora, yo sería incapaz, y si te gusta ese muchacho... tan romántico, con sus ojos de animal triste. Para un mes más tarde o dos semanas, te salvaste de ese estúpido, pedazo de carne con ojos de perro. Y Silvia casi despierta, y Flora en vilo, porque si abre los ojos se lo traga, y el ángel se va a perder en las selvas de Silvia silvática y llega el miedo a ser otra vez celestina y chaperona, y nada más. Pero el ángel se marcha, que mejore tu amiga, ¿me dejas una flor? Y Silvia sumida en sedantes: ¿quién era? Sólo un ángel.

Un ángel que no aparece el lunes y Flora anda florisbaja, pensiflora, y pasa la mañana prendida de la ventana y el resto es un desastre por más que siga las líneas de encuentro, las rutas invisibles que se cruzan en una esquina y pueblan la ciudad de encrucijadas. Nada. La casa es cepo de Flora que quiere volar y naufraga en el revolcadero de su cama sudada de llanto, entre mariposas y libros llenos de hojas secas que aún huelen a manos de ángel. Entonces timbra el teléfono y Esperanza reclama en la sala... Un muchacho te llama, Florita. Y es voz como grave de ángel anuncia llegadas del cielo. Y ella calza sandalias, perfuma los codos, alborota su melena solar y agarra un puñado de flores, mientras Esperanza quiere saber qué pasa y el gris de sus ojos de vieja casi rueda por el piso. Y la respuesta es un beso, un mueble apartado y portazo. Y cuando saca la cabeza para el grito admonitorio de costumbre, Flora se ha perdido calle abajo.

A la vuelta, comida fría y nota, que Esperanza va al campo mañana, que se ocupe de casa y de Marcos. El mismo que escupe al cepillarse al otro día, que no lo espere a comer porque las tortillas quemadas de Flora no son santo de mi devoción y yo comeré por ahí, tampoco me esperes que me quedo fuera y aprovecho que mami no está. Y ella usa la tarde después de clases para lavar, leer, ensayar galas, frente al espejo, ordenar su cuarto, repasar un poco y hasta duda en llamar a Silvia, a Marta y María, o a Mayito el granuja, la pizza. Pero se aguanta y fríe dos huevos que no quema para comer en la cocina, con pan. Ha visto una mala película y se va a dormir. Está esperando. A la medianoche despierta y sale como en sueños al patio, donde los grillos anuncian la madrugada en el silencio fértil, descalza camina el cemento fresco, la tierra guarda una extraña tibieza. Los perros jadean su duermevela y hay rasgueo de hojas más allá...

- Flora...

Es voz de ángel y una figura ha nacido de los helechos del patio de Flora, temblorosa, que se acerca en su ropón estampado, más parecida a otras floras, a una Flora apretada contra un ángel, perdida en un pecho de ángel, que comienza a deshacer sus nudos hasta que Flora nace del floreado algodón que forma un nido a sus pies junto a un recortado mezclilla. Levanta los ojos y olfatea el aliento de un animal tibio y angélico, el brillo de una risa y una estrella en la oreja del ángel. El ángel mordido de luz, lamiendo con sus dedos finos el cuerpo de Flora como en un bautismo, adivina oquedades, acaricia lisuras, descubre para Flora los resortes de su cuerpo, lengua de ángel que la hace hablar lenguas angélicas, un latido en los pechos menudos de Flora, líquida boca sobre su vientre adormecido bajo el peso del ángel en un jugo amargo de helechos aplastados por la espalda del ángel y las piernas de Flora, por el vientre de Flora y los flancos del ángel. Verde amargo arrancado por las manos convulsas de Flora, ardiendo en el centro de la noche del ángel, entre retoños por el cuello del ángel y los pechos de Flora con los ojos cerrados, perdidos los labios entre los dientes del ángel, naufragio de Flora bajo el vientre del ángel en esa marea jugosa de helechos aplastados por los muslos del ángel y los rizos de Flora mientras crece un follaje de luz desde el vientre de Flora que se quiebra entre las rodillas del ángel, que agoniza entre las caderas azules de Flora, la espalda salobre con tibieza de tierra bajo las uñas de Flora cabalgando una ola de amargo verdor, que se rompe en espuma y regresa al mar en los ojos de Flora, que monta la otra para rajarse en espumas en la arena del ángel que encabrita una ola mayor en las costas de Flora, cargada la ola de algas viscosas en el pecho salado del ángel, que vuelve al océano poblado de peces que rascan con sus aletas los muslos de Flora, salpicada de arena entre las piernas del ángel que vuelca una ola mayor sobre el vientre de Flora, que casi lo pierde y aprieta los párpados para no perder al ángel nacido del vientre de Flora estrellada contra la orilla del ángel que ruge la ola mayor, inmensa y salobre, arenosa y ardiente como el vientre del ángel muerto en un mar de helechos aplastados, después del estallido de una araña de luz en el vientre de Flora, helechos ardidos en amargo verdor de yerbas quebradas por la pequeña Flora rendida sobre la tibia certeza del ángel, que susurra en la noche de Flora sólo dos palabras.

Cortesía de la Editorial Letras Cubanas.
 

SUBIR


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

© La Jiribilla. La Habana. 2006
 IE-800X600