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Flora no tenía la belleza boba de los santos de papel ni
la belleza fría de las estrellas de cine o la belleza
geométrica de los modelos de revista, la belleza de cera
de los moribundos o la serena belleza de los lisiados.
Porque Flora era bien fea. Hasta el nombre era feo, con
el flo hinchándole los cachetes y el ra
colgante, indefenso como un badajo. Que jamás sonaría
como una Flora de Boticelli, de tenue bata floreada que
cae en pliegues sobre el vientre mórbido y dibuja las
redondeces de esos muslos de diosa pagana con las
cálidas volutas de las rodillas. O una Flora de
Portocarrero con un bosque en la cabeza, como no sea por
tanta flor que se pone en esa corona solar, en tanto
rizo alborotado, en esa cabeza de fiesta.
¿Fiesta? ¿Quién dijo
fiesta? Flora, cuídame el niño, Flora, cuídame el
bolso, Flora, cuídame el sitio. Con la más firme y
certera confianza de que jaba, sillón y muchacho estarán
muy bien cuidados, porque Flora, la pobre, no baila. Y
no es que no sepa, sino que nadie... nobody, Silvia,
absolutamente nadie va a invitarme y soportar la burla
colectiva, como no sea Mayito la pizza con sus
cachetes granujientos. No sé cómo puedes...
Silvia silvísima silvática, sutil hembrita vegetal
sonriendo a Flora que ríe amoscada... mosqueada
dirás, qué rica está Silvia, campeona de las
competencias de pajas en el pre cuando uno se vierte a
fuerza de frotarse contra la cama, contra la almohada,
contra la mano que se parece a Silvia desnuda, en un
ahogo que sumerge en aguas negras a diez o veinte cada
noche.
Dos horas después
Flora se marcha y es la peor tarde del peor día de su
vida, cargada de bolsas, pensando que no es tan mala
idea que la reviente un carro la peor tarde del peor día
de su vida. Pero justo al bajar a la calle la salva el
fantasma de su madre Esperanza: Presta atención que
el corazón se me hace un puño de pensar... Virgen
Santísima, que Sandra y Marcos... pero tú...
Tú, el patico feo,
el último mono, la parienta pobre, la oveja negra,
la papa podrida. Coro de gente que siempre qué
graciosa Florita, Esperanza, qué educada Florita,
Esperanza, ¿qué edad tiene Florita, Esperanza?, ¿tiene
novio Florita, Esperanza? No, ella es muy
estudiosa. Flora vergüenza de mamá, de papi, de
abuela, de tanto primo macho y tanta puta prima. Flora
florida floral prendida de la saya de abuela. Flora
es un huevo de pato... Te la cambiaron en
maternidad, Agustín... Y ya hicieron llorar a
la niña, límpiese la nariz y vaya a jugar con
sus primos. Al patio donde Sandra está con las
mujeres y Marcos trepado en el potro de abuelo.
Enfilados los cañones de la muchachada trotona: Flora
llorona, feísima Flora, aquí no te quiero, no juegues
con Flora, puedes mirar pero no jugar.
Pero eso no importa,
porque la peor tarde del peor día de su vida Flora va a
encontrar al ángel. Porque solo levanta la cabeza para
mirar a estribor si se acerca el Enemigo de la
camioneta. Y lo ve. Pero no entre nubes y truenos sino
en flamante bicicleta china. Entonces la calle se esfuma
con viajantes, viandantes, presuntos transeúntes,
curiosos y ansiosos de las tres de la tarde cuando el
aire de la esquina escupe un ángel nuevecito, sin alas,
porque es un ángel disidente, va de incógnito. Y en esa
niebla luminosa Flora mira los ojos del ángel, que ya se
pierde calle abajo mirando todavía atrás. Y Flora flota
sobre el pavimento, sobre la gente que va y viene,
empuja, corre, compra y grita, vende y simula, siente y
miente, aboba, aturde, enloquece, entre humo y voces y
timbres y traspiés, para darse de narices otra vez con
el ángel.
Trágatela, tierra.
Pobre Flora que no sabe qué hacer, tartamudeces y
heladas, piernas de algodón y plomo en el estómago, el
miedo absoluto a la voz como grave del ángel que
pregunta si siempre tienes esa cara de niña buena. Sí
de siempre esta cara de boba, te defiendes. De
niña buena dije, dijo el ángel. Y ella pasmada
quisiera correr y no parar hasta el aula donde pueden
llamarla flora bacteriana, y flora intestinal, flora y
fauna, y hasta la bestia con bella si va con Silvia.
Pero nunca asustarla como el ángel que quiere saberlo
todo de ella. Y no importa si es ángel triunfante o
caído porque de sus ojos, prendida de sus labios quiere
Flora entrar al mundo de los vivos. Y acaba de
bautizarlo ángel oficial del reino floral con todo y
pioneritos, bandera y redoblantes. Flora sube a la
guagua con desgano, sin hacerse muchas ilusiones porque
a la segunda vez siempre le preguntan si eres muy
amiga de Silvia porque a mí me gusta mucho y pensé que
tú podrías... Pero esta vez quiere hablar, decir que
lo conocía desde el fin de mundo anterior, que lo hacía
su ángel del reino, pero la lengua se le hizo un nudo y
no le quedó más remedio que mirar profundo a los ojos
del ángel y hallar dentro un bosque cuajado de olor a
mariposas y la luna que la bañaba de luz desconocida.
Como se mira en el
espejo del baño odiando pecas y huesos, mientras Marcos
aúlla en la puerta: ¿qué hace Flora en el baño, mamá?
Como no sea... Jesús, muchacho, respeta a tu hermana,
regaña Esperanza, y recuerda que en el último
cumpleaños de tío se durmió sentadita en la taza.
Tarada que es, llévala a un médico, gruñe Marcos
meando en el patio de tierra. Y los golpes de puerta a
Flora se le hacen golpes de agua en el pecho del ángel,
repetido en el espejo, rajándose en el bisel, sonriente
de jabón, danzante en el filo de un dedo de Flora, y se
va con el agua espumosa del tragante. Y en la puerta
está mami, pero Flora, qué es eso, dos horas
metida... Un macho le hace falta, dice Marcos de
toga y birrete con sus nalgas de pelotero, un macho
que la espabile. Tercia Esperanza: Déjala así,
cómo está el mundo, Dios mío, y Marcos se encoge de
hombros, ignorante de que esa noche nadie va a dormir.
Pobre mamá en el barrido, no sabe que es la noche del
ángel y todos la pasarán pésimo, que las luces
conservan después de apagadas una rara fluorescencia,
y qué les pasa a los peces, mamá, y los perros no
aguantan cadena y retozan en las flores de Flora, y
Marcos tiene que matarse a gimnasia porque se me ha
ido el sueño y apenas pongo la cabeza en la almohada
vienen mil cosas, con la muerta vestida de novia...
Virgen del Cobre, voy a hacer tilo para los tres... ¿Qué
tres?, dice Marcos, ojeroso, para ti y para mí,
que Flora está roncando. Y vista por la puerta
entreabierta, sueña con el ángel.
Soñando despierta
llega Flora a su aula, arrastrando miradas y risas de
tanta mariposa en la cabeza, flotando y flotando.
Ahora sí se tostó, llegó la Montiel, véndame usté ese
ramito pa' ponerlo en el ojaaaaaaaaaaal. Ojal como su
boca, berrea Roberto, porque en su boca, flor
mía, están vedadas ciertas palabras, invéntese un mundo
de cosas pequeñas: pancito, botón, ojalito, galleta...
Galleta no, que se traga un arete. Los dos, compadre, se
vira al revés. Pero Flora no oye, e igual recibe el
suspenso más feliz de su vida porque le da lo mismo
gramática y fonética, retórica y lingüística. Y quisiera
convocar en el patio a la escuela de Letras para gritar
que llegó el ángel y la espera a las doce en la esquina.
Silvia silvática se inquieta y pregunta, Flora susurra
que no pasa nada y masculla el nombre de un ángel. Y se
deshace de Marta y María, con Silvia y Virginia, y tanta
hembrita curiosa a la salida del aula, porque lo intuye
a unos metros, y está sola cuando aparece: qué bueno
encontrarte, te estuve pensando, mi reino por una
mariposa, y agarra la flor del norte de sus pecas. Y
es solo sonrisa de ángel, que hace a Flora taparse la
suya poblada de tanto diente. Más dientes que un peine,
que una cabeza de ajo, más dientes que Flora en la foto
de los seis años, desterrada del álbum porque ella
sale mejor seriecita, mamá. Ahora la foto de los
seis, los veinte años de Flora, tan feos, han
desaparecido porque el ángel, sin tiempo, no lee y
acepta gustoso cuanto Flora le traiga y le cuente. Y
ella promete hasta enciclopedias si las pide el ángel,
con la voz rajada. Tráela mañana, que vengo si
quieres, y hasta si no quieres, se atreve el ángel.
El próximo paso de
Flora será dejar quemar el flan de claras de Clara, la
receta familiar de un flan de claras de huevo bañado en
licor de naranja que Esperanza le lleva a su hermana
cada año el primero de abril. Pero llega el ángel a la
cocina, sobrevuela el fogón, juguetea en los huevos
partidos, patina en el azúcar, sopla vainilla en los
ojos de flora, se zambulle en la leche condensada... Y
al diablo, perdón, al ángel el flan de claras de Clara.
Porque la boba de Flora no mira el reloj ni la candela
bajo la olla de presión y lo que hace es chillar al
hermano cuando la cocina se llena de humo y pita la olla
tanto como la señora Esperanza, que echa cuatro carajos
a Flora y jura que, efectivamente, necesita un macho que
le apriete las tuercas, porque es mucho, criatura, se
jodió el flan de claras de Clara, mira esa mierda que ni
los perros se comen. Y lárguense los dos, que no estoy
para comida ni plancha. Entonces Flora echa mano a
la bolsa y sale en busca de las alas del ángel que no
tardará en aparecer para cambiar su itinerario, y se la
pasarán en el viejo parque de fronda olorosa, mientras
se acerca la noche y se descalzan, porque el zapato no
deja sentir los años en la humedad rugosa del ladrillo,
ni las campanadas del reloj o los chillidos de gorrión
al pie de otro ángel de cobre. O la risa de Flora que no
es ya vacilante, sino risa completa para contar del
dulce quemado y el perro miope de los cinco años, más
torpe que ella, como hermano de Flora, de su carrera y
cómo conocer a las personas hipócritas por las cejas
rígidas mientras la boca babea una risa, de los viejos
boleros de viejo, que ella canta aunque Marcos se burle.
Los mismos que el ángel le canta de cerca, porque no
gusta de plegarias, es un ángel disidente, va de
incógnito.
Flora ruega que la
noche no acabe, pero el Enemigo del reloj campanea las
once y es tiempo de irse, que mamá, que ese susto,
que Marcos, papá que murió... Pero la calla un dedo
de ángel, que ya pedalea con sus piernas largas de
bailarín apenas cubiertas por un recortado mezclilla,
que es el trópico, Flora, el Caribe, mira a los negros
de esas islas fragantes, pero las viejas metrópolis y
esos siglos de colonialismo español que no en balde te
han hecho cobarde... ¿Silvio? Silvio. Cuando quieras
escucharla me dices. Y la noche llueve sobre ella el
agua tibia de la ducha, mientras mira su desnudez floral
que por primera vez no es huesuda sino frágil, ni plano
su pecho sino sutil, ni su boca enorme, sino plena, para
caber una risa de ángel que la acaricia con sus manos
anchas de uñas comidas, porque también en el cielo la
gente tiene sus manías. Y Flora se mira en el espejo, en
el vaso de leche tapado en el fogón, en la oreja de
Marcos dormido con una mano entre las piernas donde no
brilla la estrella del ángel. Me gusta la argolla,
cuando no me guste más me la quito, la gente es libre,
Flora. Con la cabeza llena de flores te quiero igual, y
al diablo el rebaño criticón, porque te quiero también
por las flores. Y allá va Flora a sonrojarse, que
ella no, pero la gente... No son prejuicios. Y
el ángel recordado le da un beso. Y le cuenta que una
vez en Santiago...
Una vez en
Santiago me pasó lo mismo, no te preocupes,
y es Silvia
silvática, desmayada hembrita vegetal que se ha sentido
mal de pronto y las piernas no la sostienen, pero Flora
no debes preocuparte, que viene el sopor del
medicamento y la enfermera te llamará cuando despierte.
Flora... sorprendida del ángel que tampoco está
enfermo sino un amigo cubierto de ronchas en alguna
parte del hospital. Y viene el temor a Silvia, que es su
mejor amiga y siempre sucede igual: Flora, yo sería
incapaz, y si te gusta ese muchacho... tan romántico,
con sus ojos de animal triste. Para un mes más tarde
o dos semanas, te salvaste de ese estúpido, pedazo de
carne con ojos de perro. Y Silvia casi despierta, y
Flora en vilo, porque si abre los ojos se lo traga, y el
ángel se va a perder en las selvas de Silvia silvática y
llega el miedo a ser otra vez celestina y chaperona, y
nada más. Pero el ángel se marcha, que mejore tu
amiga, ¿me dejas una flor? Y Silvia sumida en
sedantes: ¿quién era? Sólo un ángel.
Un ángel que no
aparece el lunes y Flora anda florisbaja, pensiflora, y
pasa la mañana prendida de la ventana y el resto es un
desastre por más que siga las líneas de encuentro, las
rutas invisibles que se cruzan en una esquina y pueblan
la ciudad de encrucijadas. Nada. La casa es cepo de
Flora que quiere volar y naufraga en el revolcadero de
su cama sudada de llanto, entre mariposas y libros
llenos de hojas secas que aún huelen a manos de ángel.
Entonces timbra el teléfono y Esperanza reclama en la
sala... Un muchacho te llama, Florita. Y es voz
como grave de ángel anuncia llegadas del cielo. Y ella
calza sandalias, perfuma los codos, alborota su melena
solar y agarra un puñado de flores, mientras Esperanza
quiere saber qué pasa y el gris de sus ojos de vieja
casi rueda por el piso. Y la respuesta es un beso, un
mueble apartado y portazo. Y cuando saca la cabeza para
el grito admonitorio de costumbre, Flora se ha perdido
calle abajo.
A la vuelta, comida
fría y nota, que Esperanza va al campo mañana, que se
ocupe de casa y de Marcos. El mismo que escupe al
cepillarse al otro día, que no lo espere a comer porque
las tortillas quemadas de Flora no son santo de mi
devoción y yo comeré por ahí, tampoco me esperes que me
quedo fuera y aprovecho que mami no está. Y ella usa
la tarde después de clases para lavar, leer, ensayar
galas, frente al espejo, ordenar su cuarto, repasar un
poco y hasta duda en llamar a Silvia, a Marta y María, o
a Mayito el granuja, la pizza. Pero se aguanta y fríe
dos huevos que no quema para comer en la cocina, con
pan. Ha visto una mala película y se va a dormir. Está
esperando. A la medianoche despierta y sale como en
sueños al patio, donde los grillos anuncian la madrugada
en el silencio fértil, descalza camina el cemento
fresco, la tierra guarda una extraña tibieza. Los perros
jadean su duermevela y hay rasgueo de hojas más allá...
- Flora...
Es voz de ángel y una
figura ha nacido de los helechos del patio de Flora,
temblorosa, que se acerca en su ropón estampado, más
parecida a otras floras, a una Flora apretada contra un
ángel, perdida en un pecho de ángel, que comienza a
deshacer sus nudos hasta que Flora nace del floreado
algodón que forma un nido a sus pies junto a un
recortado mezclilla. Levanta los ojos y olfatea el
aliento de un animal tibio y angélico, el brillo de una
risa y una estrella en la oreja del ángel. El ángel
mordido de luz, lamiendo con sus dedos finos el cuerpo
de Flora como en un bautismo, adivina oquedades,
acaricia lisuras, descubre para Flora los resortes de su
cuerpo, lengua de ángel que la hace hablar lenguas
angélicas, un latido en los pechos menudos de Flora,
líquida boca sobre su vientre adormecido bajo el peso
del ángel en un jugo amargo de helechos aplastados por
la espalda del ángel y las piernas de Flora, por el
vientre de Flora y los flancos del ángel. Verde amargo
arrancado por las manos convulsas de Flora, ardiendo en
el centro de la noche del ángel, entre retoños por el
cuello del ángel y los pechos de Flora con los ojos
cerrados, perdidos los labios entre los dientes del
ángel, naufragio de Flora bajo el vientre del ángel en
esa marea jugosa de helechos aplastados por los muslos
del ángel y los rizos de Flora mientras crece un follaje
de luz desde el vientre de Flora que se quiebra entre
las rodillas del ángel, que agoniza entre las caderas
azules de Flora, la espalda salobre con tibieza de
tierra bajo las uñas de Flora cabalgando una ola de
amargo verdor, que se rompe en espuma y regresa al mar
en los ojos de Flora, que monta la otra para rajarse en
espumas en la arena del ángel que encabrita una ola
mayor en las costas de Flora, cargada la ola de algas
viscosas en el pecho salado del ángel, que vuelve al
océano poblado de peces que rascan con sus aletas los
muslos de Flora, salpicada de arena entre las piernas
del ángel que vuelca una ola mayor sobre el vientre de
Flora, que casi lo pierde y aprieta los párpados para no
perder al ángel nacido del vientre de Flora estrellada
contra la orilla del ángel que ruge la ola mayor,
inmensa y salobre, arenosa y ardiente como el vientre
del ángel muerto en un mar de helechos aplastados,
después del estallido de una araña de luz en el vientre
de Flora, helechos ardidos en amargo verdor de yerbas
quebradas por la pequeña Flora rendida sobre la tibia
certeza del ángel, que susurra en la noche de Flora sólo
dos palabras.
Cortesía de la Editorial Letras Cubanas.
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