Año V
La Habana

25 de NOVIEMBRE
al 1ro de DICIEMBRE

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
MEMORIAS
APRENDE
POESÍA
EL CUENTO
LETRA Y SOLFA
EL LIBRO
POR E-MAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
FUENTE VIVA
REBELDES.CU
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

ENTREVISTA CON EL PREMIO NACIONAL DE ARTES PLÁSTICAS 2006
El arte de Pedro Pablo Oliva.
Retrato de una época
Johanna Puyol
La Habana
Fotos: Victor Junco (La Jiribilla)


“Soy del criterio de que hoy no se puede concebir al artista si no tiene un proyecto social. Creo que el artista no puede ser esa persona que adquiere un determinado conocimiento, una técnica, y se dedica por entero a su cultivo. Lo hermoso de un creador es brindar también otras facetas de su pensamiento y de su interés en su contexto social”.

El arte de Pedro Pablo Oliva (Pinar del Río, 1949) nace en todos los momentos del día, con cada pequeña alegría y cada aflicción de la existencia diaria. Mira a su alrededor con ojos indagadores y las situaciones cotidianas se le revelan como instantes extraordinarios en los que el ser humano —en la piel de un amigo, o quizá de los vecinos de su barrio— deja al descubierto experiencias y conflictos. Sus personajes, que con cierto aire caricaturesco se dedican a las más disímiles actividades —hacerle el amor a la tierra con pasión o cargar impasibles con el peso de una piedra—, provocan e incitan a compartir sus emociones, a veces con fina ironía, a veces con hiriente honestidad. El resultado polémico es la particular visión que de una sociedad y su gente ha construido Pedro Pablo Oliva, quien se ha reconocido como cronista de su época y su espacio.

Al excepcional estilo y maestría de su obra y al conjunto de toda su labor artística se debe el Premio Nacional de Artes Plásticas 2006 que le ha sido otorgado recientemente. De gran prestigio nacional e internacional, Pedro Pablo Oliva ha recibido con anterioridad la Distinción por la Cultura Nacional y la Medalla Alejo Carpentier, y su obra pictórica, que ha sido expuesta con éxito dentro y fuera del país, forma parte de colecciones en el Museo Nacional de Bellas Artes y otros lugares del mundo.

A pocos días de haber recibido el Premio, el pintor habla de sí mismo y de su arte en la intimidad de su taller en La Habana Vieja, donde la música y las voces de la ciudad irrumpen por momentos, como recordándole que la vida late a su alcance llena de posibilidades que solo esperan por el trazo de un pincel.

¿Qué supone para usted ser Premio Nacional de Artes Plásticas?

Recibí el premio con un susto enorme, realmente no lo esperaba. Tengo mi propio listado de creadores y de artistas plásticos que lo merecen.

Me siento muy contento, ahora más calmado, porque indudablemente es el reconocimiento a tantos años de trabajo. Uno se da cuenta de que las cosas que ha hecho no estaban tan mal y que han dado alegría y placer a los demás.

Me gusta, alejándonos de la persona a la que fue adjudicado, que haya sido otorgado a un creador que vive en una provincia. El hecho de estar viviendo fuera de la capital, aunque solo sea a dos horas, de haber hecho mi vida en Pinar del Río, y de que a esa distancia me hayan tenido en cuenta los jurados, críticos y artistas, me parece importante y demuestra que la creación artística se puede hacer en cualquier sitio, siempre y cuando haya deseos de trabajar y las cosas le salgan bien a uno. Es un gran reconocimiento para un artista que se quedó en provincias y que intenta, de una forma u otra, crear mejores condiciones para la cultura en su contexto.

Es la primera vez que se le otorga a un artista de Pinar del Río esa condición y eso me da mucha alegría pero también mucho temor, porque no solo cuenta el tiempo vencido, sino el que le queda a uno por enfrentar, por seguir a todo tren, dando lo mejor.

¿Cuándo comenzó a interesarse en el arte como profesión?

Vengo dando tumbos en el mundo de la pintura desde la primaria. Mi mundo artístico viene de las tiras cómicas, de los cómics, y mi interés real era ser dibujante de historietas. Como no existían condiciones para estudiarlo ese deseo no floreció; aunque existían clases por correspondencia por razones económicas no pude seguirlas.

Un día descubrí que existía una escuela de arte en Pinar del Río y que se estaban captando estudiantes. Tenía 11 años a lo sumo cuando me matriculé. Era uno de los más chiquitos del aula, junto a Luis Miguel Valdés, otro pintor cubano, y Luis Remedios, según recuerdo. Para poder pintar teníamos que subirnos en banquetas, porque los caballetes venían con un tamaño fijo y no había manera de moverlos.

Fue una experiencia formidable. Allí se formaron personas de diferentes edades, lo mismo había un técnico de televisión que un secretario o un soldador. Todo ese grupo de niños, jóvenes y viejos intercambiábamos conocimientos, no solo artísticos, sino filosóficos y de la existencia misma, porque cada uno tenía una manera muy diferente de ver el mundo y de explicárselo.

De ahí surgieron mis primeros avances en la enseñanza artística. Terminé al cabo de cuatro años y pasé a la Escuela Nacional de Arte (ENA), que era otro mundo. Me encontré a profesores tan maravillosos como Fayad Jamís, poeta y pintor; tan excelentes como Adigio Benítez; como Fernando Luis, un pintor que venía del mundo del pop, y también se movían en el contexto de la escuela artistas tan importantes como Antonia EiriZ, Sandú Darié, Luis Martínez Pedro y Orlando Yanes, que eran la vanguardia artística de esa época.

Me formé allí y después me lancé al mundo como profesor. Antes no podíamos vivir de nuestra profesión, nos graduábamos de profesores y entre otras cosas pintábamos. Pero poco a poco todo fue cambiando, muchos logramos profesionalizarnos y un día abandonamos la enseñanza, porque no había tiempo para las dos labores, cosa que en alguna medida extraño porque el magisterio brinda también una visión del mundo.

Sin embargo, quizá ha continuado su trabajo de educador por medio de los proyectos sociales que ha desarrollado en Pinar del Río, como la Casa Taller Pedro Pablo Oliva.

Sí, soy del criterio de que hoy no se puede concebir al artista si no tiene un proyecto social. Creo que el artista no puede ser esa persona que adquiere un determinado conocimiento, una técnica, y se dedica por entero a su cultivo. Lo hermoso de un creador es brindar también otras facetas de su pensamiento y de su interés en su contexto social. Es decir, ayudar a los demás a ser mejores, a cultivarse, y una forma de hacerlo es aprender uno mismo, es un estado de correspondencia maravilloso.

Me propuse la enorme tarea, en el contexto de Pinar del Río, de intentar que, en la medida de lo posible, los estudiantes —en particular los de las escuelas de arte— tuviesen un centro donde existiera información sobre las artes plásticas, también sobre filosofía y un poco sobre literatura. En Pinar del Río existía un bache en cuanto a la información, en esos años en que se comenzó a crear el centro de documentación. La información es muy necesaria para asumir y definir una filosofía o un pensamiento. Es necesario conocer, investigar, y Pinar del Río adolecía de los medios necesarios. Ya tenemos al menos un lugar adonde un estudiante universitario puede acudir y encontrar información de interés.

Esa función social, de ayuda a los demás, te hace mejor ser humano.

Se ha descrito a sí mismo como “cronista de su tiempo”. ¿Fue un camino que tomó con toda intención o ha sido una noción que se ha ido definiendo con el desarrollo de su arte?

Fue con toda racionalidad. Había un prejuicio en aquellos años, los 60 y los 70, con relación al interés que pudiera mostrar un creador en dejar constancia de su tiempo. Siempre tuve claro de que todo creador deja constancia de su tiempo quiera o no. Es algo de lo cual no puede escaparse; hasta la actitud de evadirse puede ser, en un momento determinado, una actitud de su época.

Con pleno convencimiento asumí que lo que me interesaba era dejar constancia de lo que vivía, de lo que me rodeaba, de lo que veía yo y también los demás.

A veces en la pintura me desdoblo. No soy yo el que veo, fue otro el que vio; pero el otro no puede pintar, así que lo pinto yo. Esa actitud, de intentar reflejar el estado espiritual y el contexto en el que vivía, surgió desde el principio. Las experiencias personales y ajenas, las colectivas, me fueron convirtiendo en ese cronista, y en ese analista, sociólogo y psicólogo frustrado que debo tener por dentro.

Si hay algo que se mantiene constante en mi trabajo es la indagación en el hombre. El ser humano es lo que me interesa. No quiere decir que no aparezcan otras cosas en mi pintura, pero la esencia es el hombre lleno de conflictos, de contradicciones, sus angustias y sus alegrías. Eso es lo que ha hecho posible que mi obra mantenga ese espíritu de crónica.

¿Existe una rutina, un proceso creativo definido que da origen a sus obras, desde el momento en que concibe las ideas hasta que da por finalizada la pintura?

En mi caso no es un trabajo lineal. A veces sí comienzo obras haciendo muchos bocetos, elimino elementos, rediseño las cosas en hojas aparte, y después voy al lienzo y comienzo a pintar. Pero hay otros momentos en los que prefiero enfrentarme al lienzo mismo y todo ese proceso de trabajo que corresponde al boceto prefiero realizarlo en la obra. Claro, es mucho más agotador, mucho más caótico. Enfrentarse a una tela, intentar solucionarla sin un estudio previo, requiere mucho esfuerzo, pero a veces lo necesito porque si no la pintura comienza a expresarse de una forma muy fría.

Soy a veces calculador y a veces no. En ocasiones hay un halo de ingenuidad y de espontaneidad que no controlo y que descubro después que aparece.

Son dos maneras de enfrentar la creación. En algunos artistas domina más la parte investigativa, o la parte intuitiva, más espontánea; pero en mí conviven las dos cosas. Después, incluso, cuando hago un análisis del trabajo desde el punto de vista de la racionalidad, me pregunto dónde está el punto de la espontaneidad, porque si no aparece la obra resulta extremadamente fría. Así trabajo.

Pinar del Río es una presencia perenne en todo su quehacer social y creativo, ¿hasta donde llega la influencia de su comunidad y de su entorno sobre su inspiración artística?

Pinar del Río tiene características especiales para mí. Aunque la distancia entre Pinar del Río y La Habana es corta, los pinareños tienen sus propias características. Recuerda que ahí nací, conozco cada pedazo. Ahí vive casi toda mi familia, ahí amé y amo. Cada parte significa una historia, cada esquina es una crónica de mi vida. Siempre pensé que si mi interés era dejar constancia de mi época y mi contexto, no debía romper con ellos. Existe un hilo conductor que de romperlo crearía un cambio en la pintura que no me interesa hacer.

Cuando pasé una temporada en Panamá, el mayor tiempo que he estado en otro lugar, la pintura comenzó a volverse muy linda, con unos colores maravillosos. Quizá porque estaba alejado de los grandes conflictos que en esos momentos atravesaba el país y mi hogar, el contexto convulso del que había partido. Mi pintura comenzó a ponerse “bonita” y me di cuenta en un momento determinado de que tenía que regresar, porque no era eso lo que me interesaba hacer. Sí, allí se podía ganar dinero, pero estaba perdiendo algo importante, la vivencia directa. Aunque seguí viajando esporádicamente sigo prefiriendo mi barrio y la gente en mi ciudad al roce de Nueva York, con sus maravillosos edificios y su vida intelectual. Haber estado en esa ciudad y seguir extrañando el jarrito donde tomo el café fue algo que asaltó.

Indudablemente mi espacio está allí, en Pinar del Río. Aquel es mi sitio y desde allí se puede hacer todo. ¿Qué se pierde?, ¿comercio, promoción? ¿En realidad es lo que importa al final? Lo que quiero es pintar, desconocido o conocido; lo que vale es el placer de la creación, sentirse satisfecho con lo que se ha hecho y lo que se hace. Lo demás son elementos secundarios, la esencia es esa: hago lo que tengo deseos de hacer.

SUBIR

 


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

© La Jiribilla. La Habana. 2006
 IE-800X600