|
“Soy del
criterio de que hoy no se puede concebir al artista si
no tiene un proyecto social. Creo que el artista no
puede ser esa persona que adquiere un determinado
conocimiento, una técnica, y se dedica por entero a su
cultivo. Lo hermoso de un creador es brindar también
otras facetas de su pensamiento y de su interés en su
contexto social”.
El arte de Pedro Pablo Oliva (Pinar
del Río, 1949) nace en todos los momentos del día, con
cada pequeña alegría y cada aflicción de la existencia
diaria. Mira a su alrededor con ojos indagadores y las
situaciones cotidianas se le revelan como instantes
extraordinarios en los que el ser humano —en la piel de
un amigo, o quizá de los vecinos de su barrio— deja al
descubierto experiencias y conflictos. Sus personajes,
que con cierto aire caricaturesco se dedican a las más
disímiles actividades —hacerle el amor a la tierra con
pasión o cargar impasibles con el peso de una piedra—,
provocan e incitan a compartir sus emociones, a veces
con fina ironía, a veces con hiriente honestidad. El
resultado polémico es la particular visión que de una
sociedad y su gente ha construido Pedro Pablo Oliva,
quien se ha reconocido como cronista de su época y su
espacio.
Al excepcional estilo y maestría de
su obra y al conjunto de toda su labor artística se debe
el Premio Nacional de Artes Plásticas 2006 que le ha
sido otorgado recientemente. De gran prestigio nacional
e internacional, Pedro Pablo Oliva ha recibido con
anterioridad la Distinción por la Cultura Nacional y la
Medalla Alejo Carpentier, y su obra pictórica, que ha
sido expuesta con éxito dentro y fuera del país, forma
parte de colecciones en el Museo Nacional de Bellas
Artes y otros lugares del mundo.
A pocos días de haber recibido el
Premio, el pintor habla de sí mismo y de su arte en la
intimidad de su taller en La Habana Vieja, donde la
música y las voces de la ciudad irrumpen por momentos,
como recordándole que la vida late a su alcance llena de
posibilidades que solo esperan por el trazo de un
pincel.
¿Qué supone para usted ser
Premio Nacional de Artes Plásticas?
Recibí el premio con un susto
enorme, realmente no lo esperaba. Tengo mi propio
listado de creadores y de artistas plásticos que lo
merecen.
Me siento muy contento, ahora más
calmado, porque indudablemente es el reconocimiento a
tantos años de trabajo. Uno se da cuenta de que las
cosas que ha hecho no estaban tan mal y que han dado
alegría y placer a los demás.
Me gusta, alejándonos de la persona
a la que fue adjudicado, que haya sido otorgado a un
creador que vive en una provincia. El hecho de estar
viviendo fuera de la capital, aunque solo sea a dos
horas, de haber hecho mi vida en Pinar del Río, y de que
a esa distancia me hayan tenido en cuenta los jurados,
críticos y artistas, me parece importante y demuestra
que la creación artística se puede hacer en cualquier
sitio, siempre y cuando haya deseos de trabajar y las
cosas le salgan bien a uno. Es un gran reconocimiento
para un artista que se quedó en provincias y que
intenta, de una forma u otra, crear mejores condiciones
para la cultura en su contexto.
Es la primera vez que se le otorga
a un artista de Pinar del Río esa condición y eso me da
mucha alegría pero también mucho temor, porque no solo
cuenta el tiempo vencido, sino el que le queda a uno por
enfrentar, por seguir a todo tren, dando lo mejor.
¿Cuándo comenzó a interesarse en
el arte como profesión?
Vengo dando tumbos en el mundo de
la pintura desde la primaria. Mi mundo artístico viene
de las tiras cómicas, de los cómics, y mi interés real
era ser dibujante de historietas. Como no existían
condiciones para estudiarlo ese deseo no floreció;
aunque existían clases por correspondencia por razones
económicas no pude seguirlas.
Un día descubrí que existía una
escuela de arte en Pinar del Río y que se estaban
captando estudiantes. Tenía 11 años a lo sumo cuando me
matriculé. Era uno de los más chiquitos del aula, junto
a Luis Miguel Valdés, otro pintor cubano, y Luis
Remedios, según recuerdo. Para poder pintar teníamos que
subirnos en banquetas, porque los caballetes venían con
un tamaño fijo y no había manera de moverlos.
Fue una experiencia formidable.
Allí se formaron personas de diferentes edades, lo mismo
había un técnico de televisión que un secretario o un
soldador. Todo ese grupo de niños, jóvenes y viejos
intercambiábamos conocimientos, no solo artísticos, sino
filosóficos y de la existencia misma, porque cada uno
tenía una manera muy diferente de ver el mundo y de
explicárselo.
De ahí surgieron mis primeros
avances en la enseñanza artística. Terminé al cabo de
cuatro años y pasé a la Escuela Nacional de Arte (ENA),
que era otro mundo. Me encontré a profesores tan
maravillosos como Fayad Jamís, poeta y pintor; tan
excelentes como Adigio Benítez; como Fernando Luis, un
pintor que venía del mundo del pop, y también se movían
en el contexto de la escuela artistas tan importantes
como Antonia EiriZ, Sandú Darié, Luis Martínez Pedro y
Orlando Yanes, que eran la vanguardia artística de esa
época.
Me formé allí y después me lancé al
mundo como profesor. Antes no podíamos vivir de nuestra
profesión, nos graduábamos de profesores y entre otras
cosas pintábamos. Pero poco a poco todo fue cambiando,
muchos logramos profesionalizarnos y un día abandonamos
la enseñanza, porque no había tiempo para las dos
labores, cosa que en alguna medida extraño porque el
magisterio brinda también una visión del mundo.
Sin embargo, quizá ha continuado
su trabajo de educador por medio de los proyectos
sociales que ha desarrollado en Pinar del Río, como la
Casa Taller Pedro Pablo Oliva.
Sí, soy del criterio de que hoy no
se puede concebir al artista si no tiene un proyecto
social. Creo que el artista no puede ser esa persona que
adquiere un determinado conocimiento, una técnica, y se
dedica por entero a su cultivo. Lo hermoso de un creador
es brindar también otras facetas de su pensamiento y de
su interés en su contexto social. Es decir, ayudar a los
demás a ser mejores, a cultivarse, y una forma de
hacerlo es aprender uno mismo, es un estado de
correspondencia maravilloso.
Me propuse la enorme tarea, en el
contexto de Pinar del Río, de intentar que, en la medida
de lo posible, los estudiantes —en particular los de las
escuelas de arte— tuviesen un centro donde existiera
información sobre las artes plásticas, también sobre
filosofía y un poco sobre literatura. En Pinar del Río
existía un bache en cuanto a la información, en esos
años en que se comenzó a crear el centro de
documentación. La información es muy necesaria para
asumir y definir una filosofía o un pensamiento. Es
necesario conocer, investigar, y Pinar del Río adolecía
de los medios necesarios. Ya tenemos al menos un lugar
adonde un estudiante universitario puede acudir y
encontrar información de interés.
Esa función social, de ayuda a los
demás, te hace mejor ser humano.
Se ha descrito a sí mismo como
“cronista de su tiempo”. ¿Fue un camino que tomó con
toda intención o ha sido una noción que se ha ido
definiendo con el desarrollo de su arte?
Fue con toda racionalidad. Había un
prejuicio en aquellos años, los 60 y los 70, con
relación al interés que pudiera mostrar un creador en
dejar constancia de su tiempo. Siempre tuve claro de que
todo creador deja constancia de su tiempo quiera o no.
Es algo de lo cual no puede escaparse; hasta la actitud
de evadirse puede ser, en un momento determinado, una
actitud de su época.
Con pleno convencimiento asumí que
lo que me interesaba era dejar constancia de lo que
vivía, de lo que me rodeaba, de lo que veía yo y también
los demás.
A veces en la pintura me desdoblo.
No soy yo el que veo, fue otro el que vio; pero el otro
no puede pintar, así que lo pinto yo. Esa actitud, de
intentar reflejar el estado espiritual y el contexto en
el que vivía, surgió desde el principio. Las
experiencias personales y ajenas, las colectivas, me
fueron convirtiendo en ese cronista, y en ese analista,
sociólogo y psicólogo frustrado que debo tener por
dentro.
Si hay algo que se mantiene
constante en mi trabajo es la indagación en el hombre.
El ser humano es lo que me interesa. No quiere decir que
no aparezcan otras cosas en mi pintura, pero la esencia
es el hombre lleno de conflictos, de contradicciones,
sus angustias y sus alegrías. Eso es lo que ha hecho
posible que mi obra mantenga ese espíritu de crónica.
¿Existe una rutina, un proceso
creativo definido que da origen a sus obras, desde el
momento en que concibe las ideas hasta que da por
finalizada la pintura?
En mi caso no es un trabajo lineal.
A veces sí comienzo obras haciendo muchos bocetos,
elimino elementos, rediseño las cosas en hojas aparte, y
después voy al lienzo y comienzo a pintar. Pero hay
otros momentos en los que prefiero enfrentarme al lienzo
mismo y todo ese proceso de trabajo que corresponde al
boceto prefiero realizarlo en la obra. Claro, es mucho
más agotador, mucho más caótico. Enfrentarse a una tela,
intentar solucionarla sin un estudio previo, requiere
mucho esfuerzo, pero a veces lo necesito porque si no la
pintura comienza a expresarse de una forma muy fría.
Soy a veces calculador y a veces
no. En ocasiones hay un halo de ingenuidad y de
espontaneidad que no controlo y que descubro después que
aparece.
Son dos maneras de enfrentar la
creación. En algunos artistas domina más la parte
investigativa, o la parte intuitiva, más espontánea;
pero en mí conviven las dos cosas. Después, incluso,
cuando hago un análisis del trabajo desde el punto de
vista de la racionalidad, me pregunto dónde está el
punto de la espontaneidad, porque si no aparece la obra
resulta extremadamente fría. Así trabajo.
Pinar del Río es una presencia
perenne en todo su quehacer social y creativo, ¿hasta
donde llega la influencia de su comunidad y de su
entorno sobre su inspiración artística?
Pinar del Río tiene características
especiales para mí. Aunque la distancia entre Pinar del
Río y La Habana es corta, los pinareños tienen sus
propias características. Recuerda que ahí nací, conozco
cada pedazo. Ahí vive casi toda mi familia, ahí amé y
amo. Cada parte significa una historia, cada esquina es
una crónica de mi vida. Siempre pensé que si mi interés
era dejar constancia de mi época y mi contexto, no debía
romper con ellos. Existe un hilo conductor que de
romperlo crearía un cambio en la pintura que no me
interesa hacer.
Cuando pasé una temporada en
Panamá, el mayor tiempo que he estado en otro lugar, la
pintura comenzó a volverse muy linda, con unos colores
maravillosos. Quizá porque estaba alejado de los grandes
conflictos que en esos momentos atravesaba el país y mi
hogar, el contexto convulso del que había partido. Mi
pintura comenzó a ponerse “bonita” y me di cuenta en un
momento determinado de que tenía que regresar, porque no
era eso lo que me interesaba hacer. Sí, allí se podía
ganar dinero, pero estaba perdiendo algo importante, la
vivencia directa. Aunque seguí viajando esporádicamente
sigo prefiriendo mi barrio y la gente en mi ciudad al
roce de Nueva York, con sus maravillosos edificios y su
vida intelectual. Haber estado en esa ciudad y seguir
extrañando el jarrito donde tomo el café fue algo que
asaltó.
Indudablemente mi espacio está
allí, en Pinar del Río. Aquel es mi sitio y desde allí
se puede hacer todo. ¿Qué se pierde?, ¿comercio,
promoción? ¿En realidad es lo que importa al final? Lo
que quiero es pintar, desconocido o conocido; lo que
vale es el placer de la creación, sentirse satisfecho
con lo que se ha hecho y lo que se hace. Lo demás son
elementos secundarios, la esencia es esa: hago lo que
tengo deseos de hacer. |