|
No fue un
recurso retórico dividir mi ensayo de 1974 en dos
acápites: “La revolución y Guiteras” y “Guiteras y la
revolución”. Al inicio del segundo me he explicado,
y lo sintetizo aquí para no repetirme en extenso: en el
verano de 1933 Guiteras era un producto muy notable de
la Revolución del 30, con su concepción revolucionaria
ya formada; en la coyuntura abierta al convocarlo al
Gobierno del 10 de septiembre, se lanzó a tratar de
convertir aquel proceso en una revolución socialista de
liberación nacional. Dos experiencias prácticas lo
esperaban: la del Gobierno “de los cien días” y los
dieciséis meses tratando de mantener la resistencia y
organizando el instrumento político militar para desatar
una revolución, tomar el poder y emprender el camino del
socialismo, el tiempo de Joven Cuba. En esos veinte
meses finales de su vida, Guiteras se comporta como un
comunista, aunque él no se identifique como tal, y aun
si en aquel momento en Cuba ese apelativo solo se
aplicaba a los miembros del Partido Comunista (PC). Si
hoy puede resultar inusual llamarle así es solamente
porque después que la revolución socialista de
liberación nacional triunfante en Cuba en 1959 convirtió
en algo natural comprender qué es un comunista y cómo
este proviene de una lucha y unas ideas comunistas, y no
de una organización determinada, la cuestión volvió a
oscurecerse en la ideología estructurada durante una
etapa prolongada, cuyos efectos se sienten todavía.
|
 |
La decisión de
Guiteras de hacer irrumpir en el terreno de los
hechos la revolución contra el capitalismo y el
imperialismo se hizo muy expresa desde mediados de
noviembre. La contrarrevolución había sido derrotada
en las jornadas del 8 y el 9, pero Batista no pudo
ser depuesto en la reunión del día 3, y era lógico
que apurara su conspiración con el embajador y se
granjeara su confianza haciéndose campeón de la ley
y el orden contra toda protesta proletaria o
popular. Y el Directorio Estudiantil Universitario (DEU)
se había disuelto. Entonces, Guiteras profundiza en
iniciativas legales y en hechos que propendan a
cambios de las relaciones sociales — “socialismo del
Estado”
—, en sus intentos de hacer una reforma agraria
radical y con cooperativas apoyadas por el Estado,
y de crear fuerzas armadas populares frente al poder
de Batista. Divulga esa orientación en los medios, y
reclama en el Gobierno la necesidad de concientizar
a los trabajadores, los militares de fila y la masa
del pueblo en sentido revolucionario, en el ataque a
los monopolios y el enfrentamiento al imperialismo.
Aumenta la polarización entre Palacio y Columbia.
Guiteras se torna prácticamente un primer ministro a
los ojos de todos, antimperialista y de tendencia
socialista; los moderados se alejan de él y
retroceden o no saben qué hacer, y el gobierno entra
al fin en su crisis final.
En aquella coyuntura,
los políticos y los formadores de opinión servidores del
sistema tratan de aislar y devaluar la actuación y la
personalidad de Guiteras, acusándolo de comunista o de
incendiario, sembrador del caos. Pero lo cierto es que
crece mucho su prestigio, entre los revolucionarios y
ante miles de personas sencillas que lo identifican como
defensor del pueblo y de la nación. Recojo algunos
juicios acerca de él. “Grau está completamente dominado
por los peores elementos de su gobierno” —informa Welles—;
“su nueva tentativa para buscar una transacción responde
a un plan del Secretario de Gobernación… para un nuevo
golpe que sustituya a Grau y el actual gabinete por un
Gobierno dictatorial compuesto exclusivamente por
elementos de extrema izquierda”.
Cuando Caffery apoya la destitución de Grau, comprende
que la opción es Mendieta o Guiteras: “el único otro
sector que tiene posibilidad de alcanzar el poder es la
extrema izquierda”, escribe el 14 de enero; y el 15:
“Guiteras es, desde luego, un candidato fuerte”.
La embajada británica informa a Londres que Guiteras es
el líder del ala radical del gobierno, y que insiste en
que el único modo de sobrevivir es moverse hacia la
izquierda y hacer alianzas con los sindicatos y con los
comunistas.
La obra Problemas de la nueva Cuba
es el fruto, a mi juicio, de un extraordinario esfuerzo
investigativo destinado a colaborar con la reformulación
de la hegemonía imperialista y burguesa en Cuba, y a
evitar una nueva revolución. Por eso no es extraño que
insista en afirmar que la política social del gobierno
de Grau era un gran esfuerzo nacionalista dirigido
contra el comunismo. Y que aunque registra al menos
dieciocho menciones a Grau, no menciona a Guiteras ni
una vez.
El 14 de enero de
1934, su último acto dentro del gobierno es casi un
símbolo: le plantea a la Agrupación Revolucionaria
que le acepte la renuncia a Grau y lo nombre a él
presidente de la república.
Por el camino de la insurrección había madurado su
antimperialismo y había abrazado el ideal socialista; al
participar en un gobierno que no era anticapitalista les
mostró a todos que la política revolucionaria está
obligada a ir siempre más lejos que lo posible, y llevó
a la práctica una experiencia histórica de liberación.
Ahora reclama a los pequeños y a los timoratos que
luchen, que él está dispuesto a guiarlos. Enseguida se
va a La Punta,
a tratar de sublevar a la Marina, e intenta desatar una
huelga general revolucionaria. Después, “a empezar otra
vez”, a preparar la futura insurrección.
Para Guiteras, es la
praxis revolucionaria la que creará el socialismo en
Cuba, pero no olvida dejar claras las ideas que deben
orientar esa praxis. Por eso coloqué como epígrafe al
inicio de este ensayo los párrafos finales de su
retadora declaración a la prensa del 20 de enero, que
invito a releer.
En ella certifica su posición y las razones que tuvo
para ser ministro en el Gobierno Provisional. Denuncia
que el gobierno cayó por un golpe de Estado urdido por
Batista —al que califica de “espíritu reaccionario” —,
para implantar una dictadura militar, sojuzgada por
EE.UU., golpe que también fue consecuencia de la
radicalización del gobierno.
Guiteras deja una puerta abierta a sectores militares al
manifestar que él no había creído que los Jefes de
Distrito (provincias) y la mayoría de los nuevos
oficiales se hicieran cómplices del golpe, “por
ignorancia o deseo desenfrenado de la Paz”, pero confía
en que descubrirán el engaño en que cayeron y volverán
al camino de la revolución. A pesar de todo, dice, el
Gobierno Provisional cumplía su función de vehículo de
“un programa mínimum”, que paulatinamente creara las
condiciones para enfrentar “la inmensa tarea de la
Revolución Social”. Y termina con una tajante
identificación comunista del enemigo y del objetivo de
la lucha: crear un poder para los obreros y campesinos,
contra los capitalistas nacionales y extranjeros.
Dos meses después
escribe el artículo “Septembrismo”, para terciar en los
criterios que se vienen dando en los medios acerca de
los eventos y las ideas del 4 de septiembre y del
Gobierno Provisional. El alcance de este texto es muy
superior a sus circunstancias,
y paso a comentarlo —y añadir mis criterios—, porque me
parece esencial para el conocimiento del pensamiento de
Guiteras.
“Septembrismo” no
contrapone argumentos a los de otros autores de los
textos recientes que lo han motivado, como es usual en
las polémicas; es una exposición positiva de las ideas
del autor. Sitúa al Machadato como la consecuencia más
lograda del régimen de la república de 1902 y pasa de
inmediato a uno de sus temas centrales, el de la
organización revolucionaria. Afirma que los núcleos
formados durante el proceso de combates contra la
Tiranía tenían sus identidades, pero se parecían en que
se formaron solo con el fin de derribarla, no para
volverse capaces de conducir una insurrección y
emprender una nueva construcción social desde el poder.
Quien tratara de adquirir esa calidad no debió temer una
toma de distancia respecto a las demás organizaciones, y
“hacer una labor de propaganda y conspiración”.
Esa apuesta, “que hubiera debilitado el frente
antimachadista, hubiera creado y fortalecido, sin
embargo, un frente revolucionario en la gran acepción de
esta palabra”.
Entiendo que esta
primera definición de una estrategia acertada para un
núcleo revolucionario que emprende una primera fase de
su acción-organización, en un medio de lucha en que la
dominación ha perdido su legitimidad, incluye
tácitamente una valoración crítica de Guiteras acerca de
Unión Revolucionaria y sus límites, pero sobre todo
enuncia un postulado de enorme importancia general, que
fue seguido en su momento por el Movimiento 26 de Julio.
No creo que influyera en esa estrategia acertada de los
años 50 la lectura de “Septembrismo”, pero sí que Fidel
y sus compañeros asumieron la extraordinaria acumulación
cultural revolucionaria de la Revolución del 30, en la
cual Guiteras tiene un lugar tan destacado.
El antinjerencismo —
“los que no aceptamos la intervención de Washington” —
produjo la primera división trascendente entre los
opositores al régimen. Los antinjerencistas se separaron
y se opusieron a los demás, antes y después de la caída
de Machado. El motín de las bases del Ejército y la
Marina resolvió la pugna en el interior de esa
institución, “pero el gobierno de Céspedes, impopular y
débil… cayó también, arrastrado por la enorme ola”. Los
antinjerencistas que colaboraron en el golpe, y los que
acudieron después, le dieron contenido político general
al movimiento de la tropa, y adoptaron en principio el
programa del DEU.
Aquí Guiteras da una breve explicación de cómo fue
nombrado en tan alto cargo; con modos modestos expresa
que era un independiente, y que fue por sus méritos, no
por amiguismo. Y pasa de inmediato a otra cuestión
central: combatir a la reacción fue duro, pero más
difícil era convertir el golpe “en una revolución
antinjerencista y, sobre todo, determinar hasta dónde
llevar el antinjerencismo”.
Entonces se produjo
la segunda división en el campo de la revolución —mucho
menos tajante y precisa cuando sucedió que la primera,
pero mucho más determinante—, a partir de la opción de
defender solamente el principio de no intervención, o
“ir forzosamente hasta la raíz de nuestros males, el
imperialismo económico”. Guiteras vino al gobierno a
conducirlo hacia la segunda opción, que implicaba una
nueva fase superior de la revolución. Para eso
necesitaba la subversión por la praxis y una base social
que rápidamente se apoderara de su papel de sujeto
político de la revolución. Emprendió lo primero,
sintetizado en “los decretos que como enormes
martillazos iban rompiendo lentamente esa máquina
gigantesca que ahoga al pueblo de Cuba”, “los decretos
que atacaban más duro al imperialismo yanqui”. Al
asestar con decisión golpes contra aspectos centrales
del sistema de dominación “aparecían en escena para
combatirnos todos sus servidores nativos y extranjeros”.
Eso era natural. Pero no existía un bloque político
dentro del Gobierno, la Junta de Columbia y las Fuerzas
Armadas, con cohesión y fuerza suficiente para respaldar
y desarrollar la acción antimperialista. El pequeño
grupo que formaban Guiteras, los secretarios Ángel
Alberto Giraudy —del Trabajo—, Miguel A. Fernández de
Velazco —de Comunicaciones— y casi al final José A.
González Rubiera —Instrucción Pública—, varios
Subsecretarios, nuevos oficiales del Ejército y la
Marina y una pequeña legión de colaboradores abnegados
que en buena parte venían de organizaciones de lucha
directa contra Machado, realizaron una práctica política
y administrativa extraordinaria, pero no contaron con el
mínimo de instrumentos y cuadros idóneos para ejecutar
las medidas, organizar las fuerzas y multiplicar la
conciencia, y convertir al gobierno en un verdadero
poder revolucionario.
En la primera
división, los que se excluyeron tenían futuro, mientras
los mediacionistas aspiraban a un continuismo sin
posibilidades. La segunda división atañía a un asunto
decisivo: si la política radical y la rebelión social
podían unirse y vencer a sus enemigos, y realizar una
revolución de liberación nacional y social en Cuba. Es
decir, atañía al alcance de la revolución. La acción
dirigida por Guiteras y las ideas que ella encarnaba
produjeron realidades nuevas, pero no alcanzaron la
fuerza mínima necesaria para sostenerse y avanzar. Para
la mayoría de los que actuaban en la vida pública cubana
en 1933, reitero, todavía era impensable la
independencia completa frente a EE.UU.; el colonialismo
mental los corroía en mayor o menor medida. Guiteras
pinta la deserción progresiva de los derrotistas dentro
del propio campo “septembrista”, los que no concebían la
existencia de un gobierno cubano sin el reconocimiento
del norteamericano, los que temían que no compraran más
el azúcar, o que nos invadieran, “los místicos del
reconocimiento, con Batista a la cabeza, que habían
retrocedido aterrados ante la verdadera revolución que
por primera vez veían en todas sus luces.” Me parece
justo añadir también a nacionalistas que creían a
Guiteras demasiado cercano al comunismo, y al gran poder
de disgregación que tienen las posiciones personales y
de pequeños grupos cuando no está en marcha un proceso
poderoso de unión política.
Guiteras no menciona
en “Septembrismo” la rigurosa oposición que hizo el PC,
ni lo perjudicial que resultó no poder atraer al
movimiento organizado que se afincaba en la rebelión
social; es lógico pensar que él creyó que si ese
movimiento se convertía en un sujeto político y se
aliaba al ala radical del gobierno, podrían entre ambos
forzar el rumbo hacia una revolución profunda. Esa
ausencia en su texto es intencional: Guiteras no hacía
referencias públicas a aquellos hechos, seguramente para
facilitar futuros acercamientos. En su lugar, hace aquí
una declaración rotunda: la acción antimperialista y “la
beligerancia reconocida al proletariado… era para
nosotros toda la Revolución” (…) un movimiento que no
fuese antimperialista en Cuba, no era una revolución. Se
servía al imperialismo yanqui, o se servía al pueblo,
pues sus intereses eran incompatibles.” No confunde, por
tanto, el alcance y los límites de su experiencia en
aquel gobierno: el poder que tuvo y utilizó era solo un
“instrumento para hacer la revolución, por esto no nos
arredramos ante la posibilidad de perderlo”.
Vuelve ahora sobre su
tema inicial, el de la organización revolucionaria, pero
ya con una definición madura del partido revolucionario:
“una revolución solo puede llevarse adelante cuando está
mantenida por un núcleo de hombres identificados
ideológicamente, poderoso por su unión inquebrantable,
aunados por los mismos principios”. El gran tema de la
mundialización política del comunismo, con el cual
tuvieron que enfrentarse Lenin y sus compañeros, con el
que se estaba enfrentando entonces Mao, está aquí,
totalmente desplegado. Insurrección, partido y frente
revolucionario, poder, son conceptos fundamentales a
desarrollar para una teoría de la revolución contra el
capitalismo en la época de llevar a la práctica las
ideas marxistas a escala mundial, y esos conceptos deben
relacionarse entre sí y ser útiles para las grandes
tareas. Ellos van al encuentro de la estructura social,
y no al revés; los revolucionarios anticapitalistas
deben ser capaces de crear el carácter de la revolución,
y no partir de un supuesto carácter de ella.
En modo alguno
significa esto olvidarse de las clases sociales. Al
contrario, solo desde las luchas de clases alcanzan las
clases a tener un perfil definible y una realidad para
la teoría y la práctica revolucionarias. El embrollo
estructural y de relaciones externas resultante de la
mundialización del capitalismo en los países colonizados
y neocolonizados no puede ser resuelto con las ciencias
y el pensamiento sociales sometidos a la hegemonía
capitalista. Es un nudo gordiano que debe ser cortado
por las ideas y las prácticas de los revolucionarios de
este mundo colonizado y neocolonizado, para que pueda
serle útil a estos pueblos y a la revolución mundial. El
pensamiento de Guiteras ha logrado situarse en ese
terreno nuevo. Por eso enfrenta con decisión la relación
crucial a establecer entre la organización y el sujeto
histórico de la revolución. Con Marx, cree en la
centralidad de la política para que sea posible la
revolución proletaria — “hacer una labor de propaganda y
conspiración” —, cree en la necesidad de que el
movimiento comunista le exija a la democracia que dé más
de lo que podría dar bajo el capitalismo —es el sentido
de su actuación en el Gobierno de Grau—, cree en la
insurrección de masas como vía, y en la violencia como
partera, que harán nacer, con el drama, a los actores
capaces de crear el futuro. Con Lenin pone en acto toda
esa teoría de Marx, y considera que el análisis de las
realidades concretas es el centro del pensamiento
revolucionario. Su punto de partida, entonces, es su
país, neocolonizado pero con una maravillosa gesta
nacional y un ansia inmensa de justicia social, es
decir, Guiteras parte del potencial revolucionario de la
cultura nacional.
Y con Lenin cree en la necesidad de una vanguardia
política que violente la reproducción esperable de la
vida social y propicie con sus actos y con el
establecimiento de un poder revolucionario socialista
los cambios de las personas y las relaciones sociales
imprescindibles para emprender la transición socialista.
Las funciones de un
verdadero poder revolucionario formarán parte en
adelante de los acuerdos internos y del programa de la
nueva organización que creará, y también de sus
declaraciones públicas. Se trata de la estrategia que
haga viable e indique al menos las líneas más generales
de la obra de creación de una nueva sociedad, pero
también de las prefiguraciones de esa sociedad, algo
imprescindible a un ideal y un pensamiento que convocan
a una aventura que exige tantos esfuerzos y tanta
creatividad, y tiene sus fines puestos en un futuro que
puede ser lejano. Tony ha puesto algo de ese material de
sueños en el manifiesto que escribe en Holguín en los
días en que, caído el Machadato, parece que hay que
volver a empezar, y no sabe que dentro de dos semanas
será el Secretario de Gobernación (recordar la nota 43
de este texto).
En la parte final de
“Septembrismo”, Guiteras enjuicia el valor histórico del
evento reciente: “el gesto del gobierno de Grau no ha
sido estéril”. En dos sentidos lo entiende. El primero
se debe a su táctica respecto a las fuerzas armadas, y
en realidad es una invitación a los soldados a no
conformarse “con el derecho a usar botas de oficial”. No
le hicieron caso. El segundo sí es muy importante:
“mostró un mundo de posibilidades al pueblo de Cuba (…)
esa posición erguida mostró a los revolucionarios el
camino”. Capaz de ver más allá de los avatares que
culminarían en el afianzamiento de la dictadura y en su
propia muerte, Guiteras comprendió el alcance histórico
de aquellos hechos. En los 25 años siguientes quedó
latente la audacia y la posibilidad: existió un gobierno
cubano que se enfrentó abiertamente a EE.UU. y legisló a
favor del pueblo. Las reformas sociales que en tantos
países fueron ajustes desde arriba o frutos de
negociaciones entre representantes de sectores, quedaron
marcadas en Cuba por su cuna revolucionaria, las luces
de las velas en Palacio, un ministro que siempre portaba
una pistola y los cañonazos contra el “Nacional” y
Atarés. El mismo año en que Villena vislumbrara desde
New York las banderas rojas sobre las torres de los
centrales, un gobierno cubano intervino varias grandes
empresas de monopolios yanquis. La gesta fundacional de
la nación y la república se renovó con las jornadas de
la Revolución del 30, que añadió a la libertad el
antimperialismo, la justicia social, más democracia y el
ideal socialista. Como la de independencia, esta
revolución también se sintió frustrada, pero dejó una
herencia yacente extraordinaria, que trató de
completarse mediante los ejercicios cívicos y una
institucionalidad superior, y finalmente buscó su camino
de realización mediante una insurrección.
“Septembrismo”
concluye con una profecía que es a la vez una
definición: “Esa fase de nuestra Historia es la génesis
de la revolución que se prepara, que no constituirá un
movimiento político con más o menos disparos de cañón,
sino una profunda transformación de nuestra estructura
económico-político-social”. La revolución será el gran
cambio de todas las estructuras fundamentales del país,
implicará liquidar todo el poder de la burguesía y el
imperialismo, y las relaciones sociales en las que ese
poder se basa. Menos, no sería suficiente. Y se despide
con la profesión de fe del revolucionario comunista, en
la lengua nacional: “espero confiado el momento oportuno
para nuestra liberación absoluta, que es la que responde
al clamor de las masas que todo lo sufren, que todo lo
padecen”.
Guiteras no ha
utilizado ninguna de las palabras que estaban entonces
en boga en el arsenal teórico marxista, y, sin embargo,
considero que los análisis y las tesis que expone en
“Septembrismo” son los que suscribiría un marxista
revolucionario que se esté sirviendo de la teoría, sin
ataduras, para comprender la realidad y tratar de
transformarla.
Al inicio dice que ha escrito el artículo en nombre de
la realidad histórica. En 1935, aunque la Internacional
Comunista (IC) ya está muy alejada de la posición
revolucionaria y de los conceptos que Lenin y sus
compañeros habían discutido en su 2º Congreso, celebrado
en 1920, califica a Antonio Guiteras de
“nacional-revolucionario” y —después de haberle
orientado con tanta fuerza que hiciera lo contrario— le
reprocha al PC cubano no haber sabido distinguir entre
Tony y Grau San Martín, que ahora era un
“nacional-reformista”.
Esa crítica forma parte de un proceso iniciado en
América Latina con la reunión de partidos comunistas en
Montevideo en octubre de 1934, de preparación del cambio
de línea que proclamará la IC en su VII Congreso. Lo que
subyace en el nuevo epíteto es la admisión de la
“pequeña burguesía radicalizada” como sujeto que podría
participar en la revolución; Guiteras sería un miembro
distinguido de esa supuesta clase. Enredada en el peso
muerto de la profunda deformación del marxismo consumada
en los años 30, una zona muy amplia del pensamiento
político repetirá hasta la fatiga durante las décadas
siguientes conceptos vaciados del sentido que una vez
tuvieron, como el de pequeño burgués, unas veces insulto
y otras premio de consolación. Cuando el antimperialismo
vuelva a tomar fuerza, a Guiteras se le celebrará
haberlo sido en tan alto grado, y junto a su siempre
reconocida valentía personal y capacidad de acción, será
el “jefe del ala radical”, revolucionario consecuente y
hasta “hombre de izquierda”, pero no socialista cubano,
ni marxista, ni comunista.
En una entrevista de
Guiteras a la revista Futuro, ocho meses después
de “Septembrismo”, valora con más libertad aspectos
principales de la situación cubana desde el gobierno
Grau hasta el momento, y ofrece sus criterios sobre
problemas de hegemonía, antimperialismo, vanguardia
política en la revolución, frente único de lucha, rasgos
necesarios y forma de gobierno de un poder
revolucionario, conciencia y poder. Si se adujera que el
autor del texto no se declara expresamente marxista,
habría que convenir en que sus declaraciones muestran
una asombrosa congruencia con los análisis marxistas.
En el proceso
histórico del socialismo en Cuba, Antonio Guiteras
resultó el más cabal continuador de Julio Antonio Mella.
Ambos encontraron el camino: antimperialismo
intransigente, ideal comunista, insurrección armada,
frente revolucionario y ganar en la lucha el derecho a
conducir la creación del socialismo. Y ambos buscaron
las vías para recorrerlo. Mella tuvo que alcanzar la
grandeza de descubrir el camino cuando el país aún no se
movía, y le tocaron la gloria y el destino del pionero;
Guiteras tuvo la fortuna de comenzar sobre su huella, la
rebeldía universitaria, y encontrar a continuación al
pueblo humilde, a la gente de Cuba, sumergirse entre
ellos y convertirse en dirigente revolucionario mientras
el país entraba en erupción. El triunfo de Mella estuvo
en trascender los límites del campo de la problemática
de la república burguesa neocolonial y ser como un rayo
en lo oscuro; el de Guiteras estuvo en ser protagonista
de las tormentas en el centro de la crisis del sistema
de dominación, comprender lo esencial del problema
cubano y encontrar las vías y las reglas fundamentales
que permitieran emprender la revolución socialista de
liberación nacional, como si fuera un profeta, pero en
vez de predecir, actuar y actuar incesantemente, como si
tuviera el futuro al alcance de la mano.
En 1934-1935 Guiteras
es uno de los políticos más activos del país, dirige una
organización de lucha armada por la liberación nacional
y el socialismo que cuenta con miles de miembros, gran
influencia en la masa del pueblo y un programa muy
avanzado. En realidad, él y Batista encabezan los dos
polos políticos —revolución y contrarrevolución— en ese
año y medio. Después, Guiteras resultaba —como Martí y
Mella, como aquellos que han abierto caminos— tan
superior a las circunstancias que cualquier ajuste
posrevolucionario debía olvidarlo o neutralizarlo, o al
menos recortar su significación y su mensaje en favor de
la reformulación de la hegemonía de las clases
dominantes y del nuevo orden social.
El pensamiento y la
actuación de Guiteras configuraron el tipo de comunismo
cubano procedente del encuentro de las luchas de
liberación nacional con el socialismo, en las nuevas
condiciones creadas por la crisis de la Primera
República y por la Revolución del 30. Fue de los que más
aportó al legado revolucionario que esta dejó, y además
le añadió un símbolo y un ingrediente sintetizador de
ideologías y necesidades cubanas que padecieron
abandonos o anduvieron muy discordes durante las dos
décadas siguientes: la personalidad más trascendente de
aquel evento era un joven combatiente, dueño de ideas
claras y muy radicales, antimperialista, socialista e
insurreccionalista. No es asombroso que el movimiento de
jóvenes del centenario martiano que desataron la
insurrección de los humildes, por los humildes y para
los humildes en los años 50 se encomendaran también a
Antonio Guiteras cuando fueron al asalto del Moncada.
La Habana, 18 de
noviembre de 2006
*Primicia
del
artículo incluido en el libro en
preparación Guiteras 100 años, de Ana Cairo.
|