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En el centenario de Antonio Guiteras
Graziella Pogolotti La Habana


Conservo un vívido recuerdo de la toma de posesión de Ramón Grau San Martín, con su entrada triunfal en el Palacio Presidencial, en 1944, acompañado por el entusiasmo delirante de la multitud. Yo vivía entonces en Peña Pobre, a una cuadra de la Avenida de las Misiones y el espectáculo se producía en mi vecindad más inmediata. Mi padre observaba el fenómeno desde cierta distancia crítica. Desconfiaba de la retórica intencionalmente incoherente del antiguo profesor de Fisiología. De hecho, la inmensa popularidad del personaje procedía de una luz que no era la suya.

En efecto, la aplastante victoria electoral de los auténticos no se debía a la eficacia del galimatías verbal de su candidato. Tenía su fuente primordial en una memoria viva, trasmitida por vía oral. Descansaba en el recuerdo de un proceso liberador, frustrado una vez más por la intervención de los Estados Unidos en los asuntos internos del país. En el transcurso de tres meses, dos nombres pasaron a ocupar el primer plano desde posturas éticas y políticas de antagonismo irreconciliable. Sargento convertido en coronel en precaria alianza con un sector de la lucha antimachadista, Batista sustentado en la fuerza creciente del ejército, anidaría a partir de tempranos conciliábulos con el embajador Sumner Welles, la traición desde el interior del gobierno. Por su parte, Antonio Guiteras configuraba un proyecto antiimperialista asociado en la memoria popular a la intervención de la Compañía Cubana de Electricidad, concreción real y simbólica de ese poder avasallador, caracterizada luego como "pulpo eléctrico". Caído el gobierno de los cien días, Guiteras sería asesinado por orden de Batista en el Morrillo, cuando trataba de marchar a México para organizar el movimiento insurreccional contra el régimen.

Antonio Guiteras no había nacido en Cuba. Hijo de madre norteamericana, tuvo que aprender el español cuando su padre regresó a la Isla después de un exilio prolongado. Su fervor nacionalista se había forjado también en la sólida urdimbre de una memoria conservada en la tradición oral, legado tangible en la carta de despedida de su tío un joven apenas salido de la adolescencia, horas antes de su fusilamiento por los españoles. Newton Briones Montoto reconstruye en Aquella decisión callada (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 2005), a partir de testimonios y referencias documentales, la intimidad de una familia obsesionada por el destino de la nación. En ese contexto, crecieron Calixta y Antonio Guiteras con la conciencia de un compromiso irrenunciable. El joven cursará los estudios de Farmacia en una Universidad animada por el debate político y las inquietudes reformistas inspiradas en el movimiento estudiantil de Córdova y radicalizadas por la lucha contra Machado. La Universidad, entonces, no era laboratorio, sino caldera en ebullición. Al término de sus estudios, Guiteras tiene ya bien definida su vocación de revolucionario. Viajante de Farmacia, tiene la posibilidad de recorrer el país y, en particular, las provincias orientales. Junto al contacto con la realidad concreta de la nación, desarrolla una red de relaciones, indispensables para sentar las bases de una organización clandestina, con vistas a un proyecto insurreccional. A la caída de Machado y de su sucesor inmediato, Carlos Manuel de Céspedes, llamado a La Habana, se convertirá en el Ministro de gobernación del gobierno de los cien días.

Armada de copiosa documentación, la historia narrada por Briones Montoto se estructura en planos paralelos, contrapunteando la trayectoria de Guiteras, en retrospectiva a partir del asesinato en el Morrillo, con el ascenso de Batista. Asimismo, los acontecimientos revolucionarios se contraponen a un minucioso recuento de las gestiones del embajador norteamericano Sumner Welles, reconstituido a través de su correspondencia con el Departamento de Estado. Paso a paso, ofrece testimonio de las maquinaciones para garantizar la salida del tirano junto a sus cómplices más inmediatos, del cabildeo con los dirigentes de los partidos tradicionales, inoperantes en la nueva circunstancia histórica, del frágil apuntalamiento de Carlos Manuel de Céspedes en la presidencia. El intenso despliegue de su actividad diplomática, francamente conspirativa, se mantuvo en Cuba a pesar de que el gobierno Grau-Guiteras no fue reconocido por los EE.UU. El aislamiento del país y la difícil situación económica se complementaron con la presión directa ejercida sobre Grau San Martín para que presentara su renuncia. El astuto profesor de Fisiología terminó por acceder. Su fulgurante paso por el gobierno lo había colocado en el escenario público y la acción de Guiteras le entregó un capital político que lo beneficiaría más tarde. En inmediato, la armada norteamericana se había situado junto a las costas de la isla. En gesto simbólico, un cubano disparó contra uno de los navíos de la potencia vecina. A las quejas del embajador, Guiteras respondió tajante que dispusiera el retiro de los barcos a mayor distancia. El desembozado intervencionismo se producía en los días del New Deal. Se trata de un dramático y aleccionador episodio de la historia de la diplomacia norteamericana que bien vale la pena recordar hoy.

El relato concluye con el ajusticiamiento del delator de Guiteras organizado por miembros de Joven Cuba. Es de lamentar la ausencia de fichas biográficas de los actores de aquellos acontecimientos. Hay entre ellos figuras renombradas. Muchos, sin embargo, son poco conocidos, sobre todo por parte de quienes no vivieron esa etapa de nuestra historia republicana. Algunos se integraron a los rejuegos de la política al uso. Otros mantuvieron una posición consecuente. En Tiníssima obra testimonial de Elena Poniatowska sobre Tina Modotti, avalada por una prolija investigación, la escritora mexicana alude a la presencia de Newton Briones Fernández y su compañera en la guerra de España. Delia Echevarría, la novia de Guiteras, casada luego con el escultor español Enrique Moret conservó un discreto anonimato. Cándido Durán, encargado de preparar el explosivo destinado al delator se entregaría de lleno a su trabajo profesional de oftalmólogo.

Sobre el trasfondo del intervencionismo, los años 30 del siglo XX dejaron una huella ominosa en la memoria popular. Era la marca dolorosa de una nueva frustración republicana. Designados de dedo para uso del ceremonial, los presidentes eran la frágil vestidura institucional del férreo poder real ejercido por Batista. Frustrada por la represión, la huelga de marzo de 1935 fue el último movimiento masivo de consideración. El asesinato de Guiteras y Aponte tuvo honda resonancia. La vertiginosa trayectoria de quien, al morir, no había alcanzado los 30 años estaba cargada de porvenir. En esa etapa amarga cayeron otros jóvenes generosos, entregados al proyecto de transformar el país. Algunos eran silenciados mediante la administración de una golpiza junto al palmacristi, convertido en instrumento de la aplicación sistemática del terror. El proyecto nacional fue mutilado por la primera intervención norteamericana. La Enmienda Platt abrió paso a la segunda. La antigua aspiración parecía cristalizar, ya radicalizada, con el movimiento de los años 30, frustrado otra vez por la mediación Welles que prohijó la primera dictadura de Batista. A las promesas incumplidas por los gobiernos auténticos, sucedió la ominosa madrugada del 10 de marzo. Ese aprendizaje de luchas y frustraciones encontraría cauce y razón de ser en el programa del Moncada y en el triunfo de enero de 59.

Publicado en Cubarte

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