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La palabra más hermosa para honrar
a Pedro Pablo, amigo de todos nosotros, mi coterráneo,
es la imaginación, que se aparta del sentido común y que
es capaz de convertirse, como dijo Teresa de Ávila, en
la “loca de la casa”. Y es precisamente a esa hermosa
locura a la que debemos la obra de Pedro Pablo Oliva,
contenida a duras penas en sus lienzos, esculturas y
cerámicas. Porque el hombre es más poderoso que la obra
y en última instancia es lo que queda. Cuando pase todo,
como declaró una vez Jorge Manrique, la obra es la que
determinará nuestra memoria.
Su obra tiene varios atributos
importantes. El primero es que nunca ha traicionado su
propio sueño. Ella ha expresado legítimamente todo lo
que le ha interesado y ha amado de la vida. Es más —sin
pecar de falta de discreción—, quizá también lo que le
ha faltado. Todo está contenido en esos colores y en ese
magistral dibujo, donde presencias muy subjetivas están
permanentemente sosteniendo la mano del artista: El amor
materno, el sueño del amor carnal, la preciosidad y
encanto de las criaturas que ahora comprendo cuando he
visto llegar a los que se hicieron más grandes con el
tiempo y a los que son más pequeños. Ahí están los
dueños de los juguetes mecánicos, los preciosos
adoradores de los colores, los que siempre se
sorprendieron de un menester tan exótico como el que
tenía su padre cuando no alcanzaban todavía a
comprenderlo.
Un artista es aquel que sabe
comunicarse con el mundo a su manera. El arte tiene esa
característica, a nadie se le puede pedir que haga esto
o aquello. Quizá el más hermoso rechazo que pudo hacerse
a toda formalidad en el mundo del arte se realizó en
nuestro tiempo.
En 1949, cuando faltaban solamente
10 años para el triunfo de la Revolución, —y recuerdo
ahora a los hermanos Saíz—, tu cuna [Pedro Pablo Oliva]
estaba en ese pueblo tan querido que fue la patria de
uno de los más excepcionales intelectuales cubanos,
estaba en ese pueblo de Cirilo [Villaverde], donde
cantaron al sueño de la vida, al verde más hermoso y más
matizado —sin que se ofenda por esto ninguna otra tierra
de Cuba—, de aquellas montañas, a veces adustas, a veces
tiernas. Así es nuestra patria, la misma en la que
canarios y criollos, a lo largo de siglos, modelaron una
geografía para hacer de la caprichosa nueva Filipina,
Pinar del Río, algo nuestro, algo absolutamente cubano.
Le has dado a las artes plásticas
cubanas tu propia visión. Renunciaste a la copia y al
calco. El gran mérito de tu Martí es que lo has
humanizado. De cara a su biografía hay poco que hacer;
de cara al arte, realizar tus —también terribles—
visiones de José Martí, tan humanas, que estuvieron
contigo desde ese gran nido de maestros que ha sido la
Escuela Nacional de Arte.
(…)
Nos has traído los amores
infinitos. Tu nombre, Pedro Pablo, es muy importante
para la historia de nuestra civilización y de nuestra
tradición, que te acompaña. Para triunfar hace falta
combatir. Benditos los que pueden. Tú lo has hecho.
Muchas gracias.
Palabras de elogio en la entrega del
Premio Nacional de Artes Plásticas a Pedro Pablo Oliva. |