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La usurpadora
Stefania Mosca Caracas


La Usurpadora fue una telenovela que protagonizó la insuperable Marina Baura en los 80. La historia del melodrama trataba justamente de la usurpación de identidades.  Usurpador  es el calificativo que andaba buscando para Manuel Rosales. Usurpa el estilo y el sentimiento de su contendor para pescar incautos, plagiar logros, apropiarse de palabras y valores como cualquier estafador.  Como La Usurpadora, busca hacerse de lo ajeno, para recuperar lo perdido: el vínculo real con el pueblo, que pese a la distancia y a la hiperactividad, Chávez mantiene intacto, y me temo que por algo que no es usurpable: su fuerza, la nobleza y la calidad de su espíritu, que vibra hacia el bien, aún en el centro del poder, donde se esconden y disfrazan las peores alimañas, bichos y víboras ponzoñosas.

No me explico por qué Globovisión no ha venido, con sus famosas microondas, a filmar el comando de Rosales en el edificio Pascal de Los Palos Grandes, cerrado un día domingo, a dos semanas de las elecciones. Desierto el comando, sin vida, sin militantes, sin voluntarios, con todo usurpado, hasta el regatón que, sin permiso de Calle Trece, usa el candidato del Cardenal Castillo Lara.

Soy testigo ocular, veo día  a día y a diferentes horas del día la actividad del comando Atrévete. Y no soy espía ni agente de la DIM.  Yo estaba antes.  Ellos llegaron a la planta baja del edificio donde vivo, y en el primer piso celebran reuniones tácticas con personajes tan particulares, cómicos e impredecibles “líderes” como De Melo o Américo Martí o  Losada Rondón, Cova, etcétera. Estos protohombres del país, que nada le han dejado al país,  se afanan por hacer real un simulacro fraguado en el norte.

Rafael Poleo afirma que Rosales vive el efecto tijera.  Rosales sube, Chávez baja. Paradójicamente, a mayor porcentaje de Rosales en las encuestas, (según Eugenio Escuela, no lo olvidemos, Rosales ya ganó),  pasmosamente, la actividad en el comando de Rosales decrece.  Debe ser que Los Palos Grandes no es una zona de Rosales, debe ser en la Vega donde sube en las encuestas.

Probablemente, cuando Rosales alcance el 60% no quedará de su comando ni la sombra ni ninguna de las sombras de sus  millones de seguidores. El ya ganó. Para qué necesita voluntarios, militantes. El lo que ha estado ensayando últimamente y con entrega total es  el tono de voz con la cual cantará fraude el mismo día de las elecciones.  Fraude.  Fraude.

Sus seguidores demuestran la verdadera calaña del rosalismo.  El otro día, sendos “voluntarios” cargaban de paquetes uno de los ascensores del edificio Pascal. La conserje les advirtió que no podían meter tanto peso en los ascensores, que se iban a dañar.  Y los “voluntarios”,  predicadores del cambio que promete su candidato, le ofrecieron a la joven señora par de golpes. Un ejemplo de la ética de estos personajes.

Rosales no asume sus metidas de pata. Se excusa al más puro estilo de la Cuarta República: él no firmó el acta de Carmona sino una lista de invitados… y así, uno por uno de los por menores de sus faltas, no solo de lenguaje y de sentido, sino sus acciones que, del separatismo al fascismo, se han manifestado con el nombre y apellido de este personaje, aunque él lo niegue y evada la responsabilidad.

Hay que mentir demasiado, Rosales traga grueso y sigue en el escenario, imperturbable, bajo los focos. Caradurismo parece ser el nombre de esta tendencia. El objetivo es crear una perturbación incontenible el 3 de diciembre, lo primero serán una serie de farsas dramatizadas en los centros de votación.

El usurpador insiste en ser popular, aunque lo vimos por Globovisión huyéndole a los tomatazos en más de una de las barriadas caraqueñas, al punto que el humor popular acuñó la famosa expresión de que Rosales subía los cerros en un cuatro por cuatro y bajaba en  un dos por tres.

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