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La
Usurpadora fue una telenovela que protagonizó la
insuperable Marina Baura en los 80. La historia del
melodrama trataba justamente de la usurpación de
identidades. Usurpador es el calificativo que andaba
buscando para Manuel Rosales. Usurpa el estilo y el
sentimiento de su contendor para pescar incautos,
plagiar logros, apropiarse de palabras y valores como
cualquier estafador. Como La Usurpadora, busca hacerse
de lo ajeno, para recuperar lo perdido: el vínculo real
con el pueblo, que pese a la distancia y a la
hiperactividad, Chávez mantiene intacto, y me temo que
por algo que no es usurpable: su fuerza, la nobleza y la
calidad de su espíritu, que vibra hacia el bien, aún en
el centro del poder, donde se esconden y disfrazan las
peores alimañas, bichos y víboras ponzoñosas.
No me
explico por qué Globovisión no ha venido, con sus
famosas microondas, a filmar el comando de Rosales en el
edificio Pascal de Los Palos Grandes, cerrado un día
domingo, a dos semanas de las elecciones. Desierto el
comando, sin vida, sin militantes, sin voluntarios, con
todo usurpado, hasta el regatón que, sin permiso de
Calle Trece, usa el candidato del Cardenal Castillo
Lara.
Soy
testigo ocular, veo día a día y a diferentes horas del
día la actividad del comando Atrévete. Y no soy espía ni
agente de la DIM. Yo estaba antes. Ellos llegaron a la
planta baja del edificio donde vivo, y en el primer piso
celebran reuniones tácticas con personajes tan
particulares, cómicos e impredecibles “líderes” como De
Melo o Américo Martí o Losada Rondón, Cova, etcétera.
Estos protohombres del país, que nada le han dejado al
país, se afanan por hacer real un simulacro fraguado en
el norte.
Rafael
Poleo afirma que Rosales vive el efecto tijera. Rosales
sube, Chávez baja. Paradójicamente, a mayor porcentaje
de Rosales en las encuestas, (según Eugenio Escuela, no
lo olvidemos, Rosales ya ganó), pasmosamente, la
actividad en el comando de Rosales decrece. Debe ser
que Los Palos Grandes no es una zona de Rosales, debe
ser en la Vega donde sube en las encuestas.
Probablemente, cuando Rosales alcance el 60% no quedará
de su comando ni la sombra ni ninguna de las sombras de
sus millones de seguidores. El ya ganó. Para qué
necesita voluntarios, militantes. El lo que ha estado
ensayando últimamente y con entrega total es el tono de
voz con la cual cantará fraude el mismo día de las
elecciones. Fraude. Fraude.
Sus
seguidores demuestran la verdadera calaña del rosalismo.
El otro día, sendos “voluntarios” cargaban de paquetes
uno de los ascensores del edificio Pascal. La conserje
les advirtió que no podían meter tanto peso en los
ascensores, que se iban a dañar. Y los “voluntarios”,
predicadores del cambio que promete su candidato, le
ofrecieron a la joven señora par de golpes. Un ejemplo
de la ética de estos personajes.
Rosales no asume sus metidas de pata. Se excusa al más
puro estilo de la Cuarta República: él no firmó el acta
de Carmona sino una lista de invitados… y así, uno por
uno de los por menores de sus faltas, no solo de
lenguaje y de sentido, sino sus acciones que, del
separatismo al fascismo, se han manifestado con el
nombre y apellido de este personaje, aunque él lo niegue
y evada la responsabilidad.
Hay
que mentir demasiado, Rosales traga grueso y sigue en el
escenario, imperturbable, bajo los focos. Caradurismo
parece ser el nombre de esta tendencia. El objetivo es
crear una perturbación incontenible el 3 de diciembre,
lo primero serán una serie de farsas dramatizadas en los
centros de votación.
El
usurpador insiste en ser popular, aunque lo vimos por
Globovisión huyéndole a los tomatazos en más de una de
las barriadas caraqueñas, al punto que el humor popular
acuñó la famosa expresión de que Rosales subía los
cerros en un cuatro por cuatro y bajaba en un dos por
tres. |