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En el decurso de los días que nos separan del quince de
enero del corriente, han ido apareciendo, en diversas
revistas y en la prensa diaria, artículos donde el autor
señala las que a su juicio fueron las causas que
hicieron caer al gobierno de Grau y donde se hacen
continuas manifestaciones sobre la “doctrina
septembrista”.
Aunque en muchos de
ellos he sido aludido, no he creído necesario contestar
públicamente, señalando mi actuación en el mencionado
gobierno, suponiendo que es harto conocida para
necesitar ser esclarecida. Pero en ese semanario
Bohemia, correspondiente al 25 de marzo del
corriente, aparece un artículo firmado por Sergio Carbó,
escrito con el propósito, según manifiesta, de salvar la
realidad histórica, más importante que la de su
personalidad destacada. Y en nombre de esa realidad
histórica escribo estas líneas.
No creo oportuno
comenzar dando, como en la mayor parte de los casos, una
síntesis de mi actuación revolucionaria, porque los
actos realizados contra una tiranía están en razón
directa del amor con que se defienden las ideas y las
persecuciones y sufrimientos pertenecen a la eficacia
del aparato represivo de esta tiranía, no teniendo nada
que ver con la idea misma.
En la larga lucha
contra el machadato, soberbia floración de una planta
sembrada hacía treinta años, se aceptó casi
universalmente la doctrina: Todos para destruir; para
construir, unos cuantos. Terrible doctrina que es básica
causal de muchos de nuestros males. Pero, a pesar de
este postulado fatal, ya en época del Déspota, entre la
pléyade de conspiradores, se formaban distintos núcleos
al conjuro de la similitud de ideas o de intereses, pero
no lo suficientemente separados unos de otros para
cobrar fuerzas bastantes a afrontar solos la labor de
una insurrección o posteriormente una obra de gobierno.
Para eso hubiera sido
necesario hacer una labor de propaganda y conspiración
que los hubiera alejado de los otros núcleos, de este
modo, debilitando —aparentemente— el frente de la
oposición, Digo aparentemente, porque si bien es verdad
que hubiera debilitado el frente anti-machadista,
hubiera creado y fortalecido, sin embargo, un frente
revolucionario en la gran acepción de esta palabra
La tragedia que debía
desarrollarse al caer la tiranía machadista y dar
comienzo por tanto la obra constructiva, empezó al
iniciarse las negociaciones dirigidas por Sumner Welles
y la subsiguiente formación de lo que se llamó la Mesa
Redonda. Los anti-ingerencistas, que no aceptamos la
intervención de Washington en nuestros asuntos
interiores, nos aislamos completamente de los demás
sectores y cuando se produjo la caída del Déspota,
traicionado por sus más fieles servidores, la alta
oficialidad del Ejército (la subalterna conspiraba
aparte y no pudo producir su golpe), formamos la
oposición al gobierno “mediatizado” de Céspedes.
El cuartelazo del 4
de septiembre, dado por las clases y alistados del
Ejército y la Marina con el fin de hacer una amplia
depuración interior y obtener algunas reivindicaciones
de carácter moral y material, puso fin al casi creado en
ese organismo por las facciones que luchaban por una
depuración completa y los que trataban de evitarla a
toda costa. Pero el gobierno de Céspedes, impopular y
débil por la mediocridad que caracteriza todo gobierno
de concentración cayó también arrastrado por la enorme
ola.
Los elementos civiles
que colaboraron en este movimiento y los que acudieron
después, responsabilizándose con el mismo, fuimos los de
la oposición anti-ingerencistas, que habiendo adoptado
en principio el programa del D.E.U., pretendimos ponerlo
en práctica.
Cuando la forma
colegiada espantó demasiado a los buenos burgueses, Grau
fue proclamado presidente por el mismo grupo que se
había reunido para formar la pentarquía y que se había
constituido en lo que se llamó la Junta Revolucionaria
de Columbia.
Tuve entonces el
honor de ser llamado a colaborar con el gobierno de Grau
desde una Secretaría tan importante como la de
Gobernación; y esto fue sugerido según tengo entendido,
por el compañero Irizarri, que a pesar de no haber
tenido relaciones conmigo, conocía mi historia
revolucionaria contra el machadato y contra el gobierno
“mediacionista”. La idea fue acogida con agrado por
muchos de los miembros del D. E. U. y otros
revolucionarios, entre los cuales estaba Sergio Carbó,
que no dudo hizo todo lo que pudo por traerme a
colaborar con el Gobierno Revolucionario, pues
manteníamos relaciones durante las épocas de lucha anti-machadista
y anti-ingerencista.
A estos que desde
lejos me llamaron, les estoy personalmente agradecido
porque me dieron la oportunidad de hacer desde un alto
puesto, todo lo que podía por la revolución. Pero no
dudo que fue la apreciación de lo que había hecho y lo
que creyeron podía hacer por Cuba, el móvil fundamental
de esa determinación.
Nuestra labor desde
el gobierno, luchando contra los sectores mediacionistas
era ardua; pero más arduo aún era nuestro esfuerzo
gigantesco para convertir el Golpe del 4 de septiembre
en una revolución antiingerencista y sobre todo,
determinar hasta dónde llevar el anti-ingerencismo.
Nuestro programa no
podía detenerse simple y llanamente en el principio de
la No Intervención. Tenía que ir forzosamente hasta la
raíz de nuestros males: al imperialismo económico, el
que hizo retroceder a muchos antingerencistas,
dividiéndose nuestras filas.
Ante los decretos
que, como enormes martillazos iban rompiendo lentamente
esa máquina gigantesca que ahoga al pueblo de Cuba, como
a tantos otros de la América Latina, aparecían en escena
para combatirnos, todos sus servidores nativos y
extranjeros y su formidable clamor espúreo nos restaba
uno a uno nuestros colaboradores, que eligiendo las
exclamaciones derrotistas, “de este modo no nos
reconocerán nunca los americanos” “estas medidas alejan
el reconocimiento”; o las más terribles aún “los
americanos desembarcarán”, “cerrarán sus puertas a
nuestro azúcar”, etc. nos abandonaban.
Yo —que tengo la
satisfacción de haber llevado a la firma del Presidente
Grau, los decretos que atacaban más duro al imperialismo
yanqui—, los vi retroceder, porque acudían a mí —Carbó,
Lucilo de la Peña, Batista y otros— para convencerme de
la necesidad de disminuir el ataque, de variar nuestra
conducta.
Pero esa labor,
conjuntamente a la beligerancia reconocida al
proletariado, no obstante la actuación aislada de
algunos miembros del Ejército, era para nosotros toda la
Revolución. Un estudio somero de la situación
político-económica de Cuba, nos había llevado a la
conclusión de que un movimiento, que no fuese anti-imperialista
en Cuba, no era una revolución. Se servía al
imperialismo yanqui o se servía al pueblo, pues sus
intereses eran incompatibles.
Existía el peligro de perder el Poder, abandonados en el
camino por los que parecían más identificados con
nosotros, pero el Poder, imposibilitados de hacer la
Revolución, no significaba nada para nosotros, Su único
objetivo en nuestras manos era la de instrumentos para
hacer la revolución, por esto no nos arredramos ante la
posibilidad de perderlo.
Y aquí quiero que
quede establecido de un modo claro, que Grau no abandonó
inesperadamente su cargo, por su propia voluntad.
Previas Juntas de jefes de Distritos Militares en
Columbia, sucesivas entrevistas del jefe del Ejército
con Caffery y algunos de los dirigentes de los sectores
mediacionistas, habían decidido el golpe a la
Revolución. Grau cayó impulsado por los místicos del
reconocimiento, con Batista a la cabeza, que habían
retrocedido aterrados ante la verdadera revolución que
por primera vez veían en todas sus luces.
Fracasamos porque una
revolución solo puede llevarse adelante cuando está
mantenida por un núcleo de hombres identificados
ideológicamente, poderoso por su unión inquebrantable,
aunados por los mismos principios y no por la doctrina
de “todos para destruir”.
Si Carbó lee estas
líneas comprenderá por qué estamos separados y sabrá que
a pesar de este abismo infranqueable, también le
devuelvo un saludo cordial.
A pesar del
quebranto, el gesto del gobierno de Grau no ha sido
estéril. Esa actitud fortaleció el espíritu de las
clases y alistados del Ejército y la Marina, que vieron
en ese movimiento una consagración gloriosa de su grito
de rebeldía del 4 de septiembre, espíritu cuyo clamor no
puede ser acallado con el derecho a usar botas de
oficial. Esa actitud rectilínea, mostró un mundo de
posibilidades al pueblo de Cuba, que ya había bebido con
ansia los escritos de nuestros intelectuales, que le
mostraban la senda de la Revolución Verdadera. Esa
posición erguida mostró a los revolucionarios el camino.
Esa fase de nuestra Historia es la génesis de la
revolución que se prepara —que no constituirá un
movimiento político con más o menos disparos de cañón,
sino una profunda transformación de nuestra estructura
económico-político-social.
Y sépalo el señor
Carbó, espero confiado el momento oportuno para nuestra
liberación absoluta; que es la que responde al clamor de
las masas que todo lo sufren, que todo lo padecen.
1
Tomado
de: Revista Bohemia, 1 de abril de 1934.
p. 386 - p. 391.
Tomado del libro Documentos para la Historia de Cuba.
Tomo IV. Hortensia Pichardo Viñals. Editorial Pueblo y
Educación. 2001.
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