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Poco después de las
seis de la mañana, el cónsul Pinel, quien estaba junto a
una ventana en el fortín, divisó un camión a lo lejos,
con “cajas amarillas”. Xiomara O'Hallorans también vio
el vehículo. Inmediatamente se dieron cuenta, que no era
uno sino varios camiones, llenos de soldados. Corrieron
a avisar a Guiteras, quien descansaba en una hamaca en
la azotea del castillo.
Rápidamente, se
concentraron en el piso bajo. Aponte impuso su autoridad
con voz firme. Ordenó salir hacia la maleza, indicó a
Guiteras un pequeño cerro a la izquierda del fortín y
propuso a Toni hacerse fuertes en ese sitio.
Salieron por una
puerta lateral, de uno en uno, hacia el monte. Alberto
Sánchez, José Urquidi y el “Chino” Ramos se adelantaron
entre los matorrales y fueron los únicos que lograron
escapar. Todos los demás fueron muertos o hechos
prisioneros, ilesos o heridos.
En un claro de la
manigua se concentraron los fugitivos y emprendieron la
marcha, con Aponte y Paulino Pérez Blanco al frente.
Guiteras quedó rezagado, fueron a buscarle y le llevaron
con ellos.
El primer tiroteo
dispersó al grupo. Guiteras, Aponte y Paulino
continuaron avanzando. Casariego se parapetó en un
lugar, abriendo fuego con su ametralladora, el enemigo
disparó sobre él y resultó herido en el hombro. A su
lado. Conchita Valdivieso gritó, pidiendo auxilio.
Fueron hechos prisioneros.
Rafael Crespo Tamayo
corrió a unirse a Toni. Los restantes combatientes de
Joven Cuba cayeron prisioneros, en diversos sitios, no
lejos del Morrillo, durante el resto del encuentro.
Guiteras, Aponte,
Paulino y Crespo siguieron caminando para romper el
cerco y escapar.
LA MUERTE DE ANTONIO
GUlTERAS
“Yo no me dejo coger vivo” le oyó decir Xiomara
O'Hallorans a Antonio Guiteras, cuando emprendió el
camino para romper el cerco. Aponte estaba animado de la
misma convicción, según el testimonio de los
sobrevivientes de El Morrillo.
Guiteras, Aponte, Paulino y Crespo avanzaron hacia las
márgenes del río Canímar. Tomaron por un atajo que los
pescadores de aquellos contornos llamaban el Camino de
los Chinchorros y llegaron a una curva del río, donde
existe una cueva natural, más bien al descubierto. Allí
estaban rancheando, desde el amanecer, José Gallardo y
Octavio Domínguez ayudado por los hijos de ambos. Jorge
Octavio Domínguez deshacía malezas para ampliar el área
donde establecer el rancho.
Guiteras se sentó en una piedra, con Rafael Crespo
Tamayo al lado. Paulino y Aponte prosiguieron su avance.
Mientras Paulino le cubría, Aponte llegó junto al
anciano Domínguez y le ordenó que los sacara de aquellos
contornos. Jorge Octavio Domínguez creyó que eran
policías y les mostró el permiso oficial para acampar
en el lugar. Aponte, imperativamente, con un revólver
en la mano, le respondió que no le interesaba el papel
sino ser conducido lejos. Jorge Octavio accedió a
servirles de guía, tomó por el brazo a Aponte y caminó
hacia donde estaba Paulino, esperando.
Eligieron un pequeño
trillo, contiguo al sitio donde Guiteras se había
sentado. Apenas lograron caminar unos metros, cuando
Pérez Blanco advirtió la presencia del enemigo, casi
frente a ellos. “Ahí están, pero espera, los voy a
parar”, dijo Paulino y avanzó hasta una cerca de
piedras, se atrincheró y abrió fuego con la
ametralladora. Los soldados respondieron al fuego, pero
Paulino continuó disparando con la esperanza de
hacerles huir y poder escapar.
En una pequeña cañada
seca, al pie de la cerca de piedra, se tumbaron Rafael
Crespo Tamayo y el práctico Domínguez. Guiteras y
Carlos Aponte se situaron en lo alto de una de las
márgenes de la pequeña cañada. Aponte, como recordando
lo que Guiteras había manifestado de no dejarse prender
le dijo: “Compay, antes de rendirnos nos morimos”.
Guiteras le respondió: “Nos morimos”. Casi
inmediatamente después de haber hablado, un balazo
certero golpeó en el pecho de Antonio Guiteras y le
destrozó el corazón. Toni cayó hacia atrás y quedó
exánime. Por el pecho, junto a la tetilla izquierda un
pequeño boquete. Pero la espalda reposaba en un charco
de sangre.
A sus pies, un
instante después, otro balazo atravesó la cabeza de
Carlos Aponte. Cayó de rodillas, padeció breve agonía y
expiró.
El ENTIERRO
Los esbirros, ebrios
de alegría, recogieron los cadáveres de los dos héroes y
en una barca los llevaron a la ciudad, donde los
depositaron desnudos en el frío mármol del necrocomio,
después de haberlos saqueado y pretendido escarnecerlos
sin piedad.
Un médico forense hizo las autopsias y extendió
los correspondientes certificados de defunción.
Temprano en la mañana, las radioemisoras comenzaron a
brindar un parte oficial sobre el combate de El
Morrillo y la muerte de Antonio Guiteras y
Carlos Aponte. Los hombres y mujeres del
pueblo lloraban en silencio o esperanzados, se negaban a
creer lo que oían, atribuyendo la noticia a
váyase a saber qué sucia jugarreta de la tiranía.
Después que el militante de Joven Cuba Alberto Morillas
les confirmó la terrible nueva Made Theresse Holmes,
Calixta Guiteras y Dalia Rodríguez tomaron un
automóvil y partieron rumbo a Matanzas.
En el necrocomio de la ciudad yumurina y en la
Jefatura Militar del Regimiento las tres mujeres
lloraron, exigieron y argumentaron,
sobreponiéndose al inmenso dolor que sentían. Lograron
que los sádicos oficiales batistianos desistieran de sus
propósitos de enterrar a Antonio Guiteras Holmes
y a Carlos Aponte en una fosa común, y les
permitieron darles sepultura en el panteón de la familia
Guiteras, en el cementerio de Matanzas.
“Fue terrible —recuerda Calixta Guiteras—, Morillas o
algún compañero de Matanzas fue a una funeraria y
compró dos cajas por $24.00. Eso costaron las dos,
$12.00 cada una. No teníamos dinero”.
El entierro se
realizó a las ocho de la noche del ocho de mayo, con el
cementerio repleto de soldados y policías, que en
pequeños grupos, a distancia, observaban la
ceremonia e impedían al pueblo y a los
compañeros de Antonio Guiteras entrar en el Cementerio
de Matanzas.
La tiranía exigió que
fueran enterrados a esa hora, las ocho de la noche, del
mismo día ocho de mayo, y no permitió la celebración de
ceremonia fúnebre alguna. Alberto Morillas despidió el
duelo, con breves y emocionadas palabras, que no fueron
reproducidas en ningún periódico de la época.
Calixta Guiteras nos
explicó: “No recuerdo lo que dijo Morillas. Estábamos
aplastadas, destruidas por el dolor, lo que sentíamos
era superior a lo que alguien podría decir”.
Fulgencio Batista, la
oligarquía cubana, los políticos reformistas y el
imperialismo norteamericano no ocultaron su júbilo.
En marzo de 1935 la
Revolución Cubana había sufrido un terrible golpe,
cuando la dictadura logró vencer, a sangre y fuego, la
huelga general revolucionaria. En mayo, unos dos meses
después, la Revolución del 30 recibió otra herida
mortal, con la caída heroica de Antonio Guiteras.
El proceso
revolucionario de 1923 a 1935 llegó a su fin. El
pueblo cubano fue decapitado al morir Guiteras y
careció de un líder capaz de dirigir la difícil y
compleja lucha revolucionaria. Reaccionarios y
reformistas campearon por sus respetos durante un cuarto
de siglo más, explotando y oprimiendo a las masas
irredentas.
Con la muerte épica
de Antonio Guiteras Holmes finalizó la Revolución del
30. Mientras los explotadores festejaban el trágico
suceso, en las montañas de Birán, en el indómito
Oriente, un niño crecía, retozaba y estudiaba, ajeno en
su corta edad a lo acaecido en El Morrillo.
Veintiocho años y dos
meses después, al amanecer del 26 de julio de 1953 la
Revolución Cubana reinició su marcha gloriosa, camino de
la victoria.
Junto a Carlos Manuel
de Céspedes e Ignacio Agramante, Máximo Gómez y Antonio
Maceo, Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena.
Antonio Guiteras vive en el corazón y la conciencia del
pueblo revolucionario de Cuba.
LA JUSTICIA
REVOLUCIONARIA
El último gran golpe
revolucionario de la otrora pujante Joven Cuba fue
propinado el 8 de mayo de 1936, al cumplirse el primer
aniversario de la caída de Guiteras. Ese día
ajusticiaron al traidor Carmelo González Arias. Luis
Buch le hizo llegar un paquete de circulares oficiales,
en cuyo interior estaba colocada una potente bomba, con
metralla. La bomba hizo explosión cuando el despreciable
González abrió el bulto. Buch planeó y llevó a cabo el
ajusticiamiento con la colaboración de Newton Briones,
Dulce María Montoto, Cándido Durán, Luis García Quibus y
otros. Durán y García Quipus prepararon la bomba.
Tomado del libro Guiteras. José
A. Tabares del Real. Editorial Ciencias Sociales.
Instituto Cubano del Libro. La Habana, 1973.
p. 513 – p. 518. |