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Para
Roberto Fernández Retamar
1.
La revolución y Guiteras
En los últimos años
una creciente literatura histórica de mayor
profundización está aportando conocimientos ciertos
acerca del tercero de los procesos revolucionarios
cubanos: la Revolución del 30. Todo logro
historiográfico de importancia es a la vez, de algún
modo, una función del presente que lo produce, y este no
es una excepción. La revolución iniciada en 1953
estimuló primero con su existencia y sus necesidades, y
ha ido brindando bases después con el desarrollo de la
cultura política y de las capacidades intelectuales de
los cubanos, la recuperación y el examen de los hechos y
las ideas de aquella revolución previa del siglo
xx que
planteó nuevos problemas dentro de una continuidad de
luchas nacionales, y cuyo estudio constituye una ayuda
inapreciable para la comprensión del proceso
revolucionario actual.
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Este trabajo intenta
aprovechar el estado a que han llegado esos estudios
para proponer una reflexión muy específica: el análisis
de las relaciones existentes entre la actividad personal
de Antonio Guiteras y el proceso social mismo en el cual
Guiteras actuó.1 Sin
pretensiones excesivas —falta mucho todavía por andar en
estos campos—, este texto responde, sin embargo, a mi
convicción de que el problema del papel de la
personalidad revolucionaria y de la eficacia que alcance
como portadora de las ideas más avanzadas en una
situación determinada es uno de los problemas teóricos
—y prácticos— más importantes con que nos encontramos al
abordar las revoluciones contemporáneas. La personalidad
de Guiteras es demasiado atractiva para que podamos
sustraernos a uno de los problemas que el estudio de su
vida nos sugiere con fuerza: ¿hasta dónde puede el héroe
revolucionario adelantar un proceso social?, ¿cómo
interactúan el dirigente y las condiciones históricas
determinadas en las que se mueve, y a las cuales intenta
modificar, liquidar o encauzar?
Al estudiar la vida
de los revolucionarios más ilustres, encontramos una
primera etapa en la que reciben sucesivas y simultáneas
influencias culturales de diverso tipo, cuya apropiación
individual mediante aceptaciones y rechazos los hace ser
y comportarse de un modo dado; esto rige la formación de
sus criterios, sus afinidades y modelos de conducta,
probablemente hasta la muerte. Esa primera etapa
formativa
—en realidad común a todas las personas— es violentada
después en el caso de los revolucionarios, en la medida
en que su acción y su pensamiento reten o choquen con
los fundamentos del orden social de dominación vigente,
que son el centro y la clave del fino entramado social
en que viven presos todos los individuos de una sociedad
de clases determinada. Esa nueva experiencia es
decisiva, aunque el individuo la incorporará desde su
estructura subjetiva, es decir, desde su individualidad.
Si continúa siendo revolucionario, ella lo irá
transformando hasta convertirlo en una persona
irreductible a engranar otra vez en el orden social
establecido.
Se trata nada menos
que de ir contra la actividad de conjunto sobre la cual
descansa el sistema, contra la producción de la vida
vigente, como diría Carlos Marx. Nunca se insistirá
demasiado en que la burguesía no gobierna por simple
dominio de las condiciones de producción, sino sobre
todo a partir de su sistema político e ideológico y de
una formidable cultura de dominación que es consumida
habitualmente por todos, de mil maneras. El axioma
marxista de que las ideas dominantes en una sociedad son
las de su clase dominante se dice pronto, pero el
combate terrible por liquidar el sistema social que las
sustenta y sustituir al mundo tan resistente de las
ideas burguesas por una nueva cultura de la humanidad
liberada es y será por mucho tiempo el contenido de una
prolongada etapa histórica que apenas comienza, la época
de las revoluciones socialistas.
No puedo apuntar en
este espacio, ni siquiera someramente, los rasgos y
problemas principales de la Cuba del primer tercio del
siglo xx,
ni de los enfrentamientos entre dominación y revolución.
Atiendo entonces solamente al tema de la personalidad.
El proceso revolucionario real es muchísimo más complejo
e impredecible que la idea más exacta que se tenga de
él. El revolucionario ha de navegar, en todos los casos,
en esa borrasca; sus ideales y la fidelidad —a la causa,
la organización, el líder— son su última razón ante las
situaciones más duras, los errores, el desaliento o las
dudas. El dirigente revolucionario —y ese es el caso que
examino aquí—, debe estar más adelantado que el medio
político en que se mueve, encontrar los caminos,
sostener el rumbo, hacer elecciones y tomar decisiones
difíciles, con mayor conciencia de los riesgos que se
corren en caso de error, de la parte de razón y de
justicia que se vio obligado a echar a un lado, de la
porción de futuro que ha comprometido en las decisiones
que, sin embargo, eran acertadas respecto a su problema
principal o perentorio. Sabe además que sintetiza y
simplifica lo que es por naturaleza contradictorio y
plural, para poder arrastrar tras sí todas las
voluntades tan diversas y unificar las actuaciones.
Tanto saber doloroso se completa cuando el dirigente ha
abrazado la concepción de que sólo el socialismo traerá
la liberación verdadera y de que sólo la actividad
consciente y soberana de las masas traerá el socialismo.
Los iniciadores
—Guiteras fue uno de ellos— rompen con la conciencia
vigente, y comunican ese gran esfuerzo suyo a muchos,
pero deben enfrentarse angustiosamente a las recaídas de
sus propios seguidores en las formas de conciencia y de
vida de los dominadores, a las tendencias a mantenerse
dentro de las conductas y creencias conocidas —que
parecen ser las únicas conductas y creencias posibles—,
y al poder aplastante y abarcador del enemigo, todavía
no quebrantado. Su madurez encarna entonces en buscarles
viabilidad a sus proyectos. Pero a muchos no les es dada
la oportunidad de cumplir esa tarea; para ellos la
victoria de su vida es convertirla en ejemplo y en
experiencia para los revolucionarios que le sucederán.
Su destino se condensa en el verso de Carlos Liebknecht:
“a nosotros sólo nos ha sido dado sembrar”.
Me asomo a Antonio
Guiteras Holmes, desde ese primer tiempo en que el
individuo es sobre todo sus circunstancias. Leyendo
acerca de su familia, su infancia y años juveniles, se
concluye fácilmente que él adquirió desde muy temprano
instrumentos idóneos para sobresalir y para enfrentar
altos designios.2 Hijo
de una familia cubana muy distinguida y de alto nivel
cultural, hogar estable de clase media, educación muy
por encima del promedio de su grupo social y vivencias
en dos culturas diferentes, políglota, de voluntad
cincelada y tradiciones patrióticas muy sentidas, estos
fueron factores que indudablemente le ayudaron a ser
dueño de sí mismo, personalmente honesto, decidido,
dispuesto a abrazarse a ideales, radical, analítico. La
república en que crecía —si fuera posible comparar un
país a una persona— tuvo una formación muy diferente.
Entre 1920 y 1927 —los años de estudios medios y
universitarios de Guiteras— el modelo neocolonial
extremó sus contradicciones e imposiciones, y comenzó a
deslizarse hacia su crisis, y el sistema político
republicano apeló sucesivamente a la democracia muy
corrompida y al autoritarismo que llevó a la dictadura
machadista. El país comenzó a tomar conciencia de su
crisis. La protesta combativa de sectores obreros se
organizó en federaciones sindicales, y la denuncia de
intelectuales adquirió relevancia; el movimiento
estudiantil de 1923 abrió paso a un planteo profundo de
los problemas del país, con una vocación práctica que
llevó a su vanguardia —dirigida por Julio Antonio Mella—
al encuentro de los sindicatos y de formas de
concientización y organización revolucionarias.
El adolescente
secundó el movimiento de Mella en el Instituto de Pinar
del Río, la ciudad en que vivía desde 1914. Desde su
actividad en el Instituto, el joven Toni manifestó su
rechazo al intervencionismo norteamericano en América La
tina, la injerencia en Cuba y la Enmienda Platt, una
actitud que estaba ganando terreno en esos años. En la
Universidad (1924-27), al contrario, le tocó vivir el
retroceso de la protesta estudiantil, la exclusión de
Mella y sus compañeros, y el entreguismo al gobierno de
Machado. Pero Guiteras fue a contracorriente. En el
nuevo ambiente habanero amplía su formación, y su
propensión a luchar por la libertad y la justicia lo
llevan a relacionarse con los contrastes sociales, con
tipos humanos inconformes e interesantes, y con las
actividades de protesta. Participa en aquella tremenda
jornada antimperialista de marzo de 1925 en que Mella es
llevado a juicio, aclamado por la multitud y, agitador
desafiante y conductor, es golpeado por los esbirros.
Preso a fines de noviembre, Mella va a la huelga de
hambre, y el joven estudioso y díscolo ante los abusos
del nuevo poder organiza la solidaridad con Mella en
Farmacia. Le faltan tres meses para graduarse cuando en
marzo de 1927 surge el Directorio Estudiantil contra la
Prórroga de Poderes de Machado. Sus compañeros lo eligen
por Farmacia; enseguida es uno de los líderes de aquel
Directorio radical antimperialista, junto a Gabriel
Barceló, José Chelala, Eduardo Chibás, José Elías
Borges, Reinaldo Jordán. Son nombres nuevos en letra de
molde, pero la revolución próxima los hará conocidos. El
DEU del 27 alcanzó resonancia nacional. Guiteras se
gradúa, pero todavía asiste a alguna asamblea y firma
con sus compañeros; de todos modos ya no le alcanza la
represión que pronto los expulsará de la Universidad.
Estas primeras
vivencias de actividad cívica y elección política son
muy marcantes; Toni las vive además en el medio
estudiantil, algo que era normal dada su procedencia
social. Pero Guiteras no será uno de los líderes
estudiantiles de la Revolución del 30. La muerte del
padre en junio de 1927 lo pone a la cabeza del hogar, el
joven farmacéutico devendrá viajante de medicina por
imperativo económico, y el viajante se moverá por todo
Oriente, esa tercera parte de Cuba que había aumentado
tanto su importancia económica y su población durante la
república. Pero tampoco es el tipo de activista
estudiantil que abandona la política al graduarse y
pasar al mundo del empleo. Sus ideales se verán
obligados ahora a ejercitarse en el país verdadero de
superexplotación, incultura, conciencia política
atrasada, pero también de rebeldías populares
alimentadas por la fuerte tradición mambisa, las enormes
contradicciones sociales y los anhelos patrióticos de
soberanía y democracia. Todavía firmará un manifiesto
con otros diez miembros del DEU del 27 en junio de 1931,
en el que llaman a ir más allá de derrocar la dictadura,
y detallan un programa avanzado de medidas para ser
aplicadas por un gobierno provisional revolucionario.
Pero desde antes de la muerte de Trejo sus vínculos
fundamentales están en Oriente, donde Guiteras practica
la única política que considera acertada: la
conspiración para derribar por la fuerza a la tiranía e
iniciar un proceso revolucionario.
Su brújula política,
el antimperialismo, ya estaba siendo sometida a la
prueba de las nuevas situaciones y necesidades
nacionales, y esto se acentuará durante los años 30. El
estudio en detalle de esa corriente y de sus vicisitudes
es crucial para comprender gran parte de la historia de
aquel proceso y de las ideas revolucionarias en Cuba. Al
inicio de los 30, el antimperialismo le franquea a
Guiteras un primer logro relevante en su posición
política: la lucha inmediata e ineludible debe ser para
derrocar a Machado, pero ella no es un fin en sí. En
ella coinciden el anhelo popular y el señuelo que
utilizan los políticos tradicionales oposicionistas —es
un gozne de motivaciones muy diversas—, pero es sólo una
vía para promover una revolución que tiene tareas más
ambiciosas y complejas que derrocar una dictadura, y
debe lograr efectos sociales trascendentales. Por la
rigurosa consecuencia con que asumió y sostuvo ese
principio en su práctica revolucionaria, Guiteras se
colocó siempre en un medio ideológico ajeno y opuesto al
de Menocal, la Unión Nacionalista, la Junta
Revolucionaria y el conjunto del antimachadismo burgués.3
La
segunda conquista de Guiteras en su posición
revolucionaria es la convicción de la necesidad de la
insurrección armada popular, organizada previamente por
un grupo de conspiradores, como instrumento idóneo para
alcanzar el poder y desatar la revolución. Su gran
identificación con la tradición nacional debe haber
aportado el alma y la confianza de esa certeza suya,
ratificada por los textos que estudia acerca de
experiencias europeas y de la revolución soviética; la
propuesta teórica marxista sobre la violencia era como
un aval a las prácticas revolucionarias cubanas. Pero la
entrega personal a la conspiración y la lucha armada es
lo decisivo. La experiencia de involucrar su vida y
tantas cosas valiosas, de cambiar de objeto sus
conocimientos técnicos —de preparar medicamentos a
preparar bombas y granadas—, de ponerse en contra del
orden establecido, alimenta su preparación y sus
reflexiones. Participó frontalmente en la insurrección
de agosto de 1931, fue capturado por el ejército y
estuvo cuatro meses preso. Además de las nuevas
vivencias y de las relaciones personales que hizo,
Guiteras le sacó el máximo provecho a su aventura: a) la
insurrección debe prepararse
con toda responsabilidad, y hay que lanzarse a ella con
decisión; b) los viejos políticos no están dispuestos a
eso, sino a aprovecharse de las ansias de lucha
populares;
4 y
c) es necesario crear una organización independiente
para preparar la acción y para dirigir la revolución.
Un
tercer aspecto de su posición revolucionaria se había
puesto en juego en aquel episodio: su combinación de
practicismo unitario con aferramiento a los principios.
A pesar de su ideología, Guiteras aceptó ser uno de los
miembros de
la
dirección insurreccional
de
la
Junta Revolucionaria
de Oriente; los viejos políticos apostaron a sacar
provecho a las virtudes y relaciones del joven, que
además les parecía de su clase. En realidad, él salió
ganando la gente que pudo atraer a su núcleo
revolucionario, tomándola de donde era posible: los que
se mostraban rebeldes en la práctica, aunque su
conciencia política no estuviera todavía libre de la
sujeción a símbolos y hombres de la vieja política.
En lo que no tuvo éxito fue en obtener de esos viejos
políticos medios materiales para
la
lucha que siguió en 1932-33. Pero Guiteras mantuvo su
estrategia. Unió disímiles grupos rebeldes locales por
todo Oriente, con los cuales fundó Unión Revolucionaria,
organización de lucha armada para
la
revolución verdadera,
que tuvo estructura permanente, preparó militantes y
cuadros, acopió armas y cotizaciones, y realizó
numerosas acciones.5 Y
al mismo tiempo auspició un Frente Único Revolucionario
oriental, sin éxito. Envió a un segundo suyo a
conversaciones con la Junta de Nueva York, también
infructuosas, antes
de
lanzarse a la insurrección del
29 de abril de 1933.
La
toma de San Luis y algunas otras acciones —y lo
ambicioso del plan— ratificaron al país
la
beligerancia de
un sector revolucionario oriental de posiciones
radicales.
La “Mediación”
imperialista iniciada dos semanas después, los cambios
introducidos en la política antimachadista, el
desencadenamiento de la crisis revolucionaria y la caída
de la tiranía permiten apreciar la dimensión ya
alcanzada por Guiteras en aquel verano de 1933. La
decisión intervencionista de poner fin al machadato
eliminando toda posible salida revolucionaria y
utilizando servidores seguros —y la soberbia de su
ejecutor Welles— separó claramente a los opositores a
Machado ante los ojos de la nación: los que se sometían
al dictado yanqui, y los que no. Como política
metropolitana llegó demasiado tarde después de tanto
respaldo a la dictadura, como nueva política —iba a
nacer el Buen Vecino— fue todavía de viejo cuño, y
demasiado torpe. Pero también fue lógico que se
convirtiera en la esperanza de los que se oponían a la
vez a Machado y a una revolución. La organización
clandestina ABC, surgida en 1931, propiamente el primer
intento desde el campo burgués antimachadista de llenar
el vacío político en que el desprestigio del sistema
estaba colocando a las clases dominantes, había ganado
bastante prestigio por sus acciones y su lenguaje, a
pesar de proponer un nacionalismo sin antimperialismo y
opuesto a la izquierda. Su colaboración inmediata e
incondicional con Welles constituyó, a mi juicio, un
error gravísimo: la primera organización burguesa que
realmente era hija de la revolución y no una rémora del
pasado se entregó simplemente al procónsul extranjero,
por intereses mezquinos y costumbre cipaya. Inició así
un papel subalterno y contrarrevolucionario que mantuvo
durante todo el período crítico de 1933-35. Desde el
punto de vista histórico, se suicidó como alternativa
política postrevolucionaria, aunque al estudiar los
hechos de ese bienio hay que apreciar su acción y su
influencia, y el curso del desgaste que sufrió. En esos
años Guiteras supo comprender el peligro de que esta
nueva organización de origen antimachadista concurriera
a la formación de un nuevo bloque reaccionario; por eso
fue siempre antiabecedario, en todas las circunstancias
diversas de la política desde aquel verano del 33 hasta
su muerte.
Los mediacionistas hicieron gestiones para desactivar la
violencia revolucionaria, como parte de la política de
Welles. A sus ojos, Guiteras, profesional joven de
apellido viejo y distinguido, que ha tenido relaciones
con viejos políticos, pudiera entender llegado el
momento de poner en la balanza sus méritos de
combatiente audaz para obtener un lugar en la mesa de la
Mediación y en el reparto de poder que seguirá a la
salida de Machado. Pero en una revolución cada individuo
se determina por su actitud y su actuación, no por su
origen social ni sus creencias previas. Activista
estudiantil, conspirador, alzado o jefe de una
organización de acción, lo que le da continuidad y
sentido a la actuación de este hombre es su ideal
revolucionario: antimperialismo radical unido al
objetivo de cambiar el destino de los humildes de Cuba.
La consecuencia y la firmeza, las experiencias y el
análisis, lo han ido madurando, pero es obvio que sus
características personales fueron el elemento
imprescindible para que esa maduración se produjera.
Tres veces trataron de convencer al que ahora era un
dirigente rebelde de Oriente, armado y puesta a precio
su cabeza. Sus negativas lacónicas formaban parte de la
leyenda guiterista cuando yo era un niño. El tercer
emisario fue un miembro de la Célula Directriz
del ABC, al que escuchó durante tres horas, y le
contestó con una sola frase: “hay que
saber encontrar el camino del honor y seguirlo, aunque
nos cueste la vida”.6
El
arranque y la expresión están dentro de la mejor
tradición de intransigencia de nuestras revoluciones7.
Pero más que el metro heroico impresiona su sentido
profundo: lo esencial no se negocia, vale más quedar
solo momentáneamente si es preciso, pero depositario de
los principios revolucionarios.
Y
llegamos al cuarto aspecto. Sus prácticas, sus análisis
de la situación cubana y los estudios de otras
experiencias y de la teoría revolucionaria marxista
llevaron a Guiteras a la convicción de que la liberación
efectiva de la nación cubana sólo podría alcanzarse
mediante la revolución socialista. Este hombre singular,
decidido y temible en la acción, leía incansablemente,
estudiaba a Lenin, Ramiro Guerra, Jaurés, Bujarin,
Emilio Roig, John Reed, las Constituciones mexicana y
soviética y el proceso de
la
URSS, mantenía una sólida relación con un líder
comunista oriental y seguía con pasión la lucha de
Sandino. Pero las lecturas han sido el alimento de una
entrega personal y una convicción expresadas en su
práctica vital. El jovencito estudiante escogió ser
antimperialista y antimachadista, el joven doctor
prefirió olvidar la Endocrinología
y no llegar a tener su farmacia; el preso político es
enfermero y asistente social de humildes; el clandestino
“Marcos” no mira más a los doctores y antiguos coroneles
que lo halagan sino a los militantes abnegados que lo
acompañan y lo siguen8 y
a la masa de los humildes entre los cuales encuentra
refugio y ayuda, la masa a la que hay que infundir
autoconfianza y movilizar, para que su conciencia y su
actuación pongan al alcance de Cuba el socialismo.
Guiteras es ya un revolucionario formado. Su rumbo está
decidido: la lucha armada, desatar la revolución contra
el imperialismo y la burguesía, por la causa del
socialismo. Piensa que la revolución es posible, y
entiende que ella debe sujetarse a etapas
imprescindibles que garantizarán su viabilidad. Al
analizar su vida y su época hay que concluir, además de
lo que con justicia se dice de él, que Antonio Guiteras
es uno de los iniciadores del comunismo en Cuba, que su
actuación y sus ideas políticas forman parte de la
tradición cubana de pensamiento y luchas por la
revolución socialista de liberación nacional.
Guiteras se mantiene vigilante del curso de
la
política nacional,
pero al revés que otros oposicionistas, redobla su
esfuerzo para
la
lucha armada;
prepara una nueva fase en Oriente, a partir de asaltar
el cuartel de Bayamo y establecer una guerrilla rural.
La
guerra es
política, por eso denomina al proyecto “Plan de Bayamo,
contra la Mediación”. Entonces cae la dictadura, el 12
de agosto, entre la crisis del apoyo militar al régimen
y la imposición por
Welles de un títere en
la
presidencia,
por un lado, y por otro
la
huelga general
y
la
furia del pueblo desatado. Toni se traslada de inmediato
a Santiago y proclama allí ante el pueblo su repudio
total al nuevo régimen y al imperialismo —un acto cuya
honda trascendencia política muchos no entendieron—,
declarando que permanecerá en rebeldía armada hasta que
el gobierno derechista sea sustituido por un poder
revolucionario. En las tres
semanas febriles que siguieron, el viejo orden que había
estado vigente más de 30 años se siguió descomponiendo,
ahora con gran celeridad. Reitero mi imposibilidad de
tratar aquí siquiera someramente el proceso histórico,
sólo anoto que con
la
crisis revolucionaria
se abrió un período fundamental de cambios de la primera
mitad de este siglo en Cuba.
La actividad política
de Guiteras se multiplicó en esas semanas, en Oriente y
en un viaje que hizo a La Habana. Aquí se relacionó con
Sergio Carbó, habló con diversos factores opuestos al
gobierno y conoció algunos nuevos actores que pronto
compartirían con él el drama que se avecinaba. Al
regreso explicó a sus partidarios y a otros
revolucionarios orientales la endeblez real del nuevo
gobierno, los intentos reaccionarios de Menocal y el
ABC, y la necesidad de la revolución. En medio de la
enorme actividad de esos días y de la desobediencia
generalizada al orden, “Revolucionarios de Cuba” —nuevo
nombre de su organización desde el 31 de agosto— exigía
sanciones penales y la expropiación de los machadistas,
abolición de la Enmienda Platt, reforma de la
Constitución, elecciones generales e inicio de una
política socialista. Caracteriza al bloque dominante de
politicastros, comerciantes, grandes bancos y empresas
extranjeras “cuya cabeza es Wall Street [...]
enriquecimiento de una minoría cuya principal misión
será dar satisfacción a los intereses extranjeros...
predominio capitalista con la consiguiente expoliación
del proletariado [...] depauperación de la gran masa del
pueblo de Cuba”.9 Pero
todo indica que la palabra va a ceder el lugar a los
hechos trascendentales, aunque no se sepa cómo. De
pronto, el lunes 4, como es tan usual en los momentos
que después serán históricos, sucede lo imprevisto: las
clases y soldados de un ejército de casta en crisis
deponen a sus oficiales, llaman a los antinjerencistas a
gobernar y dan un golpe mortal a la primera república.
“Paso a la revolución
auténtica” es la consigna del día. En realidad el
gobierno cae sin resistir, la institución militar queda
en manos de desconocidos “de abajo”, la situación se le
va de las manos a Welles y el imperio contrariado
amenaza con sus barcos de guerra; el aparato represivo
del Estado burgués y la economía del país están en su
peor momento de lo que va del siglo, las huelgas
arrecian, los azucareros ocupan centrales, el empleo,
los salarios, el nivel de vida se han desplomado, y la
violencia crece. El triunfo político de los opuestos al
entreguismo no trae unidad ni concertación entre ellos
alrededor del antimperialismo; la gran protesta social y
el movimiento político principal quedan enfrentados. Las
fidelidades, creencias y prejuicios de organizaciones,
personalidades y militantes los dejan por debajo de las
potencialidades subversivas del movimiento de las masas.
El 10 de septiembre la Comisión Ejecutiva (pentarquía)
dio paso a un gobierno presidido por uno de ellos, el
profesor de fisiología Ramón Grau San Martín; la
decisión la tomó el Directorio Estudiantil
Universitario, organización que dio su apoyo al golpe de
los sargentos. Se designó un gabinete. El revolucionario
José M. Irisarri —que había conocido a Guiteras pocos
días antes— lo propuso para Gobernación, un cargo
importante, y Carbó lo apoyó. Le avisaron a través del
cuartel Moncada, y Toni aceptó. Aquel domingo Grau, que
había tenido una posición cívica frente a Machado, se
negó a jurar el cargo sobre la Constitución de 1901, que
contenía además la Enmienda Platt; sacó el brazo por el
balcón y juró por el pueblo congregado abajo.
2.
Guiteras y la revolución
Es indudable que la revolución nos aleccionará, y que
aleccionará a las masas populares. Ahora bien, para el
partido político en lucha la cuestión consiste en ver si
sabremos enseñarle algo a la revolución.
Lenin:
“Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución
democrática.”
Es indiscutible que
Guiteras no alcanzó súbitamente un papel protagónico
nacional por el azar afortunado de haber sido designado
Secretario de Gobernación —era con mucho el ministro más
joven— en uno de esos raros momentos en que escasean los
candidatos al formarse un Gabinete. Ese cargo fue un
reconocimiento al gran prestigio personal que gozaba y
al papel jugado por Oriente en la lucha antimachadista;
también era una necesidad para un nuevo gobierno que a
pesar de surgir de una coyuntura muy compleja y en el
que participaban fuerzas muy disímiles, pretendía
brindar un cauce revolucionario a la enorme insurgencia
popular del segundo semestre de 1933.
En estos veinte
últimos meses de su vida —cuatro en el gobierno y
dieciséis en la clandestinidad— Guiteras alcanzó un
lugar cimero en el campo revolucionario. Había puesto
sin reservas sus cualidades personales en la fragua de
la revolución, desde sus primeras experiencias, asumido
la ideología antimperialista en su variante más radical
y la idea del socialismo como meta de la revolución
verdadera. Había practicado consecuentemente la lucha
armada como vía para lograr la insurrección popular y la
toma del poder político, trabajando siempre entre el
pueblo, en un medio que lo influía y lo entrenaba como
dirigente. Guiteras era, obviamente, un producto de la
Revolución del 30. Ahora se lanzó a transformarla, o
para decirlo más exactamente, a convertirla en una
revolución socialista de liberación. No pudo triunfar,
su vida se truncó cuando estaba en la primera fase de
esa tarea: su destino fue sembrar y señalar la ruta.
La
revolución social desencadenada en Cuba en aquellos años
fue la explosión popular frente a los crímenes y los
abusos de todo tipo, la miseria, la crisis económica, la
frustración de la república. Los activistas, los
mártires y los líderes fueron sus detonadores o actores
—muchos de ellos abnegados y heroicos— y el pueblo los
exaltó; pero nunca constituyeron una dirección unida, o
por lo menos coordinada, que pudiera conducir las
rebeldías populares. Varios de ellos llegaron a ser
líderes de una fracción, o de un momento del proceso,
pero el hecho histórico es que no se produjo la
coincidencia de la crisis revolucionaria y la
organización revolucionaria en condiciones de
canalizarla hacia el triunfo y la realización de la
liberación nacional. No puedo analizar aquí, ni siquiera
someramente, las líneas fundamentales del período que va
de agosto de
1933 a mayo de 1935. Me limitaré a comentar elementos
fundamentales del pensamiento y de la actuación mediante
los cuales Guiteras intentó conducir la situación hacia
un triunfo revolucionario.
“Un estudio somero de
la
situación político-económica
de Cuba nos había llevado a la conclusión de
que un movimiento que no fuese antimperialista en Cuba,
no era revolución, pues sus intereses eran
incompatibles”, explica Guiteras en el breve artículo “Septembrismo”,10 uno
de los textos más lúcidos y profundos producidos durante
la Revolución
del
30. Siguiendo ese principio central había usado su cargo
oficial como un ariete contra los intereses y las
posiciones del
imperialismo en Cuba —a los cuales golpeó todo cuanto
pudo— y en una defensa activa de los trabajadores y de
la
población humilde
del país. Aunque personalmente se ubicaba en
la
extrema izquierda,
consintió en formar parte de un gobierno en el que había
moderados, desorientados e incluso conservadores,
buscando hacer avanzar
la
fuerza de la revolución mediante prácticas radicales que
involucraran a masas y potenciaran la fuerza de las
ideas revolucionarias entre esas masas. El desarrollo de
una nueva conciencia política haría factible al pueblo
emprender el camino de una revolución más profunda,
contra el imperialismo y el capitalismo.
Guiteras combatió
enérgicamente los sangrientos intentos
contrarrevolucionarios, fue el conductor de la pequeña
ala radical dentro del equipo de gobierno de Grau,
intentó de manera activa pero infructuosa avanzar hacia
una unidad de la izquierda, fue un duro opositor de las
acciones represivas contra los trabajadores y se
enfrentó a la progresiva claudicación de muchos miembros
del gobierno y a la actitud traidora de Batista; se le
sumó Guerra y Marina desde el 25 de octubre, pero además
desempeñó muchas más responsabilidades que las que le
correspondían, protagonizó polémicas y fue una figura
muy atendida por los medios de comunicación. Toni hizo
más enérgica y radical su actuación en los dos últimos
meses y medio: tomó medidas muy radicales, hizo
propuestas de corte más anticapitalistas, intentó dar
más fuerza militar al sector revolucionario, chocó con
los traidores en ciernes, trató de ampliar su fuerza en
el gobierno y fue prácticamente un primer ministro en la
fase final, sin dejar de combinar la atracción y la
crítica con los moderados. Y lo principal: a través de
decretos, órdenes, nombramientos, gestiones, nuevas
agrupaciones, agitación, entrevistas, cumplió en
aquellos cuatro meses el objetivo principal que se
trazó, con una actividad sistemática y en una diversidad
de frentes que resultan asombrosos.
Cuando el 15 de enero de 1934 la línea
contrarrevolucionaria se impuso y el Gobierno fue
depuesto, Guiteras fue el líder político que se opuso
con energía en
la
Junta Revolucionaria de Columbia, trató de sublevar a
una parte de las fuerzas armadas y de desatar una huelga
general. Ante el fracaso no se desalentó ni se
desorientó. El dirigente anticapitalista dejó bien
claras su posición y los fines de la lucha:
Me responsabilicé con
el Ejército en el movimiento del 4 de Septiembre por
entender que había llegado el momento de imponer un
programa mínimum que de un modo lento nos pusiese en
condiciones de afrontar en un futuro no lejano la
inmensa tarea de la Revolución Social, que a pesar de
todas las dificultades, de todas las resistencias, se
avecina, rompiendo todas las barreras que la burguesía
ha levantado para impedir su paso.
Ent(end)iendo que el
Gobierno cumplía, a pesar de todas las dificultades,
este programa mínimum, lo defendí. Actualmente estoy en
la oposición, y lucharé por el restablecimiento de un
Gobierno donde los derechos de los Obreros y Campesinos
estén por encima de los deseos de lucro de los
Capitalistas Nacionales y extranjeros.11
De
nuevo en la clandestinidad, sacó el provecho que pudo a
la situación creada en el país por la crisis
revolucionaria, y al prestigio y lugar que ya tenía en
la sociedad cubana. Con antiguos y nuevos compañeros
nucleó organismos clandestinos que llevaron a cabo una
estrategia de respaldar y estimular la protesta popular
con acciones armadas de guerrilla urbana, colectar
fondos con ayuda de confiscaciones e incluso secuestros,
reclutar, preparar y sostener militantes, comprar y
ocupar armas, con vista a una insurrección armada que se
articulara con una desobediencia masiva que pudiese
desembocar en huelga general revolucionaria. Pero nada
más lejos de esa estrategia que una visión militarista y
ajena a la lucha de ideas y de masas.
En
aquellos dieciséis meses, Guiteras y sus compañeros se
mantuvieron siempre atentos a todos los hechos políticos
y sociales de alguna relevancia, actuando o haciendo
conocer sus criterios frente a ellos. Guiteras emprendió
gestiones o intercambio de puntos de vista con numerosos
sectores, o atendió a la iniciativa de otros, e impulsó
la divulgación de las ideas revolucionarias y de
informaciones independientes. Joven Cuba, la
nueva organización revolucionaria guiterista creada en
mayo de 1934, le otorgó a la lucha de ideas una
gran importancia. En octubre su Comité Central lanzó al
público un programa12 que
es uno de los hitos intelectuales de la Revolución del
30. Allí se declara expresamente que a pesar de contar
con elementos propios suficientes, Cuba no es todavía
una nación, porque carece de “unidad funcional de su
economía”, porque está “supeditada al capital
extranjero”. Pero aquella no se logrará si el trabajo no
gobierna a la economía, por lo que la idea central de
Joven Cuba es que “para que la ordenación
orgánica de Cuba en Nación alcance estabilidad, precisa
que el Estado cubano se estructure conforme a los
postulados del Socialismo.
Mientras, Cuba estará abierta a la voracidad del
imperialismo financiero.» A continuación hace una
reflexión marxista muy notable acerca de las
dificultades y la necesidad de racionalidad socialista,
de etapas e incluso de rectificaciones que exigirá el
complejo de transformaciones de las “realidades
históricoeconómicas” y las “realidades espirituales”
para alcanzar el socialismo. “Perseguimos el acierto
histórico, no el forzamiento antihistórico”, dice. No me
es posible hacer aquí ni una somera glosa del
“Programa”, por lo que me limito a sugerir su lectura
completa.
Los ideales y la concepción de la revolución de Guiteras
no han cambiado, pero las extraordinarias experiencias
vividas se expresan en la madurez de sus ideas y de su
intento revolucionario. Se da cuenta de la lección que
hay que sacar de las jornadas revolucionarias de
desobediencia masiva y prolongada a la dominación:
“mostró un mundo de posibilidad al pueblo de Cuba [...]
Esa fase de nuestra Historia es la génesis de la
revolución que se prepara, que no constituirá un
movimiento político con más o menos disparos de cañón,
sino una profunda transformación de nuestra estructura
económico-político-social”.13 Para
ese evento histórico es imprescindible preparar una
organización de nuevo tipo, con muy fuerte unidad
política e ideológica que identifique a sus miembros y
les permita ser conductores: “...una minoría penetrada
de sus principios, con plena conciencia revolucionaria.
La conciencia antimperialista sólo puede ser
completamente formada desde el poder a través de una
política de reivindicaciones nacionales”.14
La unidad entre las
diferentes fuerzas de izquierda fue una preocupación
política constante de Guiteras. Ante todo, con el
Partido Comunista y con las organizaciones obreras que
este orientaba; Guiteras tuvo una actitud muy positiva y
dio numerosos pasos en esa dirección, pero nunca pudo
lograrse la unidad, o al menos algún acercamiento.
Numerosos actores de los hechos de aquellos años han
expuesto sus criterios sobre esa cuestión,15 y
también se cuenta ya con trabajos de investigadores del
período.16 Sin
dudas esa situación fue un factor de debilidad de las
fuerzas populares frente a sus poderosos enemigos; el
analista de hoy, sin embargo, debe considerar que el
complejo de creencias, prejuicios y pasiones de los
participantes en aquellos hechos históricos es una de
las realidades que integraron entonces lo que hoy es una
materia de estudio.
La
coordinación o pacto con el naciente Partido
Revolucionario Cubano (los “auténticos”) hubiera sido
muy conveniente, por el sector oposicionista que iba
integrando, y porque no le faltaban cuadros honestos y
con experiencias de lucha. Pero este partido nuevo —en
el sentido de que venía del propio proceso
revolucionario y era él mismo un síntoma de la necesidad
de una nueva época política— que después llegó a tener
la mayor influencia política de masas en el país, ya
tenía desde el inicio en su dirección máxima las nocivas
tendencias al electoralismo, la exclusión de la vía
revolucionaria, un nacionalismo anticomunista, la
politiquería, la demagogia y el control excesivo del
líder carismático. Guiteras se vio obligado a polemizar
alguna vez con el PRC, en la medida en que sus defectos
podían ser manipulados por la dictadura y confundir,
pero evitó la práctica de hacer ataques públicos a los
“auténticos”, que hubiera contribuido a debilitar a la
oposición a la dictadura. Años después se construirá un
mito “auténtico” con las medidas radicales impulsadas
por Guiteras durante el gobierno “de los cien días” de
1933; pero en la lucha real de 1934-35 las posiciones de
unos y otros eran muy lejanas. Cuando Grau San Martín
quiso entrevistarse con Guiteras poco antes de
la
Huelga
de Marzo, Joven Cuba acordó que una Comisión
visitara a Grau. Guiteras orientó que le ratificaran la
línea de la organización, su independencia respecto a
las demás y sus objetivos, y la vigencia del “acuerdo
primitivo” del Comité Central: “imponer un programa
revolucionario desde el poder por medio de la
dictadura”.17
Guiteras mantuvo una política consecuente de atracción
hacia
la
gama de personas honestas provenientes de sectores
revolucionarios antimachadistas o fruto de los
acontecimientos recientes que buscaban un lugar
satisfactorio en que luchar. Los que ingresaron a
Joven Cuba encontraron tareas y responsabilidades en
sus Comisiones de Acción, Insurreccional, Obrera,
Estudiantil, Femenina, Propaganda; el propio Comité
Central fue utilizado para atraer y reconocer a ciertas
personalidades.18 La
organización llegó
a tener miles de miembros, y estructuras a escala
nacional.
La
legión de combatientes fieles de Joven Cuba, los
“guiteristas”, peleó
abnegadamente y enfrentó
la
represión; después muchos de ellos formaron parte del
enorme contingente internacionalista cubano
—más de mil combatientes— que participó en
la
Guerra de España.19 El
guiterismo se incorporó a las tradiciones combativas del
pueblo cubano, convirtiéndose en uno de sus símbolos más
allá de las especificidades que tuvo cuando era una
organización y una posición actuante.
Cuando cayó
combatiendo en El Morrillo, el 8 de mayo de 1935,
Guiteras se dirigía a México a asumir el mando de una
expedición que comenzaba a organizarse, y cuyo
desembarco en Oriente debía simultanearse con ataques a
numerosos cuarteles del país; al generalizarse la
insurrección se lanzaría la consigna de huelga general y
se apoyaría y armaría progresivamente a las masas. La
organización revolucionaria debía asumir el papel de
vanguardia impulsora y organizadora de esa insurrección
generalizada, conducir al pueblo en la lucha y organizar
el nuevo poder.
Sin embargo, Joven Cuba no logró sobrevivir a su
líder. ¿Era demasiado temprano históricamente para los
proyectos y los intentos de Antonio Guiteras? Un año
después de
la
toma del cuartel de San Luis, dos de sus protagonistas
se habían definido como “auténtico” y mendietista
respectivamente; el segundo alabaría a S. Welles en
1947, en un artículo conmemorativo de aquel alzamiento
de abril de 1933 que Guiteras organizó y
desató contra Machado, pero también contra la inminente
Mediación. Es probable que el desarrollo ideológico
profundo y coherente fuera todavía incipiente en la
nueva organización
guiterista cuando su dirigente máximo cayó.
Es indiscutible que
los modos de hacer política y de sentirla que se
generalizaron en la primera república pesaron duramente
sobre los intentos liberadores durante la Revolución del
30. La neutralización de la ideología mambisa, el
neocolonialismo y la gran corrupción y el autoritarismo
de la política de la república burguesa produjeron
colonialismo mental y subdesarrollo de la conciencia
política. En términos históricos el caudillismo había
perdido mucho de su base desde antes de la conmoción
revolucionaria, pero en términos vivenciales mucha gente
sentía todavía la necesidad de ser “de alguien” —por
ejemplo menocalista, o mendietista— en esos años 30. Ser
revolucionario implicaba —ha implicado siempre— pensarlo
todo de nuevo y con una visión nueva, pero a escala de
masas la rebelión sucedió sin que una visión nueva y
nuevas ideas tuvieran arraigo y extensión masivas. La
misma violencia revolucionaria —partera de la historia—
derrochó audacia y sacrificios, pero careció de una
articulación instrumental y permanente al servicio de
una política revolucionaria orgánica y eficaz.
A pesar de esas duras
realidades, el esfuerzo revolucionario de los años 30
aportó a Cuba logros extraordinarios. Se acabó la
resignación ante la tutela extranjera y la falta de
autoconfianza nacional que enfermaba al nacionalismo
cubano; el antimperialismo llegó a influir a la
población. La antigua política de la primera república
neocolonial fue barrida, las instituciones tuvieron que
ser renovadas y crearse otras nuevas, y la ciudadanía
adquirió más facultades y más conciencia. La conciencia
y los movimientos de trabajadores dieron un inmenso
salto hacia adelante, sus organizaciones fueron muy
abarcadoras, legalizadas y fuertes, y el sistema tuvo
que reconocer esas realidades en los terrenos legal, de
los órganos y el funcionamiento del Estado, político,
social y de distribución de la renta. Esos logros —y
otros— fueron plasmados en un nuevo orden constitucional
y legal, y en grandes cambios en una parte de las
relaciones sociales, en los sistemas de formación y de
reproducción de las ideas y en la conciencia social. Las
experiencias de protesta social y rebeldías políticas, y
de las ideas asociadas a ellas, generaron avances
sumamente notables de la cultura nacional. Otra vez Cuba
afirmó su identidad en las luchas por cambios profundos
en busca de libertad y de justicia social, ahora más
dentro de las ideas y movimientos que alcanzaban escala
mundial, y otra vez las nociones de tarea incumplida y
de proyectos por realizar quedaron en la base de las
percepciones del destino de la nación.
Insisto en que no
confundamos, sin embargo, lo que se vivía en aquellos
años con los análisis que hacemos hoy para tratar de
dilucidar el evento histórico. Hasta el más poderoso,
organizado y experimentado participante político en la
crisis cubana —el gobierno de los Estados Unidos— debe
haberse asombrado seguramente del grado en que llegó a
perder control en aquella pequeña nación que había
llegado a dominar tan a fondo, y de las dificultades
formidables que confrontaba el restablecimiento del
orden. Esos aprietos deben haber jugado un papel no
pequeño en las decisiones que lo llevaron a ciertos
cambios y a una renovación de las relaciones
neocoloniales, motivaciones que no suele ver el tipo de
analista formado para creer que se trata simplemente de
elecciones racionales.
Fulgencio Batista
resultó ser más hábil y eficaz contrarrevolucionario de
la época. En 1934-35 pugnaba en
varios frentes a la vez. Debía reorganizar en su
provecho y en el de las clases dominantes el aparato
represivo, descompuesto hasta sus cimientos por los
sucesos revolucionarios y por el gran motín de soldados
del cual él mismo había surgido; asegurar al embajador y
a los círculos dominantes de Estados Unidos que sólo él
sería la carta de triunfo para sus intereses; reprimir a
sangre y fuego la protesta social y la actividad
subversiva a la vez que maniobrar e intrigar para
debilitar a ambas y para dividir y apaciguar a la
oposición; utilizar a los políticos conservadores
disponibles en vez de ser utilizado por ellos y unirlos
a nuevos políticos dispuestos, para formar con ellos un
bloque de la reacción. Tales eran las cuatro tareas
principales de este miserable nada común.20
Batista había reconocido
la
peligrosidad de
Guiteras desde el otoño de 1933, cuando aprendía a ser
jefe del ejército y personalidad pública, y se ofrecía a
Welles. Ya dictador en enero, ensayó a comprarlo o
neutralizarlo (gestión de Justo Luis del Pozo), para
perderle el miedo. Ante el rechazo y el desafío, hizo
que sus fuerzas lo combatieran, pero no se atrevió a
asesinarlo hasta después que fue aplastada la última
gran jornada de rebeldía popular,
la
Huelga de Marzo, cuando casi había asegurado el
cumplimiento de sus tareas principales. Todavía autorizó
la gestión del
Teniente Coronel Galíndez, que se entrevistó con
Guiteras dos días antes de El Morrillo y le propuso sin
éxito pactar con el régimen; Galíndez le pidió que no
intentara salir del país, lo que evidencia que conocía
el plan de Guiteras (Galíndez se refirió a esto con
pesar ante los prisioneros de El Morrillo poco después
de
la
tragedia, llenando de ira y asombro al traidor capitán
Carmelo González).
Esa actuación de
Batista es un buen ejemplo del gran prestigio y la
fuerza moral que tuvo Guiteras, ya que no hay razón
válida para sospecharle la menor generosidad al
dictador, y sí interés en obtener el triunfo de la
pacificación del país que lo ratificara en el mando.
Informaciones y testimonios confirman el respeto y la
admiración que en general concitaban la intransigencia
combativa, el valor personal, la cultura y la
profundidad y proyecciones revolucionarias de los
análisis sociales del “doctor Guiteras”, como le
llamaban todos entonces, a pesar del tipo de actividades
en que estaba inmerso.21 Pero
esos valores suyos no habían fructificado todavía en un
reconocimiento general dentro del campo revolucionario
que pudiera tener efectos decisivos.
En
todo caso, al morir a los 28 años de edad en 1935
Antonio Guiteras estaba ya formado para el liderazgo y
era sin duda alguna el más destacado dirigente de la
revolución. La posibilidad de nuevos acontecimientos
(por ejemplo, la expedición desde México), nuevas
circunstancias favorecedoras de la unidad entre los
revolucionarios que surgieron poco después de su caída,
hubieran podido adelantar su camino. Pero su trayectoria
se truncó demasiado temprano. Su última imagen de muerto
en combate —envuelto en sangre y tierra en la foto
terrible del necrocomio— le aseguró sin embargo
otro lugar: el de símbolo de la fundación de la moderna
revolución de liberación en Cuba y el de índice que
señalaba su camino. En lo personal, esa firma final
ratificó la decisión que le había expresado a un grupo
de políticos tradicionales que festejaban la caída del
Machadato: “Ustedes terminaron la lucha. Yo empiezo
ahora”.
Guiteras permaneció como una herencia yacente durante el
plazo de una generación. Era una fuerza histórica de la
revolución socialista de liberación nacional en Cuba,
pero sería erróneo creer que toda fuerza histórica tiene
decretada su aplicación práctica. Esa fatalidad feliz no
existe. Roto su mecanismo vital —su propia vida y la
vida que le daba
la
Revolución del 30— le tocaron a Guiteras los destinos
habituales: ante todo el olvido, pero también el uso
espurio y el oscurecimiento de las razones de su acción
y de su vida.
La insurrección
popular desencadenada por Fidel Castro y sus compañeros
a partir del “motor pequeño” del Moncada levantó otra
vez a Guiteras y lo puso en marcha. La violencia popular
organizada e identificada ideológicamente, la dictadura
revolucionaria como vehículo idóneo para realizar el
proyecto liberador y socialista, el logro de la unidad
de los revolucionarios y del pueblo alrededor de los
ideales, de la organización y del líder, se pusieron a
la orden del día. Fue necesario el triunfo de las ideas
más revolucionarias a través del proceso práctico de la
revolución, para que pudiera emerger, como un fruto más
del proceso, la asunción de la estatura completa de
Antonio Guiteras.
*
“Guiteras y la revolución.” Escrito en
1974.
Notas:
1 En
estos años se han publicado textos de Guiteras, el
Programa de Joven Cuba y artículos sobre él. Un paso
trascendente en el conocimiento de su vida y su obra ha
sido la publicación de su biografía por el historiador
José A. Tabares (Guiteras. Editorial Ciencias
Sociales, La Habana, 1973), que me ha aportado muchos
datos para este trabajo. En breve aparecerá otra
biografía, de la historiadora Olga Cabrera:
Guiteras, la época, el hombre.
2
Ver Calixta Guiteras: Biografía de
Antonio Guiteras (folleto). Dpto. de Educación de la
Administración Municipal, La Habana, 1960. Y en Tabares,
ob. cit., el cap. II, pp. 57-84.
3
Ver manuscrito de Guiteras “Manifiesto al pueblo
de Cuba”. En Hortensia Pichardo: Documentos para la
historia de Cuba, tomo III, Instituto Cubano del
Libro, La Habana, 1973, pp. 531-36. También en Tabares,
ob. cit., pp. 190-96; la primera parte y una
síntesis del contenido en Pensamiento Crítico,
núm. 39 (Especial), La Habana, mayo de 1970, pp. 270-71.
4 “...del
contacto con los políticos de la vieja escuela sale cada
vez más convencido de que los grandes problemas de Cuba
nunca podrán solucionarse con una concentración de
fuerzas cuyos intereses son contradictorios” (C.
Guiteras: Ob. cit., p. 7).
5
Ver Tabares: ob. cit., cap. V,
pp. 167-237.
6
Tabares: ob. cit., p. 218.
7
Uno
recuerda a Fidel, todavía lejana la victoria, rechazando
desde la Sierra un pacto que ponía en riesgo los
principios: “Que para caer con dignidad no hace falta
compañía”.
8 “...porque
la verdad que era la guía de nosotros. Lo queríamos con
idolatría por lo sencillo, por lo natural. Porque en
todo su sentido se veía un compañero nuestro, dispuesto
a lo que fuera». Entrevista a William Sánchez, en
Pensamiento Crítico, núm. 39, p. 272.
9
Tabares, ob. cit., p. 230.
10
En Pensamiento Crítico, núm. 16, La
Habana, mayo de 1968, pp. 202-05 (reproducido de
Bohemia, 1ª de abril de 1934).
11 En
Pensamiento Crítico, núm. 39, pp. 283-84
(reproducido de Luz, La Habana, 20 de enero de
1934). Ver una valoración muy interesante de Guiteras en
1935 sobre el gobierno de sept. 1933-enero 1934 en “Cómo
pensaba el político cubano Dr. Guiteras”, en Ibidem,
pp. 296-97 (reproducido de El Nacional, México
DF, 13-5-1935).
12
Programa de
Joven Cuba.
En Pensamiento Crítico, núm. 16, pp. 207-220
(reproducido de Ahora, La Habana, 24-10-1934).
13
“Septembrismo”, Ob. cit., p. 287.
14
“Cómo pensaba el político cubano
Dr. Guiteras”, ob. cit., p. 290.
15
El movimiento comunista internacional
también se ocupó del tema. Ver, por ejemplo “Por el
frente único nacional en Cuba (Carta desde París)”. En
Páginas de historia contemporánea, Vol 1ª
(publicación de la Internacional Comunista), Editorial
SUDAM, Mayenne, Francia, pp. 48-67 (reproducido de
L’Internationale Communiste, núm. 5, mayo de
1935).
16
Ver en Tabares, ob. cit., sobre
todo el acápite 4.2 (pp. 280-87).
17
Carta a Pedro Pablo Torrado, 2 de marzo
de 1935; fragmento conservado por Calixta Guiteras
(reproducido en Pensamiento Crítico, núm. 39, p.
296).
18
Ver Tabares, ob. cit., pp. 435-39.
19
Comunistas y guiteristas unidos, entre otros
cubanos, pelearon en las Brigadas Internacionales y en
el Ejército Republicano. Fue el caso del Comité de
Revolucionarios Antimperialistas Cubanos, que peleó al
inicio, en el Cuartel de La Montaña, o el de la unidad
militar Centuria Guiteras, formada a partir del Club
“Julio Antonio Mella” de Nueva York, que fue a España
como parte del Batallón “Abraham Lincoln”. En la batalla
de Jarama (febrero de 1937) cayeron su jefe, el Tte.
Crel. Rodolfo de Armas, miembro del CC de Joven Cuba,
y otros cubanos.
20
“[L]a mejor cabeza de la reacción en Cuba”, le
llamó tempranamente Pablo de la Torriente (29-3-1935),
en un texto que lo retrata con agudeza y brillantez
(reproducido en Pablo de
la
Torriente Brau.
Colección Hombres de la Revolución, Impresora
Universitaria, La Habana, 1973, pp. 311-14).
21
Sorprendido solo en una casa del Vedado el 8 de
agosto de 1934, Toni se lanzó por una alta ventana a un
solar, pero se fracturó los tobillos. Aun así caminó una
cuadra, hasta ser detenido. “Uno quiere matarle pero
otros dicen: ‘A Guiteras no se le mata’, sintiendo
respeto por la vida del hombre superior que en la
imaginación toma proporciones de leyenda” (C. Guiteras,
ob. cit., p. 14).
Artículo tomado del libro El
corrimiento hacia el rojo, de Fernando Martínez
Heredia. Editorial Letras Cubanas, 2001.
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