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La Habana
2006

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La ciudad de los muertos
Josefina Ortega
La Habana


El Cementerio de Colón cumple ahora 135 años. Declarado Monumento Nacional en 1987, esta suerte de puerta entre dos mundos asume su esencia de museo a cielo abierto en espera de que así sea.

Situado en una colina perteneciente a las fincas La Currita, Baeza, Las Torres, La Campana, La Noria y La Portuguesa, quedó dentro del enclave urbanístico con el desarrollo de la capital cubana, y el mismo desarrollo propició la creación de verdaderas obras de arte en panteones monumentarios y provistos de esculturas en los que abundan mármoles y artistas europeos de fama reconocida, al lado de otros tantos nacionales.

La Consagración, escultura de Boada

Pero en su grandiosidad no falta la desventura: existen panteones y tumbas de familias ya  extinguidas que por no tener dueño en activo no tienen tampoco quien se ocupe de su situación constructiva. Por Ley las autoridades actuales no pueden proceder.

Por otro lado existen sociedades, instituciones y sindicatos, que debiendo ocuparse de sus panteones, no lo hacen.  Por costo económico, las autoridades del cementerio, no pueden proceder.

Tal es el caso del Panteón de Reporteros Modernos ―antigua sociedad del mundo de la prensa― hoy inexistente. La construcción, en estado precario, se considera de alto valor arquitectónico e histórico.

 Con todo y considerado como uno de los tres más grandes y lujosos del mundo  ―tras los de Génova y Barcelona―  el cementerio de Colón, después de tantos años de fundado, sigue ofreciendo los mismos servicios terrenales y divinos, y probablemente siga afrontando las mismas venturas y desventuras.

Mucho antes de iniciarse la construcción se pensó en nombrarlo Cristóbal Colón. La idea primigenia (1854) consideró que los primeros restos a colocar allí, bajo un monumento con el mismo afán fundacional, debían ser los del Almirante de la Mar Océana, guardados celosamente en la Catedral de La Habana; pero desde el entonces  Capitán General, don Juan Manuel de la Pezuela y Cevallos, el primer promotor, hasta el arquitecto Calixto de Loira y Cardoso, quien diseñó y comenzó los trabajos, fueron muchos los promotores y demasiadas las suposiciones.

El marqués de la Pezuela fue removido de su cargo poco tiempo después y hasta 1864 la Iglesia Católica no ganó el litigo que permitiría la construcción, en una dilatación que se hubiera extendido, si cuatro años más tarde una epidemia de cólera Morbo no hubiera obligado a darse prisa, pues ya el Cementerio General de La Habana ―llamado también De Espada― no tenía mucho más espacio que brindar con sus casi 54 000 cadáveres en sus predios.  Aún así, construir un gran cementerio fue un bello sueño durmiente por más de 17 años.

Con los rituales de bendición, el 31 de octubre de 1871 se colocó la primera piedra ―en la que dentro colocaron un ejemplar de un periódico del día y varias monedas- en una ceremonia con altar y escenografía de lo que sería luego la majestuosa portada.

En honor a la verdad, un mes antes ya se había dado curso al proyecto del primer lote y los inmortales restos del Almirante no fueron los primeros en ingresar al campo santo, por una sencilla razón: los que se encontraban en la catedral no eran las reliquias que se creían, y  sí otras que hasta hoy no se sabe a ciencia cierta a quién pertenece.

De entre todas las suposiciones se salvaba el proyecto del arquitecto De Loira. Según su creación se partía del más universal de los símbolos de la cristiandad: dos grandes avenidas interceptadas en ángulo recto y orientado hacia los puntos cardinales, dividieron el terreno en cuatro zonas como en una gran cruz.

Cada zona o “cuartel” se nombra según el punto cardinal: nordeste, noroeste, sudeste y noroeste, y reproducen a su vez el trazado general del cementerio, con calles más estrechas según se avanza hacia el centro de cada cuartel. Las llamadas calles de segundo orden aludían a las cinco heridas recibida por Cristo en el momento de la crucifixión.

El arquitecto jerarquizó las zonas, siguiendo un criterio de  lo que hoy algunos llamarían arquitectura de poder: la Zona de Primera Categoría, en la posición más cercana a la capilla y la entrada principal (la norte), un metro cuadrado llegó a costar entre 25 y 30 pesos oro apenas se inauguró la necrópolis.

En las zonas de segunda y tercera; en el denominado Cruz de Segundo Orden y finalmente en el campo común, encontrarían el postrer reposo la condición humana según la socioeconomía.

La maestría del arquitecto De Loira, finalmente complacía algunas concepciones del mundo, todos los gustos y casi todos los bolsillos, el suyo incluido, pues su proyecto titulado “PALLIDA MORS AEQUO PULSAT PEDE TABERNAS PAUPERUM REGNUM QUE TURRES” fue ganador de los 2 000 escudos que proveía la convocatoria lanzada el 12 de agosto de 1870.

Ha de suponerse que De Loira tuviera tiempo de disfrutar el monto en metálico tras la colocación de la primera piedra, pues al término de los subsiguientes 12 meses murió, dando paso a la rara leyenda de haber sido el constructor, el primero en usar los servios del cementerio.

Suerte precaria tuvo en cambio la primera obra funeraria edificada en el Cementerio de Colón. Se conoció como La Galería de Tobías, la que al poco tiempo de edificada tuvo tales fallas constructivas que tuvo que ser clausurada, y para equilibrar las pérdidas de capacidades construyeron al lado las bóvedas del arzobispado que aún se encuentran en uso.

Desde el muro perimetral, la vialidad y arbolado, las portadas y edificios norte y sur, el cementerio fue adquiriendo la imagen de magnitud y paz que aún conserva desde julio de 1886 fecha en que se terminó de construir la Capilla Central.

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