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El Cementerio
de Colón cumple ahora 135 años. Declarado Monumento
Nacional en 1987, esta suerte de puerta entre dos mundos
asume su esencia de museo a cielo abierto en espera de
que así sea.
Situado en una colina
perteneciente a las fincas La Currita, Baeza, Las
Torres, La Campana, La Noria y La Portuguesa, quedó
dentro del enclave urbanístico con el desarrollo de la
capital cubana, y el mismo desarrollo propició la
creación de verdaderas obras de arte en panteones
monumentarios y provistos de esculturas en los que
abundan mármoles y artistas europeos de fama reconocida,
al lado de otros tantos nacionales.
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La Consagración,
escultura de Boada |
Pero en su
grandiosidad no falta la desventura: existen panteones y
tumbas de familias ya extinguidas que por no tener
dueño en activo no tienen tampoco quien se ocupe de su
situación constructiva. Por Ley las autoridades actuales
no pueden proceder.
Por otro lado existen
sociedades, instituciones y sindicatos, que debiendo
ocuparse de sus panteones, no lo hacen. Por costo
económico, las autoridades del cementerio, no pueden
proceder.
Tal es el caso del
Panteón de Reporteros Modernos ―antigua sociedad del
mundo de la prensa― hoy inexistente. La construcción, en
estado precario, se considera de alto valor
arquitectónico e histórico.
Con todo y
considerado como uno de los tres más grandes y lujosos
del mundo ―tras los de Génova y Barcelona― el
cementerio de Colón, después de tantos años de fundado,
sigue ofreciendo los mismos servicios terrenales y
divinos, y probablemente siga afrontando las mismas
venturas y desventuras.
Mucho antes de
iniciarse la construcción se pensó en nombrarlo
Cristóbal Colón. La idea primigenia (1854) consideró que
los primeros restos a colocar allí, bajo un monumento
con el mismo afán fundacional, debían ser los del
Almirante de la Mar Océana, guardados celosamente en la
Catedral de La Habana; pero desde el entonces Capitán
General, don Juan Manuel de la Pezuela y Cevallos, el
primer promotor, hasta el arquitecto Calixto de Loira y
Cardoso, quien diseñó y comenzó los trabajos, fueron
muchos los promotores y demasiadas las suposiciones.
El marqués de la
Pezuela fue removido de su cargo poco tiempo después y
hasta 1864 la Iglesia Católica no ganó el litigo que
permitiría la construcción, en una dilatación que se
hubiera extendido, si cuatro años más tarde una epidemia
de cólera Morbo no hubiera obligado a darse prisa, pues
ya el Cementerio General de La Habana ―llamado también
De Espada― no tenía mucho más espacio que brindar con
sus casi 54 000 cadáveres en sus predios. Aún así,
construir un gran cementerio fue un bello sueño
durmiente por más de 17 años.
Con los rituales de
bendición, el 31 de octubre de 1871 se colocó la primera
piedra ―en la que dentro colocaron un ejemplar de un
periódico del día y varias monedas- en una ceremonia con
altar y
escenografía de lo que sería luego la majestuosa
portada.
En
honor a la verdad, un mes antes ya se había dado curso
al proyecto del primer lote y los inmortales restos del
Almirante no fueron los primeros en ingresar al campo
santo, por una sencilla razón: los que se encontraban en
la catedral no eran las reliquias que se creían, y sí
otras que hasta hoy no se sabe a ciencia cierta a quién
pertenece.
De entre todas las
suposiciones se salvaba el proyecto del arquitecto De
Loira. Según su creación se partía del más universal de
los símbolos de la cristiandad: dos grandes avenidas
interceptadas en ángulo recto y orientado hacia los
puntos cardinales, dividieron el terreno en cuatro zonas
como en una gran cruz.
Cada zona o “cuartel”
se nombra según el punto cardinal: nordeste, noroeste,
sudeste y noroeste, y reproducen a su vez el trazado
general del cementerio, con calles más estrechas según
se avanza hacia el centro de cada cuartel. Las llamadas
calles de segundo orden aludían a las cinco heridas
recibida por Cristo en el momento de la crucifixión.
El arquitecto
jerarquizó las zonas, siguiendo un criterio de lo que
hoy algunos llamarían arquitectura de poder: la Zona de
Primera Categoría, en la posición más cercana a la
capilla y la entrada principal (la norte), un metro
cuadrado llegó a costar entre 25 y 30 pesos oro apenas
se inauguró la necrópolis.
En las zonas de
segunda y tercera; en el denominado Cruz de Segundo
Orden y finalmente en el campo común, encontrarían el
postrer reposo la condición humana según la
socioeconomía.
La maestría del
arquitecto De Loira, finalmente complacía algunas
concepciones del mundo, todos los gustos y casi todos
los bolsillos, el suyo incluido, pues su proyecto
titulado “PALLIDA MORS AEQUO PULSAT PEDE TABERNAS
PAUPERUM REGNUM QUE TURRES” fue ganador de los 2 000
escudos que proveía la convocatoria lanzada el 12 de
agosto de 1870.
Ha de suponerse que
De Loira tuviera tiempo de disfrutar el monto en
metálico tras la colocación de la primera piedra, pues
al término de los subsiguientes 12 meses murió, dando
paso a la rara leyenda de haber sido el constructor, el
primero en usar los servios del cementerio.
Suerte precaria tuvo
en cambio la primera obra funeraria edificada en el
Cementerio de Colón. Se conoció como La Galería de
Tobías, la que al poco tiempo de edificada tuvo tales
fallas constructivas que tuvo que ser clausurada, y para
equilibrar las pérdidas de capacidades construyeron al
lado las bóvedas del arzobispado que aún se encuentran
en uso.
Desde el muro
perimetral, la vialidad y arbolado, las portadas y
edificios norte y sur, el cementerio fue adquiriendo la
imagen de magnitud y paz que aún conserva desde julio de
1886 fecha en que se terminó de construir la Capilla
Central. |