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La Habana
2006

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Del apetito al jolgorio orquestal
Amado del Pino La Habana


Casi nunca se supo quién los trajo del remoto mar. Eran grandes, pesados estos caracoles que se instalaron en la sitiería de mi infancia. Para tocar el fotuto se acomoda la mano dentro de la cuenca vacía y se sopla con una mezcla de vigor y encanto. En algunas fincas se usaron a manera de invitación al temprano yantar de labriegos sudorosos: harina caliente, frijoles cuajados, yuca tierna y blanda para los que se levantaron antes que el sol,  los que se pegan duro en el deshierbe, la siembra o la recogida de la cosecha. Si la faena consiste en  deshijar o cortar tabaco, los hombres salen pegajosos por la suerte de miel agria,  crema oscura, sustancia demasiado cariñosa que la vega deja como huella en la ropa y la piel del que la trabaja.

A mi generación no llegó el bramido convocando el apetito pero sí el porrón que se sostiene en alto para que el chorro caiga ―fresco y vertical― dentro de la boca. Y en la pausa del agua venían los recuerdos del viejo mensaje, el telegrama sonoro que las mujeres enviaban con urgencia cuando ya las sazones se habían conjugado en la culminación del potaje o el picadillo saltaba de caliente sobre la plancha del fogón de leña. A nadie gustaba tanto esta suerte de ronco silbatazo como a  Manuel Tostes, legendario comilón que dejó detrás un rosario de pantagruélicas anécdotas. Una vez don Manuel andaba con una cuadrilla abriendo una trocha en lo alto de la loma, allá donde no llegaría el rugido del convite alimenticio. Algún mozalbete  de la familia llevó las cantinas y se hizo el alto, entre la humedad y el  olor de la madera recién cortada. A uno de sus compañeros se le ocurrió hacerle la maldad, desencadenar la travesura. Escondieron bien uno de los envases que contenía abundante arroz con leche. El goloso Manuel ―pensando que ningún dulce estaba previsto― repitió con saña, se sirvió otro enorme plato de arroz con frijoles. Cuando le enseñaron el criollo postre, aquel  hombrón  lloraba porque no había dejado espacio para ese manjar sacado de la manga.

Entre las funciones del fotuto se incluyó siempre la posibilidad de avisar en caso de incendios. Pero las llamas eran poco frecuentes por nuestra zona y otro fue el destino habitual de tan recio instrumento. La tradición rural indicaba que se orquestaría un homenaje  a todo aquel que se casara con una viuda o divorciada, que por esos años era más o menos lo mismo. Creo recordar que si el hombre era el viudo o separado también lloverían fotutazos sobre la noche de bodas. Vale aclarar que la salutación ruidosa se mantendría mientras los dueños de la casa no abrieran la puerta y ofertaran un brindis a los tenaces “músicos”.

Si se trataba de matrimonios o apareamientos, casi siempre la sinfonía terminaba en una rápida y amable invitación. El asunto solía enredarse cuando ―aplicando una especie de inciso en el código de los fotutos― se le tocaba a una pareja que se había separado y vuelto a juntar. Resulta lógico que no es lo mismo encontrarse hechizado por una nueva relación que enfrascado en la complicada misión de reparar un matrimonio con agujeros y torceduras. Las posibilidades de puerta tercamente cerrada y hasta de algún insulto o acción mayor aumentaban cuando las idas y vueltas se hacían reiteradas. Por cierto, una pareja cercana a mi familia ha roto y compuesto tantas veces su enlace que me dan ganas de estar en el campo y tener a mano una buena batería de fotutos.

Solían protagonizar estas acampadas musicales los jóvenes de la zona, casi todos solteros en el colmo de la energía. Durante la jornada diurna o en rápidas visitas a lomo de caballo se ultimaban los detalles para que el coro de caracoles estuviese listo y resultara cada vez más nutrida la algarabía. La negativa de una noche solía arrastrar nuevos instrumentistas. Los más viejos evocaban casos similares, citaban tandas  de varios días y hasta de semanas.

Crecía también la leyenda acerca de las represalias y alguien hablaba de plan de machete sobre alguna espalda desprevenida o hasta de disparos compitiendo con la eterna musiquita de los grillos. No faltaban prudentes consejos para que los muchachones devolvieran los fotutos a su lugar hasta el próximo acontecimiento. Pero no solía imponerse la tregua. Los conservadores esgrimían el argumento de que si bien la pareja huraña no dormía, en las noches tampoco se cerraban los jóvenes párpados de los que se la  pasaban   soplando y esperando, hasta “las mil y quinientas”. Terciaban los artistas con potentes razones. A la larga no abrir la puerta, ofenderse por tradición tan  candorosa  era una prueba de mal carácter y evidenciaba una ausencia lamentable de sentido del humor. El gran fundador Rabelais hubiese aplicado su neologismo de agelastos para estos vecinos de puerta clausurada, machete a punto, totalmente incapaces de reír.

Recuerdo ―o tal vez  soñé, hasta puede que se trate de una evocación transfigurada por el filtro de lo legendario―  un par de escopetazos y los rumores de tremenda desbandada. Ahí la broma empezó a ponerse bastante fea. Una bala sin rumbo no es cosa de juego y se habló de conversaciones entre algunas de las más respetables personas de la comarca y el terco marido en segunda, vergonzante vuelta. Imagino a uno de aquellos campesinos recios como la madera del jiquí, de esos que aseguraban: “Basta media vez que yo le diga algo...” Sí, porque con la simple mitad de la palabra de un hombre de bien usted puede ir garantizado al fin del mundo. Los configuro recostando el taburete a la pared de tablas y tratando de lograr un elegante acuerdo con los enemigos del jolgorio. Claro, es de suponer que con la misma firmeza regañarían a los pujantes  hijos para que  renunciaran al ron en jícara o al fragante chicharrón que la rústica banda reclamaba como premio. 

Y a la noche siguiente fueron menos pero más altos, más agudos, mejor empastados los sonidos. Allí, en ese manojo de casas dispersas, hechas al sueño tempranero y a la sequía de acontecimientos, se vivían horas de tensión. Hubo puertas que nunca se abrieron y se comentaba de otro caso en el que uno de los patriarcas de la zona le pidió el fotuto al más joven de sus hijos y tocó ―sin embozo ni disimulo― ante el umbral de los porfiados moradores.

Andan estos sonidos por lo mejor de mis recuerdos. Se acomodan entre los versos de las libretas rimadas de los decimistas, sus declamaciones al centro de la escogida de tabaco o el buen arte de Rafael el Poeta, para despedir duelos con emoción y brevedad. La diferencia es que los tocadores de fotuto no eran artistas  ni siquiera aficionados a tiempo completo, sino recalcitrantes, apasionados defensores de una forma de música y humor que despeinara de cuando en vez la rutina de siembras, almuerzos y atardeceres.  

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