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Casi nunca se supo quién los trajo del remoto mar. Eran
grandes, pesados estos caracoles que se instalaron en la
sitiería de mi infancia. Para tocar el fotuto se acomoda
la mano dentro de la cuenca vacía y se sopla con una
mezcla de vigor y encanto. En algunas fincas se usaron a
manera de invitación al temprano yantar de labriegos
sudorosos: harina caliente, frijoles cuajados, yuca
tierna y blanda para los que se levantaron antes que el
sol, los que se pegan duro en el deshierbe, la siembra
o la recogida de la cosecha. Si la faena consiste en
deshijar o cortar tabaco, los hombres salen pegajosos
por la suerte de miel agria, crema oscura, sustancia
demasiado cariñosa que la vega deja como huella en la
ropa y la piel del que la trabaja.
A mi
generación no llegó el bramido convocando el apetito
pero sí el porrón que se sostiene en alto para que el
chorro caiga ―fresco y vertical― dentro de la boca. Y en
la pausa del agua venían los recuerdos del viejo
mensaje, el telegrama sonoro que las mujeres enviaban
con urgencia cuando ya las sazones se habían conjugado
en la culminación del potaje o el picadillo saltaba de
caliente sobre la plancha del fogón de leña. A nadie
gustaba tanto esta suerte de ronco silbatazo como a
Manuel Tostes, legendario comilón que dejó detrás un
rosario de pantagruélicas anécdotas. Una vez don Manuel
andaba con una cuadrilla abriendo una trocha en lo alto
de la loma, allá donde no llegaría el rugido del convite
alimenticio. Algún mozalbete de la familia llevó las
cantinas y se hizo el alto, entre la humedad y el olor
de la madera recién cortada. A uno de sus compañeros se
le ocurrió hacerle la maldad, desencadenar la travesura.
Escondieron bien uno de los envases que contenía
abundante arroz con leche. El goloso Manuel ―pensando
que ningún dulce estaba previsto― repitió con saña, se
sirvió otro enorme plato de arroz con frijoles. Cuando
le enseñaron el criollo postre, aquel hombrón lloraba
porque no había dejado espacio para ese manjar sacado de
la manga.
Entre
las funciones del fotuto se incluyó siempre la
posibilidad de avisar en caso de incendios. Pero las
llamas eran poco frecuentes por nuestra zona y otro fue
el destino habitual de tan recio instrumento. La
tradición rural indicaba que se orquestaría un
homenaje a todo aquel que se casara con una viuda o
divorciada, que por esos años era más o menos lo mismo.
Creo recordar que si el hombre era el viudo o separado
también lloverían fotutazos sobre la noche de bodas.
Vale aclarar que la salutación ruidosa se mantendría
mientras los dueños de la casa no abrieran la puerta y
ofertaran un brindis a los tenaces “músicos”.
Si se
trataba de matrimonios o apareamientos, casi siempre la
sinfonía terminaba en una rápida y amable invitación. El
asunto solía enredarse cuando ―aplicando una especie de
inciso en el código de los fotutos― se le tocaba a una
pareja que se había separado y vuelto a juntar. Resulta
lógico que no es lo mismo encontrarse hechizado por una
nueva relación que enfrascado en la complicada misión de
reparar un matrimonio con agujeros y torceduras. Las
posibilidades de puerta tercamente cerrada y hasta de
algún insulto o acción mayor aumentaban cuando las idas
y vueltas se hacían reiteradas. Por cierto, una pareja
cercana a mi familia ha roto y compuesto tantas veces su
enlace que me dan ganas de estar en el campo y tener a
mano una buena batería de fotutos.
Solían
protagonizar estas acampadas musicales los jóvenes de la
zona, casi todos solteros en el colmo de la energía.
Durante la jornada diurna o en rápidas visitas a lomo de
caballo se ultimaban los detalles para que el coro de
caracoles estuviese listo y resultara cada vez más
nutrida la algarabía. La negativa de una noche solía
arrastrar nuevos instrumentistas. Los más viejos
evocaban casos similares, citaban tandas de varios días
y hasta de semanas.
Crecía
también la leyenda acerca de las represalias y alguien
hablaba de plan de machete sobre alguna espalda
desprevenida o hasta de disparos compitiendo con la
eterna musiquita de los grillos. No faltaban prudentes
consejos para que los muchachones devolvieran los
fotutos a su lugar hasta el próximo acontecimiento. Pero
no solía imponerse la tregua. Los conservadores
esgrimían el argumento de que si bien la pareja huraña
no dormía, en las noches tampoco se cerraban los jóvenes
párpados de los que se la pasaban soplando y
esperando, hasta “las mil y quinientas”. Terciaban los
artistas con potentes razones. A la larga no abrir la
puerta, ofenderse por tradición tan candorosa era una
prueba de mal carácter y evidenciaba una ausencia
lamentable de sentido del humor. El gran fundador
Rabelais hubiese aplicado su neologismo de agelastos
para estos vecinos de puerta clausurada, machete a
punto, totalmente incapaces de reír.
Recuerdo
―o tal vez soñé, hasta puede que se trate de una
evocación transfigurada por el filtro de lo legendario―
un par de escopetazos y los rumores de tremenda
desbandada. Ahí la broma empezó a ponerse bastante fea.
Una bala sin rumbo no es cosa de juego y se habló de
conversaciones entre algunas de las más respetables
personas de la comarca y el terco marido en segunda,
vergonzante vuelta. Imagino a uno de aquellos campesinos
recios como la madera del jiquí, de esos que aseguraban:
“Basta media vez que yo le diga algo...” Sí, porque con
la simple mitad de la palabra de un hombre de bien usted
puede ir garantizado al fin del mundo. Los configuro
recostando el taburete a la pared de tablas y tratando
de lograr un elegante acuerdo con los enemigos del
jolgorio. Claro, es de suponer que con la misma firmeza
regañarían a los pujantes hijos para que renunciaran
al ron en jícara o al fragante chicharrón que la rústica
banda reclamaba como premio.
Y a la
noche siguiente fueron menos pero más altos, más agudos,
mejor empastados los sonidos. Allí, en ese manojo de
casas dispersas, hechas al sueño tempranero y a la
sequía de acontecimientos, se vivían horas de tensión.
Hubo puertas que nunca se abrieron y se comentaba de
otro caso en el que uno de los patriarcas de la zona le
pidió el fotuto al más joven de sus hijos y tocó ―sin
embozo ni disimulo― ante el umbral de los porfiados
moradores.
Andan estos sonidos por lo mejor de mis recuerdos. Se
acomodan entre los versos de las libretas rimadas de los
decimistas, sus declamaciones al centro de la escogida
de tabaco o el buen arte de Rafael el Poeta, para
despedir duelos con emoción y brevedad. La diferencia es
que los tocadores de fotuto no eran artistas ni
siquiera aficionados a tiempo completo, sino
recalcitrantes, apasionados defensores de una forma de
música y humor que despeinara de cuando en vez la rutina
de siembras, almuerzos y atardeceres. |