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Aparte
de algún título aislado en los Festivales
Internacionales del Nuevo Cine Latinoamericano, han sido
bien escasos y tenues los contactos entre el espectador
cubano y el cine holandés. Para menguar el área
creciente de nuestras ignorancias (oscuro sitio que se
ensancha respecto a las cinematografías rusa, polaca,
húngara, o australiana, indonesia, vietnamita…) está
ocurriendo en la sala Charles Chaplin, hasta el 11 de
noviembre próximo, la primera semana de cine producido
en los Países Bajos que tenemos oportunidad de ver en La
Habana.
Considerada una
cinematografía pequeña, con efímeros períodos de auge,
en comparación con sus vecinos, franceses y alemanes, la
holandesa destacó en la segunda postguerra gracias a la
obra de sus notables documentalistas: Joris Ivens y Bert
Haanstra. En los años setenta y ochenta, cuando la
producción y exhibición de documentales dejó de ser un
tema cinematográfico para encontrar un lugar en la
televisión, aparecen los fondos estatales de apoyo. En
1957 se estableció el Fondo de Apoyo al Cine Holandés, y
al año siguiente la Nederlandse Filmacademie.
Un éxito más duradero
llegó en los años setenta, a partir de los filmes
provocativos y de Paul Verhoeven: Negocios son
negocios (1971), Delicias turcas (1973,
nominada al Oscar y considerado el filme holandés más
taquillero de la historia), Keetje Tippel
(1975), Soldado naranja (1977), que se
convirtieron en enormes éxitos dentro y fuera del país,
además de construirle un aval al director para trabajar
en Estados Unidos. En 2006, Verhoeven volvió a trabajar
en su lengua originaria en Zwartboek (Libro
Negro).
En la última década
del siglo XX el gobierno holandés estimula a los
inversores privados que trabajan en la producción
cinematográfica, y resultó un auge considerable, del
cual forman parte algunos de los títulos que veremos
ahora en La Habana. Dos de las características de esta
renovación consisten en el interés por retratar el
pasado nacional, mientras que por otro lado se busca
mostrar el presente multicultural del país. Filmes de
este país fueron nominados al Oscar en 1986 (El
asalto, de Fons Rademakers), casi diez años después
con Antonia (Marleen Gorris), nuevamente en 1997
con la aplaudida Carácter y en 2003 con Las
gemelas, las dos últimas presentes en La Habana por
estos días.
La Semana de Cine
Holandés nos permite contactar con once largometrajes e
igual número de cortos, en una selección que, aunque no
lo expresen abiertamente sus organizadores, tiene la
voluntad de antologar y presentarle a los cubanos
algunos de los filmes más significativos de aquella
nacionalidad durante los últimos quince o veinte años. Y
como es probable que este texto llegue a manos del
lector, y espectador potencial, cuando fueron
proyectados buena parte de los títulos, me ocuparé de
promocionar solamente los que ocupan los últimos días de
programación.
La comedia satírica de ciencia ficción Un amigo de
alquiler (2000) cuyo realizador Eddy Terstall se
encuentra entre nosotros, abrió la jornada y se
encargará de clausurarla. Hablo de ciencia ficción a
riesgo de que el espectador crea que se trata de algo
relacionado con viajes intergalácticos y con la
exhibición de tecnología que supere nuestras actuales y
humanas limitaciones. Nada que ver con eso. Es la
variante futurista y distópica de la ciencia ficción,
pues se describe el próximo porvenir, en una ciudad
deshumanizada y poblada de rascacielos, donde un pintor
abandonado por su mujer funda la empresa Rent a Friend,
que ofrece servicios de amistad y compañía a personas
solitarias y abandonadas.
No le
preocupa a Terstall, en tanto guionista y realizador,
avanzar predicciones ni vaticinar catástrofes, sino más
bien ofrecer la crónica entre lo absurdo, lo cómico y lo
conmovedor de una ciudad cuyas gentes se dejan
neurotizar por el consumo, el ansia de mucho dinero y el
declive en la calidez de las relaciones interpersonales.
Me pareció que en el fondo el director nos está hablando
más de la atmósfera sicológica de la actual Amsterdam,
donde se desenvuelve su vida creativa, que de ningún
otro contexto, mucho menos futurista.
Al pasado retrocede
la demoledora Carácter (1997), adaptación de un
clásico literario, —la novela homónima de Ferdinand
Bordewijk— melodrama filial ambientado en los años
treinta del siglo XX. Premiado con el Oscar al mejor
filme extranjero, y aplaudido en la Semana de la Crítica
del Festival de Cannes, el filme arranca con el
asesinato de un importante y temido personaje, luego es
detenido como sospechoso un joven abogado, hijo
ilegítimo del muerto. Mike Van Diem supo concederle a su
filme ese esmalte de qualité, compuesto sobre
todo a partir de la soberbia recreación epocal, el
énfasis casi épico de la banda sonora o las actuaciones,
y de la fotografía nerviosa, que insiste en tenebrosos
claroscuros.
En la primera mitad
del pasado siglo se concentra el otro melodrama
histórico y de origen literario que podemos ver en esta
jornada. Se titula Las gemelas (2002) y relata la
desventura de dos mujeres jimaguas, como les llamamos en
Cuba, separadas luego de la muerte de sus padres y luego
enfrentadas en bandos opuestos durante la Segunda Guerra
Mundial. En un tono contenido, contemplativo, distante
de los orgasmos emotivos característicos de Carácter,
el director Ben Sombogaart postula su tesis sobre la
real imposibilidad de fragmentar la unidad del espíritu
humano en segmentos de razas, nacionalidades, credos
religiosos o políticos. Pero la parsimonia dominante, y
el regusto por solazarse en detalles contextuales,
derivaron en la excesiva prolongación del tiempo
fílmico, de modo que se intenta solventar con
reiteraciones lo que precisaba de soluciones más
imaginativas y sintéticas. Ello no invalida ni mucho
menos este filme pródigo en momentos genuinamente
conmovedores, pero que postula su verdadero despegue
conceptual en la segunda parte de sus 132 minutos.
Como anuncia la
sinopsis, también es una “historia de lealtades
divididas, y de amor incondicional frente a la dramática
oposición de las circunstancias políticas y económicas”,
Trópico de Esmeralda (1997) de Orlow Seunke, el
tercer melodrama con trasfondo histórico y político que
podemos disfrutar en la Semana de Cine Holandés. En
plena contemporaneidad aterrizan La novia polaca
(1998) de Karim Traidia, Sin Dios (2003) de
Pieter Kuijpers y Simón (2004) dirigida también
por Eddy Terstall. La primera de este grupo es la
hermosa historia de la relación entre una joven polaca
(interpretada con absoluta potestad por Monic Hendrickx)
y un granjero que la hospeda y esconde de sus
perseguidores. Este es el debut en el largometraje de su
director (nacido en Argelia y radicado en Holanda) quien
sostiene con rigor y emotividad su argumento sobre las
escasas posibilidades de realización para los emigrantes
de Europa oriental.
Sin Dios
se apoya en hechos reales y trata de responder a la
pregunta de si es posible sostener una amistad sin
límites. Para reflexionar en torno al tema se vale de la
unión que se forja entre Stan, un tímido estudiante de
buena familia, y Maikel, un joven criminal que va
prescindiendo de cualquier principio moral. Fuertemente
dramática y extremada en la colocación de sus personajes
en situaciones límite, Sin Dios es absolutamente
distinta a Simón, pero se parecen en un
tópico: las dos se refieren a la amistad y confluencias
entre dos hombres de apariencia contradictoria. Hay un
joven llamado Camiel, tímido, escrupuloso, homosexual,
instruido, y otro, de nombre Simón, es rudo, masculino,
impulsivo y gregario. Abundan peripecias, movimiento,
chistes y personajes pintorescos en esta película que
representa dos notables paradigmas para nuestros
creadores de audiovisuales: en primer lugar, lo
refrescante y ameno se yuxtapone con la profundidad y el
rigor; en segunda instancia, no se le endilgan etiquetas
peyorativas ni sentencias moralistas de sesgo medieval a
quienes manifiestan comportamientos e inclinaciones,
diversos de la media socialmente aceptada. Simón
apuesta por la gracia y la comprensión, un par de
proposiciones dificilmente rechazables.
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