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Crisis
orgánica y revolución pasiva: el enemigo toma la
iniciativa
Desde Marx y Engels hasta Lenin,
Trotsky y Mao, desde Mariátegui, Mella, Recabarren y
Ponce hasta el Che Guevara y Fidel, gran parte de las
reflexiones de los marxistas sobre la lucha de clases
han girado en torno a la necesidad de asumir la
iniciativa política por parte de los trabajadores y el
pueblo.
Pero, ¿qué sucede cuando la
iniciativa la toman nuestros enemigos? ¿Qué hacer cuando
los segmentos más lúcidos de la burguesía intentan
resolver la crisis orgánica de hegemonía, legitimidad
política y gobernabilidad apelando a discursos y
simbología “progresistas”, poniéndose a la cabeza de los
cambios para desarmar, dividir, neutralizar y finalmente
cooptar o demonizar a los sectores populares más
intransigentes y radicales?
Para pensar esos
momentos difíciles, tan llenos de matices, Gramsci
elaboró una categoría: la “revolución pasiva”. La tomó
prestada de historiadores italianos, pero le otorgó otro
significado.
La
revolución pasiva es para Gramsci una
“revolución-restauración”, o sea una transformación
desde arriba por la cual los poderosos modifican
lentamente las relaciones de fuerza para neutralizar a
sus enemigos de abajo.
Mediante la
revolución pasiva los segmentos políticamente más
lúcidos de la clase dominante y dirigente intentan
meterse “en el bolsillo” (la expresión es de Gramsci) a
sus adversarios y opositores políticos incorporando
parte de sus reclamos, pero despojados de toda
radicalidad y todo peligro revolucionario. Las demandas
populares se resignifican y terminan trituradas en la
maquinaria de la dominación.
¿Cómo
enfrentar esa iniciativa? ¿De qué manera podemos
descentrar esa estrategia burguesa?
Resulta
relativamente fácil identificar a nuestros enemigos
cuando ellos adoptan un programa político de choque o
represión a cara descubierta. Pero el asunto se complica
notablemente cuando los sectores de poder intentan
neutralizar al campo popular apelando discursivamente a
una simbología “progresista”. En esos momentos, navegar
en el tormentoso océano de la lucha de clases se vuelve
más complejo y delicado...
Dentro de ese
conglomerado de olas y mareas políticas que se
entrecruzan, no todo aparece tan nítidamente
diferenciado ni delimitado como pudiera suponerse. En la
actual coyuntura política latinoamericana verificamos,
por ejemplo, una notable diferencia entre Cuba,
Venezuela y posiblemente Bolivia (en este caso
particular no tanto por las moderadas posiciones
políticas de su presidente sino más que todo por los
poderosos movimientos sociales que tiene por detrás),
por un lado; con Chile, Argentina y Uruguay, por el
otro.
Si Cuba y Venezuela
encabezan la rebeldía contra el imperio, el segundo
bloque de naciones —ubicado en el cono sur de nuestra
América— expresa más bien cierto aggiornamiento del
modelo neoliberal. En este sentido, aunque cada sociedad
particular tiene sus propios desafíos, existen
problemáticas generales que bien valdría la pena
repensar, eludiendo los cantos de sirena embriagadores
—por ahora hegemónicos— que hoy pretenden reactualizar
las viejas ilusiones reformistas que padecimos hace tres
décadas atrás y que tanta sangre, tragedia y dolor nos
costaron. En el caso de Argentina, Chile y Uruguay ya no
se trata hoy en día del añejo y deshilachado “tránsito
pacífico” al socialismo sino, incluso, de una propuesta
muchísimo más modesta: la reforma del capitalismo
neoliberal en aras de un supuesto “capitalismo nacional”
(en la jerga de Kirchner) o “capitalismo a la uruguaya”
(para Uruguay) y así de seguido. Hasta el tímido
socialismo del “tránsito pacífico” se diluye y el
horizonte se estrecha con los vanos intentos por
endulzar al capitalismo y volverlo menos cruel y
salvaje...
En esta situación
compleja, en el cono sur latinoamericano asistimos
a un difícil desafío: pensar desde el marxismo
revolucionario no en la inminencia del asalto al poder o
de ofensiva abierta de los sectores populares, sino en
aquellos momentos del proceso de la lucha de clases
donde el enemigo pretende mantener y perpetuar el
neoliberalismo de manera sutil y encubierta. No lo
pretende hacer de cualquier manera. Paradójicamente, las
clases dominantes intentan resolver su crisis orgánica,
garantizar la gobernabilidad y mantener sus jugosos
negocios enarbolando nuestras propias banderas
(oportunamente resignificadas). Resulta más sencillo
enfrentar y golpear a un enemigo frontal que intenta
aplastarnos enarbolando banderas neoliberales y
fascistas (el caso emblemático de Pinochet en Chile y
Videla o Menem en Argentina es arquetípico). Pero
deviene extremadamente complejo responder políticamente
cuando el neoliberalismo se disfraza de “progre”,
continúa beneficiando al gran capital en nombre de “la
democracia”, los “derechos humanos”, la “sociedad
civil”, el “respeto por la diversidad”, etc.
Estos procesos y mecanismos de
dominación política utilizados en la actualidad por las
clases dominantes del cono sur latinoamericano y sus
amos imperiales se asientan en una prolongada y extensa
tradición previa.
No han surgido por arte de magia.
Solo constituyen un “enigma irresoluble” si, como tantas
veces nos sugirió el posmodernismo, hacemos abstracción
de nuestra historia nacional y continental.
La revolución
pasiva en la historia de América Latina
Durante el siglo XIX,
a lo largo de la conformación histórica de los
estados-naciones latinoamericanos, se entabló una
singular relación entre Estado y sociedad civil. A
diferencia de algunos esquemas mecánicos y simplistas,
supuestamente “marxistas”1, en América Latina
la relación entre sociedad civil y Estado ha sido en
gran medida diferente al proceso de las sociedades
europeas2.
Entre nosotros, en no
pocas oportunidades, el Estado no fue un producto
posterior que venía a reforzar una realidad previamente
constituida sobre sus propias bases sino que, por el
contrario, contribuyó de manera activa a conformar
sociedad civil. No puede explicarse, por ejemplo, la
inserción subordinada y dependiente de las formaciones
sociales latinoamericanas en el mercado mundial durante
el siglo XIX si se desconoce la mediación estatal. No
puede comprenderse el proceso genocida de los pueblos
originarios de nuestra América, el robo, la expropiación
de sus tierras y la incorporación de la producción
agrícola o minera al mercado mundial si se prescinde del
accionar estatal. No puede entenderse la conformación de
las grandes unidades productivas, como las plantaciones,
las minas, las haciendas, que combinaban la explotación
forzada de fuerza de trabajo con una producción de
valores de cambio destinados a ser intercambiados y
vendidos en el mercado mundial capitalista, si se deja
de lado el rol activo jugado por el Estado. Ese
protagonismo central no tuvo lugar únicamente en la
llamada acumulación originaria del capital
latinoamericano. Posteriormente, cuando el capitalismo y
el mercado ya funcionaban en América Latina sin
andadores ni muletas, el Estado siguió jugando un rol
decisivo.
Entre las muchas
instituciones que conforman el entramado estatal hubo
una institución en particular que ocupó este rol
central: el Ejército (entendido en sentido amplio, como
sinónimo de Fuerzas Armadas)3. Junto con la
represión feroz de numerosos sujetos sociales —pueblos
indígenas y negros, gauchos, llaneros, etc.— reacios a
incorporarse como mansa y domesticada fuerza de trabajo,
los ejércitos latinoamericanos también ocuparon,
gerenciaron y realizaron tareas estrictamente
económicas.
Ese rol privilegiado y
muchas veces preponderante en América Latina no solo fue
central a lo largo de todo el siglo XIX. En el siglo XX
el bonapartismo militar4 ocupó el rol activo
que no jugaron ni podían jugar las débiles, impotentes y
raquíticas burguesías autóctonas latinoamericanas
(injustamente denominadas “burguesías nacionales” por
sus apologistas). Ante la ausencia de proyectos sólidos,
pujantes y auténticamente nacionales, las burguesías
latinoamericanas perdieron su escasa y delgada
autonomía, si es que alguna vez la tuvieron5,
y terminaron jugando el rol sumiso de socias menores y
subsidiarias de los grandes capitales. Solo podían
disfrutar del solcito del mercado interno y del mercado
mundial a condición de acomodarse con la cabeza gacha y
el sombrero entre las manos en los lugares secundarios y
los espacios semivacíos que les dejaban los capitales
multinacionales. Es por eso que gran parte de las
industrializaciones latinoamericanas del siglo XX fueron
en realidad seudoindustrializaciones, ya que no
modificaron la estructura previa heredada por las
burguesías agrarias del siglo XIX6.
Hoy en día resulta a
todas luces errónea y fuera de foco la falsa imagen y la
ilusoria dicotomía —construida artificialmente desde
relatos encubridores y apologistas— que enfrentaría a
“burguesías nacionales, democráticas, industrialistas,
antimperialistas y modernizadoras” versus “oligarquías
terratenientes, tradicionalistas, autoritarias y
vendepatrias”. Nuestra historia real, repleta de golpes
de estado, masacres y genocidios planificados, ha
seguido un derrotero notablemente diverso al que
postulaban los cómodos “esquemas clásicos” y los
complacientes “tipos ideales” construidos a imagen y
semejanza de las principales formaciones sociales
europeas. La historia latinoamericana desobedeció a la
lógica europea; la lucha de clases empírica no se dejó
atrapar por el esquema ideal; el desarrollo desigual,
articulado y combinado de múltiples dominaciones
sociales desoyó los consejos políticos etapistas que
aconsejaban apoyar a una u otra fracción burguesa
(“burguesía democrática” la llamó el reformismo
stalinista, “burguesía nacional” la denominó el
populismo) contra el supuesto enemigo oligárquico. En
América Latina las burguesías nacieron oligárquicas y
las oligarquías fueron aburguesándose mientras se
modernizaban. Las modernizaciones no vinieron desde
abajo sino desde arriba. No fueron democráticas ni
plebeyas, sino oligárquicas y autoritarias. No fueron
producto de “revoluciones burguesas antifeudales” —como
rezaban ciertos manuales— sino de
revoluciones-restauradoras, revoluciones pasivas
encabezadas e impulsadas por las oligarquías
aburguesadas.
Fueron las propias
oligarquías, a través del aparato de Estado y en
particular de las fuerzas armadas, las que emprendieron
—a sangre, tortura y fuego— el camino de modernizar su
inserción siempre subordinada en el mercado mundial
capitalista7. El liberalismo latinoamericano
no fue, como en la Francia de los siglos XVII y XVIII,
progresista sino autoritario y represivo. En nuestras
patrias despanzurradas a golpes de bayoneta y
destrozadas a picana y palazos, jamás existió
modernización económica sin represión política.
Las burguesías locales
fueron históricamente débiles para independizar nuestras
naciones del imperialismo pero al mismo tiempo fueron lo
suficientemente fuertes como para neutralizar e impedir
los procesos de lucha social radical de las clases
populares.
Las sangrientas
dictaduras latinoamericanas —cuyas consecuencias
nefastas seguimos padeciendo hasta nuestro presente— que
asolaron nuestro continente durante las décadas de los
años 70 y 80 no fueron, en consecuencia, un rayo
inesperado en el cielo claro de un mediodía de verano.
No constituyeron una “anomalía”, una excepción a la
regla, el interregno entre dos momentos de normalidad y
paz. Fueron más bien la regla de nuestros capitalismos
periféricos, dependientes y subordinados a la lógica del
sistema capitalista mundial.
Nuevos tiempos de luchas y nuevas formas de
dominación durante la “transición a la democracia”
Agotadas las antiguas
formas políticas dictatoriales mediante las cuales el
gran capital —internacional y local— ejerció su
dominación y logró remodelar las sociedades
latinoamericanas inaugurando a escala mundial el
neoliberalismo8 nuestros países asistieron a
lo que se denominó, de modo igualmente apologético e
injustificado, “transiciones a la democracia”.
Ya llevamos casi veinte años,
aproximadamente, de “transición”. ¿No será hora de hacer
un balance crítico? ¿Podemos hoy seguir repitiendo
alegremente que las formas republicanas y parlamentarias
de ejercer la dominación social son “transiciones a la
democracia”? ¿Hasta cuando vamos a continuar tragando
sin masticar esos relatos académicos nacidos al calor de
las becas de la socialdemocracia alemana y los subsidios
de las fundaciones norteamericanas?
En nuestra opinión, y
sin ánimo de catequizar ni evangelizar a nadie, la
puesta en funcionamiento de formas y rituales
parlamentarios dista largamente de parecerse aunque sea
mínimamente a una democracia auténtica. Resulta casi
ocioso insistir con algo obvio: en nuestros países
latinoamericanos hoy siguen dominando los mismos
sectores sociales de antaño, los de gruesos billetes y
abultadas cuentas bancarias. Ha mutado la imagen, ha
cambiado la puesta en escena, se ha transformado el
discurso, pero no se ha modificado el sistema económico,
social y político de dominación. Incluso se ha
perfeccionado9.
Estas nuevas
formas de dominación política —principalmente
parlamentarias— nacieron producto de la lucha de clases.
En nuestra opinión no fueron un regalo gracioso de su
gran majestad, el mercado y el capital (como sostiene
cierta hipótesis que termina presuponiendo,
inconscientemente, la pasividad total del pueblo), pero
lamentablemente tampoco fueron únicamente fruto de la
conquista popular y del “avance democrático de la
sociedad civil” que lentamente se va empoderando de los
mecanismos de decisión política marchando hacia un
porvenir luminoso (como presuponen ciertas corrientes
que terminan cediendo al fetichismo parlamentario). En
realidad, los regímenes políticos postdictadura, en
Argentina, en Chile, en Uruguay y en el resto del cono
sur latinoamericano, fueron producto de una compleja y
desigual combinación de las luchas populares y de masas
—en cuya estela alcanza su cenit la pueblada argentina
de diciembre de 2001— con la respuesta táctica del
imperialismo que necesitaba sacrificar momentáneamente
algún peón militar de la época neolítica para reacomodar
los hilos de la red de dominación, cambiando algo para
que nada cambie.
Con discurso “progre” o
sin él, la misión estratégica que el capital
transnacional y sus socias más estrechas, las burguesías
locales, les asignaron a los gobiernos “progresistas” de
la región —desde el Frente Amplio uruguayo y el PJ del
argentino Kirchner hasta la concertación de Bachelet en
Chile— consiste en lograr el retorno a la “normalidad”
del capitalismo latinoamericano. Se trata de resolver la
crisis orgánica reconstruyendo el consenso y la
credibilidad de las instituciones burguesas para
garantizar EL ORDEN. Es decir: la continuidad del
capitalismo. Lo que está en juego es la crisis de la
hegemonía burguesa en la región, amenazada por las
rebeliones y puebladas —como la de Argentina o Bolivia—
y su eventual recuperación.
Desde nuestra
perspectiva, y a pesar de las esperanzas populares, la
manipulación de las banderas sociales, el bastardeo de
los símbolos de izquierda y la resignificación de las
identidades progresistas tienen actualmente como
finalidad frenar la rebeldía y encauzar
institucionalmente la indisciplina social. Mediante este
mecanismo de aggiornamiento supuestamente “progre” las
burguesías del cono sur latinoamericano intentan
recomponer su hegemonía política. Se pretende volver a
legitimar las instituciones del sistema capitalista,
fuertemente devaluadas y desprestigiadas por una crisis
de representación política que hacía años no vivía
nuestro continente. Los equipos políticos de las clases
dominantes locales y el imperialismo se esfuerzan de
este modo, sumamente sutil e inteligente, en continuar
aislando a la Revolución cubana (a la que se saluda,
pero... como algo exótico y caribeño), conjurar el
ejemplo insolente de la Venezuela bolivariana (a la que
se sonríe pero... siempre desde lejos), seguir
demonizando a la insurgencia colombiana y congelar de
raíz el proceso abierto en Bolivia.
Los desafíos de la
izquierda latinoamericana antimperialista y
anticapitalista frente a su propia historia
¿Cómo
enfrentar entonces ese aggiornamiento de las formas
políticas de dominación, ese intento gatopardista por
cambiar algo para que el ORDEN siga igual y nada cambie
de fondo?
Descartada la
visión ingenua de un optimismo eufórico que postula en
el terreno de las consignas agitativas un peligroso y
falso triunfalismo —calificando como “avance
revolucionario” a los gobiernos de Tabaré Vázquez,
Kirchner o Bachelet—, debemos hacer el esfuerzo por
comprender nuestros desafíos políticos a partir de
nuestra propia historia y nuestras propias necesidades10.
Así lo hizo Fidel cuando encabezó la Revolución Cubana,
así lo hace Chávez en Venezuela. Así lo hicieron los
sandinistas, los salvadoreños y los tupamaros en sus
épocas fundacionales (cuando eran radicales y estaban
contra el sistema), así lo hacen las FARC y el ELN en
Colombia, al igual que los zapatistas en Chiapas. En el
cono sur latinoamericano se nos impone encontrar nuestra
propia perspectiva estratégica y nuestro rumbo político
a partir de nuestra propia historia. ¡Debemos estudiar y
tomar en serio a la historia!
Eso implica estar alertas
frente a cualquier manipulación oportunista. Es cierto
que todo relato histórico presupone construir
genealogías en el pasado para defender y legitimar
políticas hacia el futuro. Pero todo tiene un límite. No
se puede ir al pasado, “meter mano”, poner y sacar a
gusto y piacere según las oportunidades del
caso...
Por ejemplo, en la
Argentina, no se puede poner en las banderas y en los
carteles las imágenes de Santucho y del Che Guevara y
luego, como por arte de magia, borrar esos símbolos para
reemplazarlos por la foto de Juan Domingo Perón. Y
luego, si cambian las alianzas políticas del momento,
archivar rápidamente a Perón y volver a poner a Santucho
o a quien convenga en esa ocasión. Siempre con la misma
sonrisa cínica. ¡Como si todo fuera lo mismo! Eso es
poco serio. Eso es hacer manipulación vulgar de la
historia en función del presente inmediato. Así no se
construye una identidad política de masas que logre
aglutinar a la juventud rebelde y a la clase trabajadora
combativa en función de un proyecto de emancipación
radical. Los cubanos designan a esas maniobras como
vulgar “politiquería”. Lenin las denominaba
“oportunismo”. En cada uno de los países de nuestra
América hay un término para hacer referencia a lo mismo.
La historia debe ser
nuestra fuente genuina de inspiración, no un cómodo
salvoconducto oportunista.
Formación
política, hegemonía socialista e internacionalismo
No solo debemos
inspirarnos en la historia. En la actual fase de la
correlación de clases —signada por la acumulación de
fuerzas— necesitamos generalizar la formación política
de la militancia de base. No solo de los cuadros
dirigentes sino de toda la militancia popular. Se torna
imperioso combatir el clientelismo y la práctica de los
“punteros” (negociantes de la política mediante las
prebendas del poder), solidificando y sedimentando una
fuerte cultura política en la base militante, que apunte
a la hegemonía socialista sobre todo el movimiento
popular. No habrá transformación social radical al
margen del movimiento de masas. Nos parecen ilusorias y
fantasmagóricas las ensoñaciones posmodernas y
posestructuralistas que nos invitan irresponsablemente a
“cambiar el mundo sin tomar el poder”. No se pueden
lograr cambios de fondo sin confrontar con las
instituciones centrales del aparato de Estado. Debemos
apuntar a conformar, estratégicamente y a largo plazo
—estamos pensando en términos de varios años y no de dos
meses— organizaciones guevaristas de combate.
¿Por qué organizaciones?
Porque el culto ciego a la espontaneidad de las masas
constituye un espejismo muy simpático pero ineficaz.
Todo el movimiento popular que sucedió a la explosión
del 19 y 20 de diciembre de 2001 en Argentina diluyó su
energía y terminó siendo fagocitado por la ausencia de
organización y de continuidad en el tiempo (organización
popular no equivale a sumatoria de sellos partidarios
que tienen como meta máxima la participación en cada
contienda electoral).
¿Por qué guevaristas?
Porque en nuestra historia latinoamericana el guevarismo
constituye la expresión del pensamiento más radical de
Marx y Lenin y de todo el acervo revolucionario mundial,
descifrado a partir de nuestra propia realidad y
nuestros propios pueblos. El guevarismo se apropia de lo
mejor que produjeron los bolcheviques, los chinos, los
vietnamitas, las luchas anticolonialistas del África, la
juventud estudiantil y trabajadora europea, el
movimiento negro norteamericano y todas las rebeldías
palpitadas en varios continentes. El guevarismo no es
calco ni es copia, constituye una apropiación de la
propia historia del marxismo latinoamericano, cuyo
fundador es, sin ninguna duda, José Carlos Mariátegui.
Guevara no es una remera. Su búsqueda política, teórica,
filosófica constituye una permanente invitación a
repensar el marxismo radical desde América Latina y el
Tercer Mundo. No se lo puede reducir a tres consignas y
dos frases hechas. Aun tenemos pendiente un estudio
colectivo serio y una apropiación crítica del
pensamiento marxista del Che entre nuestra militancia11.
¿Por qué de combate?
Porque tarde o temprano nos toparemos con la fuerza
bestial del aparato de Estado y su ejercicio permanente
de fuerza material. Así nos lo enseña toda nuestra
historia. Insistimos: ¡hay que tomarse en serio la
historia! Pretender eludir esa confrontación puede
resultar muy simpático para ganar una beca o seducir al
público lector en un gran monopolio de la
(in)comunicación. Pero la historia de nuestra América
nos demuestra, con una carga de dramatismo tremenda, que
no habrá revoluciones de verdad sin el combate
antimperialista y anticapitalista. Debemos prepararnos a
largo plazo para esa confrontación. No es una tarea de
dos días, sino de varios años. Debemos dar la batalla
ideológica para legitimar en el seno de nuestro pueblo
la violencia plebeya, popular, obrera y anticapitalista;
la justa violencia de abajo frente a la injusta
violencia de arriba.
Pero al identificar el
combate como un camino estratégico debemos aprender de
los errores del pasado, eludiendo la tentación
militarista. Las nuevas organizaciones guevaristas
deberán estar estrechamente vinculadas a los movimientos
sociales. No se puede hablar “desde afuera” al
movimiento de masas. Las organizaciones que encabecen la
lucha y marquen un camino estratégico, más allá del día
a día, deberán ser al mismo tiempo “causa y efecto” de
los movimientos de masas. No solo hablar y enseñar sino
también escuchar y aprender. ¡Y escuchar atentamente y
con el oído bien abierto! La verdad de la revolución
socialista no es propiedad de ningún sello, se
construirá en el diálogo colectivo entre las
organizaciones radicales y los movimientos sociales. Las
vanguardias —perdón por utilizar este término tan
desprestigiado en los centros académicos del sistema—
que deberemos construir serán vanguardias de masas, no
de elite.
Si durante la lucha
ideológica de los 90 —en los tiempos del auge
neoliberal— nos vimos obligados a batallar en la defensa
de Marx, remando contra la corriente hegemónica, en la
década que se abre en el 2000, Marx solo ya no alcanza.
Ahora debemos ir por más, dar un paso más e instalar en
la agenda de nuestra juventud a Lenin y al Che (y a
todas y todos sus continuadores). Reinstalar al Che
entre nuestra militancia implica recuperar la mística
revolucionaria de lucha extrainstitucional que nutrió a
la generación latinoamericana de los 60 y los 70.
Tenemos pendiente pensar
y ejercer la política más allá de las instituciones, sin
ceder al falso “horizontalismo” —cuyos partidarios
gritan “¡que no dirija nadie!” porque en realidad
quieren dirigir ellos— ni quedar entrampados en el
reformismo y el chantaje institucional. Nada mejor
entonces que combinar el espíritu de ofensiva de Guevara
con la inteligencia y lucidez de Gramsci para comprender
y enfrentar el gatopardismo. Saber salir de la política
de secta, asumir la ofensiva ideológica y al mismo
tiempo ser lo suficientemente lúcidos como para
enfrentar el transformismo político de las clases
dominantes que enarbolan banderas “progresistas” para
dominarnos mejor.
Como San
Martín, Artigas, Bolívar, Sucre, Manuel Rodríguez, Juana
Azurduy y José Martí, como Guevara, Fidel, Santucho,
Sendic, Miguel Enríquez, Inti Peredo, Carlos Fonseca y
Marighella, debemos unir nuestros esfuerzos y voluntades
colectivas a largo plazo en una perspectiva
internacionalista y continental. En la época de la
globalización imperialista no es viable ni posible ni
realista ni deseable un “capitalismo nacional”.
No podemos seguir
permitiendo que la militancia abnegada —presente en
diversas experiencias reformistas del cono sur— se
transforme en “base de maniobra” o elemento de presión y
negociación para el aggiornamiento de las burguesías
latinoamericanas. Los sueños, las esperanzas, los
sufrimientos, los sacrificios y toda la energía rebelde
de nuestros pueblos latinoamericanos no pueden seguir
siendo expropiados. Nos merecemos algo más que un
miserable “capitalismo con rostro humano” y una
mugrienta modernización de la dominación.
Octubre de 2006
Notas:
Véase el inteligente estudio de Carlos Nelson Coutinho
sobre Gramsci en América Latina y particularmente sobre
la revolución pasiva en Brasil “As categorías de Gramsci
e a realidade brasileira”. En C.N.Coutinho: Gramsci.
Um estudo sobre seu pensamento político. Rio de
Janeiro, Civilização Brasileira, 1999. También pueden
consultarse con provecho los trabajos de Florestan
Fernandez sobre la revolución burguesa, recopilados por
Octavio Ianni: Florestan Fernandes: sociología
crítica e militante. São Paulo, Expressão Popular,
2004. Juan Carlos Portantiero había adelantado algunas
inteligentes reflexiones en este sentido en su
archicitado ensayo “Los usos de Gramsci” [1975] (Buenos
Aires, Grijalbo, 1999), pero a diferencia de los dos
autores anteriores, Portantiero terminó convirtiendo a
Gramsci en un comodín socialdemócrata bastardeado hasta
límites inimaginables.
Véase el capítulo
“Expansión industrial, imperialismo y
burguesía nacional” del libro de
Silvio
Frondizi: La realidad argentina. Ensayo de
interpretación sociológica (en dos tomos, Tomo I:
1955 y Tomo II: 1956); Víctor Testa [seudónimo de
Milcíades Peña]: “Industrialización,
seudoindustrialización y desarrollo combinado”. En
Fichas de investigación económica y social, Año I,
N°1, abril de 1964. P.33-44. Este artículo fue
recopilado póstumamente en Milcíades Peña:
Industrialización y clases sociales en la Argentina.
Bs.As., Hyspamérica, 1986. p.65 y ss.; y finalmente
nuestro ensayo: “¿Foquismo?: A propósito de Mario
Roberto Santucho y el pensamiento político de la
tradición guevarista”. En Ernesto Che Guevara: El
sujeto y el poder. Buenos Aires, Nuestra América,
2005.
En ese sentido sería conveniente no confundir las
necesidades diplomáticas coyunturales de determinados
Estados —a los que defendemos de la agresividad
imperialista y con los cuales nos solidarizamos
activamente—, con las necesidades políticas del
movimiento popular en nuestros países del cono sur
latinoamericano. Aunque luchamos por los mismos fines
antiimperialistas y socialistas, no siempre lo que le
conviene a los Estados amigos es lo que le conviene a
los movimientos sociales y populares de nuestros países.
Reflexionemos sobre un ejemplo histórico
concreto: la Revolución Cubana sufre un embargo criminal
de EEUU desde su mismo desafío al coloso del norte.
Prácticamente todos los Estados del continente,
siguiendo la presión yanqui, rompieron relaciones con
Cuba a inicios de los ‘60. Uno de los pocos que no lo
hizo fue México. Durante décadas, en México gobernaba el
PRI, partido burgués, corrupto y autoritario si los hay
(surgido del congelamiento de la revolución mexicana).
El PRI mantenía “hacia afuera” una política de no
confrontación con Cuba, lo cual resulta muy útil
diplomáticamente para frenar a EEUU. En lo interno
reprimía al movimiento obrero, compraba dirigentes,
dividía las organizaciones populares, masacraba
estudiantes, hacía desaparecer indígenas, etc. A fines
de los ’60 en México surgen organizaciones guerrilleras
que son masacradas. Años más tarde, surge el EZLN contra
el PRI. ¿Cuba rompe amarras contra el Estado mexicano?
No, no lo puede hacer. Necesita mantener relaciones
diplomáticas con el Estado mexicano para eludir el
bloqueo yanqui, lo cual resulta plenamente comprensible.
¿Entonces? ¿Qué debe hacer el movimiento popular en
México? ¿Apelar a la autoridad moral de Cuba para apoyar
al PRI? La respuesta negativa es más que obvia (no
obstante existieron corrientes que así lo hicieron
durante años. La vertiente de Lombardo Toledano —de
nefasta memoria— apoyaba al PRI con retórica de
“izquierda”, apoyaba las represiones del gobierno como
“progresistas”, incluida la masacre de Tlatelolco, etc,
etc). Sobre estas dificultades objetivas que el
internacionalismo militante no puede desconocer, véase
nuestro diálogo-entrevista (realizado junto con el
compañero Luciano Álzaga) al presidente de la Asamblea
Popular de la república de Cuba Ricardo Alarcón. En
http://www.lahaine.org/index.php?p=14057 y
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=30096
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