|
¿Molestarme a mí que sea recordado como
un pintor costumbrista? Todo lo contrario, la vida sería
extraordinariamente buena conmigo si dentro de dos, tres
siglos... alguien me recordara.
Mezcla de
picardía y jolgorio, su obra sorprende -en primera
instancia- por el tratamiento desenfadado de la realidad
cubana actual. Pero más allá de la ingeniosa humorada,
este pintor excepcional da rienda suelta en sus cuadros
a una profunda vocación poética, translúcida de ternura
y candor.
Cuando Pedro Pablo Oliva regresa de Pinar del Río, en
esta casona de la Habana Vieja se alborozan hasta los
gatos. Trae en cada bolsillo un tomeguín, y un tropel de
lagartijas sigue sus pasos.
-Ya está aquí el Maestro -avisan los pavorreales,
posados como vigías en los aleros.
-Ya está aquí el Maestro -repiten las cotorras,
las golondrinas y los gorriones que anidan en los
techos.
Es bueno tener en Oficios 6 un vecino como Pedro Pablo;
subir hasta su estudio-morada sin anunciar visita, por
la rechinante espiral de peldaños.
Toco el timbre de campanilla, espero, y él mismo abre
con un pincel en la mano. Lleva los espejuelos en la
punta de la nariz y, aunque trate de esconderlo, a su
flanco se asoma un niño. Un niño diminuto que, haciendo
muecas, me pide con cierto enfado:
-Dale un beso a mi pez verde.
Luego se desliza a su lado una muchacha desnuda con
rasgos de gacela y senos ingrávidos. Ella hace una señal
de silencio, sellando sus labios con el dedo índice, y
me susurra al oído:
-Soy la modelo del artista, pero también me ocupo de
regar sus plantas.
Siempre sucede así cada vez que entro a ese recinto
habitado: como si al traspasar su umbral, cayera dentro
de los cuadros de Pedro Pablo. Siento allí un misterio
vegetal, sumido en el jardín de helechos, buganvillas,
orquídeas... que enverdecen ese pequeño espacio. Una
impresión de levedad cuando el reflejo de los vitrales
cae sobre mí como brochazos de luz polícroma, haciéndome
creer que yo también soy un ser pintado. Uno de esos
personajes risibles que viven en sus lienzos entre
lagartos acosadores y otros animalejos fulgurantes y
rápidos.
-Me fascina saber que en un mismo instante pueden
ocurrir infinitas cosas diferentes -por fin dice algo el
pintor tras ajustarse las gafas y echarle un vistazo a
mi cuestionario.
Y como si ya lo conociera de antemano, enseguida me
tiende por escrito sus respuestas, junto a la pintura
prometida para la portada de esta revista: Martí
enamorado.
-Martí es un vecino arropado de los senderos, un
solitario que mira de frente y se abanica con palmas.
Una levita olorosa a camino, a monte, a ciervo que busca
amparo, a banderón de la entrada. Su mentón huidizo
carece de importancia, porque viene de abajo un follaje
bigotudo...-
-Tal descripción, de una plasticidad evidente,
pertenece a Lezama Lima, pero bien pudiera servir para
explicar los Martí que tú pintas, Pedro Pablo. ¿Qué
piensas cuando retratas al Apóstol en tus lienzos?
-Qué ocultos impulsos hacen a un hombre comportarse como
es; qué pequeñas piezas se entrecruzan, yuxtaponen o se
ensamblan durante años y terminan formando en un
individuo una actitud filosófica racional o irracional
específica; qué enmarañado cúmulo de imágenes pueblan el
vasto campo oscuro de la memoria; qué vivencias del
pasado o del presente son tan importantes como para
justificar una palabra, una ternura o el hiriente calor
de una mirada al día siguiente.
Llevo años sin separarme de un hermoso libro que
descubrí entre un amasijo de papeles amarillos y
húmedos. Tenía por aquel entonces veinticinco años y
aquellas primeras palabras todavía vibran en mi memoria
con el verdor de la hierba fresca: "¿Con cuántos árboles
se hace una selva, con cuántas casas una ciudad? Los
árboles no dejan ver el bosque, y gracias a que así es,
en efecto, el bosque existe..."
Ese señor llamado José Ortega y Gasset, aún vaga en mi
memoria con sus flamantes Meditaciones del Quijote como
camino abierto. Me digo muchas veces que los momentos
que uno considera importantes, o que definen nuestra
vida, no son en ocasiones los que son, o no aparecen en
el estado de pureza con que uno los evalúa; ni
ciertamente poseemos la verdad de aquello que, incluso,
tiene que ver con la formación de cada cosa; son como
tortuosos laberintos que no siempre uno felizmente
escoge.
Lo cierto es que un día mamá nos reunió a todos en el
comedor de la casa, temerosa, temblándole todavía el
delantal sucio de la cocina que estrujaba entre sus
dedos: "Sé que no es bueno arrastrar con la memoria,
pero..." por esos misterios de los caminos, Antonio
Oliva (nuestro abuelo paterno) había estado en Dos Ríos,
donde fue emboscado y rematado José Martí; fue él quien
asestó el último golpe a ese hombre pequeño de levita
que gustaba de amar la poesía; el que enseñaba y
practicaba que la libertad digna y única era ésa donde
el hombre no tenía que esconder sus palabras, ni frenar
el vuelo de su filosofía; esa imagen mitad ternura y
mitad guerrero, Quijote caribeño, nuestra taza de café
mañanero, enemigo irreconciliable del que humillaba al
hombre por su raza, mitad Palma, mitad Mango y Caimito.
A partir de ese día mamá habló menos y su sillón viejo
de caoba rechinaba como una yunta de buey por toda la
casa. Algo debe haberse descascarado dentro de ella
cuando el viejo le contó aquello antes de morir, tanto
que se alejó poco a poco del patio; y el jardín, repleto
de mamoncillos y chirimoyas, se fue haciendo más
intrincado y mudo. Tal vez por eso la comida resultaba
menos apetecible y un amargo sabor a cajigal brotaba del
agua que extraía de la tinaja cuando gota a gota caía de
la piedra, marcando el tiempo y el compás de sus pasos
por toda la casa.
Fue acaso ese momento el que me abrió ese oculto afán
por dejar algunas imágenes de Martí y su desenfrenado
amor por hacer mejor al hombre. Acaso el blanco busto
que me acompañaba cada mañana durante años y años por
todas las escuelas; acaso mi profesor de Español y
Literatura me arrastró con sus narraciones a rendir
tributo a ese hombre que se revolvía en mis recuerdos;
acaso mis libretas de escolar. Tengo la trivial
costumbre de afirmar que no sé hasta dónde influyó en mí
la manera en que mis hermanos me enseñaron a amarrar el
cordón de los zapatos. Con los años muchos de los
conflictos que arrastra el hombre los libera o los
oculta.
He pintado a Martí como ese hombre cotidiano que es
capaz de amar y dejarse amar, o como ese otro que se
asoma a cualquier balcón de la Habana Vieja como uno más
de nosotros, o acaso sentarlo sobre un sillón de mimbre,
acosado por lo que no fue, viviendo también codo a codo
con sus conflictos. Ese bigotudo de mirada tierna que
puede aparecer por cualquier sitio de una ciudad, de la
mano de un niño pequeño y burlón, con su bolso repleto
de plátanos, quimbombó y lechugas. Así lo veo, así lo
quiero.
-De las cosas aprendidas en tu infancia, ¿cuáles
sientes que perduran en tus cuadros?
-El oscuro y abierto amor por los recuerdos.
Una dulce claustrofobia que me hace siempre abrir una
ventana.
Que el horizonte tiene límite ante mis ojos.
Me asaltan la enmarañada mata de mamoncillo que se
erguía en el patio. Un camaleón haciendo el amor a
escondidas. Sus ojos enormes y la escapada estrepitosa
hacia arriba.
El valor expresivo de un objeto que escondemos en algún
rincón de una gaveta.
Que la verdad está más cerca del hombre cotidiano.
Y que cada cosa de la naturaleza tiene en sí una sonrisa
mágica y burlona.
Me persigue una niñez inacabada dentro de una caja
pequeña donde dormita una alameda hecha pedazos.
Me susurra un quinqué y el ruido nocturno de los
grillos.
La espera y su marcado silencio.
El rostro amargo de la hipocresía y el viento tomando
forma sobre la hierba del campo en cada visita a tío
Miguel.
Creo que arrastro con un poco de locura provinciana; esa
que me dio por construir a escondidas alas con cartón y
alambre entre los dedos.
Arrastro un pez.
Y un diciembre repleto de luces secas.
-Toda ausencia de luz obligada conlleva tintes
lúgubres... Así, en medio de un apagón, sería imposible
apreciar siquiera uno de tus cuadros. Ah, se acaba de ir
la luz, Pedro Pablo, y me he quedado con ganas de ver El
gran Apagón. ¿Podrías explicármelo?
-Ese cuadro lo terminé hace unos cuatro años, pero
lo empecé mucho antes. No lo supe hasta después. Cuando
uno se aleja del objeto, no sólo ve aquello que
constituye el centro de interés, sino su contexto, y
éste hace también al objeto. Digo esto porque antes de
finalizar ese cuadro estuve pintándolo más chico muchas
veces, en una serie que llamé los refugios, y que se
refería a los túneles populares que se construyeron en
todo el país a raíz de una inminente invasión
norteamericana. En aquel entonces me deleitaba pintando,
mitad en serio, mitad en broma, esa particularidad que
posee el ser humano de mezclar en un solo sitio personas
de tan diferente formación educacional y cultural. Me
parecieron realmente una gran locura aquellos días
cuando se debían hacer los primeros y repetidos ensayos
que terminarían por lograr una disciplina y un orden
para que en un momento de real tragedia, funcionara. No
sé cuántas cosas se me ocurrieron. Me vienen a la
memoria algunos títulos como La Boda, El Sitio de los
Sonidos, El Gran Refugio, Niño cazando mariposas, El
Rey, o Vale Todo.
La vida exterior funcionando ahí debajo tal cual es.
Ésos fueron los antecedentes de El Gran Apagón,
indudablemente el resumen de toda esa temática.
Vivía en aquel entonces en una casita de un reparto de
Pinar del Río, un reparto acosado duramente por los
apagones. Eran tan continuados (lo son todavía) que me
entretenía oyendo cuanta queja de los vecinos recorría
la noche, como esos pregones musicales de algún vendedor
de buganvillas y marpacíficos.
Nadie pensaba igual bajo aquellas noches sin tiempo, de
quejas y niños aplastados por la luz de un quinqué,
discusiones y argumentos puestos sobre la mesa de la
cocina casi vacía de cada casa. Crisis de un sistema que
traía su voz de camino perdido, tiempo de sentirse casi
solo. Uno de los momentos más críticos de la existencia
de este país como nación independiente.
Tantos criterios. Cuántos senderos y la angustia de que
las riendas del coche tomaran un camino errado y
absurdo.
En ese contexto nace El Gran Apagón. Mezcla de ese
turbulento tiempo en que nos encontrábamos, sin querer,
dentro de un gran refugio. Velas y chismosas por luz y
la palabra independiente como tribuna.
Difícil y contradictorio intento ese de recoger sobre el
lienzo el estado espiritual de un momento específico de
un país. Una especie de desdoblamiento donde asumía
partido y no, donde creía y no, donde odiaba y amaba y
no, donde descubría esperanzas y no.
Nunca vi la obra completa en el proceso de trabajo. El
sitio que tenía para trabajarla era muy chico. El suelo
resultó su mejor espacio; pintar y enrollar era el
ritmo.
Imágenes que formaban parte de noticias y recuerdos
afloraron de manera repentina. Una forma más de hacer
catarsis.
Siempre he dicho que una de las escenas que más me
angustia de ese cuadro es la de ese personaje de la
izquierda que vive acosado por los lagartos sin más
escapatoria que una campal y terrible lucha o un
venerable y honroso suicidio.
Lo demás hay que dejárselo al espectador. Cada persona
lee y volverá a leer. Hay cosas que también a mí se me
escapan. Yo también tengo mi lado oscuro.
-¿Cuándo sabes que un cuadro tuyo está totalmente
terminado?
-Cuando empiezo a odiarlo. Uno se plantea objetivos,
cosas que quiere lograr y resulta que, en el proceso del
trabajo, todo se va enredando como una madeja
interminable y compleja repleta de caminos.
Yo al menos termino desorientado, contemplando ese hijo
que en nada se parece a lo que me propuse; unas veces
por falta de técnica, otras por una aparente ingenuidad
que asalta mis trabajos cuando menos lo espero. Y no es
que estén mal estas dos cosas, pues casi siempre la
ingenuidad viene saturada de amor; y la técnica la
determina lo que uno quiere hacer. Lo que me molesta es
que no puedo dominar, a veces, el sentido de lo que
busco; y el hombre oculto, ese que al final es quien es,
me domina y aplasta.
-¿Cuáles son tus colores preferidos?
-Ninguno en especial. He pintado en todos estos años
algunas cosas con influencias de las tierras y los
ocres; he saludado los azules, y he terminado a
dentelladas con el rojo, el amarillo y el verde.
Todos me parecen bien, y a todos los respeto. Cada uno
te muestra su mundo, cada uno habla por sí solo.
Eso sí, adoro los oscuros. Siempre son un viaje hermoso
a lo desconocido. Pero que nada te extrañe. He visto la
tristeza de unos claros en las pastas de Fidelio Ponce
de León, y saltar de alegría unos oscuros en las manos
de Portocarrero.
-¿Y tu fruta?
-Una especie que nunca he podido encontrar. Todas
las frutas tienen un sabor especial y no me atrevería a
decidirme por una. El caimito exalta mis pasiones
sensuales. La frutabomba hace temblar la frescura del
césped que cubre mis nostalgias. La chirimoya me
devuelve a la niñez. El melón es un viaje al erotismo.
El marañón aprieta la bemba, y qué me dices de un mango
en pleno campo oyendo historias de alguna muchacha que
amó a mi padre. Como todas las cosas son: mitad objeto,
mitad recuerdos.
-¿Cuál es la mujer modelo ideal del pintor?,
¿acaso aquella que no habla?
-Ninguna fórmula es perfecta. Paso la pregunta a
Botero, Modigliani, Klimt y Morales.
En cuanto a la mudez, no lo soportaría.
Me decías que en El gran beso de La Mina hay un homenaje
implícito a cierto pintor europeo que, habiéndose
dedicado por entero al arte decorativo, trasciende por
sus pinceladas muy cortas y rápidas, técnica que tú
aplicas en ese lienzo con conciencia de causa. ¿De qué
manera te dejas influir por los pintores de antaño,
consciente e inconscientemente?
Sí, es un homenaje a ese pintor vienés extraordinario
que se llamó Gustav Klimt. Y no es que haya dedicado su
vida a realizar un arte decorativo (al final todo arte
lo es), sino que se regodeó como nadie en el disfrute
por el adorno, la belleza de las líneas... en el placer
por el color y una envidiable manera de tratar la figura
humana con una técnica que embriaga por su encanto y por
el dibujo incomparable de maestro.
Uno siente afinidad con una u otra persona, con uno u
otro artista; incluso, ya se habla de esto como un
fenómeno químico.
He pasado por tantos caminos por donde han transitado
otros, que coloco flores amarillas de alegría cuando
descubro que un pintor que no valoraba en su total
justeza, ha entrado en mí de una manera irrespetuosa y
sembrado una planta pequeña y nueva. No rechazo nada,
todo intento verlo, pero como todo ser humano enjuicio
las cosas.
"Saber definir es el riesgo de la existencia". Palabras
cortas y sencillas que le debo a un poeta vagabundo,
allá por el año 1985, en la Puerta del Sol, en pleno
Madrid. Hombre colérico con su alma, Esteban Menchú se
decía llamar bajo su sobretodo desgastado por esa doble
función de cama y abrigo. Ese hombre intentaba
suicidarse todos los días y posponía su muerte cuando
encontraba una persona a quien brindar su ayuda.
Aquella vez fui yo, cuando me descubrió aturdido, sin
saber qué rumbo tomar bajo una llovizna fría y saltarina
(llovizna que me hizo sentar sobre una pequeña fuente de
oso perdido), para increparme con aquello que llamaba
"dulces filosofías contemporáneas":
"No intentes confundir nunca tu imagen con las sombras,
corres el riesgo de desvanecerte", decía. "Si se trata
de cultura, toma lentitud de domingo si no la hacen y
guían los hombres de cultura. Los científicos, a sus
hospitales; los militares, a sus cuarteles".
O aquello de que "en el acto de creación se conjugan lo
posible y lo imposible; lo único que mantiene la unidad
es la coherencia de lo imposible".Y montones de cosas
más que se me han perdido en la memoria.
El gran beso de La Mina, un homenaje sencillo a Klimt, a
un momento de mi vida y al constante transcurrir del
tiempo en cada imagen.
-¿Notas influencias tuyas en los pintores más
jóvenes?
-Es posible, pero de esas cosas que hablen los que
la tienen. Es una cadena de la que nadie se salva. Yo
por lo menos no dejo de brindar mi agradecimiento a
aquellos pintores, escritores, filósofos, políticos,
amas de casa, carpinteros y maestros que contribuyeron a
formarme como pintor. Un agradecimiento que siempre es
poco y que me ayuda a saber que no soy un genio, y que
la sombra bajo la que me resguardo alivió el andar de
otros caminantes.
-Para ti, pinareño arraigado, ¿qué significa la
Habana Vieja?
-Cuando mamá colocaba los platos, los cubiertos
sonaban en tranquila sinfonía, y la humeante taza de
café ponía fin a los trajines de la mañana y de la
tarde, me deleitaba en tirar una cartulina sobre la mesa
o correr las sillas hacia un lado para llenar la casa de
ese olor a trementina que hacía toser a mi hija
primera.
Tenía la casa una ventana de dos alas que abría
diariamente y por donde entraban todos los olores del
mundo. Sucede que una noche, un apacible olor a mar
inundó toda la casa. Recuerdo que salí atropellando
cuanto encontraba hasta la puerta. La siempre noche
rellena de grillos y el tintineante bombillo de
Asunción, que vivía al frente con su galán de noche y su
coposa mata de mangas amarillas, me saludaron como
siempre.
Salobres sueños afloraron dentro de mí cuando aquella
puerta se abrió a mis tonterías de veinte y tres años y
el mar no empapó mis pies.
En ese instante supe que un día cualquiera estaría junto
al mar y que nada llenaba tanto el pecho como la
imaginación obsesiva de un hombre de provincia.
La Habana Vieja. Esta mezcla perfecta de agua y piedra.
Sitio abierto de fantasmas. Ciudad de hombres que hacen
malabares con los latones o esperan levantar en vilo una
copa con la mirada. Sitio de lo posible a lo imposible.
De lo imposible a lo posible.
Algún amor frustrado me saluda desde una esquina, o un
señor de traje oscuro me pide un poco de luz. Ciudad
corta donde duermen mis angustias. Beso pleno a una mano
azul. Sitio de pasos sobre pasos. De angustias
remendadas en una alegría temporal. Un niño que mira y
confunde mis alas. Ciudad atiborrada de esperanzas y un
bosque de plantas y ternuras.
Del otro lado mi provincia, que no tiene mar, pero lo
imagino. Donde no abunda la historia como entre estas
calles, pero que se hace a diario como si fuese el día
mismo de su nacimiento.
Me digo a veces que vengo aquí para ver a una abuela
antiquísima que me cuenta secretos prohibidos y me
enseña el milenario don de la belleza.
-¿Te molestaría que al cabo de dos, tres siglos... te
recuerden como un pintor costumbrista?
-Pido permiso a los teóricos: todo arte más acá o más
allá termina siendo costumbrista. Hablo de ese
costumbrismo que mañana nos revelará cómo fue el hombre,
vistió o pensó; tal vez, cómo amó; quizás, cómo reprimió
sus angustias y canceló su risa; y no de ese
costumbrismo de corte realista que a veces invade
nuestra memoria antiquísima.
No tengo ni el más mínimo temor de que un día me
consideren como tal; a veces, incluso, hasta prefiero un
término más contemporáneo: el de cronista; que dice algo
así como una especie de prensa pictórica o noticiero
plástico.
No sé cómo comenzaron a interesarme aquellos temas que
tenían que ver con la vida cotidiana, con los hechos
cotidianos, con la existencia pasajera y no menos bella
de una mujer dormida sobre su cigarrillo. Acaso me
empujó hacia ese abismo el espíritu de crítica que
hicieron nacer en mí, frenaron, y de nuevo hicieron
nacer en mí funcionarios y políticos. Acaso la ausencia
de una contrapartida frente a los aplausos de que todo
estaba bien, muy bien. Acaso, Antonia Eiriz, esa mujer
que todavía vaga por La Habana señalando con su dedo el
justo sitio de la encrucijada.
Siempre he pensado, lo seguiré haciendo, que el hombre
es expresión de la vida natural. La noche y el día se
expresan, lo húmedo y lo seco, lo tierno y lo grotesco.
El pensamiento opuesto también necesita expresarse. De
esa batalla, de esa lucha de pensamientos y de ideas
hermosas, solo trascenderá lo justo; y la verdad,
temporal o eterna, se impondrá.
¿Molestarme a mí que sea recordado como un pintor
costumbrista? Todo lo contrario, la vida sería
extraordinariamente buena conmigo si dentro de dos, tres
siglos... alguien me recordara, y no lo digo por falsa
modestia. La vida decanta y permanecer es dado sólo a
quien logra tener el encanto de una hoja pequeña de
tamarindo.
Lo único que sé, es que dentro de dos, tres siglos... no
estaré en casa, eso lo aseguro.
Publicado en
Opus Habana, revista de la Oficina del
Historiador de la Ciudad de La Habana
|