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Cada vez que viene alguien a hacerme un cuento de
pinareños, trato de no molestarme y de imitar (sin mucho
éxito) la increíble sonrisa de Pedro Pablo Oliva: hay
tanta sabiduría y tanta hondura y tanta ironía de la
buena y tanta y tan intensa pinareñidad en esa sonrisa
suya, que me parece la mejor respuesta a la subterránea
campaña mediática que en los últimos tiempos ha sufrido
nuestra provincia. Pedro Pablo acaba de obtener el
Premio Nacional de Artes Plásticas, y es obvio que el
equipo de Pinar del Río se ha anotado un gol de oro: su
obra irreverente, agridulce, crítica y
tierna, ha enriquecido de una manera extraordinaria la
mirada de todos los cubanos y de
mucha gente en el mundo. Felicidades, hermano por ese
merecidísimo premio. Ojalá te decidas un día a pintar la
célebre concretera que dejaron dentro del cine unos
constructores (que, por cierto, NO eran pinareños): sé
que de esa anécdota tan manipulada va a nacer un Chiste
Mayor, como todos los tuyos.
Abel Prieto
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