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“Los que me
conocen saben que no me gusta hacer esto y ahora me
siento en un compromiso muy difícil, pero tengo que
hacerlo por mi historia personal y por la profunda
emoción que siento en estos momentos.
Este reconocimiento
que se me otorga hoy es, quizás, el resultado de la
acumulación de cosas que me han sucedido desde hace
muchísimos años. Hace más de treinta años en mi país, en
mi patria, en mi otra patria, me reunía con mi padre en
Tucumán, en el norte de la Argentina. Él permanecía
escondido en una piecita donde había tenido que
recluirse clandestinamente; mi madre y mis hermanas se
turnaban conmigo; un fin de semana me tocaba a mí y el
próximo a ellas.
En esas visitas, mi
padre me leía a Nicolás Guillén y ponía de fondo un
discurso de Fidel en una grabadora de cinta, un discurso
hermoso, bellísimo, un discurso que me sé prácticamente
de memoria porque lo escuché muchas veces. Ese discurso
fue pronunciado durante un acto por un aniversario del
Asalto al Cuartel Moncada. En él Fidel, recordando a
Rubén Martínez Villena, decía: “Desde aquí te decimos:
Rubén, ¡el Moncada fue la carga que tú pedías!”.
Yo pensaba y me
decía: ¡debe ser algo extraordinario ese país!, pero
realmente nunca quise soñar con la idea de venir a Cuba.
Algunas personas de mi familia habían estado en La
Habana, pero yo no quería soñar con esa idea porque me
parecía que era aspirar a lo imposible.
Después el horror, el
terror que sembró tanta destrucción en mi país, obligó a
mi madre y a mis hermanas a salir de la Argentina. En el
trayecto perdía muchísimas cosas y ¡paradojas de la
vida!, gané una nueva vida, una vida extraordinaria,
maravillosa, gané otra patria, otro lugar, otras
costumbres, otros sentimientos, otra manera de ser.
Quise comenzar
recordando a mi padre porque fue quien me enseñó que
había un país llamado Cuba donde, seguramente, vivía
gente extraordinaria que escribía eso que él me leía.
Deseo, también,
agradecerle a mi madre y a mis hermanas haber compartido
estos años y haber logrado sobrevivir al horror y a las
pérdidas, haciendo una vida llena de felicidad, con
contradicciones, pero llena de felicidad.
La vida me ha dado
muchísimas satisfacciones; una es ésta de haber
compartido todos estos años de vida personal con Víctor;
haberlo encontrado en mi camino, que me descubriera en
medio de la multitud y que me haya dado la oportunidad
de realizar un sueño que a mí me parecía imposible; que
me ha regalado, él me ha regalado, y por eso quiero
dedicar esto además de a mi familia (a mi padre, a mis
hermanas, a mis hijas, a mi madre que está aquí, por
suerte) a mis compañeros de trabajo.
A los amigos que
durante estos diez años me han acompañado de cerca en el
plano personal y profesional y me han hecho sentir lo
mismo que afirmó Silvio Rodríguez en un memorable
documental en el que afirmó que él hacia canciones para
hacer feliz a la gente.
Yo trabajo para hacer
feliz a la gente. Espero haberlo logrado en alguna
medida. Esta Distinción me da la oportunidad de mirarlos
y creer que logré un poquito de esa felicidad de cada
uno. Y a mis hijos del Centro Pablo: ¡gracias!
Tengo muchos hijos aquí que van desde Augusto Blanca
hasta Mauricio Figueiral. Gracias a Víctor, gracias a
Abel y gracias a la gran familia que he encontrado.
Jamás me he sentido
una extranjera en este país y creo que eso no es por mí
condición humana sino por la condición humana de los
cubanos que, más allá de cualquier cosa, acogen con
afecto y entrega a todas las personas, vengan de donde
vengan, crean en lo que crean, hagan lo que hagan. Eso
me conmueve cada día.
Les agradezco a todos
por compartir este momento: a los que están y a los que
no están también. Muchas gracias, muchas gracias”
Palabras de agradecimiento de María
Santucho, Coordinadora general del Centro Cultural
Pablo de la Torriente Brau, luego de recibir de
manos de Abel Prieto, Ministro cubano de cultura, la
Orden por la Cultura Cubana. Jueves, 2 de noviembre,
sede del Centro Pablo en La Habana Vieja. |