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(…)
Transitorio y
apasionado servicio
Marinello señaló en
repetidas ocasiones, con gran lucidez, el hecho que
explica “la presencia creciente de José Martí”:
Para mí [dijo en
1945] la presencia creciente de José Martí viene de su
íntima condición transitoria. No hay aquí malicia
literaria ni afán paradojal sino verdad honda. Quiero
decir que aquella conciencia de transitorio y apasionado
servicio, que es su razón de vida, contamina de fresca
ansiedad cuanto toca su nombre. Por eso no puede pasar:
porque estuvo pasando siempre.4
En 1958, añadirá: “Él
[Martí], que tanto habló de su "tiempo de tránsito", fue
en verdad un "hombre de tránsito".5 Y en
1974, coronará así esta sagaz observación: “Más de una
vez [Martí] anotó él mismo que vivía en días
transitorios, en tiempos de reenquiciamiento y remolde,
según su expresión reiterada. En alguna medida, todos
los tiempos lo son, y el nuestro en la mayor escala”.6
Esa condición
esencial de Martí, “aquella conciencia de transitorio y
apasionado servicio, que es su razón de vida”, y que
Marinello supo detectar con agudeza, es también el rasgo
definidor del propio Marinello y de sus pariguales en el
redescubrimiento de Martí y en la continuación de su
tarea: de inmediato vienen a la mente los nombres de
Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena. Como
tendremos ocasión de repetirlo, esa coincidencia es lo
que les permite, precisamente, un entendimiento justo
del hombre genial.
Desde luego, “los
días transitorios” de Martí no fueron —no podían ser—
los mismos que los de Mella, Rubén y Juan; ni, por
consiguiente, la “condición transitoria” de aquel podía
ser igual que la de estos. Pero Juan supo ver que si
Martí vivió tiempos de reenquiciamiento y remolde, “en
alguna medida todos los tiempos lo son, y el nuestro
en la mayor escala”. Y tanto Martí como Mella, Rubén
y Juan tuvieron conciencia de su “transitorio y
apasionado servicio”: es este doble hecho, su heroico
servicio transitorio, y la conciencia de él, lo que los
funde en una misma llama, aunque la tarea inmediata a
cumplir no pueda haber sido la misma.
Martí vio ante sus
ojos, en los bullentes Estados Unidos de las últimas
décadas del siglo XIX, transformarse el capitalismo
premonopolista en capitalismo monopolista e
imperialista. Esos que él llamaba, con su lengua épica,
tiempos de reenquiciamiento y remolde, son lo que
nosotros llamamos ahora, con la visión que nos dio Lenin
veintidós años después de muerto Martí, el inicio del
imperialismo, fase superior del capitalismo. Y, desde
luego, con su dramática postura de demócrata
revolucionario radical, Martí no podía ver sino con
ansiedad esa fase cuyo “remolde” —o cuyo nuevo reparto
del mundo, como decimos ahora— iba a conducir, años
después de su muerte, a la Primera Guerra Mundial: pero
en cambio vislumbraba, más allá de su época, un “nuevo
estado social” que ya no le tocaría conocer, un universo
nuevo, “amasado por los trabajadores”.
Otra sería la
situación, otro el tránsito, para los jóvenes que, en la
década del veinte de este siglo, se proponen remodelar
al país: y se dan de bruces, deslumbrados, con la obra
sorprendente de Martí. Unos años antes, en Octubre de
1917, el triunfo en Rusia de la Revolución socialista ha
inaugurado una nueva era en la historia: en esa era
vivirán esos jóvenes, y a ella entregarán, con heroísmo
y generosidad, sus hermosas existencias. Su tiempo es el
del tránsito del capitalismo al socialismo. Pero
entre ellos, solo a Juan le será dable, con su larga
vida fecunda, llegar a vivir en su propio país el
momento en que ese tránsito se abre va a la construcción
del socialismo. Anunciando la revolución social,
Martínez Villena había escrito en 1933: “Los ojos de
hoy no serán viejos cuando contemplen esa maravilla”.7
No serían viejos los ojos ni las manos de Juan para
ver y construir ese mundo, que él ayudó a hacer
realidad, a partir de 1959.
Como es habitual en
circunstancias parejas, el proletariado ascendente,
mientras iba forjando sus propios intelectuales
orgánicos —de los que sería ejemplo, en nuestro caso,
Blas Roca—, va arrancando a la burguesía y a la pequeña
burguesía sus cuadros más luminosos, sacrificados y
limpios, que se ponen al servicio de la nueva clase
revolucionaria y de sus tareas históricas. Mella, Rubén
y Juan se hallan a la cabeza de ellos.
La evolución de
aquellos hombres sin embargo, no tendrá el mismo ritmo.
Todos parecen arrancar juntos, en 1923, en lo que toca a
rechazar los aspectos más visibles y escandalosos —pero
no necesariamente los más profundos ni decisivos de la
República neocolonial. Martí, indudablemente, los guía
en sus afanes de entonces. La remisión al pensamiento
del héroe de Dos Ríos es constante en los documentos
políticos de la hora.8 Su presencia es
evidente en dos de los más importantes poemas de Rubén
escritos en aquel 1923: “El gigante”, acaso el único
gran poema de nuestras letras nacido de los Versos
libres; y el “Mensaje lírico-civil”, donde habla de
“cumplir el sueño de mármol de Martí”.
Pero si en 1923
—Protesta de los Trece, lucha por la Reforma
Universitaria, fundación de la Universidad Popular José
Martí, Grupo Minorista, Falange de Acción Cubana,
Movimiento de Veteranos y Patriotas todos parecen
marchar con el mismo paso, señal de un descontento
nacional que abarca varias clases y capas del país,
pronto se ve que algunos se adelantan hacia tareas de
más honduras. En 1925, el joven Julio Antonio Mella
estará entre los fundadores del primer partido
marxista-leninista cubano. Rubén y Juan no lo acompañan
aún en esta decisión, aunque serán sus abogados en su
resonante huelga de hambre. Dos años después, en 1927,
Rubén ingresa en el Partido, y forma parte de inmediato
de su Comité Central. En la revista que dirige,
América Libre, comienza a publicar su ensayo “Cuba,
factoría yanqui”, primera interpretación
marxista-leninista de la problemática de nuestro país. A
un comentarista avieso de su poesía, Rubén replica
airado, ese año 1927: “Yo destrozo mis versos, los
desprecio, los regalo, los olvido: me interesan tanto
como a la mayor parte de nuestros escritores interesa la
justicia social”.9
Ese mismo año
Marinello publica el que vendría a ser su único libro de
poemas, Liberación y comienza a editar 1927.
Revista de Avance, una publicación de
artes y letras de “vanguardia” que duraría hasta 1930.10
También en 1927 aparecerá su nombre —junto al de Rubén y
muchos de sus coetáneos— al pie del Manifiesto del Grupo
Minorista. Pero en esa fecha, y hasta el final de la
década, cuando Mella y Rubén son ya esencialmente
hombres políticos —y dirigentes del partido de la clase
obrera—, Juan, aunque manteniendo en su conducta la
inequívoca rectitud de que dio muestras desde un
principio, es esencialmente un hombre de letras, un
artista.
En 1930, un cambio
grande se hará visible en su vida. A los treintidós
años, escritor distinguido, editor de la más importante
revista cultural del país, profesor de la Universidad de
La Habana, Marinello se mezcla a los estudiantes
universitarios que el 30 de septiembre de aquel año
salen en manifestación de protesta contra el régimen
tiránico de Machado. Lezama Lima, que estuvo entre
aquellos manifestantes, me ha contado la emoción que los
embargó cuando, momentos antes de iniciar la marcha,
vieron bajar de un auto de alquiler, pulcramente vestido
de blanco, al admirado profesor Marinello, y sumarse a
la muchachada. De resultas de su participación en
aquella manifestación —donde perdió la vida Rafael Trejo
y quedaron gravemente heridos Pablo de la Torriente e
Isidro Figueroa, y en la que también estuvo Raúl Roa,
cronista mayor de la jornada— Marinello conoció por vez
primera la cárcel. En lo adelante, cárcel, persecución y
exilio se le volverían durante largos años su pan
cotidiano, y en ellos revelará un carácter firme y una
reciedumbre de principios que acaso muy pocos podían
sospechar en los delicados versos de su libro intimista.
No es este el momento
de seguir las vicisitudes de su noble vida. Lo que aquí
nos interesa es destacar el proceso de su evolución
ideológica. Cuando Martínez Villena, entonces al frente
del Partido, muere, el 16 de enero de 1934, Marinello se
encuentra identificado plenamente con su compañero
ejemplar. En las palabras que pronuncia junto a la tumba
de Rubén, explicará con limpieza y emoción:
Dieciocho años con
los corazones juntos, es mucho en la vida humana. Alguna
vez nos separó el modo de ver lo político. Ahora, al
dejarme, todo lo veíamos con la misma pupila. Es que
sobre los dos gravitaron prejuicios de clase y
deformación. Él heroico, los sacudió en un salto que
todavía dura. Era lo propio de los espíritus impares
como fue su espíritu. Ahora que estábamos soldados, se
me va. Sobre su cuerpo, juramos ser leales a su muerte.11
Poco después, Juan
escribe a su fraterno Luis Cardoza y Aragón, con quien
había compartido su primer destierro mexicano:
…anduve en México
demasiado “huyuyo” que decimos por aquí. Por otra parte,
explicables e inexplicables complicaciones. Y una
angustia profunda porque eran días de cambio de frente
en mi vida. Ahora, ya parece que el cambio se produjo y
marcho con menos angustia. Aunque a veces... Pero ya no
es hora de hablar de ciertas cosas. Estoy, ya debes
saberlo, metido a comunista y disfruto, por ello, de la
más cabal desafección de mis antiguos cofrades [...]12
Como Mella a partir
de 1925, como Rubén desde 1927, Juan se entregará en
cuerpo y alma a la causa del proletariado. Ello lo
llevará a presidir, entre 1938 y 1961, el Partido de la
clase obrera cubana, y a ser luego, hasta su muerte,
miembro del Comité Central del Partido Comunista de
Cuba.
Que Martí había
contribuido decisivamente a formar a aquellos hombres,
es algo de lo que no cabe duda. Pero al convertirse
ellos en dirigentes de otra revolución, la revolución
proletaria; al adherir al marxismo-leninismo, que no
podía haber sido la ideología de Martí, ¿no habrían
dejado atrás la ideología de este último, como fue el
caso, digamos, de las de José Enrique Rodó, y José
Vasconcelos, que también contribuyeron a formarlos? ¿Qué
relación iban a guardar los nuevos revolucionarios
cubanos con el mayor revolucionario de nuestro pasado?
Buena parte de la obra de Marinello está enderezada a
contestar esta pregunta.
p. 428 – p. 434.
(…)
Ubicación de Martí
Después de todo, este
problema de la ubicación literaria de Martí no es sino
un aspecto de otro problema más vasto ―la
ubicación histórica general de Martí―, el cual remite
por necesidad a una cuestión que Marinello supo señalar
desde temprano. Ya en su “Martí artista”, de 1933,
escribió: “En el camino hacia José Martí se alzará
siempre un gran obstáculo: su unidad. Desde todos los
ángulos se le ve el corazón a este hombre [...]. Por eso
el artista no es en él hombre distinto del político, del
meditador, del apóstol” (Literatura
hispanoamericana..., p. 13) y en 1954 reiterará:
“Debe quedar bien claro de una buena vez que a una
personalidad como la de Martí no se le puede fraccionar
de acuerdo con preferencias políticas o inclinaciones
literarias. O se le toma en bloque ―en esa totalidad
humana de la que parte todo en él―, o no se le toma de
ninguna manera” (Once ensayos..., p. 100). Ubicar
a Martí no supone pues ubicarlo por partes, sino ubicar
plenamente aquella “unidad”, aquella “totalidad suya, en
la cual no son distintos el artista, el político, el
meditador, el apóstol. Y ello solo puede realizarse en
la historia real, en la circunstancia específica que
Martí vivió y comprendió como nadie, y en la tarea que
allí acometió, dejando abierta una brecha por la que aún
andamos. Consciente de esto, Marinello denunciará en
1953: “La consideración abstracta de nuestro grande
hombre es muy frecuente en los martianos que no son más
que eso, especialistas en José Martí” (Once
ensayos..., p. 72). En cambio, en los que son
martianos de veras, y por tanto siguen peleando, en
nuevas coyunturas, su misma pelea, la propia experiencia
les dice que un hombre así, un hombre entero y cabal, es
siempre criatura concreta, en jadeo con un tiempo y un
deber concretos. Y será el diálogo con ese tiempo y ese
deber el que aflore en su pensamiento y sus “letras
fieras”. Por eso, por entender desde dentro a Martí,
Marinello había podido decir con entera razón en 1940:
“Martí fue primordialmente un político y [...] quien
indague el color de su pensamiento con olvido de esta
verdad anda descaminado”.49 Y esa esencia
política suya ―en el sentido más lato y noble del
término―, esa fidelidad martiana a las múltiples
exigencias de su quehacer histórico, explican el hecho,
reiterado por Marinello en 1953, de que logre “un
sentido dialéctico de lo político que no está asentado
en una convicción filosófica, sino en una aguda
comprensión de los acontecimientos” (Once ensayos...,
p. 58). Dispuesto siempre a servir por las vías más
diversas ―políticas, literarias, bélicas― la causa de
liberación a que ofrendara su luminosa existencia; y
situado en una coyuntura complejísima y particularmente
transitoria― inicio del imperialismo, fin del viejo
colonialismo y nacimiento del neocolonialismo, barruntos
aún lejanos del mundo plenamente liberado―, su quehacer,
su pensamiento, su expresión revelan esa “íntima
condición transitoria” que Marinello señalara con gran
acierto y que ya hemos mencionado antes. Por eso, como
también dirá Marinello, en 1941: “toda clasificación
consabida queda como desajustada ante su caso y a todas
es infiel en definitiva” (Once ensayos..., p.
28). Marinello se debate con energía contra los
múltiples intentos de encasillar al hombre original en
las clasificaciones consabidas; lo que,
naturalmente, no quiere decir que no sea susceptible de
ubicación alguna; pero mientras se forjan las nuevas
clasificaciones, ya no consabidas, es imprescindible
evitarle encasillamientos deformadores. Por eso dirá, en
1953: “Mil veces hemos visto cómo los propagadores de la
enseñanza confesional entre nosotros nos mechan sus
sermones y comentarios de sentencias martianas. Lo que
es tan desleal como querer adscribir a nuestro hombre al
pensamiento marxista” (Once ensayos..., p. 73). Y
también: “Todo lo que tienda a ofrecernos un Martí a
posteriori, todo lo que se dirija a enfrentarlo a
situaciones y realidades distintas de las que integraron
su personalidad y provocaron su acción, es tan
descaminado como el intento de darnos un Martí de
espaldas al presente cubano” (p. 74).
Ahora bien, esas
nuevas clasificaciones que harían plenamente
comprensible la ubicación y la obra de Martí, no podrían
forjarse sino al calor de la misma historia. En aquellos
años oscuros del cincuenta, en 1954, Marinello llegó a
escribir estas palabras en las que la tristeza es
vencida por la más radiante esperanza:
Será después de
nuestro turno que llegue el amanecer dichoso en que se
levante de nuestras ruinas de homenaje y polvo de
entusiasmo el Martí prístino y radioso; un Martí que no
hayamos leído nunca, un héroe renacido de sus cenizas
agotadoras, al que podamos acercarnos como un profeta
familiar. Ese día sus virtudes netas de escritor, su
real medida literaria [y de toda naturaleza], podrán
apreciarse y entenderse cabalmente [p. 108].
Por fortuna, sería en
vida de Marinello cuando brotaría ese “amanecer dichoso”
que él anunció, y en que comenzaría a apreciarse y
entenderse plenamente la obra en marcha de aquel
“profeta familiar”. Ese amanecer ¿no es el de nuestra
Revolución socialista, la que desde la arrancada misma
señaló inequívocamente o su filiación martiana, y ha
hecho posible, al decir del propio Marinello, que el
Maestro se haya ido “realizando”? Es ahora,
también según palabras de Marinello, que “la condición
premonitoria y libertadora del héroe cubano alcanza toda
su estatura”. Ahora vemos con nitidez en qué medida
aquel demócrata revolucionario en combate contra el
colonialismo y el imperialismo sobrepasaba no solo a los
escritores modernistas, sino también a todos los
políticos y pensadores latinoamericanos de su época,
porque sus dramáticas exigencias apuntaban al porvenir:
sin que por ello abandonara un solo instante, todo lo
contrario, las labores incluso más humildes que su
tiempo le imponía. Marinello pudo escribir en 1961:
“Solo una revolución socialista como la que avanza en
Cuba es la realización consecuente y profunda del
pensamiento político de Martí, sin que tal pensamiento
haya sido socialista” (p. 18); y también había escrito,
antes del triunfo de nuestra revolución, que si bien
Martí no se propuso aún como meta inmediata “la sociedad
sin clases [...] todo grande hombre es anuncio de esta
sociedad” (p. 45). Esa meta ahora sí es ya la nuestra. Y
en relación con ella, en su último gran trabajo político
sobre Martí en 1975, Marinello estampó estas soberanas
palabras: “En ese porvenir de inmedible grandeza estará
presente, cualquiera sea la magnitud de los cambios
producidos, la voz profética y libertadora de José
Martí” (El Partido..., p. 31).
Tu Marcellus eris
En reiteradas
ocasiones, Marinello advirtió cómo en los vívidos
retratos que Martí trazó de las personalidades que
admiró y amó, con frecuencia se pintó a sí mismo. ¿No es
acaso este también el caso de Marinello cuando, más de
una vez, escribe sobre su admirado y amado Martí? ¿No
trazó en esas ocasiones su mejor retrato? Cuando nos
describe la agonía martiana, cuando le recorre el idioma
ávido y hermoso, cuando lo presenta combatiendo sin ira,
leal a su tiempo y anunciador del porvenir, cuando dice
de la existencia de Martí que “una vida de esta
categoría es mucho más que una vida: es un hecho moral”,
¿cómo no sentir que estamos, a la vez frente a José
Martí y a Juan Marinello? No se trata ahora de
establecer comparaciones que el propio Marinello hubiera
sido el primero en rechazar. Pero sí de admitir que
nadie ha comprendido mejor a Martí que aquellos que se
sintieron convocados a proseguir su gigantesca tarea, y
encontraron fuerzas suficientes para hacerlo. Son ellos
quienes han hecho posible el mejor entendimiento de
Martí, aunque ese entendimiento no asumiera por
necesidad forma de estudios. Su caso es del fuego en
diálogo con el fuego.
Sobre todo en dos
ocasiones, a lo largo del siglo, se ha dado este diálogo
en nuestra historia: en relación con los grandes
revolucionarios brotados a la lucha en los años veinte;
y en relación con la “Generación del Centenario”. Mella,
Rubén, Juan, Fidel y los atacantes al cuartel Moncada,
sintieron que aquel mensaje los llamaba a reiniciar una
pelea inacabada; sintieron que aquella obra los señalaba
a ellos, como en el verso de Virgilio: “Tu Marcellus
eris”, “Tú serás Marcelo”: ahora tú eres la historia y
es en la historia viva, no en las páginas, por ilustres
que sean, donde sigue vivo aquel hombre sin muerte. Al
entender lo esencial de Martí, y al continuar, en
tiempos y situaciones distintos, su tarea, tanto Mella,
Marinello y sus compañeros de generación, como Fidel y
la “Generación del Centenario”, hicieron posible a los
demás la comprensión cabal de la obra martiana: de lo
que Marinello llamaría “el largo tesoro de su fuerza y
de su ternura”.
Abril-mayo, de 1977
p. 460 – p. 464.
Notas:
4
“José Martí: razón de su presencia creciente”, cit. en
n. 1, p. 164.
5
José Martí, escritor americano. Martí y el
modernismo, cit. en n. 1, p. 315.
6
“Discurso pronunciado en la clausura del III
Seminario...”, cit. en n. 1, p. 319. El subrayado es
nuestro. R. F. R.
7
Rubén Martínez Villena: “Las contradicciones internas
del imperialismo yanqui en Cuba y el alza del movimiento
revolucionario”, 1933, en Órbita de Rubén Martínez
Villena, esbozo biográfico de Raúl Roa, selección y
nota final de R. F. R., La Habana, 1965, p. 203.
8
v. Ana Cairo Ballester: El Movimiento de Veteranos y
Patriotas. (Apuntes para un estudio ideológico del año
1923), La Habana, 1976
9
Rubén Martínez Villena: “Carta a Jorge Mañach”, 1927, en
Órbita..., cit. en n. 8, p. 211.
10
v. Juan Marinello: carta a R. F. R. sobre la Revista
de Avance, en Casa de las Américas, n. 103,
julio-agosto de 1977, pp. 114-119; Y R. F. R.: “Aquel
1927, aquella 1927”, en Granma, 15 de marzo de
1977 (reproducido en Casa de las Américas, n.
102, mayo-junio de 1977).
11
Palabras de Juan Marinello en el entierro de Rubén
Martínez Villena, el 16 de enero de 1934, publicado en
Casa de las Américas, n. 81, noviembre-diciembre
de 1973, p. 112.
12
Carta a Luis Cardoza y Aragón, 1934, en Casa de las
Américas, n. 100, enero-febrero de 1977, p. 81.
49
“Carta de Juan Marinello”, en Antonio Martínez Bello;
op. cit. en n. 1, p. 216. |