Año V
La Habana
4 al 10 de NOVIEMBRE
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Martí en Marinello
(fragmentos)

Roberto Fernández Retamar La Habana


(…)

Transitorio y apasionado servicio

Marinello señaló en repetidas ocasiones, con gran lucidez, el hecho que explica “la presencia creciente de José Martí”:

Para mí [dijo en 1945] la presencia creciente de José Martí viene de su íntima condición transitoria. No hay aquí malicia literaria ni afán paradojal sino verdad honda. Quiero decir que aquella conciencia de transitorio y apasionado servicio, que es su razón de vida, contamina de fresca ansiedad cuanto toca su nombre. Por eso no puede pasar: porque estuvo pasando siempre.4

En 1958, añadirá: “Él [Martí], que tanto habló de su "tiempo de tránsito", fue en verdad un "hombre de tránsito".5 Y en 1974, coronará así esta sagaz observación: “Más de una vez [Martí] anotó él mismo que vivía en días transitorios, en tiempos de reenquiciamiento y remolde, según su expresión reiterada. En alguna medida, todos los tiempos lo son, y el nuestro en la mayor escala”.6

Esa condición esencial de Martí, “aquella conciencia de transitorio y apasionado servicio, que es su razón de vida”, y que Marinello supo detectar con agudeza, es también el rasgo definidor del propio Marinello y de sus pariguales en el redescubrimiento de Martí y en la continuación de su tarea: de inmediato vienen a la mente los nombres de Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena. Como tendremos ocasión de repetirlo, esa coincidencia es lo que les permite, precisamente, un entendimiento justo del hombre genial.

Desde luego, “los días transitorios” de Martí no fueron —no podían ser— los mismos que los de Mella, Rubén y Juan; ni, por consiguiente, la “condición transitoria” de aquel podía ser igual que la de estos. Pero Juan supo ver que si Martí vivió tiempos de reenquiciamiento y remolde, “en alguna medida todos los tiempos lo son, y el nuestro en la mayor escala”. Y tanto Martí como Mella, Rubén y Juan tuvieron conciencia de su “transitorio y apasionado servicio”: es este doble hecho, su heroico servicio transitorio, y la conciencia de él, lo que los funde en una misma llama, aunque la tarea inmediata a cumplir no pueda haber sido la misma.

Martí vio ante sus ojos, en los bullentes Estados Unidos de las últimas décadas del siglo XIX, transformarse el capitalismo premonopolista en capitalismo monopolista e imperialista. Esos que él llamaba, con su lengua épica, tiempos de reenquiciamiento y remolde, son lo que nosotros llamamos ahora, con la visión que nos dio Lenin veintidós años después de muerto Martí, el inicio del imperialismo, fase superior del capitalismo. Y, desde luego, con su dramática postura de demócrata revolucionario radical, Martí no podía ver sino con ansiedad esa fase cuyo “remolde” —o cuyo nuevo reparto del mundo, como decimos ahora— iba a conducir, años después de su muerte, a la Primera Guerra Mundial: pero en cambio vislumbraba, más allá de su época, un “nuevo estado social” que ya no le tocaría conocer, un universo nuevo, “amasado por los trabajadores”.

Otra sería la situación, otro el tránsito, para los jóvenes que, en la década del veinte de este siglo, se proponen remodelar al país: y se dan de bruces, deslumbrados, con la obra sorprendente de Martí. Unos años antes, en Octubre de 1917, el triunfo en Rusia de la Revolución socialista ha inaugurado una nueva era en la historia: en esa era vivirán esos jóvenes, y a ella entregarán, con heroísmo y generosidad, sus hermosas existencias. Su tiempo es el del tránsito del capitalismo al socialismo. Pero entre ellos, solo a Juan le será dable, con su larga vida fecunda, llegar a vivir en su propio país el momento en que ese tránsito se abre va a la construcción del socialismo. Anunciando la revolución social, Martínez Villena había escrito en 1933: “Los ojos de hoy no serán viejos cuando contemplen esa maravilla”.7 No serían viejos los ojos ni las manos de Juan para ver y construir ese mundo, que él ayudó a hacer realidad, a partir de 1959.

Como es habitual en circunstancias parejas, el proletariado ascendente, mientras iba forjando sus propios intelectuales orgánicos —de los que sería ejemplo, en nuestro caso, Blas Roca—, va arrancando a la burguesía y a la pequeña burguesía sus cuadros más luminosos, sacrificados y limpios, que se ponen al servicio de la nueva clase revolucionaria y de sus tareas históricas. Mella, Rubén y Juan se hallan a la cabeza de ellos.

La evolución de aquellos hombres sin embargo, no tendrá el mismo ritmo. Todos parecen arrancar juntos, en 1923, en lo que toca a rechazar los aspectos más visibles y escandalosos —pero no necesariamente los más profundos ni decisivos de la República neocolonial. Martí, indudablemente, los guía en sus afanes de entonces. La remisión al pensamiento del héroe de Dos Ríos es constante en los documentos políticos de la hora.8 Su presencia es evidente en dos de los más importantes poemas de Rubén escritos en aquel 1923: “El gigante”, acaso el único gran poema de nuestras letras nacido de los Versos libres; y el “Mensaje lírico-civil”, donde habla de “cumplir el sueño de mármol de Martí”.

Pero si en 1923 —Protesta de los Trece, lucha por la Reforma Universitaria, fundación de la Universidad Popular José Martí, Grupo Minorista, Falange de Acción Cubana, Movimiento de Veteranos y Patriotas     todos parecen marchar con el mismo paso, señal de un descontento nacional que abarca varias clases y capas del país, pronto se ve que algunos se adelantan hacia tareas de más honduras. En 1925, el joven Julio Antonio Mella estará entre los fundadores del primer partido marxista-leninista cubano. Rubén y Juan no lo acompañan aún en esta decisión, aunque serán sus abogados en su resonante huelga de hambre. Dos años después, en 1927, Rubén ingresa en el Partido, y forma parte de inmediato de su Comité Central. En la revista que dirige, América Libre, comienza a publicar su ensayo “Cuba, factoría yanqui”, primera interpretación marxista-leninista de la problemática de nuestro país. A un comentarista avieso de su poesía, Rubén replica airado, ese año 1927: “Yo destrozo mis versos, los desprecio, los regalo, los olvido: me interesan tanto como a la mayor parte de nuestros escritores interesa la justicia social”.9

 

Ese mismo año Marinello publica el que vendría a ser su único libro de poemas, Liberación y comienza a editar 1927. Revista de Avance, una publicación de artes y letras de “vanguardia” que duraría hasta 1930.10 También en 1927 aparecerá su nombre —junto al de Rubén y muchos de sus coetáneos— al pie del Manifiesto del Grupo Minorista. Pero en esa fecha, y hasta el final de la década, cuando Mella y Rubén son ya esencialmente hombres políticos —y dirigentes del partido de la clase obrera—, Juan, aunque manteniendo en su conducta la inequívoca rectitud de que dio muestras desde un principio, es esencialmente un hombre de letras, un artista.   

En 1930, un cambio grande se hará visible en su vida. A los treintidós años, escritor distinguido, editor de la más importante revista cultural del país, profesor de la Universidad de La Habana, Marinello se mezcla a los estudiantes universitarios que el 30 de septiembre de aquel año salen en manifestación de protesta contra el régimen tiránico de Machado. Lezama Lima, que estuvo entre aquellos manifestantes, me ha contado la emoción que los embargó cuando, momentos antes de iniciar la marcha, vieron bajar de un auto de alquiler, pulcramente vestido de blanco, al admirado profesor Marinello, y sumarse a la muchachada. De resultas de su participación en aquella manifestación —donde perdió la vida Rafael Trejo y quedaron gravemente heridos Pablo de la Torriente e Isidro Figueroa, y en la que también estuvo Raúl Roa, cronista mayor de la jornada— Marinello conoció por vez primera la cárcel. En lo adelante, cárcel, persecución y exilio se le volverían durante largos años su pan cotidiano, y en ellos revelará un carácter firme y una reciedumbre de principios que acaso muy pocos podían sospechar en los delicados versos de su libro intimista.

No es este el momento de seguir las vicisitudes de su noble vida. Lo que aquí nos interesa es destacar el proceso de su evolución ideológica. Cuando Martínez Villena, entonces al frente del Partido, muere, el 16 de enero de 1934, Marinello se encuentra identificado plenamente con su compañero ejemplar. En las palabras que pronuncia junto a la tumba de Rubén, explicará con limpieza y emoción:

Dieciocho años con los corazones juntos, es mucho en la vida humana. Alguna vez nos separó el modo de ver lo político. Ahora, al dejarme, todo lo veíamos con la misma pupila. Es que sobre los dos gravitaron prejuicios de clase y deformación. Él heroico, los sacudió en un salto que todavía dura. Era lo propio de los espíritus impares como fue su espíritu. Ahora que estábamos soldados, se me va. Sobre su cuerpo, juramos ser leales a su muerte.11

Poco después, Juan escribe a su fraterno Luis Cardoza y Aragón, con quien había compartido su primer destierro mexicano:

…anduve en México demasiado “huyuyo” que decimos por aquí. Por otra parte, explicables e inexplicables complicaciones. Y una angustia profunda porque eran días de cambio de frente en mi vida. Ahora, ya parece que el cambio se produjo y marcho con menos angustia. Aunque a veces... Pero ya no es hora de hablar de ciertas cosas. Estoy, ya debes saberlo, metido a comunista y disfruto, por ello, de la más cabal desafección de mis antiguos cofrades [...]12

Como Mella a partir de 1925, como Rubén desde 1927, Juan se entregará en cuerpo y alma a la causa del proletariado. Ello lo llevará a presidir, entre 1938 y 1961, el Partido de la clase obrera cubana, y a ser luego, hasta su muerte, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

Que Martí había contribuido decisivamente a formar a aquellos hombres, es algo de lo que no cabe duda. Pero al convertirse ellos en dirigentes de otra revolución, la revolución proletaria; al adherir al marxismo-leninismo, que no podía haber sido la ideología de Martí, ¿no habrían dejado atrás la ideología de este último, como fue el caso, digamos, de las de José Enrique Rodó, y José Vasconcelos, que también contribuyeron a formarlos? ¿Qué relación iban a guardar los nuevos revolucionarios cubanos con el mayor revolucionario de nuestro pasado? Buena parte de la obra de Marinello está enderezada a contestar esta pregunta.

p. 428 – p. 434.

(…)

Ubicación de Martí

Después de todo, este problema de la ubicación literaria de Martí no es sino un aspecto de otro problema más vasto ―la ubicación histórica general de Martí―, el cual remite por necesidad a una cuestión que Marinello supo señalar desde temprano. Ya en su “Martí artista”, de 1933, escribió: “En el camino hacia José Martí se alzará siempre un gran obstáculo: su unidad. Desde todos los ángulos se le ve el corazón a este hombre [...]. Por eso el artista no es en él hombre distinto del político, del meditador, del apóstol” (Literatura hispanoamericana..., p. 13) y en 1954 reiterará: “Debe quedar bien claro de una buena vez que a una personalidad como la de Martí no se le puede fraccionar de acuerdo con preferencias políticas o inclinaciones literarias. O se le toma en bloque ―en esa totalidad humana de la que parte todo en él―, o no se le toma de ninguna manera” (Once ensayos..., p. 100). Ubicar a Martí no supone pues ubicarlo por partes, sino ubicar plenamente aquella “unidad”, aquella “totalidad suya, en la cual no son distintos el artista, el político, el meditador, el apóstol. Y ello solo puede realizarse en la historia real, en la circunstancia específica que Martí vivió y comprendió como nadie, y en la tarea que allí acometió, dejando abierta una brecha por la que aún andamos. Consciente de esto, Marinello denunciará en 1953: “La consideración abstracta de nuestro grande hombre es muy frecuente en los martianos que no son más que eso, especialistas en José Martí” (Once ensayos..., p. 72). En cambio, en los que son martianos de veras, y por tanto siguen peleando, en nuevas coyunturas, su misma pelea, la propia experiencia les dice que un hombre así, un hombre entero y cabal, es siempre criatura concreta, en jadeo con un tiempo y un deber concretos. Y será el diálogo con ese tiempo y ese deber el que aflore en su pensamiento y sus “letras fieras”. Por eso, por entender desde dentro a Martí, Marinello había podido decir con entera razón en 1940: “Martí fue primordialmente un político y [...] quien indague el color de su pensamiento con olvido de esta verdad anda descaminado”.49 Y esa esencia política suya ―en el sentido más lato y noble del término―, esa fidelidad martiana a las múltiples exigencias de su quehacer histórico, explican el hecho, reiterado por Marinello en 1953, de que logre “un sentido dialéctico de lo político que no está asentado en una convicción filosófica, sino en una aguda comprensión de los acontecimientos” (Once ensayos..., p. 58). Dispuesto siempre a servir por las vías más diversas ―políticas, literarias, bélicas― la causa de liberación a que ofrendara su luminosa existencia; y situado en una coyuntura complejísima y particularmente transitoria― inicio del imperialismo, fin del viejo colonialismo y nacimiento del neocolonialismo, barruntos aún lejanos del mundo plenamente liberado―, su quehacer, su pensamiento, su expresión revelan esa “íntima condición transitoria” que Marinello señalara con gran acierto y que ya hemos mencionado antes. Por eso, como también dirá Marinello, en 1941: “toda clasificación consabida queda como desajustada ante su caso y a todas es infiel en definitiva” (Once ensayos..., p. 28). Marinello se debate con energía contra los múltiples intentos de encasillar al hombre original en las clasificaciones consabidas; lo que, naturalmente, no quiere decir que no sea susceptible de ubicación alguna; pero mientras se forjan las nuevas clasificaciones, ya no consabidas, es imprescindible evitarle encasillamientos deformadores. Por eso dirá, en 1953: “Mil veces hemos visto cómo los propagadores de la enseñanza confesional entre nosotros nos mechan sus sermones y comentarios de sentencias martianas. Lo que es tan desleal como querer adscribir a nuestro hombre al pensamiento marxista” (Once ensayos..., p. 73). Y también: “Todo lo que tienda a ofrecernos un Martí a posteriori, todo lo que se dirija a enfrentarlo a situaciones y realidades distintas de las que integraron su personalidad y provocaron su acción, es tan descaminado como el intento de darnos un Martí de espaldas al presente cubano” (p. 74).

Ahora bien, esas nuevas clasificaciones que harían plenamente comprensible la ubicación y la obra de Martí, no podrían forjarse sino al calor de la misma historia. En aquellos años oscuros del cincuenta, en 1954, Marinello llegó a escribir estas palabras en las que la tristeza es vencida por la más radiante esperanza:

Será después de nuestro turno que llegue el amanecer dichoso en que se levante de nuestras ruinas de homenaje y polvo de entusiasmo el Martí prístino y radioso; un Martí que no hayamos leído nunca, un héroe renacido de sus cenizas agotadoras, al que podamos acercarnos como un profeta familiar. Ese día sus virtudes netas de escritor, su real medida literaria [y de toda naturaleza], podrán apreciarse y entenderse cabalmente [p. 108].

Por fortuna, sería en vida de Marinello cuando brotaría ese “amanecer dichoso” que él anunció, y en que comenzaría a apreciarse y entenderse plenamente la obra en marcha de aquel “profeta familiar”. Ese amanecer ¿no es el de nuestra Revolución socialista, la que desde la arrancada misma señaló inequívocamente o su filiación martiana, y ha hecho posible, al decir del propio Marinello, que el Maestro se haya ido “realizando”? Es ahora, también según palabras de Marinello, que “la condición premonitoria y libertadora del héroe cubano alcanza toda su estatura”. Ahora vemos con nitidez en qué medida aquel demócrata revolucionario en combate contra el colonialismo y el imperialismo sobrepasaba no solo a los escritores modernistas, sino también a todos los políticos y pensadores latinoamericanos de su época, porque sus dramáticas exigencias apuntaban al porvenir: sin que por ello abandonara un solo instante, todo lo contrario, las labores incluso más humildes que su tiempo le imponía. Marinello pudo escribir en 1961: “Solo una revolución socialista como la que avanza en Cuba es la realización consecuente y profunda del pensamiento político de Martí, sin que tal pensamiento haya sido socialista” (p. 18); y también había escrito, antes del triunfo de nuestra revolución, que si bien Martí no se propuso aún como meta inmediata “la sociedad sin clases [...] todo grande hombre es anuncio de esta sociedad” (p. 45). Esa meta ahora sí es ya la nuestra. Y en relación con ella, en su último gran trabajo político sobre Martí en 1975, Marinello estampó estas soberanas palabras: “En ese porvenir de inmedible grandeza estará presente, cualquiera sea la magnitud de los cambios producidos, la voz profética y libertadora de José Martí” (El Partido..., p. 31).

Tu Marcellus eris

En reiteradas ocasiones, Marinello advirtió cómo en los vívidos retratos que Martí trazó de las personalidades que admiró y amó, con frecuencia se pintó a sí mismo. ¿No es acaso este también el caso de Marinello cuando, más de una vez, escribe sobre su admirado y amado Martí? ¿No trazó en esas ocasiones su mejor retrato? Cuando nos describe la agonía martiana, cuando le recorre el idioma ávido y hermoso, cuando lo presenta combatiendo sin ira, leal a su tiempo y anunciador del porvenir, cuando dice de la existencia de Martí que “una vida de esta categoría es mucho más que una vida: es un hecho moral”, ¿cómo no sentir que estamos, a la vez frente a José Martí y a Juan Marinello? No se trata ahora de establecer comparaciones que el propio Marinello hubiera sido el primero en rechazar. Pero sí de admitir que nadie ha comprendido mejor a Martí que aquellos que se sintieron convocados a proseguir su gigantesca tarea, y encontraron fuerzas suficientes para hacerlo. Son ellos quienes han hecho posible el mejor entendimiento de Martí, aunque ese entendimiento no asumiera por necesidad forma de estudios. Su caso es del fuego en diálogo con el fuego.

Sobre todo en dos ocasiones, a lo largo del siglo, se ha dado este diálogo en nuestra historia: en relación con los grandes revolucionarios brotados a la lucha en los años veinte; y en relación con la “Generación del Centenario”. Mella, Rubén, Juan, Fidel y los atacantes al cuartel Moncada, sintieron que aquel mensaje los llamaba a reiniciar una pelea inacabada; sintieron que aquella obra los señalaba a ellos, como en el verso de Virgilio: “Tu Marcellus eris”, “Tú serás Marcelo”: ahora tú eres la historia y es en la historia viva, no en las páginas, por ilustres que sean, donde sigue vivo aquel hombre sin muerte. Al entender lo esencial de Martí, y al continuar, en tiempos y situaciones distintos, su tarea, tanto Mella, Marinello y sus compañeros de generación, como Fidel y la “Generación del Centenario”, hicieron posible a los demás la comprensión cabal de la obra martiana: de lo que Marinello llamaría “el largo tesoro de su fuerza y de su ternura”.       

Abril-mayo, de 1977

p. 460 – p. 464.

Notas:

4 “José Martí: razón de su presencia creciente”, cit. en n. 1, p. 164.

5 José Martí, escritor americano. Martí y el modernismo, cit. en n. 1, p. 315.

6 “Discurso pronunciado en la clausura del III Seminario...”, cit. en n. 1, p. 319. El subrayado es nuestro. R. F. R.

7 Rubén Martínez Villena: “Las contradicciones internas del imperialismo yanqui en Cuba y el alza del movimiento revolucionario”, 1933, en Órbita de Rubén Martínez Villena, esbozo biográfico de Raúl Roa, selección y nota final de R. F. R., La Habana, 1965, p. 203.

8 v. Ana Cairo Ballester: El Movimiento de Veteranos y Patriotas. (Apuntes para un estudio ideológico del año 1923), La Habana, 1976

9 Rubén Martínez Villena: “Carta a Jorge Mañach”, 1927, en Órbita..., cit. en n. 8, p. 211.

10 v. Juan Marinello: carta a R. F. R. sobre la Revista de Avance, en Casa de las Américas, n. 103, julio-agosto de 1977, pp. 114-119; Y R. F. R.: “Aquel 1927, aquella 1927”, en Granma, 15 de marzo de 1977 (reproducido en Casa de las Américas, n. 102, mayo-junio de 1977).

11 Palabras de Juan Marinello en el entierro de Rubén Martínez Villena, el 16 de enero de 1934, publicado en Casa de las Américas, n. 81, noviembre-diciembre de 1973, p. 112.

12 Carta a Luis Cardoza y Aragón, 1934, en Casa de las Américas, n. 100, enero-febrero de 1977, p. 81.

49 “Carta de Juan Marinello”, en Antonio Martínez Bello; op. cit. en n. 1, p. 216.

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