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William
Styron parecía un buen tipo. El clásico intelectual
liberal norteamericano. Esa fue mi impresión después de
un azaroso intercambio al término de un encuentro que
sostuvo con escritores y artistas cubanos en Casa de las
Américas, durante su visita a la isla en marzo del 2000.
El diálogo público no había fluido co la naturalidad
debida; uno de los asistentes insistió en saber qué
diablos venían a hacer Styron y Arthur Miller a Cuba y
si traían un mensaje, seguramente pensando en que el
autor de La decisión de Sofía había prestado su
casa en la isla Martha Vineyard para que el entonces
presidente William Clinton y Gabriel García Márquez se
conocieran y éste convidara a aquél a dialogar con Fidel
Castro.
Miller halló en
el acoso otro pretexto más para nutrir su biliosa,
cínica y prejuiciada visión sobre Cuba. Miller no
entendió nada de lo que ocurría a su alrededor, ni
siquiera la dignidad de su encuentro casual, en las
afueras de del hotel Santa Isabel, con dos ciudadanos de
a pie. Para el célebre dramaturgo, Cuba fue un enigma
que nunca encajó en su mentalidad. Quizás le molestó que
unos jóvenes teatristas, horas antes del tope en Casa de
las Américas, en lugar de situar en primer lugar su
brillante palmarés teatral, le hayan recordado como uno
de los maridos de Marylin Monroe.
Styron marcó la
diferencia. Venía con Rose, su esposa, una persona de
exquisita sensibilidad, que le incitaba a abrir bien los
ojos y vivir desprejuiciadamente la experiencia cubana.
Rose fue
precisamente la que propició indirectamente que mi
encuentro con Styron transcurriera por el cauce del
interés mutuo. Porque lo primero que le dije al
novelista cuando le abordé fue que me había gustado —y
no era coba ni protocolo— A la luz del viñedo, un
libro de Rose que evoca la conjunción de naturaleza y
paisaje humano del microcosmos de Vineyard.
“Ella es dueña
de todo el talento del mundo”, comentó Styron y ya todo
marchó sobre ruedas. En unos veinte minutos hablamos de
la tradición literaria de su país, del comercialismo
editorial que conduce a pérdidas de estilo, de lo poco
que se conocía la literatura cubana contemporánea en
Estados Unidos.
Entonces me
preguntó a bocajarro: “¿De veras que todo el mundo
quiere aquí a Castro, ustedes los artistas e
intelectuales?” Expuse argumentos y convicciones que no
viene al caso reproducir, pero sí la frase con la que
Styron coronó esa parte del diálogo: “Hay cosas que me
ha dicho que no entiendo, pero admiro en todos ustedes
un sentido de identidad y responsabilidad que no es muy
común en estos tiempos”.
Y añadió
textualmente, según consta en las notas de aquel día:
“Cuba era para mí un misterio que comienza a despejarse.
Es hora de que los gobernantes de mi país dejen de
hacerles sufrir por el solo hecho de que tengan un
sistema político diferente al nuestro. Hoy más que nunca
me pregunto por qué tenemos relaciones con China y no
con Cuba. También me pregunto por qué no dejan en paz a
Castro con sus ideas y la de todos ustedes. A mi
presidente le molesta el fundamentalismo religioso de
derecha, esa pésima moda que nos está amenazando todos
los días. A veces pienso si la obcecación contra Cuba y
Castro no es otra forma de fundamentalismo”.
“¿Esto que usted
me dice —pregunté— puedo hacerlo público?”
Styron sonrió:
“Desgraciadamente soy un hombre público. Aunque, sépalo,
si es para que se conozcan mis criterios sobre este
asunto, es una suerte ser un hombre público”.
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