Año V
La Habana

4 al 10 de NOVIEMBRE
de 2006

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
MEMORIAS
APRENDE
POESÍA
EL CUENTO
LETRA Y SOLFA
EL LIBRO
POR E-MAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
FUENTE VIVA
REBELDES.CU
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

Styron y Cuba
Pedro de la Hoz La Habana


William Styron parecía un buen tipo. El clásico intelectual liberal norteamericano. Esa fue mi impresión después de un azaroso intercambio al término de un encuentro que sostuvo con escritores y artistas cubanos en Casa de las Américas, durante su visita a la isla en marzo del 2000. El diálogo público no había fluido co  la naturalidad debida; uno de los asistentes insistió en saber qué diablos venían a hacer Styron y Arthur Miller a Cuba y si traían un mensaje, seguramente pensando en  que el autor de La decisión de Sofía había prestado su casa en la isla Martha Vineyard para que el entonces presidente William Clinton y Gabriel García Márquez se conocieran y éste convidara a aquél a dialogar con Fidel Castro.

Miller halló en el acoso otro pretexto más para nutrir su biliosa, cínica y prejuiciada visión sobre Cuba. Miller no entendió nada de lo que ocurría a su alrededor, ni siquiera la dignidad de su encuentro casual, en las afueras de del hotel Santa Isabel, con dos ciudadanos de a pie. Para el célebre dramaturgo, Cuba fue un enigma que nunca encajó en su mentalidad. Quizás le molestó que unos jóvenes teatristas, horas antes del tope en Casa de las Américas, en lugar de situar en primer lugar su brillante palmarés teatral, le hayan recordado como uno de los maridos de Marylin Monroe.

Styron marcó la diferencia. Venía con Rose, su esposa, una persona de exquisita sensibilidad, que le incitaba a abrir bien los ojos y vivir desprejuiciadamente la experiencia cubana.

Rose fue precisamente la que propició indirectamente que mi encuentro con Styron transcurriera por el cauce del interés mutuo. Porque lo primero que le dije al novelista cuando le abordé fue que me había gustado —y no era coba ni protocolo— A la luz del viñedo, un libro de Rose que evoca la conjunción de naturaleza y paisaje humano del microcosmos de Vineyard.

“Ella es dueña de todo el talento del mundo”, comentó Styron y ya todo marchó sobre ruedas. En unos veinte minutos hablamos de la tradición literaria de su país, del comercialismo editorial que conduce a pérdidas de estilo, de lo poco que se conocía la literatura cubana contemporánea en Estados Unidos.

Entonces me preguntó a bocajarro: “¿De veras que todo el mundo quiere aquí a Castro, ustedes los artistas e intelectuales?” Expuse  argumentos y convicciones que no viene al caso reproducir, pero sí la frase con la que Styron coronó esa parte del diálogo: “Hay cosas que me ha dicho que no entiendo, pero admiro en todos ustedes un sentido de identidad y responsabilidad que no es muy común en estos tiempos”.

Y añadió textualmente, según consta en las notas de aquel día: “Cuba era para mí un misterio que comienza a despejarse. Es hora de que los gobernantes de mi país dejen de hacerles sufrir por el solo hecho de que tengan un sistema político diferente al nuestro. Hoy más que nunca me pregunto por qué tenemos relaciones con China y no con Cuba. También me pregunto por qué no dejan en paz a Castro con sus ideas y la de todos ustedes. A mi presidente le molesta el fundamentalismo religioso de derecha, esa pésima moda que nos está amenazando todos los días. A veces pienso si la obcecación contra Cuba y Castro no es otra forma de fundamentalismo”.

“¿Esto que usted me dice —pregunté— puedo hacerlo público?”

Styron sonrió: “Desgraciadamente soy un hombre público. Aunque, sépalo, si es para que se conozcan mis criterios sobre este asunto, es una suerte ser un hombre público”.
  

SUBIR

 


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

© La Jiribilla. La Habana. 2006
 IE-800X600