|
(Estrecho de Florida. Madrugada)
A Juan
Marinello, José Manuel Valdés Rodríguez
y Regino Pedroso, presos en el Castillo del Príncipe.
Este
es el mismo son,
aquel son,
aquel mismo que venía desde lejos,
que caía demasiado lejos por entre los barrotes con
arañas
telas fijas de arañas partidas por cristales,
aquel son que caía,
que sobre mí caía cuando fijo,
a deshora,
temblaba con espanto,
haciéndome el dormido,
llamando al sueño que venía turbio,
cargado de problemas de álgebra no resueltos, confusos,
retrasados,
al fin de la semana.
El mismo son,
el mismo,
de alguien que mueve arena,
que acarrea tristemente grandes cubos de agua que se van
derramando,
comenzando otra vez,
(aquel son) otra vez,
sin acabarse nunca.
El mismo son,
ahora que no duermo,
pero que tiemblo también fijo bajando lentamente,
subiendo lentamente,
acosado por él,
perseguido de cerca,
por este mismo son que da contra mí desde los cinco
años.
Me acompaña,
es el mismo,
es este mismo son que ahora me empuja,
llevándome a una isla que he olvidado su nombre,
o que si lo recuerdo es con un son de muerte.
Con el amanecer me dejará este son en esa isla,
rodeada por él como yo ahora,
dándose día y noche contra fuertes de piedra,
lomos de piedra que se estrujan,
amigos,
suelos de piedra que se abren,
amigos,
y os tiran uno a uno,
contra este mismo son,
este trágico son que no acabará nunca,
y os tiran uno a uno,
uno a uno,
(¡qué frío!),
amigos,
mis únicos amigos.
(A bordo del Siboney, abril de 1935)
|