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I
Cuando el Centro de
Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas me
solicitó un trabajo acerca de las relaciones de Juan
Marinello con las artes plásticas, advertí de inmediato
cuán seria y difícil era la tarea. Seria, por la
magnitud y fuerza de la obra realizada por nuestro
intelectual revolucionario; difícil, porque era
imposible desgajar vínculos y opiniones en ese terreno
sin conocer la unidad y constantes presentes en toda su
trayectoria, pensamiento y concepción estética. Aquello
era un verdadero placer y un reto; y como tal lo
emprendí.
Para entender bien a
Marinello en esa faceta que lo vinculó activamente
al desarrollo de la práctica y la teoría del arte
plástico contemporáneo de Cuba, la América Latina y el
mundo, debemos comenzar por una certeza: no fue nunca lo
que se ha tenido por un crítico de arte, en su
acepción más convencional. Su ligazón receptiva y
recreativa con el producto artístico se inscribe en una
dimensión mayor, en una acción abarcadora de
innumerables calidades y diligencias, aristas y
episodios. Habría que verlo provisto de esa pupila
múltiple, que él señalaba en Lenin, y que en un coloquio
realizado en Finlandia en 1970, describía así:
...una de las señales
de la condición genial del teórico de la revolución está
en su capacidad solitaria para seguir el curso de una
actividad determinada, hundido en sus cauces propios y
en sus encuentros numerosos; sin olvidar un punto los
principios cardinales, maestros de toda actividad del
hombre. Ante esta función singular, hemos recordado la
pupila poliédrica de ciertos insectos, que ven con igual
intensidad a través de los planos numerosos.[i]
Desde ahí se nos
muestra sin olvidar las determinaciones y
correspondencias mutuas, o lo que era común y
consubstancial a las distintas manifestaciones
culturales. Su método de aprehensión visual y crítico
consistía en hallar, precisamente, los valores y
momentos definitorios aparecidos en la síntesis
superadora de lo uno y lo diverso, de lo provisional y
lo concluyente.
Al respecto,
declaraba:
El hecho de no haber
sido un crítico profesional de lo plástico me ha dejado
libres vías para una anotación demorada de la intimidad
creadora, muy a distancia de escuelas, maneras y
tendencias. Ello me ha permitido el goce múltiple de
descubrir en cada realización considerable el trayecto
aleatorio que va del propósito al hecho, de la intención
al resultado…
[ii]
Entender las obras de
un artista cualquiera como capítulos seriados de un
ininterrumpido proceso inmerso en procesos
culturales e históricos más complejos era, en
Marinello, la condición fundamental para no sentir
limitaciones de fondo entre la naturaleza del trabajo
plástico y la de otras disciplinas y géneros expresivos.
Y esa fue también la posibilidad de enlace entre
el magisterio del análisis literario, comprendido en la
tarea de profesor y de ensayista, y la formulación de
juicios alrededor de pintores, escritores y gráficos.
Indagando a la vez en muchos campos, consiguió evitar
detenerse en la especificidad formal o técnica, al modo
de la estilografía artística, para saltar a un dominio
más amplio, generalizador: el de las leyes, problemas,
categorías y valores constantes y variables en todo
arte. ¿No es eso lo que guarda la entraña del siguiente
fragmento suyo, entresacado de la intervención en el
Coloquio convocado por Columbianum, celebrado en Génova
en diciembre de 1965?
Pero nadie podrá
negar que en las primeras décadas del siglo aparece un
nuevo ingrediente, hijo legítimo de los que cuajaron la
independencia. Nos referimos a la entrada en los campos
de la creación de los conflictos centrales de nuestros
pueblos. Posee tal relieve esta presencia que da
nacimiento a una nueva medida de nuestra producción
artística, a esa que se percibe en La Vorágine y
en la pintura mural mexicana, pongamos por ejemplos
conocidos. ¿Cuándo, antes de José Eustasio Rivera y de
José Clemente Orozco llegó a tan lacerante fidelidad el
conflicto personal y colectivo? ¿Cuándo se oyó tan claro
y alto el grito del americano y el clamor de América?
Bueno es precisar que lo nacional y lo popular está en
los hombres de la Independencia -la independencia se
hizo con el pueblo armado- pero mucho más como
preocupación moral y asistencia indispensable que como
sustancia de creación. Es en épocas recientes, en las
que vivieron nuestros padres y en las que vivimos
todavía, que el pueblo sube a la escena y a la sinfonía,
al poema y al cuadro...[iii]
Pero de ningún modo
soslayó, cuando era necesario, enunciar y situar los
niveles y singularidades de cada actividad o
realización. Esto le permitió penetrar verdaderamente en
los diferentes enfoques y representaciones a que da
lugar el reflejo estético de la realidad en el hombre.
Por esa vía llega a fijar la noción de lo cubano,
refiriéndose a una manifestación casuística:
...la legitimidad
cubana de Abela está en la incansable variedad de
expresión. Ello está diciendo que en él lo
nacional no es cosa de epidermis, sino de entraña, y que
en su obra se manifiesta, por las vías más inesperadas,
lo que le había metido dentro su origen y su habilidad.
Su cubanismo es un modo de ver, un latido que le
atraviesa la invención y le guía la mano.[iv]
II
Si una buena parte de
los conflictos y esperanzas integrantes de la historia
cubana del presente siglo, a partir de la denominada ¨
década crítica ¨ hasta hoy, pueden desentrañarse y
calificarse por la vida, la oratoria y los escritos de
Marinello, también las más agitadas problemáticas
estéticas de su tiempo, tienen reflejo y
respuesta en lo mucho que sobre ellas opinó y en la
relación viva mantenida con innumerables representantes
del quehacer artístico y literario. Podría tomársele por
espejo participante de las mil contradicciones,
oscilaciones, renovaciones y surgimientos tejidos entre
el trabajo de los artistas y el entorno social concreto,
donde él mismo fue un contemporáneo que contemplaba,
interpretaba y luchaba por transformar la realidad y por
dignificar la actividad y los productos específicos del
arte.
Dentro del área
ocupada por los géneros expresivos del campo visual, era
simultáneamente, catalizador, crítico y
orientador.
Pero desde una
posición que le permitía, en el seno de los procesos
tratados y generalizados mediante sus firmes
convicciones ideológicas, atrapar lo esencial y
permanente, exaltando lo válido y condenando (¿por qué
no?) lo torcido. No hay juicio o actividad nacida de él,
que no fuera, en pintura y dibujo, en grabado y
escultura, el resultado justo de una experiencia
sensible de cocreación y convivencia o el lógico
desenlace en la aplicación de ciertas categorías
dialécticas al entendimiento de lo vivido por lo
artístico en lo social. De ahí, la ausencia de
trilladas dicotomías en su manera de ver, sentir y
conceptuar la obra, la identidad de un movimiento, un
período o un autor determinado.
De acuerdo con ello,
desde el fermento nacionalista de 1927 y junto a Martín
Casanovas, alentó y defendió, divulgándolos y
apoyándolos de manera fervorosa, al grupo de jóvenes que
originó la llamada ¨ pintura nueva ¨ en Cuba, algunos de
ellos integrados al Minorismo y a la Revista
de Avance, de la que Marinello era editor principal.
En ese año utilizó ilustraciones de los modernos
para sus propios artículos (de Víctor Manuel para ¨
Elogio del estudiante ¨ y ¨ El momento ¨; de la
norteamericana Adia M. Yunkers para un conjunto de
poemas). En todo este período Marinello se mantuvo como
persistente actualizador de la información estética en
el país, al mismo tiempo que orientaba modalidades de
relación entre la conciencia de los artistas cubanos y
las posiciones más progresistas y democráticas
anteriores al triunfo de la Revolución Cubana.
En tanto se gestaba,
supo aprehender el sentido exacto de una pintura
cubana, encabezada, tal y como señaló, por Víctor
Manuel, Carlos Enríquez y Eduardo Abela. En 1927, con
motivo de la visita del escritor Waldo Frank a La
Habana, refería la inquietud existente en la isla, y
anotaba:
Como en toda
Hispanoamérica -y quizás en todo el mundo-- Rusia es una
atracción polar. Obra suya, traducida muchas veces por
el fuerte movimiento mexicano, es el anhelo político
-social, mejor- que late en parte de la producción
cubana de última hora. En ocasiones este anhelo se
muestra por viejos modos románticos. Otras, afecta
verdadero sentido actual. Pero como no se han precisado
aún los caminos políticos falta la obra artística
traspasada de afán prosélito, esa colaboración
indispensable entre la masa que quiere y el artista que
interpreta queriendo, de ahí que en muchos aspectos el
arte como política sea objeto de la crítica, la polémica
más que de impulso hondo en nuestro hombre creador [...]
La busca de lo autóctono y su expresión -indigenismo--
que se advierten en buena parte del arte actual de
Hispanoamérica no han podido tener arraigo en nuestro
medio por carencia de población india y de riqueza
monumental o literaria en nuestros indígenas
desaparecidos. El negro -tema y motivo universal- tiene
en Cuba significación específica [...]
En lo literario y en
lo plástico las corrientes llamadas vagamente de
vanguardia -venidas de Francia y de España han
interesado los mejores espíritus. En algún momento estos
nuevos modos han cobijado esencias criollas: cuando han
sido utilizados como herramientas para cantar lo propio,
no como fórmulas para hacer arte de moda.[v]
Ya entonces esbozaba
la que luego sería su ininterrumpida defensa de lo
auténticamente nuestro, frente al cosmopolitismo y la
penetración cultural, llegados a la isla desde los
centros burgueses rectores del ¨arte internacionalizado¨.
Lo que no puede entenderse como un rechazo apriorístico
de lo positivo en ciertas tendencias de la plástica
moderna europea que contribuyeron a la creación de un
movimiento pictórico nacional coherente a partir de los
años treinta. La relación entre lo recibido de afuera y
la tarea propia, siempre la vio Marinello como
tensión y equilibrio entre fuerzas de acción y
reacción, entre fenómenos temporales y resultados
duraderos. Años después escribió:
No es cosa
infrecuente en la América Hispánica que aparezcan
acogimientos temporales de modos extranjeros y que,
pasado algún tiempo se diluya la corriente acatada, ya
porque tome senderos discipulares, ya porque irrumpan
felices relieves de propia afirmación.[vi]
Situado desde una
perspectiva superior, en el discurso inaugural de la
exposición Siete Pintores Cubanos, en 1972,
Marinello se refería a la significación de la aparición
de aquel arte plástico nacional:
Y al preguntarnos las
razones del feliz suceso nos viene la sospecha de que en
nuestra época y cada día más, sólo el intercambio
intenso y exigente de los mejores logros universales
puede dar consistencia y altura a las creaciones
nacionales.[vii]
Por eso, y porque
consideraba que todo movimiento artístico encerrado en
sí mismo se alejaba radicalmente de la representación de
su espacio y tiempo, creía en¨un cubanismo sin fronteras
a nivel de todos los hombres[viii]¨,
desprovisto de imágenes ¨turísticas¨, y con una enorme
capacidad para atrapar lo complejo y dinámico de la
vida.
III
A raíz de su viaje a
España, cuando los republicanos estaban prácticamente
sitiados y la ayuda de las brigadas internacionales era
suceso ejemplar, Juan Marinello, que participa en el
Congreso por la Libertad de la Cultura en 1937, contrae
amistad perdurable con destacados creadores de la
plástica mundial, identificados con las posiciones
antifascistas y antibelicistas. Por esos años conoce a
Pablo Picasso[ix],
a quien el cubano supo valorar en numerosas ocasiones.
Un artículo suyo denominado “Picasso sin Tiempo”,
aparecido en 1942, es reproducido y enriquecido más de
una vez; con el título “Picasso y el tiempo”, publica
otro, con motivo del noventa cumpleaños del autor del
extraordinario cuadro Guernica. La primera
nominación de sin tiempo contiene una alusión
literaria “al mote con que aparece bautizado Adamís de
Gaula en sus últimas encarnaciones”[x],
lo cual no supone aceptación de una ausencia de
temporalidad, sino de la permanencia de ciertos
valores estéticos más allá del momento al que
corresponde la génesis de las obras que los portan. En
la segunda de y el tiempo, concreta la relación
nutritiva enhebrada entre el artista y la problemática
concreta de la historia vivida. En ambas nominaciones
completa la idea, de base filosófica marxista-leninista,
consistente en comprender la perdurabilidad del hecho
artístico, dependiendo de su definida correspondencia
con la existencia y la conciencia del tiempo donde
surge. Es esa misma concepción expuesta por Fidel Castro
en sus conocidas Palabras a los intelectuales
(1961), al expresar que “los hombres deben crear para
sus contemporáneos” [...] “porque, precisamente creando
para sus contemporáneos, independientemente incluso de
que sus contemporáneos lo hayan comprendido o no, es
como las obras han adquirido un valor universal”. En el
último artículo, “Picasso y el tiempo”, donde logra una
sintética aprehensión de toda la producción de este
pintor excepcional, expone con claridad el carácter de
proceso común a la obra de arte:
La capital virtud
picassiana de encaminar lo bien sabido hacia lo bien
inesperado, se descubre mejor en el Museo barcelonés
[...] “Cada una de sus obras reclama la que ha de
seguirle y se completa en ella, soñando la que vendrá, y
si a veces, con frecuencia creciente, reproduce cien
veces una misma imagen es porque busca en ella el
resorte recóndito en que se guarece su profunda
naturaleza.¨[xi]
Igualmente señala que
Picasso ha pintado un siglo, su siglo: “Lo ha pintado en
todas sus dimensiones, lo mismo en la escala de las
causas primordiales, históricas, de su contorno, que en
la huella que han dejado esas causas en sus semejantes y
en él mismo.¨[xii]
En 1952 Picasso le
ilustra su artículo titulado ”La reunión de Oslo”.
Antes de marchar
hacia España, en 1937, pronuncia el discurso de apertura
del Congreso de la Liga de Escritores y Artistas
Revolucionarios de México (LEAR), donde advierte una
semejante coyuntura social para la realidad estética de
la América Latina. Mediante la LEAR, sintió cómo el
entrecruzamiento de disciplinas artísticas y literarias,
en la acción de un buen grupo de hombres, adquiría
proyección en el terreno político. Ya él había estado
difundiendo -lo que Julio Antonio Mella conoció y estimó
también- el significado positivo que entrañaba, como vía
de afirmación vernácula y público alcance, el muralismo
mexicano, en auge entonces. Con el ensayo “Guatemala
nuestra”,[xiii]
Marinello concreta algunas de las razones de su defensa
a esa corriente artística:
La pintura mural
mexicana podría ser señalada como otra ocasión de buen
cultivo y apetecible rendimiento de nuestra heredad
cultural. Las inquietudes más generales de ese tiempo
americano están en esa pintura; pero también (aunque sus
cultivadores no lo adviertan) las esencias tradicionales
en su costado discrepante y combatiente. El mejor
realismo y la mejor sorpresa de la pintura española
andan aquí, bajo la encarnación distinta. El presente y
el futuro quedan encarados con lenguaje nuevo, pero de
inconfundible acento. El inseparable y reluciente
americanismo nace del radical desarrollo de los factores
positivos -transformadores-, de nuestro proceso de
cultura.[xiv]
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Su admiración por
Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Xavier Guerrero y
otros muralistas de la nación azteca le viene además,
por hallar en sus ejecuciones un testimonio veraz de la
realidad mexicana de aquella época. Pero no olvida las
esenciales diferencias y oposiciones presentes en cada
uno de ellos. Define a Siqueiros (que lo pintó en Cuba
en 1943, en una hora, sin levantar los pinceles) como
“ejemplo de realismo simbólico que “pone lo principal de
su impulso en construir el suceso y el gesto de modo que
sumen ejemplarmente intenciones y designios¨, lo cual
“lo fuerza a la representación magna y dinámica, a la
imagen arquetípica y dominadora”.[xv]
Diseña, en cambio, a Orozco así:
Concentrado y adusto,
parco en la palabra y en el gesto, fue Orozco un caso
sobresaliente de poder intenso, anárquico y solitario.
Su inclinación hacia los espacios sombríos y abismales
fue un reflejo fiel de su naturaleza atormentada.
Apasionado y contradictorio, fue un producto de su
pueblo, aunque no siempre servidor de sus mejores
intereses.[xvi]
Dándonos más tarde,
en 1961, una versión convincente del otro rostro del
muralismo, el que le asigna mayor complejidad en la
cultura del siglo xx latinoamericano:
En los
grandes paños de pared que nos han dejado los muralistas
de México -cuya alta calidad y peculiar manera nadie
discute-, se hace el registro plástico de sucesos de
otros días, por lo que se va con frecuencia a la alusión
simbólica, tantas veces mero cartel o, también, a la
selva de cabezas ilustres sin relación ni propósito. El
símbolo está hecho de historia y deseo, no de testimonio
profundo.[xvii]
A tal grado reconoció
los aportes de la tendencia de grabado verista,
corporeizada por el Taller de Gráfica Popular Mexicana,
que promovió su asimilación entre los dibujantes cubanos
e invitó a su figura fundamental, Leopoldo Méndez, a
visitarnos, hecho que no se produce por fallecimiento
del destacado artista. En varias ocasiones escribe sobre
el tema antes apuntado en la revista Orto de
Manzanillo, Cuba (1937); en el periódico Hoy de
La Habana (1938); en un magazine de esta última
publicación (en 1943) y en un lúcido trabajo nominado
“Conciencia y maestría de Leopoldo Méndez”, donde señala
una evidencia que ahora se nos antoja casi axiomática:
Estiman
ciertas gentes apresuradas que el grabado es una forma
subalterna del menester plástico, cuando supone en
verdad, por la dura sobriedad de medios, una prueba de
fuego para el artista. El grabado es la ascética de la
pintura. El grabador es un hombre en pelea agónica con
la luz y la sombra. Todo ha de darlo en el desfiladero
de alusiones precisas y tajantes, sin estaciones de
vuelta. Periodismo gráfico, el popularismo es
inseparable de su ser, y así como se exige al reportero
un decir urgente e infalible, al grabador se le pide, en
cada escala, un testimonio sintético, afilado y eficaz.[xviii]
Aunque es oportuno
aclarar que la noción de popularismo que menciona
Marinello no es aquella equívoca a la que Lenin se
refiere en su artículo sobre la revista Svoboda y
que designa como “vulgarización de la populachería”,[xix]
sino la puesta en obras de lo popular, en
tanto categoría estética y manifestación clasista o
retrato fiel de la multiplicaci6n del producto artístico
y su mayor accesibilidad a los sectores mayoritarios de
la población. Cierta vez añadirá: “Si se pone el oído a
lo popular, en cambio, la obra nacerá robusta de
intención y de sentido, sustentada -salvada- por el
impulso nacional que la trasciende.¨[xx]
Cuando los medios de difusión masiva aún no habían
llegado al desarrollo actual, y sus técnicas adecuadas
no habían inundado la América Latina, el grabado cumplía
misiones propagandísticas y didácticas en el período
no-bélico de la Revolución mexicana. Marinello supo
medir tan importante suceso.
Como Martí, a quién
tanto estudió y dedicó páginas admirables, el escritor
comunista cubano recorrió zonas culturales prehispánicas
de “Nuestra América” y evaluó sus virtudes
sorprendentes. Sabía que de allí, en México, habían
bebido los pintores que admiraba; sabía que de ellas, en
toda el área continental, podrían tomarse los jugos
alimenticios para fundirlos a la misión artística
propia, y darle reformulación nueva y crecimiento
legítimo. En el ensayo Guatemala Nuestra,
inspirado en el libro de Luis Cardoza y Aragón
Guatemala, las líneas de su mano, y por un
provechoso viaje al país, Marinello describe, con
precisión y belleza, cada detalle observado. Habla de
los frescos de Bonampak, de las proporciones del templo
de los Guerreros de Chichen Itzá, de los relieves de
riqueza perfecta de la Casa de las Monjas de Uxmal, de
la “composición modernísima” del tablero de Piedras
Negras, de la “pulposa y oriental opulencia del monolito
zoomorfo de Quiriguá”, de la “madura y armónica
perfección de la losa funeraria del Templo de las
Inscripciones de Palenque”. Todo lo sitúa entre “las
hazañas más plenas de la Cultura Humana”. Estima que:
“En ellas se funde un integrado concepto de lo
monumental y lo decorativo, de lo funcional y lo
plástico, de lo material y lo lírico”
[xxi]y
además encuentra cómo se tejió lo autóctono y lo
español, la cultura dominada y la dominante, para dar
imágenes sincréticas en las tallas religiosas de
artesanos indígenas y criollos, cuando se edificaban
allí iglesias coloniales. De su frecuente exaltación del
arte del pasado estallaba, con dolorosa insistencia, la
exigencia de un arte del porvenir, equivalente-pero
nunca igual- en su monumentalidad, acción colectiva,
originalidad y poesía.
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IV
En 1938, el
caricaturista cubano Juan David le ilustró a Marinello
un artículo en la prensa nacional, lo que haría de nuevo
en 1974. Y en ocasiones conseguiría caricaturizar al
ensayista. Marinello, que también estimaba el trabajo de
los humoristas gráficos, había hecho referencias al
dibujo de Jaime Valls y a la osadía de Hernández
Cárdenas. Otros artistas plásticos lo tomaron por
modelo, como prueba de amistad y consideración: Carlos
Enríquez le hace ágiles dibujos, Jorge Arche lo pinta
con los brazos cruzados y una avenida de framboyanes al
fondo, el escultor Enrique Moret lo lleva al busto en
madera de júcaro, y en 1962, le toma un apunte el pintor
soviético Piotr-Osovskl. De igual modo, Diego Rivera
atrapa su presencia de 1951, Xavier Guerrero lo retrata
también, Rodríguez Lozano en 1936, Julito Girona lo
esculpe en barro, Delarra lo llevará al yeso en 1962,
Romañach lo esboza en óleo, los dibujantes Horacio
Rodríguez y Jaime Valls fijaron su rostro. En los
paréntesis apropiados que comprende su fundamental tarea
revolucionaria, continúa divulgando y descodificando
estilos e imágenes plásticas de sus coterráneos. En
“Peñita” encontrará el reflejo y el empuje del asunto
obrero en la pintura. Antonio Gattorno detonará en el ensayista los valores
subjetivos vitales a la percepción estética.[xxii]
Eso nos narra en la entrevista aparecida en el número
117 de La Gaceta de Cuba:
Usted sabe que es
viejo achaque de escritores buscar y encontrar en la
plástica correspondencia y confirmación de las calidades
sobresalientes. El dibujo extraordinario de Antonio
Gattorno me ha traído el recuerdo del autor de Adonais;
es decir, el tono shelleyano de la vida de Rubén...
Se trata de un
retrato a línea donde aparece su compañero de luchas y
poesía, Rubén Martínez Villena, en plena juventud.[xxiii]
Desde su trinchera de batalla política, Marinello abogó,
en 1946, por obtener un documento jurídico que
protegiera la producción de los artistas plásticos
cubanos. Ese mismo año, un periodista que visitó su
casa, describe cuántas realizaciones de arte tenía allí:
La muerte de Pancho Villa, patético lienzo
del pintor mexicano Rodríguez Lozano; un cuadrito de su
admirado colorista francés Pascin; obras de Junyer,
Víctor Manuel y Mariano,[xxiv]
algunas caretas de tradición mexicana; calabazas
peruanas y un apunte de Romañach. Ya había venido
interesándose por las representaciones que solían
hacerse del “tema negro” en plástica. En Bohemia
(octubre 14 de 1934), comentando las piezas del escultor
Ramos Blanco, escribe:
El “hecho negro”, en
poesía como en pintura, en escultura como en música, es
en sí esta cuestión, es una aventura en que no se sabe
si tocaremos siempre la orilla cercana o tropezaremos
con el Continente desconocido.[xxv]
Y asimismo se refiere
a ciertos artistas cubanos que: “Mientras más se
penetran en las esencias afrocriollas para dárnoslas
lealmente, más quedan sus prisioneros”. Para terminar en
desacuerdo con quienes solamente esculpen la apariencia
de amplia sonrisa, labios gruesos y tensos músculos del
negro, olvidando su naturaleza íntima y la condición
social que porta.
Cuando comparamos la
obra crítica de Marinello -en artes plásticas- con buena
parte de la “crítica de arte” ejercitada en la Cuba
seudorrepublicana, encontramos que cada axiología
estética manejada, trasunta una determinada posición
clasista. Desde las páginas del periódico Hoy,
Marinello enfrentó los sucesos artísticos con similar
actitud a la que asumió como luchador y crítico social,
aunque sin desconocer lo singular de la producción
estética. No veía al arte como entelequia marginada del
movimiento histórico, real, sino como reflejo activo, a
veces contradictorio, de las ideologías beligerantes. Su
crítica cultural se apartó de toda publicística
promocionista o censura estilística; era prolongación de
su postura revolucionaria en el combate diario.[xxvi]
La otra crítica, vinculada a los intereses de la
burguesía, también expresó su visión y su carácter
elitario, mitificador y reaccionario. En su artículo
acerca de la III Exposición Nacional de Artes Plásticas
de 1946, publicado en Bohemia de marzo de ese
año, el escritor abecedario
[xxvii] y luego apátrida Jorge Mañach,
alude así al retrato del dirigente comunista, pintado
por Romero Arciaga, allí expuesto: “...un retrato de
Juan Marinello en el que, no sé si por deliberación
política o por déficit expresivo, hay más de obrero que
de intelectual: un retrato denso, crudo de color, aunque
bien empastado, con un fondo mucho más grato que la
figura.¨ Lo que no comprendía Mañach, o no quería
aceptar, era que Marinello, como intelectual, ya había
logrado ascender a la clase obrera, hecho que hacía
verosímil la sugerencia que él anotaba errada.
Al comenzar la década
del cincuenta, Marinello advierte cómo, desde la
estrategia imperialista de “guerra fría”, y mediante los
resortes del mercado artístico, la penetración
ideológica empezaba a amenazar el desarrollo de una
conciencia estética nacional en Cuba y en la América
Latina. Por entonces concebía a la actividad artística
latinoamericana entroncada a la transformación de las
estructuras sociales existentes: la independencia real
le era necesaria al arte para ser libre y pleno; el arte
debía, por ello, contribuir a la independencia real. En
su “Discurso a los Escritores Venezolanos”, leído en el
Teatro Municipal de Caracas, el 10 de septiembre de
1946, lo había anticipado:
Cuando se recorre la
América Hispánica en la elocuente rapidez del avión,
queda uno admirado y sorprendido de la simultaneidad de
ciertos fenómenos. Claro que la razón está en que, como
miramos hacia puntos comunes -París, New York, Londres,
Roma, Madrid- nuestras miradas se encuentran
obligadamente. En todas partes he hallado ahora las
huellas de la evasión y de la angustia.
Donde comienza a
borrarse la primera, aparece la segunda. A veces
conviven en una contradicción monstruosa. Cuando
hablamos y renegamos de la evasión en el arte estamos a
mucha distancia de abogar por un arte de mera propaganda
y agitación. El arte tiene sus dominios autónomos, sus
caminos legítimos y propios, pero dominios y caminos han
de guardar comunicación subterránea con los impulsos
superadores de la convivencia, en cuya cristalización va
envuelta la excelencia de la obra intelectual.[xxviii]
“Conversación con
nuestros pintores abstractos” (1958), es el título de un
ensayo suyo publicado en la revista Mensaje.
Cuadernos Marxistas. En este estudio Marinello
desmitifica algunos de los “ismos” en el arte del siglo
xx, devela sus filiaciones filosóficas, descubre cómo
también transmitían contagios de la crisis y escatología
burguesa, y alerta respecto a que su reproducción en el
ámbito cubano podría traernos valores gnoseológicos e
ideológicos dañinos a la condición cultural propia. De
este modo enfrenta Marinello -desde una nítida y
polémica crítica militante- las estratagemas
neutralizadoras que, en la dramática situación de la
dictadura batistiana, había echado a rodar el oficial
Instituto Nacional de Cultura entre los plásticos de la
capital. En ese mismo trabajo analiza algunas de las
razones que extendieron por el mundo el radio de acción
de la plástica no-realista:
Los maduros la
emprendieron empujados por el deseo de no quedar
rezagados, por el celo de competir, en un plano
universal, con la expresión que goza, en círculos
distinguidos, de clientela y reverencia. Los más jóvenes
han abierto los ojos de la sensibilidad a una manera en
boga donde la huella humana está proscrita y no pueden
suponer que gentes de tanta significación y ejecutoria
anden radicalmente despistados. No debemos dejar de
señalar aquí lo que ha podido en el gran cambio
descaminado la existencia de una pintura irrelevante,
fotográfica, yerta, que encuentra en el artista
verdadero enérgico rechazo y de la que se quiso salir
con motivos sobrados. El error estuvo -está- en haber
maldecido una cárcel para entrar en otra.[xxix]
Marinello sabe que,
independientemente de que la sociedad capitalista es
hostil a la producción artística -idea ésta
perteneciente a la teoría de la plusvalía, de Marx-
también en ese estadio clasista del desarrollo
histórico, las actividades estéticas originan frutos
legítimos, incorporables al acervo cultural humano.[xxx]
Por eso Marinello reconoce manifestaciones valiosas del
siglo XX en la plástica del mundo, de su América y de
Cuba. Su ensayo contra ciertas posiciones en el arte
moderno es, fundamentalmente, un enfrentamiento a los
elementos nihilistas muchas veces presentes en ese arte;
a las relaciones enajenadas que suelen acompañarlo y su
utilización por la ideología reaccionaria para oponerlo
a la concientización de los artistas, a la acción de
reflejos y participación social de la obra pictórica o
escultórica, y a su repercusión movilizadora en el
público receptor. Al encarar el proceso de
internacionalización del arte abstracto y su llegada
a los países subdesarrollados, Marinello lo enmarca y
concibe integrado al proceso fundamental del
desenvolvimiento humano: a la historia de la lucha de
clases y al crecimiento de las fuerzas sociales más
avanzadas. Veamos:
No es
una circunstancia casual que las expresiones más
subjetivas solitarias aparezcan en el declive de la
burguesía como clase sustentadora de una cultura
secular. Se trata de una de las tantas defensas de
última hora. La fuerza de desplazamiento de los
movimientos populares y libertadores, la creciente
conciencia combativa del proletariado, la afirmación de
la victoria socialista, han llegado como una gran marca
decisoria a los predios dominados hasta aquí por la
orientaci6n de la burguesía. La resistencia adopta
formas varias y sutiles. Importa mucho a los dirigentes
de la reacción auspiciar una obra situada en el callejón
sin salida de la evasión y la angustia. Mientras menos
refleje la insatisfacción creciente, mejor resguardados
estarán sus intereses [...]. Tienen una clara
significación que coincidan en el respaldo del arte
abstracto los centros impulsores del imperialismo y los
que, en los países coloniales, le sirven de cómplices.[xxxi]
Tampoco pretende
negar la transmisión de los procedimientos y
descubrimientos formales o perceptivos del arte, que
trajeron consigo -para Cuba y Latinoamérica-
determinadas corrientes modernas. Lo que hace es situar
la problemática estética en cuestión en un contexto
concreto, y evaluar, desde él, sus consecuencias. Exige
y clama por una formulación artística que, desde
peculiares estilos y maneras, asuma su función estética
y social en espacio y tiempo. Afirma entonces:
La bifurcación entre
lo que es y lo que debe ser es tan violenta, y la errada
inclinación ha hecho a tal grado la entraña de artistas
verdaderos, que pudiera estimarse que muchas dotes
singulares están perdidas sin remedio, porque no se
trata ni de un estilo ni de una manera, sino de cambiar
de sitio la intención creadora.[xxxii]
Vale la pena no
olvidar que aquello lo publicaba en la Cuba de 1958 en
momentos en que la lucha por la liberación nacional se
hallaba en su etapa más alta; en un momento en que todo
enfoque de lo nacional tenía necesariamente que
ser proscripto por una satrapía ya insegura. La pintura
que pedía era la que expresara su ámbito raigal, sin
separarse, por ello de la dinámica estética universal.
Leamos:
No se trata, desde
luego, de un “color cubano”: una pintura tipicista sería
la contrapartida negativa del abstraccionismo y hasta su
aparente justificación. Lo que se quiere es una pintura
en que lo circundante condicione la obra de modo natural
y fluyente, y en que la visión personal quede tenida
desde adentro y en permanente vigilancia y desvelo [...]
Una pintura de tales perspectivas -reflejo e impulsión
de lo nacional- significaría un repertorio inmedible de
asuntos y tratamientos, y lo mismo tendría que indagar
en lo más íntimo de nuestros espíritus que en las
cuestiones que a todos nos conmueve.
[xxxiii]
Y nos deja
finalmente, una síntesis de penetrante vigencia:
“Nuestro pintor ha de pasar -empeño considerable y
urgente de la gesticulación al gesto, de lo excéntrico a
lo central, del artificio al arte, de lo fingido a lo
rea1.”[xxxiv]
Para Juan Marinello,
en quien la prosa y la idea venían de común hechura y
apuntaban hacia objetivos únicos, no existía esa vieja
separación de lo útil y lo bello, reconocida por
la estética tradicional, aún antes de Platón y
Aristóteles. Como pensador marxista-leninista, estuvo
lejos de algunas teoréticas divulgadas por la Revista
de Occidente en las primeras décadas del siglo, del
formalismo inclinado a ver el arte como ente autónomo y
autopropulsado, y de los epígonos de un “funcionalismo”
pragmático a lo Dewey. Aceptaba la existencia de dos
“puntas en que culmina el poder creador del hombre”: “la
expresión artística” y “el descubrimiento científico”,[xxxv]lo
que le asignaba sentido racional a sus concepciones;
pero no confundía -como suele hacerla Thomas Munro- la
especificidad de lo estético y la condición de la
ciencia. También para él “...lo estético se enhebra
enérgicamente con lo ético”.[xxxvi]
En mucho coincidía con la última etapa de la crítica de
arte de José Martí, aquella que en plástica culmina en
un artículo en torno al cuadro del pintor santiaguero
José Joaquín Tejada, en el que considera que lo
pensado y lo sentido confluyen en la obra valiosa,
en la que el artista “pone la historia toda, agitada o
sumisa, y el carácter típico de cada variedad social”[xxxvii]
y “logra ver con sus propios ojos”,[xxxviii]
al tiempo que saca “de sí el mensaje natural”,[xxxix]asumiendo
entonces una actitud de profundo servicio humano.
Al aceptar como
natural la unidad de lo artístico y lo ético, de lo
circunstancial y lo duradero, de lo funcional y lo
expresivo, de lo histórico y lo imaginario, estimaba que
en toda obra de arte donde se cumpliera la necesidad de
su tiempo y espacio, se obtenía un producto típico y
universal de valores trascendentes. De acuerdo con ello,
afirmaba:
La
voluntad de comunicación universal no puede estorbar la
singularidad del mensaje. Todo mensaje se entiende y
acoge a su hora, si no contradice los legítimos
intereses del hombre. Y cada mensaje cobra altura cuando
se tiñe del más firme particularismo nacional.[xl]
Más que una
sistemática teoría del arte o que una estética orgánica,
sus opiniones, crónicas y críticas pueden ser enmarcadas
en lugar cimero de una real sociología de la cultura
latinoamericana, que incluye a José Carlos
Mariátegui, Aníbal Ponce y a otros pensadores y
creadores de nuestras tierras, en quienes la
transformación revolucionaria de la realidad social ha
de ser requisito indispensable para la emancipación y
crecimiento de la producción artística que nos
represente.
VI
Múltiple e incansable
se nos muestra su tarea cultural en los años de poder
revolucionario y construcción socialista en Cuba. En
plástica, asiste a exposiciones, mantiene viejas
relaciones con artistas y alimenta otras nuevas, ejerce
el modo cómo concebía la función de la crítica:
explicando, orientando, creando.[xli]
Lógicamente, serían
otras, aunque equivalentes, las exigencias planteadas a
los artistas a partir de 1959. Si la lucha adquiría un
nuevo carácter, sus reflejos en esa realidad serían
distintos. De ahí que la posición revolucionaria no era
ya la de la oposición y la denuncia, sino la de la
colaboración. En esas circunstancias, Juan Marinello
solicitaba, en lugar de un arte de negación, uno
de afirmación y síntesis dialéctica de los
mejores valores nacidos en la historia real y en la
historia artística. Con ello prolongaba sus ideas de
siempre y las adecuaba a las mil vías y posibilidades de
realización abiertas por la realidad revolucionaria. En
1961 analiza el mural realizado en La Habana por el
pintor chileno José Venturelli, y sentencia:
Si hasta
ese momento (1952),aparecía México como la plaza fuerte,
inexpugnable, de la pintura política, ahora se ve que
otras tierras nuestras van a emularle en grandeza[...]
Una virtud capital del conjunto está en esa dosificación
eficaz y delicada del testimonio con nombre y apellido y
la identidad genérica del pueblo. De ahí arranca la
calidad ética que traspasa la anécdota y apunta al
mañana. El mural eslabona, en gradación ascendente, la
intimidad de nuestra manigua, el clamor nacional y la
proyección americana [...]. Pero no bastan la fuerza y
su empleo -el talento y el tema- y tiene que intervenir
ese poder sutil y fuerte que suma los elementos reales
en un conjunto nuevo, en un orbe distinto, en una
interpretación de plena eficacia estética.[xlii]
Ese mismo año es que
publica un nuevo elogio a Picasso (Bohemia,
oct. 22 de 1961), exalta la labor del dibujante
alemán Kurt Zimmermann que retrató alfabetizadores,
niños y campesinos, graficándolos en el libro Camilo
del escritor Ludwig Renn. Y como era habitual en
Marinello, continúa buscando siempre los nuevos brotes,
lo que de futuro carga el presente,[xliii]
observa y enjuicia variados géneros y obras del arte
plástico. Asimismo señala:
En cada Exposición
mueren, por fortuna, muchas imágenes del artista. Las
que importa saludar son las imágenes adolescentes, las
que se mostrarán con vida plena en la Exposición
próxima.[xliv]
Capaz de reconocer lo
valioso en pintores académicos nativos de acusada
hispanidad, explicando bien lo hecho por Leopoldo
Romañach y dándonos noticia de uno de sus cuadros,
colocado en una de las habitaciones de la casa de León
Tolstoi, aplaudió además la modernidad de muchos. Al
inaugurar las Salas Cubanas del Museo Nacional de Bellas
Artes, condensa el itinerario seguido por la plástica
del país; y luego, en las palabras de presentación de la
muestra Siete Pintores Cubanos, en París (1972),
resume y fija la tesitura de nuestros plásticos mayores:
Cuanto aquí se
expone refleja la presencia de mensajes circundantes: la
naturaleza y lo construido por el hombre en su contorno.
Los mares territoriales de Martínez Pedro, el reino
frutal de Mariano, la ciudad barroca de Portocarrero, la
recreación del dintorno criollo en Amelia Peláez, las
sugerencias esenciales de Carlos Enríquez, la aventura
desvelada de Eduardo Abela y el paisaje de palmas y
mujeres de Víctor Manuel son encarnizadamente nuestros;
pero en una isla con evocación de soledad, de
aislamiento, vuelta sobre sí misma y de espaldas al
mundo, nada de esto hubiera ocurrido.[xlv]
La correspondencia
cubana de León Tolstoi
es el título de una
conferencia ofrecida en la Biblioteca Nacional, en
septiembre de 1972, donde descubre su admiración por los
pintores rusos del XIX, Kramskci, Gue, Serov y Repín. En
el año 1970 dedicó unas cuartillas al análisis de las
cualidades lineales de unos dibujos de Jorge Rigol
dedicados al heroísmo vietnamita. Ya una vez se había
sentido atraído por una ilustración de Rigol, fechada en
1936, en la que ese artista lograba contrapuntear la
actitud “erasmista” de Hombre Aparte con las
manifestaciones obreras, refiriendo cómo Aníbal Ponce la
quería para la portada de su libro Humanismo burgués
y humanismo proletario. Era tal su objetividad, que
logra advertir cómo, en la década de los años 60, de
entre todas las manifestaciones plásticas, era el cartel
[xlvi]la que más logros poseía, junto
al ballet, la danza popular y el cine.
Si años atrás, al
pintor y escritor cubano Marcelo Pogolotti se le
excluía, prácticamente, de los forjadores de nuestra
historia pictórica nacional, luego de su retrospectiva,
organizada por el Museo Nacional de Bellas Artes, y de
las palabras que en ella leyera Juan Marinello, ya no
hay dudas de cuánto significó su obra y de cuánto
significa todavía. En esa tarde del 29 de abril de 1974,
anotaba:
Es frecuente combatir
a un arte vital revolucionario aduciendo que con él se
cae en la propaganda, debilitando su mejor destino. Creo
que el dibujo y la pintura de Marcelo Pogolotti dejan en
cueros vivos la maliciosa objeción [...]. La buena
pintura lo es cuando concentra valores plásticos
auténticos, es decir, sorprendentes, con que el creador
entrega sin cansancio su manera distinta de ver lo
circundante, su modo intransferible de traducir lo que
provoca su reacción plástica [...]. Tiene importancia
para el socialismo la varia hermosura de la naturaleza y
la de todo ser viviente, como también la aventura de la
línea y la sugestión del color; pero nada de ello
estorba al proclamar la ejemplaridad de quien, como
Pogolotti registró el tema culminante de su época,
impulsando una lucha de la que ha de venir una creación
de magnitud imprevisible.[xlvii]
Finalmente, a
propósito de un muro pintado por Orlando Suárez, en la
Terminal de Ómnibus Interprovinciales de La Habana, en
1975, deja aclarado que aliado de las maneras y símbolos
que rememoren la grandiosa historia de nuestras luchas y
mártires -tan necesarias-, también el cuadro de
caballete o el grabado poseen valor en la sociedad
nueva, por ser vehículos para embellecer la vida,
cultivar la personalidad y condicionar sentimientos
elevados en la gente.
De su constante
preocupación por el quehacer de cada artista, hay
diversos ejemplos. Procedente de un viaje de trabajo,
dedicó un libro con reproducciones de carteles políticos
polacos al pintor Adigio Benítez, para que le fuera de
utilidad. De esa fecunda unión entre la sensación
estética y la vivencia histórica es prueba lo que él
mismo relata en una entrevista formulada por la
Gaceta de Cuba en sus 75 años:
Fue en el Museo de
Budapest, al tropezarme con un hermoso apunte de
Leonardo hecho para su batalla de Anghiari. Al verlo
dije, en una exclamación subterránea, el nombre de
Mella. Debajo del escorzo una leyenda breve de la mano
genial: “Testa de combatiente”.¨[xlviii]
De su modestia y
sencillez, como de su interés por el desarrollo de los
jóvenes, guardo una anécdota personal, que siempre
tendrá para mí destacada importancia: en 1971 se me
había designado para decir algunas palabras inaugurales
en la muestra de las obras del escultor Enrique Moret,
en la Casa de la Cultura Checoslovaca. Ante la presencia
allí de Juan Marinello, quien conocía bien al artista,
se le solicitó que fuera él quien, lógicamente, hablara.
Pero con esa sobriedad que lo caracterizaba, expresó que
prefería escuchar la valoración de la obra exhibida por
un pintor joven, con una óptica nueva.
De la certeza como
previó el libre florecimiento de nuestras posibilidades
artísticas de hoy, donde un lenguaje plástico nacional
llegue a universalizarse y fundirse en la cultura de
todos los pueblos, existen juicios serenos y verdades
quemantes en esa obra suya, a la que muchas veces
tendremos que asomamos.
NOTAS
[i]
Juan Marinello: ¨ Razones de un Homenaje¨ en
Creación y Revolución, La Habana,
Contemporáneos, UNEAC, 1973, p.103.
[ii]
Juan Marinello: ¨El Mundo Lineal de Jorge
Rigol¨, Contemporáneos, La Habana,
Noticia y Memoria, UNEAC, 1975, p.261.
[iii]
Juan Marinello: ¨Integración y fisonomía de la
Literatura Hispanoamericana, Creación y
Revolución ¨, La Habana, Contemporáneos,UNEAC,
1973,p.23.
[iv]
Juan Marinello: ¨La primera lección de Eduardo
Abela ¨, Granma, la Habana, Cuba, nov. 17
de 1965, p.4
[v]
Juan Marinello:¨Sobre la inquietud cubana¨,
Orbita de la Revista de Avance, La Habana,
col. Orbita, UNEAC, 1965,pp. 321-322.
[vi]
Juan Marinello: Conversación con nuestros
pintores abstractos, La Habana, Imprenta
Nacional de Cuba, 1961, p. 21.
[vii]
Juan Marinello: Siete Pintores Cubanos,
París-Francia, catálogo editado por la UNESCO,
1972, p. 7.
[viii]
Juan Marinello: ¨La primera lección de Eduardo
Abela ¨, Granma,La Habana, Cuba, nov. 17
de 1965, p.4.
[ix]
Como testimonio de la amistad entre el pintor
malagueño y el escritor cubano, han quedado
dibujos y grabados que el primero obsequió ,
dedicados, al segundo. También Picasso bocetó
una vez el rostro de Marinello.
[x]
Juan Marinello: ¨Picasso y el tiempo¨,
Contemporáneos , Noticia y Memoria,
La Habana, UNEAC, 1975, t. II, p.217.
[xi]
Juan Marinello: op. cit. P. 218
[xii]
Juan Marinello: Ibíd.., p.218.
[xiii]
Juan Marinello: ¨Guatemala nuestra¨,
Meditación Americana, Las Villas,
Universidad Central de Las Villas,Dirección de
Publicaciones, 1963, p. 147.
[xiv]
Juan Marinello: op. cit. , p.194.
[xv]
Juan Marinello:¨Siqueiros¨, en Contemporáneos
. Noticia y Memoria, La Habana,
UNEAC, 1975, t. II, p. 278.
[xvi]
Juan Marinello: op. cit. , p.271
[xvii]
Juan Marinello: ¨Un mural al nivel de nuestra
Revolución¨, Cuba, La Habana, ene. de
1963,a. 2.
[xviii]
Juan Marinello: ¨Conciencia y maestría de
Leopoldo Méndez¨, Contemporáneos. Noticia y
Memoria,La Habana, UNEAC, 1975, t. II,p.
254.
[xix]
Vladimir Ilich Lenin: ¨Sobre la revista
SVOBODA¨, La Literatura y el Arte, La
Habana, Instituto Cubano del Libro, 1974, p.17.
[xx]
Juan Marinello: Conversación con nuestros
pintores abstractos, La Habana, Imprenta
Nacional de Cuba, 1961, p. 98.
[xxi]
Juan Marinello: ¨Guatemala nuestra¨,
Meditación Americana , Universidad Central
de Las Villas. Dirección de
Publicaciones,1963,pp.151-152.
[xxii]
Acerca de la capacidad sugerente del estímulo
visual, Alfonso Reyes (¨ Los estímulos
literarios¨: Ensayos. Colección Literatura
Latinoamericana. Casa de las Américas, no.
42. La Habana, 1972, pag. 302)escribió: ¨ El
estímulo puede partir de la naturaleza, del
arte, de objetos de la industria humana. La
importancia de los estímulos visuales ha sido
siempre reconocida, sea que se les acepte en sí
mismos, o como residuos y coagulaciones
ulteriores a la memoria.¨
[xxiii]
Juan Marinello:¨Conversación a los 75 ¨,
Contemporáneos, Noticia y Memoria, La
Habana, UNEAC,1975, t. II, p. 122.
[xxiv]
Marinello mantuvo siempre una esencial
deferencia por el pintor Mariano Rodríguez. En
una breve conversación con el autor de este
trabajo, refería como hazaña el hecho de que
Mariano, procedente de algunos meses de labor en
México, lograra incorporar a la pintura cubana
una más intensa y fresca concepción de la
organización de los colores en el lienzo.
[xxv]
Juan Marinello: ¨Luz y sombra en la escultura
negra¨, Bohemia, La Habana, oct. 14 de
1934, a. 26, no. 34
[xxvi]
Sin embargo, es necesario hacer notar que si
bien la rica prosa de Marinello recibía la
sugerencia y el estímulo originado por imágenes
plásticas, en cambio, nunca usó de ellas como
simple pretexto para crear vacías construcciones
literarias, tal y como sucede a menudo con
escritores que pretenden ejercer una sugestiva
¨crítica de arte¨.
[xxvii]
Abecedario: miembro de la agrupación política
ABC. José A. Tabares del Real en su ensayo La
Revolución del 30, sus dos últimos años(Concurso
26 de julio. Dirección política de las FAR.
Premio de Investigaciones. La Habana, 1971, pp.
176-177) sostiene: ¨ El ABC era una asociación
celular secreta y terrorista que , después del
derrocamiento de Machado, se convirtió en
partido político(…)era en su ideología, en su
programa y en su táctica una organización
genuinamente fascista(…). Esta organización
fue, junto con el régimen machadista, lo
realmente nuevo en el campo de la derecha(…).
Los líderes principales del ABC fueron Joaquín
Martínez Sáenz, Jorge Mañach, Carlos Saladrigas,
Joaquín O. Hermida, Francisco Ichaso, Juan A.
Lliteras, Alfredo Botel y otros. Constituyeron
esa pléyade de brillantes abogados e
intelectuales ultrarreaccionarios, maniobreros ,
oportunistas e inescrupulosos, que se
inspiraban ideológicamente en el Facio
italiano, y en la falange española.¨
[xxviii]
Juan Marinello: ¨Discurso a los escritores
venezolanos¨, Meditación Americana,Universidad
Central de Las Villas, Dirección de
Publicaciones, Cuba, 1963, p. 41.
[xxix]
Juan Marinello:Conversación con nuestros
pintores abstractos, La Habana, Imprenta
nacional de Cuba, 1961, p. 35.
[xxx]
El estudioso soviético Mijail Lifschitz, en su
libro Kart Marx y la estética( Cuadernos de Arte
y Sociedad. Editorial Arte y Literatura,
Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1976, p.
198). Señala: ¨…aunque pueda resultar paradójico
, la decadencia del arte en la sociedad
capitalista puede verse como un progreso desde
el punto de vista del arte mismo¨.
[xxxi]
Juan Marinello:Conversación con nuestros
pintores abstractos, La Habana, Imprenta
nacional de Cuba, 1961, p.35.
[xxxii]
Marinello: op. cit. , p. 91.
[xxxiv]
Marinello: op. cit. , p. 111.
[xxxv]
Juan Marinello: ¨Guatemala nuestra¨,
Meditación Americana, Universidad Central
de Las Villas, Dirección de Publicaciones, 1963,
p.50.
[xxxvi]
Juan Marinello:Conversación con nuestros
pintores abstractos, La Habana, Imprenta
nacional de Cuba, 1961, p.17.
[xxxvii]
José Martí: ¨Joaquín Tejada¨, Ensayos sobre
Arte y Literatura, Selección y prólogo de
Roberto Fernández Retamar, La Habana, Instituto
Cubano del Libro, ed. 1972, p. 246.
[xl]
Juan Marinello: Introducción de Meditación
Americana, Universidad Central de Las
Villas, Dirección de Publicaiones, 1963,p.15.
[xli]
Juan Marinello: ¨ Sobre nuestra crítica
literaria ¨, Creación y Revolución ,
Contemporáneos, UNEAC,1973, p. 155.
[xlii]
Juan Marinello: ¨Un mural al nivel de nuestra
Revolución¨,Cuba, La Habana, a. 2, ene.
de 1963
[xliii]
La actividad de crítica en la esfera de la
cultura artística tuvo siempre, en Marinello, la
impronta leninista. De ahí su preocupación por
exaltar lo nuevo, lo que nace en el arte
al contacto con las nuevas experiencias del
artista en la vida.
[xliv]
Juan Marinello: ¨Luz y sombra en la escultura
negra¨, Bohemia, La Habana, oct. 14 de
1934, a. 26, no.34.
[xlv]
Juan Marinello: Siete Pintores Cubanos,
catálogo editado por la UNESCO, París, 1972, p.8
[xlvi]
Félix Beltrán nos relata cuánto interés mostraba
Marinello por la comunicación gráfica. Este
diseñador cubano solí hacerle logotipos para el
Movimiento por la Paz y la Soberanía de los
Pueblos, que el escritor presidía.
[xlvii]
Juan Marinello: ¨Vida, muerte y resurrección de
Marcelo Pogolotti ¨, Revolución y Cultura.
La Habana, julio de 1974, no. 23,pp.40-46.
[xlviii]
Juan Marinello:¨Conversación a los 75¨,
Contemporáneos , Noticia y Memoria,
La Habana, UNEAC,1975,p. 122.
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