Compañeros representantes de los organismos del
Poder Popular, de nuestro Partido; (y) de las
organizaciones de masas.
Compañero Raúl
Ferrer, viceministro de Educación.
Compañero Adolfo
Martí, responsable de literatura del Ministerio de
Cultura.
Compañeros
representantes de otras organizaciones que honran
este acto.
Yo creo que lo
primero que debo decir en esta noche, para mí de
tantos recuerdos y emociones, es mi gratitud por lo
que acaba de decir de mi persona, con su bondad
reconocida y su exageración extraordinaria, el
compañero Camilo Domenech. Y decir enseguida que no
puede separarse de mi recuerdo la noche (en) que
hace muchos años yo tuve el gusto (y) el honor de
hablar en esta Casa de tanta significación en la
historia de nuestra cultura.
Parece justo que
dediquemos un recuerdo, cordial y sentido, a las
personas que en aquella noche integraban la
presidencia: el compañero (Armando) del Valle,
Presidente entonces de esta entidad, y mi fraternal
compañero de todos los tiempos, el profesor Elías
Entralgo, Secretario de este Liceo.
Al recordarlos,
yo debo felicitar a los compañeros encargados de
esta organización, por el modo admirable en que han
restaurado, en que han mantenido, la belleza y el
aspecto tradicional de esta Casa de tanta
significación, decíamos, en nuestra historia
cultural.
Decía el
compañero Camilo que la presencia de Martí es
universal, está cada día más en todas (las) partes
de su país, y también
fuera de su país. Pero siendo esto verdad, lo es
también que esa presencia está más viva, más actual
y con un sentido, pudiéramos decir, de mayor
intimidad histórica, en una Casa como esta, uno de
los pocos lugares que él (Martí) honró con su
palabra en el breve tiempo que vivió (en su tierra).
Por eso debemos
sentirnos (felices) los que tenemos la oportunidad
de decir algunas palabras en este admirable ciclo de
conferencias que ha mantenido el Liceo de Guanabacoa,
de estar presentes y de colaborar del modo sincero y
modesto a que obliga el recuerdo de Martí, en esta
serie tan importante de contribuciones valiosas
sobre nuestro grande hombre.
En esta noche,
compañeros y amigos, yo quisiera ante ustedes, de
una manera fraternal y directa, hablar de una
investigación, de una indagación en la que vengo
trabajando hace tiempo y que sé que la vida no me
dará bastante oportunidad de terminar, pero en que
debo, por lo menos, exponer los criterios que hasta
este momento esa investigación me ha traído.
La investigación,
pudiera decirse que está expresada en una pregunta
que se hacen propios y extraños sobre la
significación profunda de Martí como pensador
revolucionario. La interrogación es esta: ¿cómo es
posible que un meditador confesadamente idealista
llegue a ser en su tiempo, por encima de todos los
pensadores americanos de la época, un
antimperialista sincero, fervoroso y consecuente?
Porque parece que aquí existe una contradicción
difícil de explicar y de superar.
¿Por qué? Tiene
una clara explicación que sea Lenin, a través de su
interpretación materialista dialéctica de la
historia, el que descubra, oriente, explique y
señale el inmediato porvenir (del) fenómeno
imperialista. ¿Pero cómo puede hacerlo un hombre
filosóficamente idealista, separado de toda
interpretación de otro tipo, y cómo a través de esa
penetración sorprendente puede ser, como lo es, un
gran orientador de su tiempo y del nuestro? Yo creo
que para ello hay circunstancias diversas que son
las que esclarecen esto que para muchos es una
realidad sorprendente, de difícil explicación.
Para que Martí
sea dentro de su idealismo el gran precursor de la
lucha antimperialista de los pueblos
latinoamericanos, existen,
en mi opinión,
como en todos los fenómenos de esta naturaleza,
elementos de tipo objetivo y elementos de orden
subjetivo, lo que yo he llamado alguna vez dentro de
esta indagación, las fuentes y las raíces del
pensamiento antimperialista de José Martí.
En cuanto a los
elementos objetivos más directos, pudiéramos decir
que hay que tener muy en cuenta, para explicarnos
este fenómeno, el hecho de que sea Martí, de todos
los pensadores y libertadores americanos de su
tiempo, quien tiene oportunidad de conocer más
profundamente la realidad americana. Tiene mucho que
ver en esta afirmación antimperialista que esta
noche evocamos. Martí fue en su juventud, como
sabemos, viajero infatigable, lo que le dio la
ocasión de conocer profundamente la realidad
latinoamericana, especialmente la de México, la de
Venezuela y la de Guatemala, y en sus últimos
tiempos, ya en vísperas de su muerte heroica, tiene
ocasión de conocer la realidad antillana que viene
como a coronar su penetración de lo que es la
realidad de la que él llamó su América.
Pero, además, la
madurez de José Martí, la rica madurez de José
Martí, se produce durante doce años en la otra
América, en los Estados Unidos, donde su penetración
genial tiene oportunidad de posesionarse de todos
los elementos que integran aquella sociedad confusa
y manejada por intereses espurios. Este es, en mi
opinión, uno de los elementos objetivos más
importantes para explicarnos el fenómeno a que hemos
aludido, el conocimiento que no tiene otro pensador
de su tiempo, otro pensador político, quiero decir:
conocimiento profundo, realmente entrañable de las
dos Américas, proyectando sobre una y sobre la otra
su conocida impaciencia por realizar la justicia y
la superación humanas.
Hay un estudio
muy interesante, que yo recomiendo a los interesados
en Martí, de la profesora Ouillion, que habla del
modo en que José Martí va entendiendo la injusticia
capital de la organización de los Estados Unidos, y
va por ello expresando su rechazo, primero, a la
discriminación del negro; después, del indio
norteamericano, y por último, de la inmigración
china en ese país; expresión clara de cómo ha
llegado a penetrarse profundamente de la realidad
injusta que determina los grandes desniveles
sociales, las injusticias profundas de aquella
sociedad.
Pero lo
interesante es que este conocimiento profundo de
Martí sobre la sociedad norteamericana le hace ver
rápidamente que esa injusticia interior, la
supeditación de la masa negra, de la masa india, de
la masa china, no es sólo un fenómeno que se produce
interiormente, es una actitud que se refleja dentro
y fuera de la Unión (norte) americana. Eso le hace
poseer muy a tiempo, en sus momentos pudiéramos
decir de juvenil madurez, lo que significa aquella
sociedad y lo que tiene la América Latina que
esperar de su desarrollo. Este elemento para mí es
muy importante, pero también hay otro que coincide
con él y lo amplifica en su significación. Me
refiero a la circunstancia (de) que también es José
Martí el único pensador de su época que tiene un
concepto nuevo luego (de) esos criterios
fundamentales, arraigados, y que son el norte de su
acción revolucionaria. Es decir que (….) (a
diferencia de) los hombres que se decían rectores
del pensamiento americano -hablamos lo mismo de un
Justo Sierra que de un Rodó, o sobre todo del más
notable y singular por otras razones, de orden
literario, como Sarmiento-, Martí tiene del hombre
americano y de su significación y destino, un
criterio distinto, nuevo, e (in)superable.
Los otros
pensadores contemporáneos mantienen el criterio, con
mayor o menor densidad, de que la América es una
tierra conquistada, ocupada, y que su buen destino
reside en que se blanquee el continente americano.
Es decir, en que la emigración europea, que es para
esos pensadores el summum de la cultura y del
acierto humano y justo, venga (...) a restarle
importancia a las razas autóctonas, y, en una
palabra, a las razas de piel oscura: lo mismo el
indio que el negro.
Martí es el
primero que, en virtud de esas experiencias
múltiples a que nos referíamos, entiende de manera
distinta el destino y la integración del hombre
latinoamericano.
En todo momento
entiende que ese hombre debe ser igualmente
estimado, cualquiera que sea su raza y su origen, y
que el avance de sus pueblos no ha de depender del
dominio de una raza sino de la concertación oportuna
y afortunada de las virtudes y calidades de todas
las razas que integran el mundo americano. Eso,
desde luego, es esencial en el pensamiento de Martí
y creo que determina en mucho su condición de
precursor de la lucha antimperialista en nuestro
país.
Dentro de esto,
claro está, es como una derivación de este criterio
el entendimiento que tiene Martí de la cultura en
los países americanos. La cultura, si se entiende el
hombre dentro de esa magnitud, debe ser el
entrelazamiento feliz de todos los elementos que han
integrado el modo de ser cultural de la América
Latina. Y por eso es el primero de los pensadores
que le da importancia y relieve al aporte cultural,
especialmente literario, de las razas autóctonas de
América, a tal punto, que un crítico tan notable
como Cintio Vitier ha mantenido que muchos de los
criterios esenciales en la motivación política de
Martí vienen de su conocimiento y utilización de los
grandes poetas mexicanos anteriores a la conquista.
La tesis puede discutirse, pero no el hecho de que
Martí le dé a estos valores prehispánicos la enorme
importancia que tienen. De modo que Martí entiende
de modo distinto al hombre americano y a su cultura.
Entiende que el problema no está en volver los ojos
a Europa, sino en volver los ojos a nosotros mismos,
y darle camino fecundante a los elementos positivos
de las distintas razas que integran la realidad
latinoamericana.
Desde luego, esto
supone también, o está en este camino, el hecho de
que desde muy joven Martí es un defensor de lo que
él llama la unidad y la universalidad del hombre. Si
el hombre es uno, y esencialmente el mismo -él
hablaba de la profunda condición humana por encima
de todas las razas-, (ello) tiene mucho que ver en
este criterio nuevo de la realidad latinoamericana y
en la integración de su cultura. Quiere esto decir
-y es cuando encontramos lo que esto supone para el
criterio antimperialista de Martí- que para él, la
unidad del hombre, su libertad y su universalidad
deben ser defendidos a toda costa y frente a todo
enemigo, y el imperialismo es al mismo tiempo un
agresor de estas (tres) condiciones esenciales: de
la universalidad, de la unidad y de la libertad del
hombre.
Por otra parte, y
teniendo muy clara la conciencia (de) que esos
elementos esenciales son como el fondo animador de
su postura antimperialista, Martí tiene el dolor,
pero al mismo tiempo -y a la larga e históricamente
tenemos que decirlo- el privilegio excepcional de
pasar los últimos años de su vida fuera de sus
tierras, pero recordándolas cada día con más
intensidad (...) la distinta condición de un mundo y
del otro, es también el primero que establece la
necesaria e indispensable diferencia -y el seguro
conflicto- entre las dos porciones en que él divide
a su América.
Desde luego, el
hecho de vivir en los (Estados Unidos) le permite la
observación de este conflicto y de sus consecuencias
con más precisión, con un conocimiento más profundo,
con una conciencia más clara, que la de otros
pensadores de su época. Por eso es también el
primero que al establecer y proclamar la necesidad
histórica de esta división y de este conflicto,
señala el factor económico que va a regir para
ahondar permanentemente y acrecentar esta división
inalterable.
Por eso, durante
todo el tiempo que vive Martí en los Estados Unidos,
es en verdad no el defensor de Cuba, no el
libertador de Cuba: es el defensor y libertador de
todo un mundo, de toda su América, de la América
Latina y el Caribe, plenamente; porque entiende como
nadie que el poder económico de los Estados Unidos
se desborda sobre sus pueblos, determinando una
supeditación de incalculables resultado(s)
negativo(s).
No vamos a citar
los momentos (de) su primera permanencia, los
inicios de su permanencia en los Estados Unidos. Lo
dice cuando afirma, por ejemplo (que) “cuando un
pueblo fuerte da de comer a otro, se hace servir de
él” . Y cuando en una síntesis maravillosa que
parece de nuestros días, escribe: “el monopolio está
sentado, como un gigante implacable, a la puerta de
todos los pobres” del mundo. Es decir, no sólo el
reconocimiento de ese inevitable conflicto, sino el
sentido económico que tendrá ese conflicto. Y, por
último, donde esas ideas cuajan con elocuencia y con
eficacia excepcionales, como sabemos, en la
Conferencia Internacional de 1889 y en la
Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América,
de 1891. Es cuando ya las características de esa
oposición, y su sentido eminentemente económico, se
cuajan definitivamente en el pensamiento de Martí.
Es ya el elemento indispensable, el antecedente
obligado de su consistente, de su poderoso, de su
oportuno y de su temprano antimperialismo.
Todos estos
elementos que yo llamaría objetivos o fuentes de su
pensamiento antimperialista, se entrelazan en el
caso de Martí -y es muy interesante analizar este
importante fenómeno cultural-, se entrelazan con
criterios, los más profundos y arraigados en él,
dándose el caso singular -pero que no es la primera
vez que ocurre en la historia- de que un pensador
advierta los peligros de una situación económica,
pero al mismo tiempo, enjuicie esa realidad con
criterios idealistas que no tienen que ver, en
verdad, con los elementos inmediatos que se le
presentan.
Me refiero, por
ejemplo -y algo decíamos hace unos momentos de ello-
(a) que para Martí la unidad y la libertad del
hombre son elementos esenciales, y constituyen, en
su opinión, elementos preciosos que hay que defender
siempre y a toda costa. El imperialismo, decíamos,
ofende lo que él llama la identidad fundamental
humana, ofende la unidad del hombre, porque a través
de la raza lo divide para oprimirlo; y ofende y
agrede además a la libertad del hombre, que es lo
esencial en la opresión económica que el
imperialismo supone.
Todo esto
completa, pudiéramos decir, el cuadro de elementos
que seguramente determinan en lo esencial, y
seguramente hay otros, que Martí avance mucho más
que los pensadores que le son contemporáneos, y vea
el gran problema futuro de América como la lucha
contra el imperialismo, único modo de asegurar la
que él llamaba la segunda independencia americana.
Es que, claro, la libertad para él era el valor más
alto del hombre, la libertad -decía- será la
religión del futuro. Y todos sus esfuerzos de
libertador van naturalmente a lograr que el hombre
no sea oprimido en ningún aspecto ni por razón
alguna.
Desde luego,
podemos decir entonces cómo Martí, sin traspasar los
límites de las concepciones idealistas, puede
advertir la verdad, la realidad de todos estos
elementos que forman el lecho en que se asientan su
orientación y su práctica acción antimperialista.
Yo creo que esto
se produce, muy esencialmente, por la fiera
honestidad de nuestro libertador, por ser el hombre
que cuando ve una verdad la advierte, la reconoce,
expresa su importancia; ya no se provoca en él
ningún conflicto con sus criterios idealistas o no,
manifiesta la injusticia que se presenta a sus ojos,
y sin dejar de ser filosóficamente un idealista,
pesa como ningún hombre de su tiempo lo que supone
el factor económico como elemento opresor de los
pueblos americanos.
Ya sabemos que
mucho después de Martí, es Lenin el que nos dice
dónde está la raíz profunda del hecho imperialista,
dónde está su razón permanente en creciente
peligrosidad pero indiscutible desde luego. Yo he
dicho algunas veces, pensando en este raro fenómeno,
que cuando un médico conoce el origen de una
enfermedad y la cura, tiene un mérito excepcional.
Pero cuando no conoce más que los síntomas, no el
origen profundo, y cura también, tiene un mérito
mayor. Ese es el mérito de Martí. El no descubrió,
no podía ocurrir aún, las bases determinantes del
fenómeno imperialista. Eso le toca hacerlo a Lenin
con el arma maravillosa de los hechos. Pero el gran
mérito de Martí está en que, sin conocer el origen
del hecho, sin embargo, por sus síntomas, por sus
experiencias, le da universalidad a sus peligros, y
llama a los pueblos americanos a pelear contra su
acción.
Esa es, en mi
opinión, la gran lección que da el caso de Martí, en
el que la definición ideológica no es un estorbo
para el conocimiento de una verdad que tiene un
origen en otro campo. El profesor Salomón de la
Universidad de Burdeos, que nos acaba de visitar
ofreciendo conferencias de admirable calidad, que ha
hecho estudios excepcionales sobre José Martí y que
ahora nos promete ante una petición nuestra
recogerlos en un libro, tiene un estudio
interesantísimo en que habla de Martí como idealista
práctico, es decir, encuentra que un elemento y el
otro dan con una solución (a) la contradicción de
que hablábamos: es un idealista, pero de un
maravilloso sentido práctico que no tiene el
idealista que le es contemporáneo, y por eso avanza
más, y se convierte, en verdad, en una figura no
solamente orientadora en su tiempo sino también
orientadora del tiempo nuestro.
Es interesante
que muchos extranjeros, todos hemos tenido esa
experiencia, no entiendan bien el hecho de que la
Revolución Cubana sea al mismo tiempo martiana y
marxista. Especialmente en mi larga estancia en
Europa me he encontrado con esta duda, a veces con
un poco de sentido irónico. ¿Cómo es posible que
ustedes sean marxistas y que sigan siendo martianos
si (Martí) es el
hombre que
fundaba en el poder esencial de la verdad el triunfo
de una situación humana, y es el hombre que dice
aquello tan interesante, tan bello y tan idealista,
dice Martí: “una idea justa flameada a tiempo, puede
parar como la bandera del juicio final,
toda una escuadra de acorazados”? ¿Cómo es posible
que una revolución se funde en el
marxismo-leninismo, y rinda pleitesía y se diga
continuadora del pensamiento de un hombre de tal
modo y con tal enardecimiento idealista?
Desde luego, lo
que no entienden esos críticos (y) no llegarán nunca
quizás a penetrar, es que debemos ser cada día con
más profundidad, con más sinceridad, al mismo tiempo
martianos y marxistas. Es que la calidad genial de
Martí lo hace, por encima de su idealismo, un gran
hombre de tránsito, un hombre que es, al mismo
tiempo, testigo de su época y adivinador de la época
futura. Es un hombre que cumple su función con el
sentido práctico a que hemos aludido, es el gran
político; y el político es siempre un regidor de
realidades, de realidades inmediatas, las que tiene
que utilizar para realizar su obra transformadora,
pero al mismo tiempo es un hombre que ve el futuro
de una manera tan aguda que descubre realidades que
han de seguir a su muerte, realidades de sentido
histórico innegables. Eso es lo que hace a Martí un
hombre que enlaza admirablemente el pensamiento de
su tiempo con el pensamiento marxista -sin que sea,
desde luego, ni puede afirmarse, un materialista ni
un marxista-. Pero es tal su calidad genial, su
advertencia del futuro, que señala y orienta el
porvenir de su patria y de toda la América, y en
cierto momento de un modo universal también, de
manera que para nosotros es como un relevo obligado
y feliz el ser martianos y ser marxistas al mismo
tiempo.
Por eso hay que
entender así el deber de nuestro tiempo, ser cada
día mejores martianos conociendo este fenómeno
complejo, excepcional, maravilloso y único del
desdoblamiento de sus criterios históricos a veces
por encima de sus propias afirmaciones filosóficas.
Y saber además que esa calidad genial de advertir el
futuro, lo hace señalar y orientar problemas que no
se habían desarrollado en su tiempo, que tienen su
desarrollo normal en el nuestro, y que tienen ya por
ello mismo que ser advertidos, orientados, e
interpretados como una nueva verdad, en nuestro caso
el marxismo-leninismo.
Eso es lo que hay
que entender, y lo que muchos se niegan a admitir.
Recordemos otro elemento de grandísima importancia.
Martí no es sólo un pensador. Martí es, en mi
opinión, cosa que ha tardado mucho tiempo en
proclamarse y aceptarse, el poeta más pleno de su
tiempo. Al decir que es el poeta y al recordarlo en
el curso de esta meditación, me refiero a que, como
gran poeta tiene la intuición de los grandes
fenómenos presentes y futuros por encima de toda
ubicación concreta y de toda preocupación
filosófica. Cuando dice Martí: “Con los pobres de la
tierra/Quiero yo mi suerte echar”, no ha reconocido
la existencia de la lucha de clases; pero advierte
sin embargo que la razón está de parte de los
oprimidos del mundo. Cuando en sus últimos tiempos
escribe aquel verso admirable, “La esclavitud de los
hombres /es la gran pena del mundo”, está diciendo
para su tiempo, y sobre todo para el nuestro, que
estamos en el deber de terminar la esclavitud de los
hombres. De un modo seguramente muy distinto a como
él lo concebía, pero su mandato está presente en un
verso y en el otro. Por eso nosotros,
marxista-leninistas, tenemos que realizar este
mandato por encima de su profunda condición lírica y
probablemente de su idealismo fundamental. Porque
Cuba, porque la Revolución Cubana se preocupa no
sólo de liberar a nuestro pueblo, sino de ayudar al
pueblo de Angola, de colaborar a la liberación de
los hombres de todos los continentes y en todas las
regiones, que es, en definitiva, el cumplimiento de
este mandato: la esclavitud de los hombres, no de
los americanos ni de los cubanos, es una gran pena
del mundo. Por encima de todo criterio, Martí nos
ofrece un mandato que era vigente en su tiempo pero
que es vigente hoy también, (y) que tiene que
advertirse dentro de otra realidad y regido por
otros principios filosóficos y revolucionarios. Por
eso, en este aniversario del nacimiento de Martí, se
ha puesto de relieve más que nunca la relación
íntima, obligada, coherente y orientadora de su
palabra con el marxismo-leninismo. Y, como nunca,
nuestra juventud ha entendido así el obligado culto
a José Martí. Como nunca, miles de jóvenes han
penetrado que su palabra sigue siendo vigente,
ordenadora, orientadora, y que debemos realizar gran
parte de sus pensamientos aunque sea otro el
fundamento filosófico que nos conduzca a ello.
Por eso, y en
virtud de esta realidad, nuestro deber en el momento
actual está en meditar de qué modo se honra con más
verdad, vitalidad y eficacia a esta figura
extraordinaria, la más alta -sin duda- de la América
de su tiempo. Yo diría que con la de cumplir su
mandato en lo mucho que tiene todavía de vigente, y
con admirar un elemento invariable y
eterno, que es el ejemplo de su generosidad
desvelada y angustiada. Eso es lo que nos fuerza
nuestro deber de cubanos revolucionarios a realizar
en esta oportunidad y en este aniversario.
Nosotros hemos
tenido, los cubanos, la ventura, el privilegio
excepcional, de contar con dos hombres -pudiera decirse
ya sin ambages- que señalan en América dos momentos
esenciales de su evolución política: con Fidel Castro y
con José Martí. Cuando nuestro poeta nacional Nicolás
Guillén nos dice, con ese maravilloso sentido de lo
popular que inspira lo mejor de su obra: “Te lo prometió
Martí y Fidel te lo cumplió”, está señalando con
intuición lírica la grandeza de estos dos hombres, dos
hombres que suponen no sólo el mejor entendimiento
libertador de la realidad que han de regir, sino que
señalan además una pauta de tal profundidad, que
integran ordenadamente, enlazadamente, no sólo una gran
hazaña cubana sino que están dibujando, cada uno en su
tiempo, la imagen futura de los pueblos de América.
Es así como debe
verse la conexión de lo martiano con lo marxista, como
elementos esenciales en una evolución libertadora que
coloca a Cuba, por suerte, en la oportunidad de haber
dado la revolución más profunda, más trascendente y más
radical de toda la historia americana. De esa manera, y
entendiendo así la grandeza incesante e inmortal del
hombre que recordamos esta noche, seremos dignos de su
grandeza y de su sacrificio.
Muchas gracias.
Última conferencia de Juan Marinello,
pronunciada en el Liceo de Guanabacoa el 27 de enero de
1977, dos meses antes de su fallecimiento. |