Año V
La Habana
4 al 10 de NOVIEMBRE
de 2006

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Sobre las raíces del pensamiento
antimperialista de José Martí

Juan Marinello


Compañeros representantes de los organismos del Poder Popular, de nuestro Partido; (y) de las organizaciones de masas.

Compañero Raúl Ferrer, viceministro de Educación.

Compañero Adolfo Martí, responsable de literatura del Ministerio de Cultura.

Compañeros representantes de otras organizaciones que honran este acto.

Yo creo que lo primero que debo decir en esta noche, para mí de tantos recuerdos y emociones, es mi gratitud por lo que acaba de decir de mi persona, con su bondad reconocida y su exageración extraordinaria, el compañero Camilo Domenech. Y decir enseguida que no puede separarse de mi recuerdo la noche (en) que hace muchos años yo tuve el gusto (y) el honor de hablar en esta Casa de tanta significación en la historia de nuestra cultura.

Parece justo que dediquemos un recuerdo, cordial y sentido, a las personas que en aquella noche integraban la presidencia: el compañero (Armando) del Valle, Presidente entonces de esta entidad, y mi fraternal compañero de todos los tiempos, el profesor Elías Entralgo, Secretario de este Liceo.

Al recordarlos, yo debo felicitar a los compañeros encargados de esta organización, por el modo admirable en que han restaurado, en que han mantenido, la belleza y el aspecto tradicional de esta Casa de tanta significación, decíamos, en nuestra historia cultural.

Decía el compañero Camilo que la presencia de Martí es universal, está cada día más en todas (las) partes de su país, y también fuera de su país. Pero siendo esto verdad, lo es también que esa presencia está más viva, más actual y con un sentido, pudiéramos decir, de mayor intimidad histórica, en una Casa como esta, uno de los pocos lugares que él (Martí) honró con su palabra en el breve tiempo que vivió (en su tierra).

Por eso debemos sentirnos (felices) los que tenemos la oportunidad de decir algunas palabras en este admirable ciclo de conferencias que ha mantenido el Liceo de Guanabacoa, de estar presentes y de colaborar del modo sincero y modesto a que obliga el recuerdo de Martí, en esta serie tan importante de contribuciones valiosas sobre nuestro grande hombre.

En esta noche, compañeros y amigos, yo quisiera ante ustedes, de una manera fraternal y directa, hablar de una investigación, de una indagación en la que vengo trabajando hace tiempo y que sé que la vida no me dará bastante oportunidad de terminar, pero en que debo, por lo menos, exponer los criterios que hasta este momento esa investigación me ha traído.

La investigación, pudiera decirse que está expresada en una pregunta que se hacen propios y extraños sobre la significación profunda de Martí como pensador revolucionario. La interrogación es esta: ¿cómo es posible que un meditador confesadamente idealista llegue a ser en su tiempo, por encima de todos los pensadores americanos de la época, un antimperialista sincero, fervoroso y consecuente? Porque parece que aquí existe una contradicción difícil de explicar y de superar.

¿Por qué? Tiene una clara explicación que sea Lenin, a través de su interpretación materialista dialéctica de la historia, el que descubra, oriente, explique y señale el inmediato porvenir (del) fenómeno imperialista. ¿Pero cómo puede hacerlo un hombre filosóficamente idealista, separado de toda interpretación de otro tipo, y cómo a través de esa penetración sorprendente puede ser, como lo es, un gran orientador de su tiempo y del nuestro? Yo creo que para ello hay circunstancias diversas que son las que esclarecen esto que para muchos es una realidad sorprendente, de difícil explicación.

Para que Martí sea dentro de su idealismo el gran precursor de la lucha antimperialista de los pueblos latinoamericanos, existen,

en mi opinión, como en todos los fenómenos de esta naturaleza, elementos de tipo objetivo y elementos de orden subjetivo, lo que yo he llamado alguna vez dentro de esta indagación, las fuentes y las raíces del pensamiento antimperialista de José Martí.

En cuanto a los elementos objetivos más directos, pudiéramos decir que hay que tener muy en cuenta, para explicarnos este fenómeno, el hecho de que sea Martí, de todos los pensadores y libertadores americanos de su tiempo, quien tiene oportunidad de conocer más profundamente la realidad americana. Tiene mucho que ver en esta afirmación antimperialista que esta noche evocamos. Martí fue en su juventud, como sabemos, viajero infatigable, lo que le dio la ocasión de conocer profundamente la realidad latinoamericana, especialmente la de México, la de Venezuela y la de Guatemala, y en sus últimos tiempos, ya en vísperas de su muerte heroica, tiene ocasión de conocer la realidad antillana que viene como a coronar su penetración de lo que es la realidad de la que él llamó su América.

Pero, además, la madurez de José Martí, la rica madurez de José Martí, se produce durante doce años en la otra América, en los Estados Unidos, donde su penetración genial tiene oportunidad de posesionarse de todos los elementos que integran aquella sociedad confusa y manejada por intereses espurios. Este es, en mi opinión, uno de los elementos objetivos más importantes para explicarnos el fenómeno a que hemos aludido, el conocimiento que no tiene otro pensador de su tiempo, otro pensador político, quiero decir: conocimiento profundo, realmente entrañable de las dos Américas, proyectando sobre una y sobre la otra su conocida impaciencia por realizar la justicia y la superación humanas.

Hay un estudio muy interesante, que yo recomiendo a los interesados en Martí, de la profesora Ouillion, que habla del modo en que José Martí va entendiendo la injusticia capital de la organización de los Estados Unidos, y va por ello expresando su rechazo, primero, a la discriminación del negro; después, del indio norteamericano, y por último, de la inmigración china en ese país; expresión clara de cómo ha llegado a penetrarse profundamente de la realidad injusta que determina los grandes desniveles sociales, las injusticias profundas de aquella sociedad.

Pero lo interesante es que este conocimiento profundo de Martí sobre la sociedad norteamericana le hace ver rápidamente que esa injusticia interior, la supeditación de la masa negra, de la masa india, de la masa china, no es sólo un fenómeno que se produce interiormente, es una actitud que se refleja dentro y fuera de la Unión (norte) americana. Eso le hace poseer muy a tiempo, en sus momentos pudiéramos decir de juvenil madurez, lo que significa aquella sociedad y lo que tiene la América Latina que esperar de su desarrollo. Este elemento para mí es muy importante, pero también hay otro que coincide con él y lo amplifica en su significación. Me refiero a la circunstancia (de) que también es José Martí el único pensador de su época que tiene un concepto nuevo luego (de) esos criterios fundamentales, arraigados, y que son el norte de su acción revolucionaria. Es decir que (….) (a diferencia de) los hombres que se decían rectores del pensamiento americano -hablamos lo mismo de un Justo Sierra que de un Rodó, o sobre todo del más notable y singular por otras razones, de orden literario, como Sarmiento-, Martí tiene del hombre americano y de su significación y destino, un criterio distinto, nuevo, e (in)superable.

Los otros pensadores contemporáneos mantienen el criterio, con mayor o menor densidad, de que la América es una tierra conquistada, ocupada, y que su buen destino reside en que se blanquee el continente americano. Es decir, en que la emigración europea, que es para esos pensadores el summum de la cultura y del acierto humano y justo, venga (...) a restarle importancia a las razas autóctonas, y, en una palabra, a las razas de piel oscura: lo mismo el indio que el negro.

Martí es el primero que, en virtud de esas experiencias múltiples a que nos referíamos, entiende de manera distinta el destino y la integración del hombre latinoamericano.

En todo momento entiende que ese hombre debe ser igualmente estimado, cualquiera que sea su raza y su origen, y que el avance de sus pueblos no ha de depender del dominio de una raza sino de la concertación oportuna y afortunada de las virtudes y calidades de todas las razas que integran el mundo americano. Eso, desde luego, es esencial en el pensamiento de Martí y creo que determina en mucho su condición de precursor de la lucha antimperialista en nuestro país.

Dentro de esto, claro está, es como una derivación de este criterio el entendimiento que tiene Martí de la cultura en los países americanos. La cultura, si se entiende el hombre dentro de esa magnitud, debe ser el entrelazamiento feliz de todos los elementos que han integrado el modo de ser cultural de la América Latina. Y por eso es el primero de los pensadores que le da importancia y relieve al aporte cultural, especialmente literario, de las razas autóctonas de América, a tal punto, que un crítico tan notable como Cintio Vitier ha mantenido que muchos de los criterios esenciales en la motivación política de Martí vienen de su conocimiento y utilización de los grandes poetas mexicanos anteriores a la conquista. La tesis puede discutirse, pero no el hecho de que Martí le dé a estos valores prehispánicos la enorme importancia que tienen. De modo que Martí entiende de modo distinto al hombre americano y a su cultura. Entiende que el problema no está en volver los ojos a Europa, sino en volver los ojos a nosotros mismos, y darle camino fecundante a los elementos positivos de las distintas razas que integran la realidad latinoamericana.

Desde luego, esto supone también, o está en este camino, el hecho de que desde muy joven Martí es un defensor de lo que él llama la unidad y la universalidad del hombre. Si el hombre es uno, y esencialmente el mismo -él hablaba de la profunda condición humana por encima de todas las razas-, (ello) tiene mucho que ver en este criterio nuevo de la realidad latinoamericana y en la integración de su cultura. Quiere esto decir -y es cuando encontramos lo que esto supone para el criterio antimperialista de Martí- que para él, la unidad del hombre, su libertad y su universalidad deben ser defendidos a toda costa y frente a todo enemigo, y el imperialismo es al mismo tiempo un agresor de estas (tres) condiciones esenciales: de la universalidad, de la unidad y de la libertad del hombre.

Por otra parte, y teniendo muy clara la conciencia (de) que esos elementos esenciales son como el fondo animador de su postura antimperialista, Martí tiene el dolor, pero al mismo tiempo -y a la larga e históricamente tenemos que decirlo- el privilegio excepcional de pasar los últimos años de su vida fuera de sus tierras, pero recordándolas cada día con más intensidad (...) la distinta condición de un mundo y del otro, es también el primero que establece la necesaria e indispensable diferencia -y el seguro conflicto- entre las dos porciones en que él divide a su América.

Desde luego, el hecho de vivir en los (Estados Unidos) le permite la observación de este conflicto y de sus consecuencias con más precisión, con un conocimiento más profundo, con una conciencia más clara, que la de otros pensadores de su época. Por eso es también el primero que al establecer y proclamar la necesidad histórica de esta división y de este conflicto, señala el factor económico que va a regir para ahondar permanentemente y acrecentar esta división inalterable.

Por eso, durante todo el tiempo que vive Martí en los Estados Unidos, es en verdad no el defensor de Cuba, no el libertador de Cuba: es el defensor y libertador de todo un mundo, de toda su América, de la América Latina y el Caribe, plenamente; porque entiende como nadie que el poder económico de los Estados Unidos se desborda sobre sus pueblos, determinando una supeditación de incalculables resultado(s) negativo(s).

No vamos a citar los momentos (de) su primera permanencia, los inicios de su permanencia en los Estados Unidos. Lo dice cuando afirma, por ejemplo (que) “cuando un pueblo fuerte da de comer a otro, se hace servir de él” . Y cuando en una síntesis maravillosa que parece de nuestros días, escribe: “el monopolio está sentado, como un gigante implacable, a la puerta de todos los pobres” del mundo. Es decir, no sólo el reconocimiento de ese inevitable conflicto, sino el sentido económico que tendrá ese conflicto. Y, por último, donde esas ideas cuajan con elocuencia y con eficacia excepcionales, como sabemos, en la Conferencia Internacional de 1889 y en la Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América, de 1891. Es cuando ya las características de esa oposición, y su sentido eminentemente económico, se cuajan definitivamente en el pensamiento de Martí. Es ya el elemento indispensable, el antecedente obligado de su consistente, de su poderoso, de su oportuno y de su temprano antimperialismo.

Todos estos elementos que yo llamaría objetivos o fuentes de su pensamiento antimperialista, se entrelazan en el caso de Martí -y es muy interesante analizar este importante fenómeno cultural-, se entrelazan con criterios, los más profundos y arraigados en él, dándose el caso singular -pero que no es la primera vez que ocurre en la historia- de que un pensador advierta los peligros de una situación económica, pero al mismo tiempo, enjuicie esa realidad con criterios idealistas que no tienen que ver, en verdad, con los elementos inmediatos que se le presentan.

Me refiero, por ejemplo -y algo decíamos hace unos momentos de ello- (a) que para Martí la unidad y la libertad del hombre son elementos esenciales, y constituyen, en su opinión, elementos preciosos que hay que defender siempre y a toda costa. El imperialismo, decíamos, ofende lo que él llama la identidad fundamental humana, ofende la unidad del hombre, porque a través de la raza lo divide para oprimirlo; y ofende y agrede además a la libertad del hombre, que es lo esencial en la opresión económica que el imperialismo supone.

Todo esto completa, pudiéramos decir, el cuadro de elementos que seguramente determinan en lo esencial, y seguramente hay otros, que Martí avance mucho más que los pensadores que le son contemporáneos, y vea el gran problema futuro de América como la lucha contra el imperialismo, único modo de asegurar la que él llamaba la segunda independencia americana. Es que, claro, la libertad para él era el valor más alto del hombre, la libertad -decía- será la religión del futuro. Y todos sus esfuerzos de libertador van naturalmente a lograr que el hombre no sea oprimido en ningún aspecto ni por razón alguna.

Desde luego, podemos decir entonces cómo Martí, sin traspasar los límites de las concepciones idealistas, puede advertir la verdad, la realidad de todos estos elementos que forman el lecho en que se asientan su orientación y su práctica acción antimperialista.

Yo creo que esto se produce, muy esencialmente, por la fiera honestidad de nuestro libertador, por ser el hombre que cuando ve una verdad la advierte, la reconoce, expresa su importancia; ya no se provoca en él ningún conflicto con sus criterios idealistas o no, manifiesta la injusticia que se presenta a sus ojos, y sin dejar de ser filosóficamente un idealista, pesa como ningún hombre de su tiempo lo que supone el factor económico como elemento opresor de los pueblos americanos.

Ya sabemos que mucho después de Martí, es Lenin el que nos dice dónde está la raíz profunda del hecho imperialista, dónde está su razón permanente en creciente peligrosidad pero indiscutible desde luego. Yo he dicho algunas veces, pensando en este raro fenómeno, que cuando un médico conoce el origen de una enfermedad y la cura, tiene un mérito excepcional. Pero cuando no conoce más que los síntomas, no el origen profundo, y cura también, tiene un mérito mayor. Ese es el mérito de Martí. El no descubrió, no podía ocurrir aún, las bases determinantes del fenómeno imperialista. Eso le toca hacerlo a Lenin con el arma maravillosa de los hechos. Pero el gran mérito de Martí está en que, sin conocer el origen del hecho, sin embargo, por sus síntomas, por sus experiencias, le da universalidad a sus peligros, y llama a los pueblos americanos a pelear contra su acción.

Esa es, en mi opinión, la gran lección que da el caso de Martí, en el que la definición ideológica no es un estorbo para el conocimiento de una verdad que tiene un origen en otro campo. El profesor Salomón de la Universidad de Burdeos, que nos acaba de visitar ofreciendo conferencias de admirable calidad, que ha hecho estudios excepcionales sobre José Martí y que ahora nos promete ante una petición nuestra recogerlos en un libro, tiene un estudio interesantísimo en que habla de Martí como idealista práctico, es decir, encuentra que un elemento y el otro dan con una solución (a) la contradicción de que hablábamos: es un idealista, pero de un maravilloso sentido práctico que no tiene el idealista que le es contemporáneo, y por eso avanza más, y se convierte, en verdad, en una figura no solamente orientadora en su tiempo sino también orientadora del tiempo nuestro.

Es interesante que muchos extranjeros, todos hemos tenido esa experiencia, no entiendan bien el hecho de que la Revolución Cubana sea al mismo tiempo martiana y marxista. Especialmente en mi larga estancia en Europa me he encontrado con esta duda, a veces con un poco de sentido irónico. ¿Cómo es posible que ustedes sean marxistas y que sigan siendo martianos si (Martí) es el

hombre que fundaba en el poder esencial de la verdad el triunfo de una situación humana, y es el hombre que dice aquello tan interesante, tan bello y tan idealista, dice Martí: “una idea justa flameada a tiempo, puede parar como la bandera del juicio final, toda una escuadra de acorazados”? ¿Cómo es posible que una revolución se funde en el marxismo-leninismo, y rinda pleitesía y se diga continuadora del pensamiento de un hombre de tal modo y con tal enardecimiento idealista?

Desde luego, lo que no entienden esos críticos (y) no llegarán nunca quizás a penetrar, es que debemos ser cada día con más profundidad, con más sinceridad, al mismo tiempo martianos y marxistas. Es que la calidad genial de Martí lo hace, por encima de su idealismo, un gran hombre de tránsito, un hombre que es, al mismo tiempo, testigo de su época y adivinador de la época futura. Es un hombre que cumple su función con el sentido práctico a que hemos aludido, es el gran político; y el político es siempre un regidor de realidades, de realidades inmediatas, las que tiene que utilizar para realizar su obra transformadora, pero al mismo tiempo es un hombre que ve el futuro de una manera tan aguda que descubre realidades que han de seguir a su muerte, realidades de sentido histórico innegables. Eso es lo que hace a Martí un hombre que enlaza admirablemente el pensamiento de su tiempo con el pensamiento marxista -sin que sea, desde luego, ni puede afirmarse, un materialista ni un marxista-. Pero es tal su calidad genial, su advertencia del futuro, que señala y orienta el porvenir de su patria y de toda la América, y en cierto momento de un modo universal también, de manera que para nosotros es como un relevo obligado y feliz el ser martianos y ser marxistas al mismo tiempo.

Por eso hay que entender así el deber de nuestro tiempo, ser cada día mejores martianos conociendo este fenómeno complejo, excepcional, maravilloso y único del desdoblamiento de sus criterios históricos a veces por encima de sus propias afirmaciones filosóficas. Y saber además que esa calidad genial de advertir el futuro, lo hace señalar y orientar problemas que no se habían desarrollado en su tiempo, que tienen su desarrollo normal en el nuestro, y que tienen ya por ello mismo que ser advertidos, orientados, e interpretados como una nueva verdad, en nuestro caso el marxismo-leninismo.

Eso es lo que hay que entender, y lo que muchos se niegan a admitir. Recordemos otro elemento de grandísima importancia. Martí no es sólo un pensador. Martí es, en mi opinión, cosa que ha tardado mucho tiempo en proclamarse y aceptarse, el poeta más pleno de su tiempo. Al decir que es el poeta y al recordarlo en el curso de esta meditación, me refiero a que, como gran poeta tiene la intuición de los grandes fenómenos presentes y futuros por encima de toda ubicación concreta y de toda preocupación filosófica. Cuando dice Martí: “Con los pobres de la tierra/Quiero yo mi suerte echar”, no ha reconocido la existencia de la lucha de clases; pero advierte sin embargo que la razón está de parte de los oprimidos del mundo. Cuando en sus últimos tiempos escribe aquel verso admirable, “La esclavitud de los hombres /es la gran pena del mundo”, está diciendo para su tiempo, y sobre todo para el nuestro, que estamos en el deber de terminar la esclavitud de los hombres. De un modo seguramente muy distinto a como él lo concebía, pero su mandato está presente en un verso y en el otro. Por eso nosotros, marxista-leninistas, tenemos que realizar este mandato por encima de su profunda condición lírica y probablemente de su idealismo fundamental. Porque Cuba, porque la Revolución Cubana se preocupa no sólo de liberar a nuestro pueblo, sino de ayudar al pueblo de Angola, de colaborar a la liberación de los hombres de todos los continentes y en todas las regiones, que es, en definitiva, el cumplimiento de este mandato: la esclavitud de los hombres, no de los americanos ni de los cubanos, es una gran pena del mundo. Por encima de todo criterio, Martí nos ofrece un mandato que era vigente en su tiempo pero que es vigente hoy también, (y) que tiene que advertirse dentro de otra realidad y regido por otros principios filosóficos y revolucionarios. Por eso, en este aniversario del nacimiento de Martí, se ha puesto de relieve más que nunca la relación íntima, obligada, coherente y orientadora de su palabra con el marxismo-leninismo. Y, como nunca, nuestra juventud ha entendido así el obligado culto a José Martí. Como nunca, miles de jóvenes han penetrado que su palabra sigue siendo vigente, ordenadora, orientadora, y que debemos realizar gran parte de sus pensamientos aunque sea otro el fundamento filosófico que nos conduzca a ello.

Por eso, y en virtud de esta realidad, nuestro deber en el momento actual está en meditar de qué modo se honra con más verdad, vitalidad y eficacia a esta figura extraordinaria, la más alta -sin duda- de la América de su tiempo. Yo diría que con la de cumplir su mandato en lo mucho que tiene todavía de vigente, y con admirar un elemento invariable y eterno, que es el ejemplo de su generosidad desvelada y angustiada. Eso es lo que nos fuerza nuestro deber de cubanos revolucionarios a realizar en esta oportunidad y en este aniversario.

Nosotros hemos tenido, los cubanos, la ventura, el privilegio excepcional, de contar con dos hombres -pudiera decirse ya sin ambages- que señalan en América dos momentos esenciales de su evolución política: con Fidel Castro y con José Martí. Cuando nuestro poeta nacional Nicolás Guillén nos dice, con ese maravilloso sentido de lo popular que inspira lo mejor de su obra: “Te lo prometió Martí y Fidel te lo cumplió”, está señalando con intuición lírica la grandeza de estos dos hombres, dos hombres que suponen no sólo el mejor entendimiento libertador de la realidad que han de regir, sino que señalan además una pauta de tal profundidad, que integran ordenadamente, enlazadamente, no sólo una gran hazaña cubana sino que están dibujando, cada uno en su tiempo, la imagen futura de los pueblos de América.

Es así como debe verse la conexión de lo martiano con lo marxista, como elementos esenciales en una evolución libertadora que coloca a Cuba, por suerte, en la oportunidad de haber dado la revolución más profunda, más trascendente y más radical de toda la historia americana. De esa manera, y entendiendo así la grandeza incesante e inmortal del hombre que recordamos esta noche, seremos dignos de su grandeza y de su sacrificio.

Muchas gracias.

Última conferencia de Juan Marinello, pronunciada en el Liceo de Guanabacoa el 27 de enero de 1977, dos meses antes de su fallecimiento.

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