Año V
La Habana
4 al 10 de NOVIEMBRE
de 2006

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
MEMORIAS
APRENDE
POESÍA
EL CUENTO
LETRA Y SOLFA
EL LIBRO
POR E-MAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
FUENTE VIVA
REBELDES.CU
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

Conversaciones con Juan Marinello
Memoria inédita

Luis Báez La Habana


El hombre que tengo frente a mí está lleno de historia. Le ha tocado vivir, en verdad, tres etapas decisivas de Cuba: los rezagos de la colonia española, la república mediatizada que combatió, y el socialismo que ayudó a consolidar. Ha sido maestro de generaciones. Un hombre de su tiempo. Es Juan Marinello.

Me dirigí a su lucidez, a su sabiduría, para que me hablara sobre diferentes acontecimientos de la historia de Cuba. Hechos en los que participó o vivió muy de cerca. Lo hizo en varios encuentros, en conversaciones que duraron días.

Le afligen graves molestias. No puede hacer esfuerzos prolongados. Es la única enfermedad que ha padecido en su vida. La enfermedad que lo ha pasado a la historia con dimensión de eternidad.

Su cerebro le sigue funcionando como si los años no hubieran pasado jamás por él. Conserva una memoria extraordinaria. Analiza los hechos como si acabaran de ocurrir, sin apasionamiento y, sobre todo, con ejemplar honestidad.

No hay cuestionario previo. Prefiere la sorpresa de la pregunta, porque "uno dice las cosas así, muy espontáneamente". Sus respuestas fueron instantáneas. Separa cada palabra de otra como si las estuviese dictando.

No eludió pregunta alguna. Jamás alteró la expresión. Siempre mantuvo el mismo metal de voz. Cuando empezábamos, daba órdenes terminantes de no ser interrumpido. La entrevista fue grabada.

Conversamos en sus oficinas del Movimiento Cubano por la Paz, días entre semana, teniendo como marco algunos libros, una foto del Che y una fotocopia de la carta de despedida del Guerrillero Heroico a Fidel, montada en un afiche.

El sábado nos veíamos en su casa del Nuevo Vedado, rodeado de originales de Picasso, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Víctor Manuel, René Portocarrero y otros destacados pintores.

Temprano en la mañana escribe. Es de los grandes escritores que ha dado Cuba. Antes, cuando vivía su esposa, le dictaba y ella mecanografiaba. No le gusta utilizar la grabadora porque "se pierde el efecto, se pierde la emoción".

Jamás lo oí quejarse a pesar de yo saber que padecía fuertes dolores en el vientre. Nos estuvimos reuniendo hasta pocos días antes de que ingresara en el hospital de donde no saldría con vida.

Profundamente marxista-leninista, convencido martiano, firme fidelista es Juan Marinello, un hombre de su tiempo.

Terminamos la entrevista el sábado 5 de marzo de 1977. Conversamos hasta anochecer. Al despedirme, me puso el brazo por encima a la vez que me dijo: "Luis, ya puedo morir tranquilo. He visto todos mis sueños convertirse en realidad."

Ya en la puerta me abrazó. Sorpresivamente, exclamó: "Cuiden mucho la pureza de esta Revolución, pero, sobre todo, cuiden mucho a Fidel. Los hombres como Fidel no se repiten".

Fue la última vez que conversé con Juan Marinello.

Orígenes

Sería interesante que comenzara hablando de sus orígenes.

Bueno, en cuanto a mis orígenes tengo que decir que soy uno de los tantos casos dominantes en nuestro pueblo frutos de la unión de emigrante español con la mujer cubana. Pudiéramos decir que es el caso de cientos de miles de cubanos. Mi padre es un emigrante catalán que viene a Cuba con una miseria espantosa para buscar un modo de vida.

Mi padre llegó a Sagua la Grande muy joven, allí tenía un primo hermano de su madre de apellido Fábregas —era un médico notable para la época—, y claro, fue él quien lo acogió. Como era un gran conocedor de asuntos de maquinarias, entró mi padre a trabajar en el ingenio de la familia Albarrán.

Andando el tiempo —era un hombre de tanta personalidad— se casó con la hija del dueño del ingenio, hermana del gran médico Joaquín Albarrán, médico ilustre.

Es interesante el caso de mi padre, porque era hombre de una inteligencia muy clara, de pocas palabras y de muchos hechos.

En eso obedecía a su estirpe. El catalán, en general, es muy organizado y muy trabajador.

Lo fue él de un modo excepcional, al punto que hubo un tiempo en que él solo administraba los cuatro ingenios más importantes de la antigua provincia de Las Villas. Como se administraba entonces, que el administrador era también tenedor de libros y todas esas cosas.

Algo muy familiar. Era un hombre de muchas condiciones y era el tipo de español liberal, sobre todo el catalán liberal dentro de las normas burguesas. Eso es natural, no fue más allá.

Respetuoso siempre de la opinión de sus hijos, él sabía exactamente, en los últimos tiempos, que tanto mi hermano Felio como yo íbamos directamente hacia la izquierda, pero jamás hizo una observación,  porque tenía esa condición del verdadero liberal: respetuoso, hombre honesto. Claro, sin sobrepasar una línea de la estructura burguesa.

Usted es hijo de un segundo matrimonio.

Sí. Mi padre se casó tres veces. La primera con Panchita Albarrán, hermana de Joaquín, el famoso urólogo. Tuvieron dos hijas que murieron bastante jóvenes. Su primera mujer murió al poco tiempo.

Después, se casó por segunda vez; en esa ocasión con mi madre, que era sencilla maestra de escuela primaria en la ciudad de Santa Clara. Tuvieron tres hijos: Zoilo, que es el padre de Zoilito —doctor Zoilo Marinello—, después venía yo, y el tercero es Felio, un líder estudiantil muy valioso, que murió muy joven también.

La tercera vez se casó con una parienta de él, Marinello de apellido, y de esa unión hay tres hijos, uno de los cuales es hoy decano de la facultad de Ciencias de la Universidad de Oriente, Joaquín Marinello.

Así es que somos una familia larga, por esas circunstancias de haberse casado tres veces mi padre. Por vivir, vivió mucho y, desgraciadamente, sus mujeres murieron tempranamente.

¿Cuáles fueron las causas de esas muertes?

Era una época en que la tuberculosis hacía estragos; una enfermedad realmente incurable. Mi madre, por ejemplo, una mujer muy joven, adquirió la tuberculosis y murió rápidamente. Mi padre estuvo largo tiempo viudo.

El caso de Joaquín Albarrán, un hombre genial, un hombre que llega con treinta y pico de años a París, sin conocer el idioma. Tiene que revalidar la carrera, que había hecho en Madrid —pagada por mi padre, que lo quería mucho. Ese hombre muere de tuberculosis a los cincuenta y dos años en los momentos en que ya ha logrado ser figura de primer orden en la medicina, no solamente francesa, sino europea. Un hombre de capacidades excepcionales, el cirujano urólogo más famoso de la época a nivel mundial.

Un hombre que se daba el lujo de cobrar honorarios enormes. Hay una carta de él a mi madre donde le da cuenta de esto: tiene que operar al Káiser de Alemania, no al Káiser que nosotros conocimos, sino al padre de Guillermo l. Tranquilamente, cuando le pasa la cuenta son veinticinco mil dólares. Esa era la tarifa a que había llegado su prestigio.

Usted ve, ese hombre que tenía toda la felicidad, era riquísimo, pues le afecta la tuberculosis y muere. Una enfermedad incurable en aquellos tiempos. Hoy no tiene importancia, hoy quedan el cáncer y los males del corazón como graves dolencias.

Habla más de su padre que de su madre.

Yo no conocí a mi madre porque murió antes de que cumpliera los dos años. De ella no tengo el menor recuerdo, de los dos años no quedan recuerdos. Mi verdadera madre fue una negra que mi padre había recogido en nuestra casa.

¿Por qué la recogió?

Es curioso por qué la recogió. Ella era hija de un paisano suyo, catalán como él, muerto muy joven en el ingenio Pastora. Recogió a aquella hija y la hizo miembro de la familia. Cuando muere mi madre, ella se convierte prácticamente en la madre de nosotros.

Yo le debo mucho a esa mujer, Herrninia Martínez, porque era muy valiosa, muy trabajadora y de un gran amor por nosotros, de una gran bondad, una mujer excepcionalmente valiosa. De modo que les guardo respeto y cariño a mi padre y a esta mujer negra que fue la que se ocupó de hacerme hombre.

Realmente ella fue la que me hizo, ella fue la que me hizo en todo. Hay que decirlo: era extraordinaria en calidad moral, en su dulzura y en su comprensión.

¿El apellido Marinello de dónde proviene?

Mi apellido es italiano, por una razón explicable: las relaciones en aquella época entre España e Italia eran muy íntimas. Por el Mediterráneo la gente se comunicaba, y mi familia originariamente es italiana, del sur de Italia, donde el apellido Marinello abunda. Cuando fui a Nápoles pedí la guía de teléfonos y había tres páginas de Marinello, igual que aquí Pérez o Fernández.

Entonces ocurrió que una familia, probablemente de pequeños agricultores, fue de Italia a España; después se mudaron a un pueblecito cerca de Barcelona, Esparraguera. Por eso ya mi padre fue catalán. Por parte de la madre de él era Fábregas, muy catalán también.

Él recordaba mucho sus ascendientes italianos porque los tenía bastante cerca, creo que biznieto de italiano, me lo recordaba mucho.

¿Por qué le pusieron Juan?

Bueno, tengo los nombres de mi madre y de mi padre y del día que nací, porque eso se usaba mucho antes, era una cosa muy española. Es decir, me llamo Juan, por mi madre, Juana Vidaurreta; Felio, nombre que no se ve mucho, por mi padre; y después, es curioso, me llamo Francisco, porque entonces se le ponía el nombre del padrino a la gente, y un yerno de mi padre, el doctor Francisco Fernández León —buena gente— era mi padrino.

También llevo el nombre de Marciano porque nací el 2 de noviembre de 1898, día de los fieles difuntos, en Jicotea, provincia de Las Villas. Ese es el día de San Marciano. Por lo tanto, me llamo Juan Felio Francisco Marciano Marinello Vidaurreta.

¿A cuánto ascendía la fortuna de su padre?

Al final, cuando nos trasladamos para La Habana, puede ser que al millón de dólares, que en aquella época era una fortuna enorme. Vivimos en la capital en medio de un gran lujo. Todavía la casa que fabricó mi padre para nosotros está tal y como la hizo, una casa de altos y bajos, en la esquina de 17 y M, en El Vedado.

¿Su padre conservó el capital?

No. La fortuna se perdió como la de muchas familias cubanas de aquel momento. Se había ganado mucho dinero, y todo el mundo dijo: si se ha ganado tanto dinero vamos a transformar este ingenio, el central Pastora, en una gran fábrica.

Claro, hubo que pedir un préstamo hipotecario para hacer la transformación del ingenio, y en ese momento vinieron, como saben todos, las "vacas flacas", el crack bancario de 1920. No se pudieron pagar los intereses del dinero que se había pedido. Lo curioso es que la persona que había dado el dinero era ya socio de mi padre.

Cuando los precios subieron tanto y el azúcar valía tanto, naturalmente la gente más rica quería comprar más acciones de los ingenios. Uno de los socios era la familia Castaño, de Cienfuegos; en aquel momento, seguramente, el hombre más rico de Cuba, Don Nicolás Castaño.

Este señor tenía acciones en muchos ingenios, incluido el Pastora, que administraba mi padre. Como buen comerciante a la española, él dio el dinero para que la fábrica se transformara; pero, además, un poco como accionista de la empresa, lo dio hipotecariamente, no así un préstamo simple, sino hipotecando el ingenio.

Al producirse la caída de los precios del azúcar y no poder pagar mi padre los intereses de la hipoteca, Castaño se quedó con el ingenio. Eso le ocurrió a una gran cantidad de familias. Ese fue un fenómeno general en aquel momento.

Es decir que el gran beneficio de los ingenios cegó a sus poseedores. Pensaron establecer fábricas muy modernas. Eso no se podía hacer sino con alto costo, y nadie prestaba dinero si no era con la garantía del propio ingenio, el cual quedó en manos de la familia Castaño hasta que triunfó la Revolución.

¿Ha vuelto por el ingenio?

He vuelto alguna vez. Hoy, desde luego, es una fábrica muy moderna, completamente distinta; queda mucha gente vieja, de mi tiempo, que me recuerda a mí y a mi familia.

De su infancia, ¿qué recuerdos conserva?

Mi infancia tiene mucho interés no solo como recuerdo personal, sino también como testimonio histórico. Soy uno de los pocos cubanos que puede decir que vio la colonia española.

Muchas veces las viejas estructuras, las viejas costumbres, se mantienen durante mucho tiempo, y todavía uno alcanza a verlas aunque ya estén heridas de muerte.

Digo que soy de los pocos cubanos que conocieron profundamente la realidad de la colonia española, porque pasé mi niñez en aquel ingenio. Un típico ingenio como los que existían en tiempos de España.

El trabajo era prácticamente esclavo. La esclavitud ya se había abolido, pero decía Martí que cuando un pueblo padece una injusticia durante cien años, necesita por lo menos otros cien para quitársela de encima. Es verdad porque eso quedó, se mantuvo, aunque legalmente ya la organización hubiese dejado de existir.

Vi la antigua colonia española, porque la vida que se hacía en el batey de aquel ingenio no se distinguía en absoluto de los ingenios del tiempo de España.

¿De qué año me habla?

Aún estábamos en los siete u ocho de este siglo. Recuerdo bien que a las cuatro de la mañana sonaba la campana, se formaba frente a la casa de vivienda -que era la única casa de mampostería, de dos pisos- en que vivíamos con mi padre; se formaba lo que se llamaba "cuadrilla del campo" y pasaban revista un mayoral y un contramayoral. Todavía se mantenían, además, esas denominaciones típicamente coloniales.

Aquella gente, al amanecer, salía a los campos de caña a sembrar, si era tiempo muerto; a cortar la caña, si era tiempo de zafra, y trabajaban, mientras había luz, sin la menor limitación.

No había desde luego, ni por asomo, derecho laboral. No regía más que la libertad absoluta y plena del administrador del ingenio, que era mi padre.

Era un mando completamente tiránico, único, y que expresaba todavía la fase colonial que aún no se había roto.

En verdad, el administrador del ingenio, siguiendo las viejas tradiciones negativas, era dueño absoluto de la vida de todas las personas que vivían en el batey. No se distinguía uno de otro. Mi padre autorizaba si había un baile, si se permitía un bautizo. Es decir, dueño absoluto de la vida de toda la gente del batey.

Me sentía, debo decirlo, un poco como el príncipe heredero, porque era el hijo preferido y notaba cómo toda aquella gente, que en definitiva tenían un sentido esclavista de la vida, me halagaban para halagar a mi padre, que era el dueño de sus vidas, de sus haciendas, hasta de sus más elementales diversiones.

Por eso digo que muchas veces me he puesto a pensar por qué, desde bastante joven, ingresé en el partido de los trabajadores. Me parece que influye mucho la circunstancia de haber conocido en los primeros años la durísima vida de la casa del ingenio y del batey. Este también es un elemento que determinó, en gran medida, mi decisión de que esas injusticias se acabaran de una vez.

¿Cuál de sus maestros ejerció más influencia en usted?

Mi padre tenía mucha preocupación por la educación de sus hijos, y en el ingenio tuvimos dos maestros: Ibarrola, un vasco, y Restropolin, colombiano. Estuvimos poco tiempo allí. Realmente no puedo decir que dejaron huellas en mí.

En cambio, al trasladarme a la ciudad de Santa Clara, que estaba a cuatro leguas del ingenio, sí estuve algún tiempo en una escuela para mí inolvidable, la del viejo mambí Don Fidel Miró. Digo que influyó mucho en mi formación porque era verdaderamente mambí, un cubano que había luchado en la revolución. Era un hombre muy liberal y muy avanzado para su tiempo.

Allí tuve el primer contacto con la inquietud política, y no porque él fuera, ni mucho menos, un hombre de izquierda, sino porque era un veterano muy honesto y profundamente cubano en su temperamento, en su criterio y en su cultura. Muy notable para ese tiempo. Es el hombre que más influye en mí.

¿En qué año se casó?

A mi esposa María Josefa Vidaurreta, conocida cariñosamente como Pepilla, la conocí cuando tenía veintiuno o veintidós años. Teníamos más o menos la misma edad. Aunque realmente la conocía desde mucho antes, cuando éramos niños. Como éramos primos, había el conocimiento familiar.

Pero ya conocerla en un sentido más íntimo, cuando terminé la universidad. Nos casamos el 23 de febrero de 1927. Solo la muerte nos separó.

Julio Antonio Mella

¿Cómo nació su amistad con Julio Antonio Mella?

En el año 1920 entra Mella a la universidad. Yo salgo en 1921, pero el trato con él llega a hacerse muy íntimo y diario por esta circunstancia: se funda la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), en un congreso en el que mi hermano Felio -estudiante de arquitectura- es electo presidente y Mella secretario.

Entonces, ¿qué ocurre? Pues siendo mi hermano presidente del congreso y Mella secretario, tienen un contacto obligado, que casi siempre se produce en mi casa. De ahí viene, desde luego, una relación tan íntima. Todo esto naturalmente nos mantuvo muy cerca.

Cuando Mella se declara en huelga de hambre, estuve al lado de su cama atendiéndolo. Uno de los grandes honores revolucionarios de mi vida es que, entonces, para darle fianza, libertad en este caso, hacía falta que el procesado señalara a un grupo de personas con honestidad personal. Era una cosa de la ley española.

Ahí está el acta donde al primero que nombra Mella es a mí. Eso fue algo muy honroso e inolvidable para mí. Después me toca sacar sus cenizas de México y traerlas para Cuba.

Pablo de la Torriente Brau

Cuénteme de sus relaciones con Pablo de la Torriente.

Fuimos grandes amigos. Estuvimos seis meses presos en la misma celda, junto con Raúl Roa, en el Presidio Modelo en Isla de Pinos, en 1932.

Ahí fue donde llegué a conocer la intimidad, la grandeza moral, la valentía, el talento, la excepcional sensibilidad y delicadeza de Pablo, que es una figura realmente incomparable.

Pablo es una gran figura juvenil, pero no es en realidad una figura dominantemente universitaria. Es más bien un líder de masa de otro tipo mucho más amplio.

Él era un poco más joven que yo, no mucho, pero un poco más joven que nuestra generación. Tuve la ocasión de conocerlo bien en la cárcel, porque en ella es donde se conoce bien a la gente.

Todos, todos tenemos, aunque no lo queramos confesar, capas defensivas en la vida social, pero en la cárcel esas capas acaban por caerse, sobre todo cuando se está seis meses. Entonces usted conoce profundamente a la gente, no hay defensa posible. Ahí es donde uno sabe hasta dónde una persona es de gran calidad moral, hasta dónde da.

Pablo fue para nosotros el mismo hombre grande desde el día que llegamos hasta pasados seis meses, en que nos liberaron.

Ahora se han cumplido cuarenta años de su muerte en España y todos lo hemos recordado. Lamentamos esa pérdida tremenda porque hubiera sido un factor muy importante, antes y en este momento. Podía estar vivo todavía. Era más joven que todos nosotros, podía aún vivir.

Fernando Ortiz

¿Cuál es el balance que hace de la obra de Fernando Ortiz?

El balance general de su vida es muy positivo. Es un hombre que hay que entenderlo en lo que significó. Además, es, si se quiere, un hombre de tránsito. Un hombre hecho en la vieja escuela.

Un hombre que viene a tener conciencia de la vida en los primeros años de la república mediatizada, no es ni puede ser un revolucionario, no lo fue nunca. Fue más bien un estudioso y un hombre realmente sabio.

Ramiro Guerra

¿Cómo ubicaría a Ramiro Guerra?

A Ramiro Guerra lo traté bastante. Es un hombre de muy compleja personalidad, pero no tengo el menor escrúpulo en declarar que es el mejor historiador que hemos producido. Negar eso sería injusto.

Sobre todo, tiene mucho talento, mucha información, sabe ordenar los acontecimientos de una manera formidable y nos deja libros que son clásicos. De modo que su calidad como intelectual es invaluable.

Ahora, hay una contradicción en su vida. Un hombre que tiene esa condición de ver la historia en un sentido moderno y, por tanto, progresista, está muy agarrado por razones personales.

Por ejemplo, siendo un historiador tan estimable y tan útil para los que han venido después, es un hombre muy ligado a las fuerzas dominantes de nuestra economía, las cuales estaban ligadas al imperialismo. Es un hombre que no se aleja de esa fuerza.

Era uno de los grandes auxiliares de la Asociación de Hacendados, conocemos el carácter que tuvo, y fue también nada menos que Secretario de la Presidencia con Gerardo Machado. Es decir, era un hombre muy agarrado por vínculos de clase.

Por eso digo que es una figura compleja, porque teniendo todos estos elementos, sin duda negativos, deja una obra histórica extraordinariamente importante. No solamente por lo ordenado y lo profundo de la investigación, sino porque esa investigación está tan bien hecha que da ocasión para que se interprete ya con otro criterio que él nos da a conocer.

Ese es el caso de Ramiro Guerra. Creo que hay que verlo de esa manera y dentro de esa contradicción. No creo que haya libros de mayor calidad específica que los suyos para realizar una gran obra histórica.

Los escritores cubanos

 De los escritores cubanos, ¿cuáles son sus preferidos?

Bueno, a mí me parece que es una pregunta muy fácil de contestar, porque tenemos un escritor, José Martí, que es incomparable. Es el escritor por fuerza que tiene que tener nuestra mayor adhesión.

Cuando se le conoce profundamente, se entiende cómo coinciden en Martí las bellezas de expresión con la profundidad del pensamiento. Eso es lo que lo hace el escritor extraordinario. Con él no podemos establecer comparación en relación con ningún otro.

Martí es como un gran océano que tiene muchos senos que no se han descubierto todavía. Es un enorme torrente. Es, sin duda, en su lengua, el escritor más alto de su tiempo, a mucha distancia de los españoles y de los latinoamericanos que escriben en castellano.

De modo que ese es mi escritor preferido, debe serlo por muchas razones. Nadie discute que sea el autor preferido de los cubanos.

También tenemos en el siglo XIX otras figuras muy valiosas, buenos poetas como Julián del Casal y José María Heredia, pero a mucha distancia de Martí. No tenemos, en mi opinión, una figura literaria realmente universal después de Martí, en un sentido profundo de la palabra.

Raúl Roa

¿Y Raúl Roa?

Roa es, sobre todo, excepcional en lo que es su especialidad: la polémica. Como hombre polémico es el más destacado.

La poesía

¿En qué año publicó su primer libro?

En 1927.

¿Cómo se llamó?

Liberación.

¿De qué trata?

Como casi todos los escritores de mi tiempo, y también de otros, comencé por la poesía. Cosa muy explicable, porque es natural que la inspiración poética sea una cosa muy unida a la juventud. Es decir, la juventud es, de todas las edades del hombre, la más cercana a lo lírico. Eso tiene que ver en general.

Pero es que, además, había un clima, una atmósfera favorable para que esa fuera la forma literaria escogida en aquel momento por la juventud. Fue el caso de Rubén Martínez Villena, José Zacarías Tallet, Regino Pedroso. El caso de todos los que estábamos en el grupo de los escritores más inquietos en aquel tiempo.

Algunos críticos consideran que su poesía es melancólica, de fatalidad. ¿Comparte ese criterio?

Sí. Lo fue, como también lo fue en gran parte la de Martínez Villena. Ello obedece, primero, a la extrema juventud y, después, a un problema que era muy de la época. Además, se debió también a que todavía ninguno de nosotros tenía muy claro su deber revolucionario. Eso es absolutamente cierto.

También era una poesía romántica.

Romántica, sencillamente una poesía romántica, y muy mística, sobre todo; pero era una cosa obligada. Y la de Rubén es, llega a ser, extraordinariamente melancólica y dolorosa.

Es algo que no debe borrarse de la obra de ninguno de nosotros. Al contrario, lo que expresa es que se produjo una evolución. Mejor es expresarla como se produjo, lo otro es completamente falso.

Hace poco me vino a ver un compañero del Instituto del Libro -un buen compañero- y me planteó que quería publicar una selección de mis versos. Entonces me dice: "¿Usted cree que esas poesías, las primeras, que son eminentemente místicas, deben salir? ¿Eso no contradice su vida posterior?"

Le respondí: "No, deben publicarse, porque, en definitiva, eso expresa un proceso." Como sucede también cuando tomamos los poemas de Martínez Villena que no tienen nada que ver con la revolución; ni tampoco tienen que ver los de José Martí.

Lo mejor es ser sincero con el proceso de la vida de uno, después, que cada cual juzgue lo que le parezca bien. Hacer lo contrario sería falso.

¿La decisión de Villena de no escribir más poemas influye posteriormente en usted cuando sigue el mismo camino?

Villena tuvo una gran influencia en todos nosotros. Villena es, sin duda, un gran poeta. Es un gran poeta que no llega a realizarse, porque en el momento en que va a cuajar, en que va a darnos su obra de madurez, renuncia heroicamente a la obra literaria y se entrega plenamente a la política.

Villena no nos deja la obra que, de haber persistido, lo tendría hoy por uno de los grandes poetas de América. Él muere muy joven, y cuando muere ya hace muchos años que está totalmente metido en la vida política.

De modo que su renuncia a la poesía ocurre muy en los comienzos de su vida. Como tiene una gran sensibilidad, nos ha dejado algunos momentos en que está el gran poeta. Su condición de gran poeta no se puede discutir, porque está, es evidente, en muchos de los momentos mejores de la obra que nos dejó.

Lo que no deja es el conjunto de obras que, de haber persistido, lo tendrían a la altura de Nicolás Guillén, Pablo Neruda y de otros que persistieron y han realizado una gran obra.

Influye mucho en mí no para abandonar la poesía, sino para seguir más bien el camino político que él había escogido. Así es como hay que ver el asunto.

Hay también quienes son del criterio de que el hecho de que muy temprano usted, Serpa, Tallet, Núñez Olano y otros abandonan la poesía, se debe a problemas de escuelas literarias.

No, yo no creo eso. Se debe a que se impone como una realidad, que nos abarca a todos, la necesidad de la lucha social. Puede haber también cuestiones de temperamento, pero la verdadera razón es que llegan a situarse los problemas sociales en un punto en que es obligado que se atiendan, y que uno defienda la mejor causa. Eso es lo cierto. Esa es la razón por la que casi todos los poetas de aquella época -o diría que todos- abandonaron la poesía.

No recuerdo a ninguno que persistiese hasta última hora en la poesía. Claro, lo que no quiere decir que no hicieran, y que no hagan todavía, algunos poemas, no me refiero a esto. Me refiero a tener la poesía como su oficio central. Ella muy pronto deja de ser la preocupación de los poetas de aquel tiempo.

Eso está determinado por la urgencia, la necesidad inmediata de la acción política. Porque hay que tener en cuenta también la época que nos tocó vivir, que tiene mucho que ver. No es como ahora en que un poeta que quiera escribir a la Revolución puede escribir, tiene el campo abierto, hacer una obra que dure toda la vida.

Posteriormente usted deriva hacia el ensayo.

El introducirme más profundamente en las luchas políticas, lógicamente, me tiene que inclinar o me tiene que acercar al conocimiento de problemas sociales, políticos, de otro tipo. Es decir, problemas que tienen una mayor magnitud de meditación que de inspiración.               

Entonces ya parece natural que vaya derivando, como muchos de los escritores de mi tiempo, hacia el ensayo. El ensayo ha sido, después, la forma permanente de expresarme; porque encontré en él, debo decirlo, algo así como la unión de la preocupación por los problemas de nuestro tiempo con la inclinación por el trabajo literario.

Es una cosa muy explicable. Esos ensayos han sido biografías, recuerdos de hombres notables, sobre problemas sociales, políticos, y, claro, más que todo, sobre problemas de la actividad de creación literaria, de crítica literaria. Porque en ello se combina la necesidad de expresar criterios sobre problemas vitales de la literatura de nuestro tiempo, en la que coinciden la preocupación política con la inclinación hacia la expresión artística. 

Contemporáneos

De los personajes que ha tratado, ¿quiénes le han impresionado más?

En mi caso es más fácil de saber porque en mis dos libros Contemporáneos están las figuras que más me han llamado la atención, que más me han interesado. Por eso les he dedicado bastante tiempo y atención, examen y comentario.

En el terreno de los creadores artísticos, como creador plástico, me interesó profundamente Pablo Picasso, porque es el genio de la plástica de nuestro tiempo. Era como un torrente, un hombre incansable en todo tipo de creación. Lo mismo en la cerámica, en el grabado, en el óleo, era la fuerza de la naturaleza produciendo sin descanso. Cuando uno se ponía en contacto con él, advertía que estaba frente a una gran figura del siglo, la figura dominante de las artes plásticas.

Como me impresionó Lázaro Cárdenas, claro, es algo completamente distinto. Es un gran líder de un gran pueblo americano, una figura excepcional por su comprensión del destino revolucionario. Un mexicano extraordinario.

El músico mexicano Silvestre Revueltas también me impactó. Era una mezcla de violencia y ternura. Produjo una de las mejores músicas que ha dado América.

También te he hablado de la impresión que me causaron los dos grandes poetas españoles de su tiempo: Antonio Machado y Federico García Lorca. Muy excepcionales y muy distintos: Machado, el poeta profundo, unido a su pueblo en las raíces. El poeta más alto de su tiempo. García Lorca, el hombre lleno de gracia y de novedades, de maravillas de expresión con un sentido popular excepcional.

No es que dejara de haber grandes poetas como Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez. España produjo durante este siglo un grupo muy notable de poetas. También tenemos el caso de Miguel Hernández.

Claro, Machado y Lorca son los dos extremos: la profundidad y la gracia. Superan en radio de acción a sus contemporáneos. De eso no hay duda.

En estos dos tomos he querido dar mis impresiones sobre la gente más importante que he conocido. Es cierta obligación que uno contrae decir cómo era fulano, cómo era mengano. Eso es lo que he hecho. Ahora estoy trabajando en un tercer tomo.

Música

¿Cuál es su música preferida?

A mí me parece que en la música cubana lo mejor es lo popular. Como en todo país colonial, no ha tenido un gran desarrollo la llamada culta.

Lo que tenemos es una gran música popular. Eso lo ha dicho en su libro Alejo Carpentier -con toda razón-: en Cuba la muy buena es la música popular.

Además, tenemos la influencia africana, que se advierte en todas las demás relaciones sociales de Cuba, en lo musical principalmente. La mejor que tenemos es la de origen africano, es más original; así como en México, por el gran aporte indígena.

Si no hemos llegado a una buena música clásica, es un problema muy lógico, porque tenemos la gran influencia africana, la cual ha enriquecido tanto a la música popular que le ha dado un gran relieve.

Después del triunfo de la Revolución hay una música que me ha gustado mucho: la de Juan Almeida, que es fina, y cuando hablamos de canción protesta, no olvidemos su Lupita, que es formidable.

Libros

 Si tuviera que escribir nuevamente todos sus libros, ¿habría alguno que no escribiría?

No creo que alguno sea repudiable, aunque ninguno es excepcional. Los escribiría todos, pero escribiría algunos más que no he hecho.

Mi pobre mujer tenía la preocupación de que el ajetreo diario que supone toda militancia política me dejaría sin hacer la obra literaria que ella creía, con toda generosidad, que yo podría hacer. Siempre fue una de sus preocupaciones, cosa muy natural.

Otra persona que me quiso mucho, el poeta Navarro Luna, tenía esa continua preocupación: "Tú debes poner en primer lugar tu obra literaria, eso es lo que queda. Lo otro lo puede hacer otra gente, y esa otra gente no puede hacer esto."

Creo que sí, que tenían bastante razón, pero tenían razón hasta la mitad. Porque siendo todo eso cierto, lo es también que uno tiene responsabilidades que cumplir y no puede darles la espalda.

Lo político

¿El intelectual debe estar subordinado a lo político?

El intelectual no debe dejar de ser político, sin que tenga que dedicarse, primordialmente, a lo político; porque eso depende también de las facultades personales. Es como debe verse el fenómeno. Ningún intelectual debe dejar de ser político, en el mejor sentido de la palabra.

Tampoco debemos decir: todo intelectual debe ser político, eso depende de las condiciones personales del individuo. No tratar de ser grandes oradores ni grandes propagandistas y acabar con la literatura. Eso sería absurdo.

El intelectual que entienda que tiene sensibilidad para lo político debe asumirlo. Ninguno debe dejar de serlo en el sentido de interpretar la realidad en que vive, y no al punto de ser un profesional de la política; eso es distinto. Eso deben serlo los que tengan capacidad para ello, pero no otra gente. Es así, más o menos, corno hay que ver el problema.

Acierto

¿Cuál considera que es su mayor acierto?

Abrazar el marxismo. Mi mujer, con su perspicacia, me decía siempre: "Ha sido un acierto, porque es una orientación." Una orientación real y firme que norma ya toda una vida, marca una pauta y hace mucho más efectiva cualquier acción. Estoy muy satisfecho de que eso haya ocurrido, es decir, haber decidido mi destino a tiempo.

Ahora ya, cuando mis últimos años -que tienen que ser-, he tenido honores excepcionales, hay que decirlo. En el orden político, al ser designado para cargos de gran importancia: miembro del Comité Central, del Consejo de Estado, diputado a la Asamblea Nacional.

Lo que está rigiendo es lo que decíamos: a tiempo uno tomó el camino, y es como una especie de culminación de una larga vida. No hay que verlo de otra manera.

La muerte

¿EL revolucionario debe tenerle miedo a la muerte?

No debe temer a la muerte. El verdadero revolucionario no debe temerle porque, si es verdadero, debe entender que la vida es un fenómeno con un límite determinado, que dura un tiempo y desaparece en vista del empobrecimiento de fuerzas vitales. Por lo tanto, es una cosa tan obligada que no debe temerle a la muerte en ningún sentido, no debe temer que la muerte se produzca.

Me parece que no hay razón para esto, no hay razón. Jamás un revolucionario le teme a la muerte, aunque quizá en algunos momentos se emocione ante tal o cual peligro. Eso es una cosa muy humana, pero muy distinta.

Pero miedo a la muerte no, porque hay que entenderla como un fenómeno natural, el fin de un proceso vital, obligado. Así es como hay que ver la muerte.

La posteridad

Cuando las futuras generaciones hablen de Juan Marinello, ¿qué le gustaría qué dijeran?

Bueno, cuando se hable de mí me gustaría que dijeran, sencilla y simplemente, que traté de cumplir, con toda modestia y lealtad, mi deber revolucionario. Eso es lo único que me importaría. Es la verdad.

Todo lo otro es más o menos discutible, depende de tales o cuales criterios. Pero, realmente, lo que tiene que satisfacer a un revolucionario es haber cumplido su destino en bien de las ideas que profesa.

Fragmento tomado del libro Memoria Inédita. Conversaciones con Juan Marinello, de Luis Báez.

SUBIR

 


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

© La Jiribilla. La Habana. 2006
 IE-800X600