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El hombre que tengo
frente a mí está lleno de historia. Le ha tocado vivir,
en verdad, tres etapas decisivas de Cuba: los rezagos de
la colonia española, la república mediatizada que
combatió, y el socialismo que ayudó a consolidar. Ha
sido maestro de generaciones. Un hombre de su tiempo. Es
Juan Marinello.
Me dirigí a su lucidez, a su sabiduría, para que me
hablara sobre diferentes acontecimientos de la historia
de Cuba. Hechos en los que participó o vivió muy de
cerca. Lo hizo en varios encuentros, en conversaciones
que duraron días.
Le afligen graves molestias. No puede hacer esfuerzos
prolongados. Es la única enfermedad que ha padecido en
su vida. La enfermedad que lo ha pasado a la historia
con dimensión de eternidad.
Su cerebro le sigue funcionando como si los años no
hubieran pasado jamás por él. Conserva una memoria
extraordinaria. Analiza los hechos como si acabaran de
ocurrir, sin apasionamiento y, sobre todo, con ejemplar
honestidad.
No hay cuestionario previo. Prefiere la sorpresa de la
pregunta, porque "uno dice las cosas así, muy
espontáneamente". Sus respuestas fueron instantáneas.
Separa cada palabra de otra como si las estuviese
dictando.
No eludió pregunta
alguna. Jamás alteró la expresión. Siempre mantuvo el
mismo metal de voz. Cuando empezábamos, daba órdenes
terminantes de no ser interrumpido. La entrevista fue
grabada.
Conversamos en sus oficinas del Movimiento Cubano por la
Paz, días entre semana, teniendo como marco algunos
libros, una foto del Che y una fotocopia de la
carta de despedida del Guerrillero Heroico a Fidel,
montada en un afiche.
El sábado nos veíamos en su casa del Nuevo Vedado,
rodeado de originales de Picasso, Diego Rivera, David
Alfaro Siqueiros, Víctor Manuel, René Portocarrero y
otros destacados pintores.
Temprano en la mañana escribe. Es de los grandes
escritores que ha dado Cuba. Antes, cuando vivía su
esposa, le dictaba y ella mecanografiaba. No le
gusta utilizar la grabadora porque "se pierde el efecto,
se pierde la emoción".
Jamás lo oí quejarse a pesar de yo saber que
padecía fuertes dolores en el vientre. Nos estuvimos
reuniendo hasta pocos días antes de que ingresara en el
hospital de donde no saldría con vida.
Profundamente marxista-leninista, convencido martiano,
firme fidelista es Juan Marinello, un hombre de su
tiempo.
Terminamos la entrevista el sábado 5 de marzo de 1977.
Conversamos hasta anochecer. Al despedirme, me puso el
brazo por encima a la vez que me dijo: "Luis, ya puedo
morir tranquilo. He visto todos mis sueños convertirse
en realidad."
Ya en la puerta me abrazó. Sorpresivamente, exclamó:
"Cuiden mucho la pureza de esta Revolución, pero, sobre
todo, cuiden mucho a Fidel. Los hombres como Fidel no se
repiten".
Fue la última vez que
conversé con Juan Marinello.
Orígenes
Sería interesante
que comenzara hablando de sus orígenes.
Bueno, en cuanto a
mis orígenes tengo que decir que soy uno de los tantos
casos dominantes en nuestro pueblo frutos de la unión de
emigrante español con la mujer cubana. Pudiéramos decir
que es el caso de cientos de miles de cubanos. Mi padre
es un emigrante catalán que viene a Cuba con una miseria
espantosa para buscar un modo de vida.
Mi padre llegó a Sagua la Grande muy joven, allí tenía
un primo hermano de su madre de apellido Fábregas —era
un médico notable para la época—, y claro, fue él quien
lo acogió. Como era un gran conocedor de asuntos de
maquinarias, entró mi padre a trabajar en el ingenio de
la familia Albarrán.
Andando el tiempo —era un hombre de tanta personalidad—
se casó con la hija del dueño del ingenio, hermana del
gran médico Joaquín Albarrán, médico ilustre.
Es interesante el caso de mi padre, porque era hombre de
una inteligencia muy clara, de pocas palabras y de
muchos hechos.
En eso obedecía a su
estirpe. El catalán, en general, es muy organizado y muy
trabajador.
Lo fue él de un modo excepcional, al punto que hubo un
tiempo en que él solo administraba los cuatro ingenios
más importantes de la antigua provincia de Las Villas.
Como se administraba entonces, que el administrador era
también tenedor de libros y todas esas cosas.
Algo muy familiar. Era un hombre de muchas condiciones y
era el tipo de español liberal, sobre todo el catalán
liberal dentro de las normas burguesas. Eso es natural,
no fue más allá.
Respetuoso siempre de la opinión de sus hijos, él sabía
exactamente, en los últimos tiempos, que tanto mi
hermano Felio como yo íbamos directamente hacia la
izquierda, pero jamás hizo una observación, porque
tenía esa condición del verdadero liberal: respetuoso,
hombre honesto. Claro, sin sobrepasar una línea de la
estructura burguesa.
Usted es hijo de
un segundo matrimonio.
Sí. Mi padre se casó
tres veces. La primera con Panchita Albarrán, hermana de
Joaquín, el famoso urólogo. Tuvieron dos hijas que
murieron bastante jóvenes. Su primera mujer murió al
poco tiempo.
Después, se casó por segunda vez; en esa ocasión con mi
madre, que era sencilla maestra de escuela primaria en
la ciudad de Santa Clara. Tuvieron tres hijos: Zoilo,
que es el padre de Zoilito —doctor Zoilo Marinello—,
después venía yo, y el tercero es Felio, un líder
estudiantil muy valioso, que murió muy joven también.
La tercera vez se casó con una parienta de él, Marinello
de apellido, y de esa unión hay tres hijos, uno de los
cuales es hoy decano de la facultad de Ciencias de la
Universidad de Oriente, Joaquín Marinello.
Así es que somos una familia larga, por esas
circunstancias de haberse casado tres veces mi padre.
Por vivir, vivió mucho y, desgraciadamente, sus mujeres
murieron tempranamente.
¿Cuáles fueron las
causas de esas muertes?
Era una época en que
la tuberculosis hacía estragos; una enfermedad realmente
incurable. Mi madre, por ejemplo, una mujer muy joven,
adquirió la tuberculosis y murió rápidamente. Mi padre
estuvo largo tiempo viudo.
El caso de Joaquín Albarrán, un hombre genial, un hombre
que llega con treinta y pico de años a París, sin
conocer el idioma. Tiene que revalidar la carrera, que
había hecho en Madrid —pagada por mi padre, que lo
quería mucho. Ese hombre muere de tuberculosis a los
cincuenta y dos años en los momentos en que ya ha
logrado ser figura de primer orden en la medicina, no
solamente francesa, sino europea. Un hombre de
capacidades excepcionales, el cirujano urólogo más
famoso de la época a nivel mundial.
Un hombre que se daba el lujo de cobrar honorarios
enormes. Hay una carta de él a mi madre donde le da
cuenta de esto: tiene que operar al Káiser de Alemania,
no al Káiser que nosotros conocimos, sino al padre de
Guillermo l. Tranquilamente, cuando le pasa la cuenta
son veinticinco mil dólares. Esa era la tarifa a que
había llegado su prestigio.
Usted ve, ese hombre que tenía toda la felicidad, era
riquísimo, pues le afecta la tuberculosis y muere. Una
enfermedad incurable en aquellos tiempos. Hoy no tiene
importancia, hoy quedan el cáncer y los males del
corazón como graves dolencias.
Habla más de su
padre que de su madre.
Yo no conocí a mi
madre porque murió antes de que cumpliera los dos años.
De ella no tengo el menor recuerdo, de los dos años no
quedan recuerdos. Mi verdadera madre fue una negra que
mi padre había recogido en nuestra casa.
¿Por qué la
recogió?
Es curioso por qué la
recogió. Ella era hija de un paisano suyo, catalán como
él, muerto muy joven en el ingenio Pastora. Recogió a
aquella hija y la hizo miembro de la familia. Cuando
muere mi madre, ella se convierte prácticamente en la
madre de nosotros.
Yo le debo mucho a esa mujer, Herrninia Martínez, porque
era muy valiosa, muy trabajadora y de un gran amor por
nosotros, de una gran bondad, una mujer excepcionalmente
valiosa. De modo que les guardo respeto y cariño a mi
padre y a esta mujer negra que fue la que se ocupó de
hacerme hombre.
Realmente ella fue la que me hizo, ella fue la que me
hizo en todo. Hay que decirlo: era extraordinaria en
calidad moral, en su dulzura y en su comprensión.
¿El apellido
Marinello de dónde proviene?
Mi apellido es
italiano, por una razón explicable: las relaciones en
aquella época entre España e Italia eran muy íntimas.
Por el Mediterráneo la gente se comunicaba, y mi familia
originariamente es italiana, del sur de Italia, donde el
apellido Marinello abunda. Cuando fui a Nápoles pedí la
guía de teléfonos y había tres páginas de Marinello,
igual que aquí Pérez o Fernández.
Entonces ocurrió que
una familia, probablemente de pequeños agricultores, fue
de Italia a España; después se mudaron a un pueblecito
cerca de Barcelona, Esparraguera. Por eso ya mi padre
fue catalán. Por parte de la madre de él era Fábregas,
muy catalán también.
Él recordaba mucho sus ascendientes italianos porque los
tenía bastante cerca, creo que biznieto de italiano, me
lo recordaba mucho.
¿Por qué le
pusieron Juan?
Bueno, tengo los
nombres de mi madre y de mi padre y del día que nací,
porque eso se usaba mucho antes, era una cosa muy
española. Es decir, me llamo Juan, por mi madre, Juana
Vidaurreta; Felio, nombre que no se ve mucho, por mi
padre; y después, es curioso, me llamo Francisco, porque
entonces se le ponía el nombre del padrino a la gente, y
un yerno de mi padre, el doctor Francisco Fernández León
—buena gente— era mi padrino.
También llevo el nombre de Marciano porque nací el 2 de
noviembre de 1898, día de los fieles difuntos, en
Jicotea, provincia de Las Villas. Ese es el día de San
Marciano. Por lo tanto, me llamo Juan Felio Francisco
Marciano Marinello Vidaurreta.
¿A cuánto ascendía
la fortuna de su padre?
Al final, cuando nos
trasladamos para La Habana, puede ser que al millón de
dólares, que en aquella época era una fortuna enorme.
Vivimos en la capital en medio de un gran lujo. Todavía
la casa que fabricó mi padre para nosotros está tal y
como la hizo, una casa de altos y bajos, en la esquina
de 17 y M, en El Vedado.
¿Su padre conservó
el capital?
No. La fortuna se
perdió como la de muchas familias cubanas de aquel
momento. Se había ganado mucho dinero, y todo el mundo
dijo: si se ha ganado tanto dinero vamos a transformar
este ingenio, el central Pastora, en una gran fábrica.
Claro, hubo que pedir un préstamo hipotecario para hacer
la transformación del ingenio, y en ese momento
vinieron, como saben todos, las "vacas flacas", el crack
bancario de 1920. No se pudieron pagar los intereses del
dinero que se había pedido. Lo curioso es que la persona
que había dado el dinero era ya socio de mi padre.
Cuando los precios subieron tanto y el azúcar valía
tanto, naturalmente la gente más rica quería comprar más
acciones de los ingenios. Uno de los socios era la
familia Castaño, de Cienfuegos; en aquel momento,
seguramente, el hombre más rico de Cuba, Don Nicolás
Castaño.
Este señor tenía acciones en muchos ingenios, incluido
el Pastora, que administraba mi padre. Como buen
comerciante a la española, él dio el dinero para que la
fábrica se transformara; pero, además, un poco como
accionista de la empresa, lo dio hipotecariamente, no
así un préstamo simple, sino hipotecando el ingenio.
Al producirse la caída de los precios del azúcar y no
poder pagar mi padre los intereses de la hipoteca,
Castaño se quedó con el ingenio. Eso le ocurrió a una
gran cantidad de familias. Ese fue un fenómeno general
en aquel momento.
Es decir que el gran beneficio de los ingenios cegó a
sus poseedores. Pensaron establecer fábricas muy
modernas. Eso no se podía hacer sino con alto costo, y
nadie prestaba dinero si no era con la garantía del
propio ingenio, el cual quedó en manos de la familia
Castaño hasta que triunfó la Revolución.
¿Ha vuelto por el
ingenio?
He vuelto alguna vez.
Hoy, desde luego, es una fábrica muy moderna,
completamente distinta; queda mucha gente vieja, de mi
tiempo, que me recuerda a mí y a mi familia.
De su infancia,
¿qué recuerdos conserva?
Mi infancia tiene
mucho interés no solo como recuerdo personal, sino
también como testimonio histórico. Soy uno de los pocos
cubanos que puede decir que vio la colonia española.
Muchas veces las viejas estructuras, las viejas
costumbres, se mantienen durante mucho tiempo, y todavía
uno alcanza a verlas aunque ya estén heridas de muerte.
Digo que soy de los pocos cubanos que conocieron
profundamente la realidad de la colonia española, porque
pasé mi niñez en aquel ingenio. Un típico ingenio como
los que existían en tiempos de España.
El trabajo era prácticamente esclavo. La esclavitud ya
se había abolido, pero decía Martí que cuando un pueblo
padece una injusticia durante cien años, necesita por lo
menos otros cien para quitársela de encima. Es verdad
porque eso quedó, se mantuvo, aunque legalmente ya la
organización hubiese dejado de existir.
Vi la antigua colonia española, porque la vida que se
hacía en el batey de aquel ingenio no se distinguía en
absoluto de los ingenios del tiempo de España.
¿De qué año me
habla?
Aún estábamos en los
siete u ocho de este siglo. Recuerdo bien que a las
cuatro de la mañana sonaba la campana, se formaba frente
a la casa de vivienda -que era la única casa de
mampostería, de dos pisos- en que vivíamos con mi padre;
se formaba lo que se llamaba "cuadrilla del campo" y
pasaban revista un mayoral y un contramayoral. Todavía
se mantenían, además, esas denominaciones típicamente
coloniales.
Aquella gente, al amanecer, salía a los campos de caña a
sembrar, si era tiempo muerto; a cortar la caña, si era
tiempo de zafra, y trabajaban, mientras había luz, sin
la menor limitación.
No había desde luego, ni por asomo, derecho laboral. No
regía más que la libertad absoluta y plena del
administrador del ingenio, que era mi padre.
Era un mando completamente tiránico, único, y que
expresaba todavía la fase colonial que aún no se había
roto.
En verdad, el administrador del ingenio, siguiendo las
viejas tradiciones negativas, era dueño absoluto de la
vida de todas las personas que vivían en el batey. No se
distinguía uno de otro. Mi padre autorizaba si había un
baile, si se permitía un bautizo. Es decir, dueño
absoluto de la vida de toda la gente del batey.
Me sentía, debo decirlo, un poco como el príncipe
heredero, porque era el hijo preferido y notaba cómo
toda aquella gente, que en definitiva tenían un sentido
esclavista de la vida, me halagaban para halagar a mi
padre, que era el dueño de sus vidas, de sus haciendas,
hasta de sus más elementales diversiones.
Por eso digo que muchas veces me he puesto a pensar por
qué, desde bastante joven, ingresé en el partido de los
trabajadores. Me parece que influye mucho la
circunstancia de haber conocido en los primeros años la
durísima vida de la casa del ingenio y del batey. Este
también es un elemento que determinó, en gran medida, mi
decisión de que esas injusticias se acabaran de una vez.
¿Cuál de sus
maestros ejerció más influencia en usted?
Mi padre tenía mucha
preocupación por la educación de sus hijos, y en el
ingenio tuvimos dos maestros: Ibarrola, un vasco, y
Restropolin, colombiano. Estuvimos poco tiempo allí.
Realmente no puedo decir que dejaron huellas en mí.
En cambio, al trasladarme a la ciudad de Santa Clara,
que estaba a cuatro leguas del ingenio, sí estuve algún
tiempo en una escuela para mí inolvidable, la del viejo
mambí Don Fidel Miró. Digo que influyó mucho en mi
formación porque era verdaderamente mambí, un cubano que
había luchado en la revolución. Era un hombre muy
liberal y muy avanzado para su tiempo.
Allí tuve el primer contacto con la inquietud política,
y no porque él fuera, ni mucho menos, un hombre de
izquierda, sino porque era un veterano muy honesto y
profundamente cubano en su temperamento, en su criterio
y en su cultura. Muy notable para ese tiempo. Es el
hombre que más influye en mí.
¿En qué año se
casó?
A mi esposa María
Josefa Vidaurreta, conocida cariñosamente como Pepilla,
la conocí cuando tenía veintiuno o veintidós años.
Teníamos más o menos la misma edad. Aunque realmente la
conocía desde mucho antes, cuando éramos niños. Como
éramos primos, había el conocimiento familiar.
Pero ya conocerla en
un sentido más íntimo, cuando terminé la universidad.
Nos casamos el 23 de febrero de 1927. Solo la muerte nos
separó.
Julio Antonio
Mella
¿Cómo nació su
amistad con Julio Antonio Mella?
En el año 1920 entra
Mella a la universidad. Yo salgo en 1921, pero el trato
con él llega a hacerse muy íntimo y diario por esta
circunstancia: se funda la Federación Estudiantil
Universitaria (FEU), en un congreso en el que mi hermano
Felio -estudiante de arquitectura- es electo presidente
y Mella secretario.
Entonces, ¿qué
ocurre? Pues siendo mi hermano presidente del congreso y
Mella secretario, tienen un contacto obligado, que casi
siempre se produce en mi casa. De ahí viene, desde
luego, una relación tan íntima. Todo esto naturalmente
nos mantuvo muy cerca.
Cuando Mella se
declara en huelga de hambre, estuve al lado de su cama
atendiéndolo. Uno de los grandes honores revolucionarios
de mi vida es que, entonces, para darle fianza, libertad
en este caso, hacía falta que el procesado señalara a un
grupo de personas con honestidad personal. Era una cosa
de la ley española.
Ahí está el acta
donde al primero que nombra Mella es a mí. Eso fue algo
muy honroso e inolvidable para mí. Después me toca sacar
sus cenizas de México y traerlas para Cuba.
Pablo de la
Torriente Brau
Cuénteme de sus
relaciones con Pablo de la Torriente.
Fuimos grandes
amigos. Estuvimos seis meses presos en la misma celda,
junto con Raúl Roa, en el Presidio Modelo en Isla de
Pinos, en 1932.
Ahí fue donde llegué
a conocer la intimidad, la grandeza moral, la valentía,
el talento, la excepcional sensibilidad y delicadeza de
Pablo, que es una figura realmente incomparable.
Pablo es una gran
figura juvenil, pero no es en realidad una figura
dominantemente universitaria. Es más bien un líder de
masa de otro tipo mucho más amplio.
Él era un poco más
joven que yo, no mucho, pero un poco más joven que
nuestra generación. Tuve la ocasión de conocerlo bien en
la cárcel, porque en ella es donde se conoce bien a la
gente.
Todos, todos tenemos,
aunque no lo queramos confesar, capas defensivas en la
vida social, pero en la cárcel esas capas acaban por
caerse, sobre todo cuando se está seis meses. Entonces
usted conoce profundamente a la gente, no hay defensa
posible. Ahí es donde uno sabe hasta dónde una persona
es de gran calidad moral, hasta dónde da.
Pablo fue para
nosotros el mismo hombre grande desde el día que
llegamos hasta pasados seis meses, en que nos liberaron.
Ahora se han cumplido
cuarenta años de su muerte en España y todos lo hemos
recordado. Lamentamos esa pérdida tremenda porque
hubiera sido un factor muy importante, antes y en este
momento. Podía estar vivo todavía. Era más joven que
todos nosotros, podía aún vivir.
Fernando Ortiz
¿Cuál es el
balance que hace de la obra de Fernando Ortiz?
El balance general de
su vida es muy positivo. Es un hombre que hay que
entenderlo en lo que significó. Además, es, si se
quiere, un hombre de tránsito. Un hombre hecho en la
vieja escuela.
Un hombre que viene a
tener conciencia de la vida en los primeros años de la
república mediatizada, no es ni puede ser un
revolucionario, no lo fue nunca. Fue más bien un
estudioso y un hombre realmente sabio.
Ramiro Guerra
¿Cómo ubicaría a
Ramiro Guerra?
A Ramiro Guerra lo
traté bastante. Es un hombre de muy compleja
personalidad, pero no tengo el menor escrúpulo en
declarar que es el mejor historiador que hemos
producido. Negar eso sería injusto.
Sobre todo, tiene
mucho talento, mucha información, sabe ordenar los
acontecimientos de una manera formidable y nos deja
libros que son clásicos. De modo que su calidad como
intelectual es invaluable.
Ahora, hay una
contradicción en su vida. Un hombre que tiene esa
condición de ver la historia en un sentido moderno y,
por tanto, progresista, está muy agarrado por razones
personales.
Por ejemplo, siendo
un historiador tan estimable y tan útil para los que han
venido después, es un hombre muy ligado a las fuerzas
dominantes de nuestra economía, las cuales estaban
ligadas al imperialismo. Es un hombre que no se aleja de
esa fuerza.
Era uno de los
grandes auxiliares de la Asociación de Hacendados,
conocemos el carácter que tuvo, y fue también nada menos
que Secretario de la Presidencia con Gerardo Machado. Es
decir, era un hombre muy agarrado por vínculos de clase.
Por eso digo que es
una figura compleja, porque teniendo todos estos
elementos, sin duda negativos, deja una obra histórica
extraordinariamente importante. No solamente por lo
ordenado y lo profundo de la investigación, sino porque
esa investigación está tan bien hecha que da ocasión
para que se interprete ya con otro criterio que él nos
da a conocer.
Ese es el caso de
Ramiro Guerra. Creo que hay que verlo de esa manera y
dentro de esa contradicción. No creo que haya libros de
mayor calidad específica que los suyos para realizar una
gran obra histórica.
Los escritores
cubanos
De los escritores
cubanos, ¿cuáles son sus preferidos?
Bueno, a mí me parece
que es una pregunta muy fácil de contestar, porque
tenemos un escritor, José Martí, que es incomparable. Es
el escritor por fuerza que tiene que tener nuestra mayor
adhesión.
Cuando se le conoce
profundamente, se entiende cómo coinciden en Martí las
bellezas de expresión con la profundidad del
pensamiento. Eso es lo que lo hace el escritor
extraordinario. Con él no podemos establecer comparación
en relación con ningún otro.
Martí es como un gran
océano que tiene muchos senos que no se han descubierto
todavía. Es un enorme torrente. Es, sin duda, en su
lengua, el escritor más alto de su tiempo, a mucha
distancia de los españoles y de los latinoamericanos que
escriben en castellano.
De modo que ese es mi
escritor preferido, debe serlo por muchas razones. Nadie
discute que sea el autor preferido de los cubanos.
También tenemos en el
siglo XIX otras figuras muy valiosas, buenos poetas como
Julián del Casal y José María Heredia, pero a mucha
distancia de Martí. No tenemos, en mi opinión, una
figura literaria realmente universal después de Martí,
en un sentido profundo de la palabra.
Raúl Roa
¿Y Raúl Roa?
Roa es, sobre todo,
excepcional en lo que es su especialidad: la polémica.
Como hombre polémico es el más destacado.
La poesía
¿En qué año
publicó su primer libro?
En 1927.
¿Cómo se llamó?
Liberación.
¿De qué trata?
Como casi todos los
escritores de mi tiempo, y también de otros, comencé por
la poesía. Cosa muy explicable, porque es natural que la
inspiración poética sea una cosa muy unida a la
juventud. Es decir, la juventud es, de todas las edades
del hombre, la más cercana a lo lírico. Eso tiene que
ver en general.
Pero es que, además,
había un clima, una atmósfera favorable para que esa
fuera la forma literaria escogida en aquel momento por
la juventud. Fue el caso de Rubén Martínez Villena, José
Zacarías Tallet, Regino Pedroso. El caso de todos
los que estábamos en el grupo de los escritores más
inquietos en aquel tiempo.
Algunos críticos
consideran que su poesía es melancólica, de fatalidad.
¿Comparte ese criterio?
Sí. Lo fue, como
también lo fue en gran parte la de Martínez Villena.
Ello obedece, primero, a la extrema juventud y, después,
a un problema que era muy de la época. Además, se debió
también a que todavía ninguno de nosotros tenía muy
claro su deber revolucionario. Eso es absolutamente
cierto.
También era una
poesía romántica.
Romántica,
sencillamente una poesía romántica, y muy mística, sobre
todo; pero era una cosa obligada. Y la de Rubén es,
llega a ser, extraordinariamente melancólica y dolorosa.
Es algo que no debe
borrarse de la obra de ninguno de nosotros. Al
contrario, lo que expresa es que se produjo una
evolución. Mejor es expresarla como se produjo, lo otro
es completamente falso.
Hace poco me vino a
ver un compañero del Instituto del Libro -un buen
compañero- y me planteó que quería publicar una
selección de mis versos. Entonces me dice: "¿Usted cree
que esas poesías, las primeras, que son eminentemente
místicas, deben salir? ¿Eso no contradice su vida
posterior?"
Le respondí: "No,
deben publicarse, porque, en definitiva, eso expresa un
proceso." Como sucede también cuando tomamos los poemas
de Martínez Villena que no tienen nada que ver con la
revolución; ni tampoco tienen que ver los de José Martí.
Lo mejor es ser
sincero con el proceso de la vida de uno, después, que
cada cual juzgue lo que le parezca bien. Hacer lo
contrario sería falso.
¿La decisión de
Villena de no escribir más poemas influye posteriormente
en usted cuando sigue el mismo camino?
Villena tuvo una gran
influencia en todos nosotros. Villena es, sin duda, un
gran poeta. Es un gran poeta que no llega a realizarse,
porque en el momento en que va a cuajar, en que va a
darnos su obra de madurez, renuncia heroicamente a la
obra literaria y se entrega plenamente a la política.
Villena no nos deja
la obra que, de haber persistido, lo tendría hoy por uno
de los grandes poetas de América. Él muere muy joven, y
cuando muere ya hace muchos años que está totalmente
metido en la vida política.
De modo que su
renuncia a la poesía ocurre muy en los comienzos de su
vida. Como tiene una gran sensibilidad, nos ha dejado
algunos momentos en que está el gran poeta. Su condición
de gran poeta no se puede discutir, porque está, es
evidente, en muchos de los momentos mejores de la obra
que nos dejó.
Lo que no deja es el
conjunto de obras que, de haber persistido, lo tendrían
a la altura de Nicolás Guillén, Pablo Neruda y de otros
que persistieron y han realizado una gran obra.
Influye mucho en
mí no para abandonar la poesía, sino para seguir más
bien el camino político que él había escogido. Así es
como hay que ver el asunto.
Hay también
quienes son del criterio de que el hecho de que muy
temprano usted, Serpa, Tallet, Núñez Olano y otros
abandonan la poesía, se debe a problemas de escuelas
literarias.
No, yo no creo eso.
Se debe a que se impone como una realidad, que nos
abarca a todos, la necesidad de la lucha social. Puede
haber también cuestiones de temperamento, pero la
verdadera razón es que llegan a situarse los problemas
sociales en un punto en que es obligado que se atiendan,
y que uno defienda la mejor causa. Eso es lo cierto. Esa
es la razón por la que casi todos los poetas de aquella
época -o diría que todos- abandonaron la poesía.
No recuerdo a ninguno
que persistiese hasta última hora en la poesía. Claro,
lo que no quiere decir que no hicieran, y que no hagan
todavía, algunos poemas, no me refiero a esto. Me
refiero a tener la poesía como su oficio central. Ella
muy pronto deja de ser la preocupación de los poetas de
aquel tiempo.
Eso está determinado
por la urgencia, la necesidad inmediata de la acción
política. Porque hay que tener en cuenta también la
época que nos tocó vivir, que tiene mucho que ver. No es
como ahora en que un poeta que quiera escribir a la
Revolución puede escribir, tiene el campo abierto, hacer
una obra que dure toda la vida.
Posteriormente
usted deriva hacia el ensayo.
El introducirme más
profundamente en las luchas políticas, lógicamente, me
tiene que inclinar o me tiene que acercar al
conocimiento de problemas sociales, políticos, de otro
tipo. Es decir, problemas que tienen una mayor magnitud
de meditación que de inspiración.
Entonces ya parece
natural que vaya derivando, como muchos de los
escritores de mi tiempo, hacia el ensayo. El ensayo ha
sido, después, la forma permanente de expresarme; porque
encontré en él, debo decirlo, algo así como la unión de
la preocupación por los problemas de nuestro tiempo con
la inclinación por el trabajo literario.
Es una cosa muy
explicable. Esos ensayos han sido biografías, recuerdos
de hombres notables, sobre problemas sociales,
políticos, y, claro, más que todo, sobre problemas de la
actividad de creación literaria, de crítica literaria.
Porque en ello se combina la necesidad de expresar
criterios sobre problemas vitales de la literatura de
nuestro tiempo, en la que coinciden la preocupación
política con la inclinación hacia la expresión
artística.
Contemporáneos
De los personajes
que ha tratado, ¿quiénes le han impresionado más?
En mi caso es más
fácil de saber porque en mis dos libros
Contemporáneos están las figuras que más me han
llamado la atención, que más me han interesado. Por eso
les he dedicado bastante tiempo y atención, examen y
comentario.
En el terreno de los
creadores artísticos, como creador plástico, me interesó
profundamente Pablo Picasso, porque es el genio de la
plástica de nuestro tiempo. Era como un torrente, un
hombre incansable en todo tipo de creación. Lo mismo en
la cerámica, en el grabado, en el óleo, era la fuerza de
la naturaleza produciendo sin descanso. Cuando uno se
ponía en contacto con él, advertía que estaba frente a
una gran figura del siglo, la figura dominante de las
artes plásticas.
Como me impresionó
Lázaro Cárdenas, claro, es algo completamente distinto.
Es un gran líder de un gran pueblo americano, una figura
excepcional por su comprensión del destino
revolucionario. Un mexicano extraordinario.
El músico
mexicano Silvestre Revueltas también me impactó. Era una
mezcla de violencia y ternura. Produjo una de las
mejores músicas que ha dado América.
También te he hablado
de la impresión que me causaron los dos grandes poetas
españoles de su tiempo: Antonio Machado y Federico
García Lorca. Muy excepcionales y muy distintos:
Machado, el poeta profundo, unido a su pueblo en las
raíces. El poeta más alto de su tiempo. García Lorca, el
hombre lleno de gracia y de novedades, de maravillas de
expresión con un sentido popular excepcional.
No es que dejara de
haber grandes poetas como Rafael Alberti, Juan Ramón
Jiménez. España produjo durante este siglo un grupo muy
notable de poetas. También tenemos el caso de Miguel
Hernández.
Claro, Machado y
Lorca son los dos extremos: la profundidad y la gracia.
Superan en radio de acción a sus contemporáneos. De eso
no hay duda.
En estos dos tomos he
querido dar mis impresiones sobre la gente más
importante que he conocido. Es cierta obligación que uno
contrae decir cómo era fulano, cómo era mengano. Eso es
lo que he hecho. Ahora estoy trabajando en un tercer
tomo.
Música
¿Cuál es su música
preferida?
A mí me parece que en
la música cubana lo mejor es lo popular. Como en todo
país colonial, no ha tenido un gran desarrollo la
llamada culta.
Lo que tenemos es una
gran música popular. Eso lo ha dicho en su libro Alejo
Carpentier -con toda razón-: en Cuba la muy buena es la
música popular.
Además, tenemos la
influencia africana, que se advierte en todas las demás
relaciones sociales de Cuba, en lo musical
principalmente. La mejor que tenemos es la de origen
africano, es más original; así como en México, por el
gran aporte indígena.
Si no hemos llegado a
una buena música clásica, es un problema muy lógico,
porque tenemos la gran influencia africana, la cual ha
enriquecido tanto a la música popular que le ha dado un
gran relieve.
Después del triunfo
de la Revolución hay una música que me ha gustado mucho:
la de Juan Almeida, que es fina, y cuando hablamos de
canción protesta, no olvidemos su Lupita, que es
formidable.
Libros
Si tuviera que
escribir nuevamente todos sus libros, ¿habría alguno que
no escribiría?
No creo que alguno
sea repudiable, aunque ninguno es excepcional. Los
escribiría todos, pero escribiría algunos más que no he
hecho.
Mi pobre mujer tenía
la preocupación de que el ajetreo diario que supone toda
militancia política me dejaría sin hacer la obra
literaria que ella creía, con toda generosidad, que yo
podría hacer. Siempre fue una de sus preocupaciones,
cosa muy natural.
Otra persona que
me quiso mucho, el poeta Navarro Luna, tenía esa
continua preocupación: "Tú debes poner en primer lugar
tu obra literaria, eso es lo que queda. Lo otro lo puede
hacer otra gente, y esa otra gente no puede hacer esto."
Creo que sí, que
tenían bastante razón, pero tenían razón hasta la mitad.
Porque siendo todo eso cierto, lo es también que uno
tiene responsabilidades que cumplir y no puede darles la
espalda.
Lo político
¿El intelectual
debe estar subordinado a lo político?
El intelectual no
debe dejar de ser político, sin que tenga que dedicarse,
primordialmente, a lo político; porque eso depende
también de las facultades personales. Es como debe verse
el fenómeno. Ningún intelectual debe dejar de ser
político, en el mejor sentido de la palabra.
Tampoco debemos
decir: todo intelectual debe ser político, eso depende
de las condiciones personales del individuo. No tratar
de ser grandes oradores ni grandes propagandistas y
acabar con la literatura. Eso sería absurdo.
El intelectual que
entienda que tiene sensibilidad para lo político debe
asumirlo. Ninguno debe dejar de serlo en el sentido de
interpretar la realidad en que vive, y no al punto de
ser un profesional de la política; eso es distinto. Eso
deben serlo los que tengan capacidad para ello, pero no
otra gente. Es así, más o menos, corno hay que ver el
problema.
Acierto
¿Cuál considera
que es su mayor acierto?
Abrazar el marxismo.
Mi mujer, con su perspicacia, me decía siempre: "Ha sido
un acierto, porque es una orientación." Una orientación
real y firme que norma ya toda una vida, marca una pauta
y hace mucho más efectiva cualquier acción. Estoy muy
satisfecho de que eso haya ocurrido, es decir, haber
decidido mi destino a tiempo.
Ahora ya, cuando mis
últimos años -que tienen que ser-, he tenido honores
excepcionales, hay que decirlo. En el orden político, al
ser designado para cargos de gran importancia: miembro
del Comité Central, del Consejo de Estado, diputado a la
Asamblea Nacional.
Lo que está rigiendo
es lo que decíamos: a tiempo uno tomó el camino, y es
como una especie de culminación de una larga vida. No
hay que verlo de otra manera.
La muerte
¿EL revolucionario
debe tenerle miedo a la muerte?
No debe temer a la
muerte. El verdadero revolucionario no debe temerle
porque, si es verdadero, debe entender que la vida es un
fenómeno con un límite determinado, que dura un tiempo y
desaparece en vista del empobrecimiento de fuerzas
vitales. Por lo tanto, es una cosa tan obligada que no
debe temerle a la muerte en ningún sentido, no debe
temer que la muerte se produzca.
Me parece que no hay
razón para esto, no hay razón. Jamás un revolucionario
le teme a la muerte, aunque quizá en algunos momentos se
emocione ante tal o cual peligro. Eso es una cosa muy
humana, pero muy distinta.
Pero miedo a la muerte no, porque hay que entenderla
como un fenómeno natural, el fin de un proceso vital,
obligado. Así es como hay que ver la muerte.
La posteridad
Cuando las futuras
generaciones hablen de Juan Marinello, ¿qué le gustaría
qué dijeran?
Bueno, cuando se
hable de mí me gustaría que dijeran, sencilla y
simplemente, que traté de cumplir, con toda modestia y
lealtad, mi deber revolucionario. Eso es lo único que me
importaría. Es la verdad.
Todo lo otro es más o menos discutible, depende de tales
o cuales criterios. Pero, realmente, lo que tiene que
satisfacer a un revolucionario es haber cumplido su
destino en bien de las ideas que profesa.
Fragmento tomado del libro Memoria
Inédita. Conversaciones con Juan Marinello, de Luis
Báez. |