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Dos conflictos
centrales conmovieron a toda hora la vida de José Martí.
Los dos producidos por la rara circunstancia de ser
nuestro gran hombre a la vez que genial, apostólico. Los
dos nacidos del choque de su condición excepcional con
el mundo vulgar -normal- a que dio sus tesoros. Poseedor
de luz cegadora, se vio forzado a nublarla para no
deslumbrar a los que debían transitar los caminos
abiertos por su mano. Fundido en un ministerio amoroso,
doliéndole en su espíritu la gran pena del mundo y el
dolor de cada hombre, le tocó desencadenar sobre su
patria infeliz la guerra y la muerte.
Estas vertientes de
tan violentos y dolorosos declives integran el lecho de
su ideario político y estético. La fuerza magna de
aquella mente halló su empleo y su grandeza en los
motivos y sugestiones, para ella infinitos, de estas
fundamentales contradicciones. Con la divina
inconsciencia del genio, pero con la clara conciencia
del apóstol, resolvió Martí el dilema en que se debatía
su anhelo vital: su maravilloso poder sintético le
franqueó el sendero. El dolor de causar un mal para
llegar al ideal de humana dignidad que lo obsesionó
(“cuando un mal es necesario, el mal se hace”, dijo) se
disolvió en aquel sentido primitivo, ingenuo, cósmico,
de la vida que arranca en él “del contento en sí”, de
aquella comunión mística y placentera con el universo
que le hace preferir “el blanco bullicio de su monte de
laurel” a la “máscara y vicio” del corredor de su hotel
civilizado:
Duermo en mi cama de
roca
Mi sueño dulce y
profundo:
Roza una abeja mi
boca
Y crece en mi cuerpo
el mundo.
Brillan las grandes molduras
Al fuego de la
mañana,
Que tiñe las
colgaduras
De rosa, violeta y
grana.
El clarín, solo en el
monte
Canta al primer
arrebol:
La gasa del horizonte
Prende, de un
aliento, el sol.
La muerte, siempre
presente o presentida en los versos martianos, sufre la
fecunda contradicción, resuelta en la concepción cósmica
y pagana:
Yo quiero salir del
mundo
Por la puerta
natural:
En un carro de hojas
verdes
A morir me han de
llevar.
No me pongan en lo
oscuro
A morir como un
traidor;
Yo soy bueno, y como
bueno
¡Moriré de cara al
sol!
Si la muerte y el
dolor debían de ser fatales heraldos del triunfo de su
anhelo, urgía ennoblecerlos, embellecerlos, apreciarlos
como accidentes naturales, aprender a sufridos y “a
esperarlos con una sonrisa”. Cuando ve Martí el fin
trágico de los hombres lanzados por su palabra sobre las
bayonetas españolas, cuando “con todo al Cinto” toma el
camino porque “para él ya era hora”, refugia su espanto
ante el mal inevitable en su concepto semidionisíaco del
sacrificio. “La libertad -lamenta- no debiera llevar
espada”, pero también dice: “El soldado es el único que
puede cometer crímenes sin deshonrarse”. Y después: “del
sufrimiento, como del halo de luz brota la fe en la
existencia venidera. La muerte es júbilo, reanudación,
tarea nueva. ¡Muerte! ¡Muerte generosa! ¡Muerte
amiga!...”
Y cuando “cuelga de
un árbol marchito su muceta de doctor” y culmina su
ejemplo entre las breñas de Baracoa, lo transe una
alegría desbordante, una iluminada eufrasia, una
arrobada alegría de las cosas que lo transfigura.
El hombre para quien, en su vida de conspirador, era
herida sin cicatriz la desaparición del más humilde de
sus compañeros, dice a sus fieles y ejemplares Gonzalo y
Benjamín desde la manigua, con pasmosa serenidad, de la
muerte que acecha en cada ceja de monte, de la sangre
fresca que ha salpicado su jolongo. “¿cómo
-exclama, sorprendido él mismo de la transformación-
cómo no me inspira horror la mancha de sangre que hay en
el camino, ni la sangre a medio secar de una cabeza que
ya está enterrada, en la cartera que le puso de almohada
un jinete nuestro?¨ Muere el bravo Crombet y se limita a
decir, sin un desfallecimiento: “Ya no hay Flor: cayó de
un balazo en el pecho”. Y al sentirse penetrado,
taladrado, del aliento de la tierra madre, de su tierra
mambisa, entre las palmas que fueron su recuerdo
punzante en tardes sombrías y las ceibas que “por ser
cubanas, tenían olor”, grita, presintiendo el final de
su “creciente y necesaria agonía: “Hasta hoy no me he
sentido hombre. He vivido avergonzado y arrastrando la
cadena de mi patria toda mi vida. La divina claridad del
alma aligera mi cuerpo; este reposo y bienestar explican
la constancia y el júbilo con que los hombres se ofrecen
al sacrificio.¨
¿Qué hace Martí
frente a la otra gran batalla sin vencedores ni vencidos
de su espíritu? ¿Qué hace el poeta de voz desmesurada,
de registros inapreciables para quien no fuese él mismo;
de segura resonancia sólo en los elegidos? Bien pudo
exclamar como el poeta de hoy: “l'art c'est moi”, porque
lo sabía en sus entrañas. ¿No dijo, escribiendo sobre
Don José de la Luz y Caballero: “Lo más del hombre, y lo
mejor, suele ser lo que en él sólo ven a derechas
quienes como él padezcan y anhelen; porque hoy, como en
Grecia, se necesita ser fuego para comprender el
fuego: -o los que oyen aterrados su paso en la
sombra”. “De él, de Don Pepe, -continúa- fue lo más la
idea profética e íntima, que no veía acomodo entre su
pueblo sofocado y crecedero... y consagró la vida
entera, escondiéndose de los mismos en que ponía su
corazón, a crear hombres rebeldes y cordiales que
sacaran a tiempo la patria interrumpida de la nación que
la ahoga y corrompe, y le bebe el alma y le clava los
vuelos”?
No sólo era sabedor
Martí de la imposibilidad -magna dificultad, al menos-
de comunicar “la idea profética e íntima” porque todo lo
que viene de lejos y de una lejanía desconocida llega
con son confuso e impreciso, sino que, con pasmosa
clarividencia señala el fin del poema anecdótico y
entrevé el carácter esencial del verso futuro.
”No se ha de decir lo raro -dice- sino el instante raro
de la emoción” Y ¿quién que “no sea fuego” puede vivir,
reproduciéndolo, lo raro del instante que el poeta capta
en su verso? ¿Qué es toda la poesía actual sino el
ensayo de expresión de esos instantes? Y si el instante
es raro, ¿cómo hay todavía quien pide expresión lógica y
plástica?
El sentido romántico
de la vida en Martí -tan certeramente penetrado por el
claro espíritu de Fernando de los Ríos- resuelve ahora
este segundo conflicto central. ¿Se sobrepone el apóstol
al genio? ¿Hubiera sido genial Martí sin vaciar su
fuerza inigualada en un empeño apostólico? Lo que en
último término maravilla en él no es su obra de
escritor, de orador, de poeta, sino la capacidad egregia
para adecuar esa obra a la obtención, a la realización
práctica, de un ideal que “los que no veían el subsuelo”
-que eran todos los cubanos- reputaban quimérico.
Por un momento parece
que vive en Martí el postulado gorgiano, la conciencia
de la imposible exteriorización del momento poético.
Pero coloca bien pronto frente al secreto impenetrable e
ilimitado del grande artista, el secreto también oculto,
también inmensurable de los pueblos. “Ellos leen lo que
no se escribe” -dicen- “Ellos oyen lo que no se habla. Y
si para él no tiene significado la vida que no se vierte
en la de los demás y había dicho que “el deber de un
hombre está allí donde es más útil”, el poeta queda
forzado, fatalmente, a proyectar su obra en bien del
mundo.
Fragmento de una conferencia pronunciada
en Caibarién y Cienfuegos en el aniversario del
nacimiento de José Martí. |