Año V
La Habana
4 al 10 de NOVIEMBRE
de 2006

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El poeta José Martí
Juan Marinello


Dos conflictos centrales conmovieron a toda hora la vida de José Martí. Los dos producidos por la rara circunstancia de ser nuestro gran hombre a la vez que genial, apostólico. Los dos nacidos del choque de su condición excepcional con el mundo vulgar -normal- a que dio sus tesoros. Poseedor de luz cegadora, se vio forzado a nublarla para no deslumbrar a los que debían transitar los caminos abiertos por su mano. Fundido en un ministerio amoroso, doliéndole en su espíritu la gran pena del mundo y el dolor de cada hombre, le tocó desencadenar sobre su patria infeliz la guerra y la muerte.

Estas vertientes de tan violentos y dolorosos declives integran el lecho de su ideario político y estético. La fuerza magna de aquella mente halló su empleo y su grandeza en los motivos y sugestiones, para ella infinitos, de estas fundamentales contradicciones. Con la divina inconsciencia del genio, pero con la clara conciencia del apóstol, resolvió Martí el dilema en que se debatía su anhelo vital: su maravilloso poder sintético le franqueó el sendero. El dolor de causar un mal para llegar al ideal de humana dignidad que lo obsesionó (“cuando un mal es necesario, el mal se hace”, dijo) se disolvió en aquel sentido primitivo, ingenuo, cósmico, de la vida que arranca en él “del contento en sí”, de aquella comunión mística y placentera con el universo que le hace preferir “el blanco bullicio de su monte de laurel” a la “máscara y vicio” del corredor de su hotel civilizado:

Duermo en mi cama de roca

Mi sueño dulce y profundo:

Roza una abeja mi boca

Y crece en mi cuerpo el mundo.


Brillan las grandes molduras

Al fuego de la mañana,

Que tiñe las colgaduras

De rosa, violeta y grana.
 

El clarín, solo en el monte

Canta al primer arrebol:

La gasa del horizonte

Prende, de un aliento, el sol.

 

La muerte, siempre presente o presentida en los versos martianos, sufre la fecunda contradicción, resuelta en la concepción cósmica y pagana:

Yo quiero salir del mundo

Por la puerta natural:

En un carro de hojas verdes

A morir me han de llevar.

 

No me pongan en lo oscuro

A morir como un traidor;

Yo soy bueno, y como bueno

¡Moriré de cara al sol!

Si la muerte y el dolor debían de ser fatales heraldos del triunfo de su anhelo, urgía ennoblecerlos, embellecerlos, apreciarlos como accidentes naturales, aprender a sufridos y “a esperarlos con una sonrisa”. Cuando ve Martí el fin trágico de los hombres lanzados por su palabra sobre las bayonetas españolas, cuando “con todo al Cinto” toma el camino porque “para él ya era hora”, refugia su espanto ante el mal inevitable en su concepto semidionisíaco del sacrificio. “La libertad -lamenta- no debiera llevar espada”, pero también dice: “El soldado es el único que puede cometer crímenes sin deshonrarse”. Y después: “del sufrimiento, como del halo de luz brota la fe en la existencia venidera. La muerte es júbilo, reanudación, tarea nueva. ¡Muerte! ¡Muerte generosa! ¡Muerte amiga!...”

Y cuando “cuelga de un árbol marchito su muceta de doctor” y culmina su ejemplo entre las breñas de Baracoa, lo transe una alegría desbordante, una iluminada eufrasia, una arrobada alegría de las cosas que lo transfigura. El hombre para quien, en su vida de conspirador, era herida sin cicatriz la desaparición del más humilde de sus compañeros, dice a sus fieles y ejemplares Gonzalo y Benjamín desde la manigua, con pasmosa serenidad, de la muerte que acecha en cada ceja de monte, de la sangre fresca que ha salpicado su jolongo. “¿cómo -exclama, sorprendido él mismo de la transformación- cómo no me inspira horror la mancha de sangre que hay en el camino, ni la sangre a medio secar de una cabeza que ya está enterrada, en la cartera que le puso de almohada un jinete nuestro?¨ Muere el bravo Crombet y se limita a decir, sin un desfallecimiento: “Ya no hay Flor: cayó de un balazo en el pecho”. Y al sentirse penetrado, taladrado, del aliento de la tierra madre, de su tierra mambisa, entre las palmas que fueron su recuerdo punzante en tardes sombrías y las ceibas que “por ser cubanas, tenían olor”, grita, presintiendo el final de su “creciente y necesaria agonía: “Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado y arrastrando la cadena de mi patria toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo; este reposo y bienestar explican la constancia y el júbilo con que los hombres se ofrecen al sacrificio.¨

¿Qué hace Martí frente a la otra gran batalla sin vencedores ni vencidos de su espíritu? ¿Qué hace el poeta de voz desmesurada, de registros inapreciables para quien no fuese él mismo; de segura resonancia sólo en los elegidos? Bien pudo exclamar como el poeta de hoy: “l'art c'est moi”, porque lo sabía en sus entrañas. ¿No dijo, escribiendo sobre Don José de la Luz y Caballero: “Lo más del hombre, y lo mejor, suele ser lo que en él sólo ven a derechas quienes como él padezcan y anhelen; porque hoy, como en Grecia, se necesita ser fuego para comprender el fuego: -o los que oyen aterrados su paso en la sombra”. “De él, de Don Pepe, -continúa- fue lo más la idea profética e íntima, que no veía acomodo entre su pueblo sofocado y crecedero... y consagró la vida entera, escondiéndose de los mismos en que ponía su corazón, a crear hombres rebeldes y cordiales que sacaran a tiempo la patria interrumpida de la nación que la ahoga y corrompe, y le bebe el alma y le clava los vuelos”?

No sólo era sabedor Martí de la imposibilidad -magna dificultad, al menos- de comunicar “la idea profética e íntima” porque todo lo que viene de lejos y de una lejanía desconocida llega con son confuso e impreciso, sino que, con pasmosa clarividencia señala el fin del poema anecdótico y entrevé el carácter esencial del verso futuro.
”No se ha de decir lo raro -dice- sino el instante raro de la emoción” Y ¿quién que “no sea fuego” puede vivir, reproduciéndolo, lo raro del instante que el poeta capta en su verso? ¿Qué es toda la poesía actual sino el ensayo de expresión de esos instantes? Y si el instante es raro, ¿cómo hay todavía quien pide expresión lógica y plástica?

El sentido romántico de la vida en Martí -tan certeramente penetrado por el claro espíritu de Fernando de los Ríos- resuelve ahora este segundo conflicto central. ¿Se sobrepone el apóstol al genio? ¿Hubiera sido genial Martí sin vaciar su fuerza inigualada en un empeño apostólico? Lo que en último término maravilla en él no es su obra de escritor, de orador, de poeta, sino la capacidad egregia para adecuar esa obra a la obtención, a la realización práctica, de un ideal que “los que no veían el subsuelo” -que eran todos los cubanos- reputaban quimérico.

Por un momento parece que vive en Martí el postulado gorgiano, la conciencia de la imposible exteriorización del momento poético. Pero coloca bien pronto frente al secreto impenetrable e ilimitado del grande artista, el secreto también oculto, también inmensurable de los pueblos. “Ellos leen lo que no se escribe” -dicen- “Ellos oyen lo que no se habla. Y si para él no tiene significado la vida que no se vierte en la de los demás y había dicho que “el deber de un hombre está allí donde es más útil”, el poeta queda forzado, fatalmente, a proyectar su obra en bien del mundo.

Fragmento de una conferencia pronunciada en Caibarién y Cienfuegos en el aniversario del nacimiento de José Martí.

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