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Más que
indagar sobre el concepto sociofilosófico de cultura y
su presencia en el discurso de Marinello, se impone, en
mi criterio, determinar la especificidad cualitativa de
su abordaje cosmovisivo en los marcos de la concepción
del hombre.
La intención no se
dirige a la búsqueda de una teoría sustentadora de
fundamentos raigales ―que existe, pero que requeriría de
una investigación más abarcadora de la obra de Marinello―,
sino más bien de las ideas rectoras que presiden la
conexión de la cultura con la concepción del hombre, es
decir, cómo esta última conforma una visión integradora
determinada de la cultura.
Esto
significa que el
camino seguido se dirige a nuevas esencias, a partir de
un discernimiento más profundo de la idea que encauza la
concepción general de Marinello en torno al problema.
Se trata de nuevas vías que no se circunscriben, tanto
a la letra, a lo empíricamente registrable, como al
espíritu ideatorio que anima su obra, siguiendo a Martí.
La universalidad de
la cultura y sus fundamentos cosmovisivos.
No es difícil
advertir en la obra de Marinello una concepción
integradora de la cultura, que le otorga estatus de
universalidad. Calidad esta no solo a la cultura
mundial, legitimada por la historia, sino también a la
cultura nacional, cuando arranca de sus raíces y se
inserta a lo general por derroteros propios y con ímpetu
de trascendencia, por los valores sociales y humanos que
le son inmanentes. En Marinello, además, no hay
identificación alguna de la cultura con la instrucción
―lo que no implica su ausencia total, a veces pasajera,
siguiendo la tradición―, o como algo exclusivo de un
hombre determinado.
La concepción de la
cultura se desprende de su intelección del hombre como
posibilidad latente de excelencia y creación, y como ser
social que proyecta y realiza su ser esencial mediante
la práctica. Visión totalizadora que impregna con fuerza
inusitada la resonancia de las influencias martiana y
marxista.
Sobre estos pivotes
se eleva la concepción marinelliana de la cultura; ante
todo, como producción humana, como proceso y resultado
de la actividad del hombre, condicionada en su génesis y
desarrollo por sus necesidades, intereses y fines, que
el hombre despliega y concreta en relación con el mundo
y la sociedad misma en que se inserta como sujeto.
La concepción de la
universalidad de la cultura, en tanto producción humana,
expresión de su ser esencial y medida de su desarrollo,
está en Marinello como idea rectora, porque concibe al
hombre como sujeto, sociohistóricamente determinado y
portador de la práctica social. El hombre como resultado
de la cultura, y al mismo tiempo haciendo historia
y cultura. Cultura que encarna la misma historia ―como
su ser esencial― y va trasuntando en su devenir la
huella humana en su producción material y espiritual.
Producción que en su carácter procesual y como resultado
―en la concepción de Marinello― solo se integra a la
cultura humana, cuando da cuenta y razón de la realidad
en que se desenvuelve el hombre, “(...) pues solo cuando
el oficio se ejerce en una contemporaneidad
consustancial ―en la que aparece siempre la señal del
futuro― se alcanza la creación de ejemplar permanencia”.
Permanencia que en sí misma encama la cultura en su
universalidad, porque encarna la propia actividad humana
en sus múltiples dimensiones, hasta convertirse en
acervo de la nación y calidad definidora de humanidad
con vigencia y cauces de realización hacia el porvenir.
Por tanto, “(...) carece de poder fecundante lo que se
teje con hilos de sombra, lo que se construye a
contrapelo de la realidad circundante, que es aquella en
que se anuncian los grandes cambios inminentes. Lo que
soslaya tal realidad ―expresa enfáticamente Marinello―
queda herido en la entraña y desnutrido de vigencia”
En fin, no configura, no se realiza como corpus
crítico de la nación, que en sí mismo constituye un
atributo cualificador que define la verdadera cultura.
Permanencia,
autoconciencia crítica dirigida al futuro, imbricación a
las raíces, a las entrañas de la realidad, signan
universalidad y vigencia social a la cultura. Por eso
“perdura y queda el Quijote ―enfatiza Marinello― porque
bajo el ropaje insuperado se siente latir la sangre
insatisfecha, queriendo salirse de su tiempo”.
La concepción de la
cultura, como totalidad y en tanto universalidad, no es
posible deducirse al margen de una visión profunda del
hombre, como sujeto social complejo. Por este camino ―un
enfoque sociocultural y complejo― Marinello desarrolla
un discurso de alto vuelo teórico y con imaginación
creadora. Su vasta cultura universal, y el conocimiento
profundo de la tradición cubana, incluyendo la realidad
de su tiempo histórico y la aprehensión original del
pensamiento martiano y el marxismo, lo pertrechan de las
claves teórico-metodológicas y prácticas adecuadas. Su
entendimiento del hombre no solo como ser social, sino
además, de lo que determina y define su calidad social,
resulta imprescindible para la comprensión de la cultura
como totalidad compleja y concreta que fija la actividad
humana en su dinamicidad estructural, en tiempo, espacio
y otras mediaciones que implica la sociedad, como
organismo natural, y al mismo tiempo, como interacción
práctica entre los hombres, en una etapa determinada del
proceso humano (formación social).
Estas premisas
cosmovisivas imprimen concreción a su teoría de la
cultura. Le permiten discernir especificidades propias,
derivadas de las bases heterogéneas que determinan las
sociedades clasistas. Con ello, el intelectual cubano
sabe apreciar los valores universales que le son
inherentes a la cultura y las alteraciones propias que
le impregnan las relaciones de clases, incluyendo las
manipulaciones ideológicas de que es objeto, ya que en
el capitalismo se encuentra “(…) la contradicción
omnipresente entre la ideología que defienden los grupos
usufructuarios del orden establecido y la que impulsa
una transformación que mira hacia un orden más justo”.
Este modo de abordar
el problema, más que soslayar la universalidad de la
cultura, la presupone ―si nos atenemos al concepto
marinelliano―, pues la cultura verdadera implica
producción humana, por y para el hombre, en tanto
expresa su esencialidad existencial, en dirección al
futuro, o al menos aquello que en tanto está permeado de
humanidad, no es pasajero, permanece, se integra al
cuerpo de la cultura y es fuente inagotable de creación
social; lo que no significa, en modo alguno, la negación
nihilista de aquellos valores que crean los hombres que
no integran los grupos y clases de las grandes masas, y
que, consciente o inconscientemente, su obra se integra
a la cultura popular, al patrimonio de la nación, cuando
tiene espíritu ennoblecedor y sigue la línea del
progreso.
Marinello comparte ―o
al menos se deduce claramente de su discurso― el
criterio de la heterogeneidad estructural de la cultura
en las condiciones del capitalismo y la necesidad de
asimilar “(…) la creencia de que el desarrollo cultural
limpio de presiones ilegítimas y nacido de las generosas
tradiciones nacionales, es el sendero más firme para
hacer del saber y la invención una gran empresa
universal. Esta verdad ―enfatiza Marinello, destacando
el valor de la cultura socialista y su desarrollo y
defensa― nos fuerza a luchar sin descanso contra toda
sumisión deformadora y, en término primero, contra el
imperialismo, enemigo mayor de la verdadera cultura”.
En su trabajo
“Socialismo y cultura”, Marinello exalta al socialismo,
como condicionante “... de la verdadera cultura, de la
cultura humana, humanista y libertadora”,
sin con esto negar estatus tal a lo que se produce
fuera del socialismo con fines esencialmente humanos y a
la tradición nuestra que encauzó dicha línea humanista.
Consecuencia y medida de esta intelección es la
ubicación del Maestro como su antecedente directo. “Y no
hay pequeña vanidad nacional ―escribe Marinello― en
proclamar que fue Martí ejemplo anticipado de esta nueva
medida de la tarea creadora. Haciendo de la palabra y de
la acción un solo servicio fraternal, dejó, para su
tiempo y para el nuestro, estas dos verdades
primordiales: que la virtud expresiva no es cosa
distante, sino porción del sentido de la sociedad y del
hombre y que, en la medida en que se es fiel a las
grandes causas del tiempo en que vivimos, se superan y
culminan las calidades de la tarea intelectual.”
Una concepción
cultural ―reiteramos, de la cultura― de esta naturaleza,
la anima un ímpetu de apertura, de creación humana y
revolución. No hay oficialismo dogmático ni razones
excluyentes, pero sí ideas, conceptos y principios
comprometidos con la ciencia del hombre, en un mundo
internamente contradictorio que exige hacer del oficio y
la misión una unidad indisoluble perenne de dación
humana y social. Dación humana y social que resulta
vacua y abstracta si da la espalda a la “tragedia del
hombre” y no se determina en posiciones políticas que
vehiculen la creación de las condiciones necesarias de
realización humana en el camino de su liberación, “del
libre vuelo de las fuerzas, por tanto, tiempo
comprimidas, que hacen de cada ser humano una ocasión de
grandeza inmedible.”
En esta misma lógica
de dilucidación de la cultura en su calidad de
universalidad concreta, la riqueza conceptual
marinelliana se expresa también en el hecho de no copiar
caminos trillados y no hacer coro a las posiciones sociocentristas
―que enraizaron en algunos marxistas― en detrimento de
la individualidad creadora del hombre. Marinello no hace
de lo social una entelequia suprahistórica, en torno a
la cual lo individual devenga su siervo incondicional
hasta esclavizarlo y matar lo vivo que late en cada
hombre.
No se trata del
reconocimiento de la susodicha “independencia relativa”
en los discursos y en las palabras, que no desechamos de
entrada, pero que en algunos textos, más que calidad
humana, a veces es una consigna vacía, un dogma, y no
la verdadera asunción de la subjetividad humana, en
todas sus raíces y en sus posibilidades latentes de
excelencia y creación, como la definió Martí. Es decir,
hacer del hombre sujeto real, “cuyas excelencias no
puede medir la imaginación más exaltada”.
La determinación
social ―ciertamente inmanente a la naturaleza humana y
ley histórica condicionante― no existe hipostasiada del
quehacer humano. Precisamente, lo que hace social al
hombre es su actividad transformadora. Lo social existe
en y por el hombre, lo mismo que lo individual es, en
tanto tal, y se despliega y realiza como ser
socializado, inmerso en la sociedad, de la cual es su
producto y resultado.
El reconocimiento de
la libertad individual creadora en la cultura y su
sujeción a leyes es indiscernible, al margen de la
comprensión de lo que hace social al hombre. Cuando se
comprende este problema ―y Marinello es consecuente con
ello― resulta fácil intelegir lo social no como una
estructura asfixiante que ahoga la creación individual,
sino como un proceso dinámico, dialéctico, engendrado
por la actividad humana. Con ello se comprende
cabalmente la historia social humana y la cultura como
historia de su desarrollo individual, y así se evitan
reduccionismos y simplificaciones en el abordaje de los
dos polos que conforman la unidad.
Una concepción de la
cultura ―aunque no sistematizada en una obra especial,
como es el caso de Marinello― dimanante de su
cosmovisión del hombre como agente histórico-cultural,
resulta reveladora para desentrañar múltiples problemas
de carácter sociofilosófico de la subjetividad humana y
su inserción cultural.
Marinello no culmina
su estudio, por supuesto, en la fijación de los
presupuestos de partida, sino que de su discurso se
deriva inferencias que en su desarrollo dan respuestas a
problemas concretos con una óptica alumbradora, que
establece diferencias específicas. Como en Martí, su
discurso no solo fija la presencia total del hombre en
el discurrir histórico y como protagonista de la cultura
que concreta y trasunta su actividad. Accede al hombre
mismo, a la subjetividad humana, hasta determinar sus
componentes estructurales y los modos de dirigirlos
hacia la creación social humana. Indaga con fina
sensibilidad en los momentos gnoseológicos, axiológicos,
praxiológicos y comunicativos; aspectos que en su
concepción del hombre y la cultura, si bien no se
someten por separado a un análisis específico, aparecen
como totalidad orgánica del quehacer humano. Tiene
primacía, dado su oficio, misión y estilo, la arista
axiológica del hombre, lo que no implica, por supuesto,
la subestimación de los momentos restantes; pero los
valores, dimensionados en términos de ideales humanos,
ya sean de naturaleza ética, estética, política,
económica, jurídica, etc., emergen en todo el discurso.
Los valores de
carácter ético, político y estético marcan pauta por su
presencia y fuerza conceptual e imaginativa, y sirven de
mediación esencial al ideal de racionalidad humana que
nuclea su concepción del hombre y la cultura. La
eticidad, entendida como axiología de la acción,
constituye, además de un impulso creador en dirección a
la cultura como obra del pueblo, un desvelo perenne
henchido de proyección y con miraje profundo hacia el
deber-ser.
La política, pensada
como determinación cultural, y con ello, cimentada en
sustratos ético-morales, constituye su medio idóneo para
realizar el ideal de redención social que su programa
proyecta en defensa del hombre y la identidad nacional.
En fin, se trata de
un nuevo pensar, que afincado en la tradición cubana, en
un proceso de continuidad y ruptura, se constituye en
autoconciencia crítica del hombre y la cultura un
corpus crítico, que presidido por ideas rectoras,
nacidas de una concepción profunda del hombre y su
actividad, piensa la cultura como universalidad concreta
que no solo expresa la esencialidad del hombre, sino
además se integra como parámetro cualificador de su
desarrollo, progreso y superación humana.
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