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El paso de los
días, y muy singularmente el de sus aniversarios, va
ofreciéndonos la exacta estatura de José Martí. Y su
real y trascendente grandeza va quedando fijada en
metales estrictos y en relieve definitivo. No ha sido
cosa fácil este decantamiento heroico, este complejo
alumbramiento de sus esencias eminentes. Pero de la
desnudez de su pensamiento y de su acción le va naciendo
un tamaño egregio, una magnitud más firme y levantada
que la de los otros héroes americanos que a la primera
vista parecen como gigantescos e inalcanzables.
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José Martí, artista y
político, nace a la razón activa, a la responsabilidad
de hombre, en días de pugnas y contradicciones
hondísimas. Más de una vez alude él, a su modo simbólico
y jadeante, a los “tiempos de cambio y de remolde” en
que se debate y agota. Hijo y obrero del liberalismo
democrático, penetra con miraje sagaz la presencia
determinante del factor económico; romántico de entraña
y estilo, lo conmueve y angustia la necesidad de
ordenamiento, de medida, de objetividad esclarecedora en
que ha de fundarse su acción política. Escritor de
sensibilidad errante y conmovida, pluma hecha para el
atisbo adivinador y la alusión lírica, ha de poner al
paso su alas ambiciosas, ha de intentar -no siempre lo
logra-, un idioma que mueva por su fuerza sin estorbar
por su imparidad, un modo distinto y superior que
imponga su majestad, pero no aísla por su prestancia.
La obra escrita por
Martí es una selva tan poblada y multiforme como su
actividad de dirigente revolucionario. No hay tema que
no le interese e inquiete. Periodista siempre -no
importa que escriba un drama o un ensayo, una
disertación o un poema-, le domina el impulso generoso
de ofrecer a los demás lo conocido, sabido y sentido. El
conflicto entre el informador y el conductor lo envuelve
con frecuencia y casi siempre sale triunfador del
conflicto. Su vida -una vida de tormentas y tormentos de
todo orden-, está en sus escritos. Hombre alguno de su
calidad ha dejado una autobiografía tan honda y
trascendente en su obra, porque ninguno de su estirpe se
sacó de adentro el hilo de sangre de la escritura. Por
ello las violetas y las ortigas, los maniguazos
desmelenados y las palmas empinadas, estrictas y
rumorosas, se disputan el espacio estremecido de su
selva. Pero, de su emoción y de su desvelo, de su
sabiduría y de su angustia, de su tanteo y de su
adivinación, se integra una de las sumas literarias más
asombrosas, ricas, sonoras y singulares del habla
castellana. Lo viejo y lo nuevo, lo contemporáneo y lo
futuro pelean sin descanso a lo largo de aquella vida
hecha letra sincera y desollada.
Ahora Ezequiel
Martínez Estrada ha dicho que José Martí “es la figura
más grande de lberoamérica como escritor”. Creo que esta
afirmación es incontestable y para entenderlo y
admitirlo lo mejor es meterse una vez más, sin
apasionamiento ni recelo, por entre la selva martiense.
La fuerza de entraña que trae el altibajo, entrega lo
inusual; la sinceridad absoluta ofrece el estilo y hasta
la intimidad estructural del estilo. El larguísimo
camino sembrado de desfallecimientos viriles y de
ambiciones de limpieza, regala el corazón de hombre,
fuente del escritor.
Cosa parecida ocurre
con el Martí conductor revolucionario. Gentes comidas
por el doctrinarismo libresco, sin fuerza ni
generosidad, sin calidad para la síntesis y la
estimación histórica, pueden encontrar en el gran
patriota insuficiencias y contradicciones; pueden
hallársele, como en su selva letrada, el tono
grandilocuente de su tiempo, la alusión exaltada, el
cruce de sus entusiasmos liberales con el encontronazo
de las nuevas verdades económicas, el entusiasmo lírico
sobre la información esclarecedora, la pompa elocuente
sobre el programa escueto. Nada de eso opacará ni
rebajará su insuperable rol de libertador; nada de eso
podrá herir su condición de conductor inigualable y de
líder insuperable.
La tarea de los
conductores políticos ha de juzgarse, esencialmente, por
sus resultados. Y lo cierto, lo innegable, es que la
tarea histórica de la generación de José Martí estaba en
completar, con la independencia de Cuba, la
independencia americana. Muchos cubanos capaces y
magnánimos se esforzaron, antes que Martí, por unir a
sus compatriotas en el empuje para echar de Cuba el
poderío ilegítimo de la Corona española. Todos
encontraron obstáculos insuperables. Sólo José Martí,
por sus condiciones impares, por su honestidad, por sus
talentos varios y brillantes, por su palabra de fuego y
luz, por su dinamismo pasmoso, por su raro sentido de la
autoridad amorosa -virtud eminentísima para pueblos como
el nuestro-, tuvo las potencias necesarias para la gran
obra de conjunción eficaz, de ímpetu y coordinación que
exigía la guerra libertadora.
Si no logramos la
libertad plena con el esfuerzo de José Martí, la
libertad que él evoca y ansía, no fue por que le
faltaran calidades insignes sino porque contra esas
calidades se levantó el enemigo poderoso, lo mismo
contra nosotros que contra los pueblos hermanos de
América, hijos de la misma organización y víctimas de
idénticas agresiones imperialistas.
Martí centra y resume
el impulso mayor de la sociedad cubana de su día; lo
culmina y rige con calidad tan oportuna que orienta y
desata las energías máximas de su pueblo y trae con su
esfuerzo la República. Si la República no es la que
quiso y soñó, no es culpa suya, sino nuestra. Y si
nuevas realidades y perspectivas nos sitúan frente a
nuevos trabajos, la ejemplaridad martiana es más
ordenadora e imperativa que nunca. Si su generación, por
su sabiduría política y su gestión certera, cumplió su
gran tarea, libertar a Cuba de las cadenas coloniales de
la España feudal; la nuestra, a su ejemplo, ha de
enfrentar y ganar la tarea de nuestro tiempo: hacer
libre a Cuba de una supeditación al imperialismo
estadounidense que la ofende, la retrasa, la deforma y
la desangra.
En cada aniversario
sale más claro que tenemos en José Martí una gigantesca
figura, fiadora ante el mundo de nuestra capacidad, de
nuestra honestidad, de nuestra energía para el bien.
Desde lejos nos viene, al paso del tiempo, el
reconocimiento de su grandeza como revolucionario, como
artista, como humanidad culminante. Que nuestra devoción
vigilante y nuestra filial comprensión trabajen para que
desde todos los ángulos del mundo se le vea su tamaño
verdadero, su calidad previsora y su ansia incumplida.
Publicado en el
magazine del periódico Hoy, en La Habana, el
domingo 25 de enero de 1948. |