Año V
La Habana

4 al 10 de NOVIEMBRE
de 2006

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Para el entendimiento de José Martí
Juan Marinello


El paso de los días, y muy singularmente el de sus aniversarios, va ofreciéndonos la exacta estatura de José Martí. Y su real y trascendente grandeza va quedando fijada en metales estrictos y en relieve definitivo. No ha sido cosa fácil este decantamiento heroico, este complejo alumbramiento de sus esencias eminentes. Pero de la desnudez de su pensamiento y de su acción le va naciendo un tamaño egregio, una magnitud más firme y levantada que la de los otros héroes americanos que a la primera vista parecen como gigantescos e inalcanzables.


José Martí, artista y político, nace a la razón activa, a la responsabilidad de hombre, en días de pugnas y contradicciones hondísimas. Más de una vez alude él, a su modo simbólico y jadeante, a los “tiempos de cambio y de remolde” en que se debate y agota. Hijo y obrero del liberalismo democrático, penetra con miraje sagaz la presencia determinante del factor económico; romántico de entraña y estilo, lo conmueve y angustia la necesidad de ordenamiento, de medida, de objetividad esclarecedora en que ha de fundarse su acción política. Escritor de sensibilidad errante y conmovida, pluma hecha para el atisbo adivinador y la alusión lírica, ha de poner al paso su alas ambiciosas, ha de intentar -no siempre lo logra-, un idioma que mueva por su fuerza sin estorbar por su imparidad, un modo distinto y superior que imponga su majestad, pero no aísla por su prestancia.

La obra escrita por Martí es una selva tan poblada y multiforme como su actividad de dirigente revolucionario. No hay tema que no le interese e inquiete. Periodista siempre -no importa que escriba un drama o un ensayo, una disertación o un poema-, le domina el impulso generoso de ofrecer a los demás lo conocido, sabido y sentido. El conflicto entre el informador y el conductor lo envuelve con frecuencia y casi siempre sale triunfador del conflicto. Su vida -una vida de tormentas y tormentos de todo orden-, está en sus escritos. Hombre alguno de su calidad ha dejado una autobiografía tan honda y trascendente en su obra, porque ninguno de su estirpe se sacó de adentro el hilo de sangre de la escritura. Por ello las violetas y las ortigas, los maniguazos desmelenados y las palmas empinadas, estrictas y rumorosas, se disputan el espacio estremecido de su selva. Pero, de su emoción y de su desvelo, de su sabiduría y de su angustia, de su tanteo y de su adivinación, se integra una de las sumas literarias más asombrosas, ricas, sonoras y singulares del habla castellana. Lo viejo y lo nuevo, lo contemporáneo y lo futuro pelean sin descanso a lo largo de aquella vida hecha letra sincera y desollada.

Ahora Ezequiel Martínez Estrada ha dicho que José Martí “es la figura más grande de lberoamérica como escritor”. Creo que esta afirmación es incontestable y para entenderlo y admitirlo lo mejor es meterse una vez más, sin apasionamiento ni recelo, por entre la selva martiense. La fuerza de entraña que trae el altibajo, entrega lo inusual; la sinceridad absoluta ofrece el estilo y hasta la intimidad estructural del estilo. El larguísimo camino sembrado de desfallecimientos viriles y de ambiciones de limpieza, regala el corazón de hombre, fuente del escritor.

 

Cosa parecida ocurre con el Martí conductor revolucionario. Gentes comidas por el doctrinarismo libresco, sin fuerza ni generosidad, sin calidad para la síntesis y la estimación histórica, pueden encontrar en el gran patriota insuficiencias y contradicciones; pueden hallársele, como en su selva letrada, el tono grandilocuente de su tiempo, la alusión exaltada, el cruce de sus entusiasmos liberales con el encontronazo de las nuevas verdades económicas, el entusiasmo lírico sobre la información esclarecedora, la pompa elocuente sobre el programa escueto. Nada de eso opacará ni rebajará su insuperable rol de libertador; nada de eso podrá herir su condición de conductor inigualable y de líder insuperable.

 

La tarea de los conductores políticos ha de juzgarse, esencialmente, por sus resultados. Y lo cierto, lo innegable, es que la tarea histórica de la generación de José Martí estaba en completar, con la independencia de Cuba, la independencia americana. Muchos cubanos capaces y magnánimos se esforzaron, antes que Martí, por unir a sus compatriotas en el empuje para echar de Cuba el poderío ilegítimo de la Corona española. Todos encontraron obstáculos insuperables. Sólo José Martí, por sus condiciones impares, por su honestidad, por sus talentos varios y brillantes, por su palabra de fuego y luz, por su dinamismo pasmoso, por su raro sentido de la autoridad amorosa -virtud eminentísima para pueblos como el nuestro-, tuvo las potencias necesarias para la gran obra de conjunción eficaz, de ímpetu y coordinación que exigía la guerra libertadora.

Si no logramos la libertad plena con el esfuerzo de José Martí, la libertad que él evoca y ansía, no fue por que le faltaran calidades insignes sino porque contra esas calidades se levantó el enemigo poderoso, lo mismo contra nosotros que contra los pueblos hermanos de América, hijos de la misma organización y víctimas de idénticas agresiones imperialistas.

Martí centra y resume el impulso mayor de la sociedad cubana de su día; lo culmina y rige con calidad tan oportuna que orienta y desata las energías máximas de su pueblo y trae con su esfuerzo la República. Si la República no es la que quiso y soñó, no es culpa suya, sino nuestra. Y si nuevas realidades y perspectivas nos sitúan frente a nuevos trabajos, la ejemplaridad martiana es más ordenadora e imperativa que nunca. Si su generación, por su sabiduría política y su gestión certera, cumplió su gran tarea, libertar a Cuba de las cadenas coloniales de la España feudal; la nuestra, a su ejemplo, ha de enfrentar y ganar la tarea de nuestro tiempo: hacer libre a Cuba de una supeditación al imperialismo estadounidense que la ofende, la retrasa, la deforma y la desangra.

En cada aniversario sale más claro que tenemos en José Martí una gigantesca figura, fiadora ante el mundo de nuestra capacidad, de nuestra honestidad, de nuestra energía para el bien. Desde lejos nos viene, al paso del tiempo, el reconocimiento de su grandeza como revolucionario, como artista, como humanidad culminante. Que nuestra devoción vigilante y nuestra filial comprensión trabajen para que desde todos los ángulos del mundo se le vea su tamaño verdadero, su calidad previsora y su ansia incumplida.

 

Publicado en el magazine del periódico Hoy, en La Habana, el domingo 25 de enero de 1948.

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