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La pena de amor que no se cura sino con la presencia y
la figura.
Como nos dejara dicho San Juan de la Cruz, nos sirve
ahora para perpetuar la memoria, ya arraigada, de
Federico García Lorca entre nosotros. La presencia y la
figura. Y viene la pregunta; ¿Pero hacía falta aquí ese
rostro esculpido? ¿Por qué?
Por el amor. ¿Acaso no es solo el amor quien engendra
melodías, tal cual nos advirtiera José Martí? Federico
García Lorca dejó entre nosotros, aun antes de su
presencia y su figura, amor espléndido que como el rayo
del otro poeta español sacrificado por la barbarie
fascista, Miguel Hernández, no cesa.
El rostro recreado por el artista cubano de Sancti
Spíritus, Félix Madrigal, nos cuida desde el jardín. No
importa que no sea aquel donde Belisa y Don Perliplín
paseaban sus picardías, ni el de la novela homónima; es,
y eso sí importa, un jardín de poetas y de
coincidencias, concordancias y concurrencias. Federico
estuvo en La Habana, no en esta casa, pero sí en esta
familia. Dulce María, Enrique, Flor, Carlos Manuel.
Aquella casa, aquel jardín y este nombre; no es raro que
se llame Federico. Mercedes es la madre de los Loynaz.
Pues el poeta había nombrado por dos veces el nombre
amado de la autora que nos acoge. Mercedes, su color es
blanco y él meditaba: “Tu pensamiento es nieve
resbalada/ en la gloria sin fin de la blancura. /Tu
perfil es perenne quemadura, / tu corazón paloma
desatada.”
“Blanca princesa de nunca”
¡Qué curiosa reminiscencia conduciría a Obbatalá en el
sincretismo de la Isla!
Y aquí está y aquí estamos con él, sostenidos por la
compañía y la memoria de alguien de su tiempo insular,
Ángel Augier, y de los otros seres también angélicos que
lo acompañaron y sostuvieron en su estancia antillana,
junto a todos los Loynaz nombrados. Nicolás Guillén,
Lydia Cabrera, Juan Pérez de la Riva, Raúl Roa, Eugenio
Florit, Serafina Núñez, José Ángel Buesa, Mirta Aguirre,
Juan Marinello, Fernando Ortiz, Emilio Ballagas, Emilio
Roig de Leuschering, Matilde Muñoz, Regino Pedroso, José
Lezama Lima, Antonio Quevedo, tantos otros. Fina y Bella
García Marruz, Cintio Vitier lo recitaban desde
entonces.
Son ángeles diversos que Rafael Alberti adelantaría para
permanencia, disfrute y compromiso.
Pues nada impide que a los tres años de haber estado
aquí afirme rotundo: “La influencia de Estados Unidos en
el mundo se cifra en los rascacielos, en el jazz y en
los cock-tails. Eso es todo. Nada más que eso. Y en cock-tails,
allá en Cuba, en nuestra América, hacen cosas mucho
mejores que las yanquis. En Cuba, sí, donde precisamente
cree tener más potencialidad el espíritu norteamericano.”
Tigre y paloma, en la cintura caliente de esta tierra,
el poeta clarifica y oscurece su amor a voluntad no
siempre compartida; pero la memoria insiste en
perpetuarse y al venir a la isla, ya esta era su isla. Y
debía ir a Santiago. Porque siempre dijo que iría a
Santiago. A Santiago de Cuba. Pero con sus antecedentes
líricos, tradicionales, históricos si se quiere.
Recordemos, que recordar es volver a vivir... el tiempo
que se fue. Canta un viejo fado.
Después de Cuba, en 1935, Federico García Lorca y Pablo
Neruda solicitan juntos, en Buenos Aires, la creación de
la plaza de Rubén Darío, la estatua de Rubén Darío, el
parque de Rubén Darío...
Aquí, humilde y soberbio a la vez, está ahora, años
transcurridos no en vano, y quizá como un legado del
propio nicaragüense, el busto de Federico García Lorca.
En la misma barriada del Vedado donde muy cerca también
está desde hace poco la esfinge de Nicolás Guillén y
donde muy pronto deberían estar otros poetas. Pienso en
Eliseo Diego, José Zacarías Tallet, María Villar Buceta...
con otros paseantes de este barrio. En esa ruta
reiterada por Alejo Carpentier.
Ese es el tiempo. Sobre el mar pasó el águila. Y hoy se
disfruta el júbilo.
El 25 de julio de 1918 escribía el apenas veintiañero
Federico:
“Esta noche ha pasado Santiago/ Su camino de luz en el
cielo. /Lo comentan los niños jugando/ Con el agua de un
cauce sereno.” “―Madre abuela. ¿Dónde está Santiago?”
“¡Niños chicos, pensad en Santiago/ por los turbios
caminos del sueño!”
Claro que aquí se trata de Santiago el apóstol, pero no
olvidemos de dónde surge nuestro nombre oriental que
asume un nítido apellido. Es Santiago de Cuba a donde
irá el poeta.
Y ya casi al final de su vida, después de la visita y el
arpa de troncos vivos, en el año que lo acerca un poco a
la desgracia de la muerte, de su asesinato, surge un
madrigal, esta vez a Santiago de Compostela, el primero
de sus Seis poemas gallegos.
“Chove en Santiago/ meu doce amor. /Camelia branca do ar
/brilla entebrecida ô sol.”
“Soma e cinza do teu mar/ Santiago, lonxe do sol; Agoa
da mañán anterga/ trema no meu corazón.”
Se ha trazado un arco, y no importa que queden atrás, o
a un lado entrañable, otros Santiagos. En Chile, en
Colombia, en República Dominicana... La palma, el
plátano, el ritmo de semillas secas lo convocaban. Y se
cumplió. “Cuando llegue la luna llena, /iré a Santiago.”

Entonces, cuando el poeta arriba a La Habana, tiene que
ir Santiago, en el misterio de ambas ciudades, si se
perdiera habría que buscarlo, con su son de negros en
Cuba. Que en estos momentos, acogidos por el rostro
recreado por el artista Félix Madrigal (en forma y
contenido, signo trazado anteriormente por Amelia Peláez
―junto a los textos poéticos de Luis Amado Blanco― y
encontrado luego por Juan David, Armando Maribona para
llegar a la trágica denuncia del crimen en Roberto
Fabelo), firme el trazo que asegura la presencia y la
figura escuchamos la palabra, el ritmo, el homenaje
lorquiano, en la voz y el gesto de un santiaguero nato,
mayor, poético: Luis Mariano Carbonell.
Gracias a todos. Respeto conmovedor a Federico García
Lorca.
La Habana, 31 de octubre de 2006
Palabras a propósito de la develación del torso,
esculpido en bronce, de Federico García Lorca en el
Centro Cultural Dulce María Loynaz |