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La Habana
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La crítica marxista y martiana de Marinello
Virgilio López Lemus La Habana


No tiene por qué ser el crítico un verdugo. En todo caso, el verdugo no es un crítico: él solo ejecuta, no ejerce el criterio. No tiene el crítico que ser solo cerebral o armar su apreciación de la obra ajena con instrumentos puros de bisturí científico, según ande la llamada ciencia de la literatura en su época. En todo caso, tiene el deber moral de afincar sus conocimientos en el ancho diapasón cognoscente o cognoscitivo de su tiempo, y con cerebro y corazón ejercer el criterio, descubrir para enjuiciar, ser impresionado para impresionar, siempre que impresionar quiera decir comunicar opinión y no atolondrar al receptor de la crítica con demasiada sapiencia que mal asimile la obra estudiada o con excesos de impresionismo subjetivista.  El crítico va de compañero de ruta del creador (creador él mismo), y hará una crítica de hondura y calidad, plena de orientación, que es una de sus funciones, según reiteró más de una vez el mismo Juan Marinello.

Y no quiero únicamente sostener mi exposición en los criterios que Marinello explicitó acerca de la crítica literaria. Entiendo que el mejor magisterio marinelliano está en su propio ejercicio del criterio, ya sea en una rápida nota periodística o en un ensayo de mayor o menor longitud, como su grueso volumen Martí, escritor americano. Precisamente es mi deseo comentar, en homenaje al gran hombre que hoy recordamos, el método propio en la critica personal que ejerció, así como sus dos fuentes, bases sólidas de su ideario estético.

Y este ideario, como todos sabemos, tiene raíces en el pensamiento de Marx, Engels y Lenin, y también en el del hombre de genio que fue nuestro José Martí. Juan Marinello unió ejemplarmente el método marxista de la crítica (juicio y orientación) al impar modo crítico de José Martí, que entre donaires y frases bellas, como solo su mano podía escribir en la lengua española de su tiempo, observaba, como disfrazándolos, lunares y peccatas, descensos cualitativos y elementos que poco aportan en el campo del arte de la palabra.

Juan Marinello fue autor de una critica literaria y artística en la que el juicio bien pensado se halla en la balanza de la ética; no se combate a los hombres, y ni siquiera exactamente se combaten las deficiencias estéticas de sus obras (al menos en el sentido de violencia implícito en el verbo combatir), pero participa, sí, en el enfrentamiento de ideas, señala descensos sin menoscabo de la dignidad del creador y equilibra la critica entre sutiles observaciones sobre logros más o menos evidentes, significación contextual de la obra asimilada, y valoración de altibajos o elogios cuando estos son necesarios. 

Yo diría que la critica de Marinello parte de lo positivo. O sea, Marinello busca en la obra que estudia sus buenas aristas, sus aportes, pero nunca rehuye decir, de manera no ofensiva, qué es arena y qué es oro. Por eso su valoración es orientadora, porque para él tanto la obra a que se enfrenta como su propia apreciación crítica, estaban al servicio del hombre y su causa, o sea, del mejoramiento humano de que hablaba Martí. En una entrevista que le hizo el narrador y poeta Omar González, Marinello expresó esta Idea con claridad: "el rol de la crítica se acrecienta en la mayor medida cuando interesa la apreciación de obras literarias, plásticas y musicales que aporten sus calidades a una transformación radical".

Es muy conocido su ensayo "Sobre nuestra crítica literaria", en el que pide a “la crítica actual" (y ese actual tiene prolongación temporal), que sea "explicación, orientación y creación". Fijémonos bien en estos tres conceptos, que poseen un fuerte fondo propio de la estética marxista: explicación, porque la buena crítica no debe rehuir cierto grado de descripción cuando es indispensable en la explicación, o sea, al representar mediante el lenguaje oral o escrito los detalles suficientes para tener idea cabal de su objetivo. Entiéndase bien que no se trata de escribir una crítica que solo re-traduzca la obra en cuestión, porque enseguida Marinello pide orientación, o sea, informar sobre el fenómeno artístico de manera tal que el lector pueda saber cómo proceder ante el enfrentamiento con la obra. Como se verá, orientar no es imponer criterio, sino solo ejercerlo. El ejercicio del criterio es elemental en la crítica orientadora, por cuanto es en ese momento de la crítica cuando se enjuicia con mayor profundidad aciertos y desaciertos, dentro de un marco referencial autónomo o inmanente, pero asimismo epocal, propio del aquí y del ahora en que la crítica se manifiesta.

Pide Marinello también creación en la crítica. El crítico necesita un lenguaje connotativo e instrumentos afianzados de manera sólida en la propia cultura personal y un bien asimilado andamiaje científico. Quiere Marinello que el crítico se arme con lo más avanzado de la ciencia y la literatura de su tiempo, pero que por medio de la creación, en el acto de ejercer el criterio, ese andamiaje no suplante la belleza de la obra crítica, de manera que el esqueleto quede en su lugar, y no por fuera.

Dice Marinel!o textualmente que "el más alto estadio del oficio crítico es el de la creación", pues poco hace quien mucha bibliografía mueva si en el momento de ejercer el criterio no es capaz de crear, y de crear con dignidad estética, pues también el ensayo crítico es parte de las bellas letras.

Un crítico "al nivel de la información de su tiempo" no tiene que pasar apuros exhibiendo esa información. Su función, para Marinillo, es lograr "... una crítica en que el señalamiento de lo objetable y de lo plausible se produzca con tal sentido de presente y de porvenir que cada día sea más el examen de lo creado una porción legítima del común impulso superador".

No debe existir una batalla entre cientificismo crítico y crítica creadora, sino diversidad en el mensaje, en la comunicación y su código. Pero fijémonos bien que existen diversos niveles en la crítica literaria y artística, y que ellos se dirigen a variados receptores. El emisor entonces no puede, o no debe, ponerse en función de culturólogo, si lo que desea hacer es crítica de una obra, de varias obras, de un movimiento o de toda una corriente literario-artística epocal. Otra cosa distinta es el trabajo de generalización cultural. La particularidad de la crítica no es ajena, como propone Marinello, al nivel teórico de su momento, pero debe cumplir sus funciones esenciales. Hay que saber delimitar los diversos campos, a veces de entrelazamientos imprescindibles, de las ideas estéticas y no mezclar sistemas apreciativos culturológicos en graves amasijos de datos y citas que más confundan que orienten.

Precisamente, Desiderio Navarro ha tratado en varias ocasiones de delimitar funciones dentro del campo de la crítica, de la historiografía y de la teoría literaria como esferas diversas en las que el nivel de teorización reviste también diversidades de matices y de elevaciones conceptuales. Digamos que la crítica a que nos referimos tiene funciones más pragmáticas. o digamos mejor más funcionales en el sentido que le da Marinello de "explicación, orientación y creación".

En estos tres términos, que merecen aún codas más hondas, se halla muy bien resumida la enseñanza de Ia crítica marxista y martiana de Juan Marinello. Él mostró siempre la "vigencia condicionada" de los idearios estéticos y forjó el suyo según "las condiciones epocales". Prefirió la crítica de sus contemporáneos, en sincronía con las obras que se discutían en su entorno, y dio el ejemplo de un crítico pleno de erudición que no hizo gala de los cimientos de su método crítico. Ese método es uno de sus legados mejores. Su eticidad parece decirnos que ejercemos el criterio para mejorar y hermanar y no para odiar y destruir.

Y para que no quede duda de su ejemplo, nos dejó dicho, tal vez previniendo que en este aserto se autoincluiría: "nuestro enjuiciador debe usar las armas de los maestros de ayer, pero enfocando su campo con una nueva luz". Como Marx y Martí, él no quiso remedo de métodos sino creatividad, sin dogmatismo, pero también sin anarquías.

Para Juan Marinello el ejercicio del criterio se resume en unas frases de estirpes martianas y marxistas: criticar es crear y es amar, pues, dice Martí: "El amor es quien ve".
 

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