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La Habana
2006

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De la vanidad a la fila
Amado del Pino La Habana


El día del lanzamiento (palabreja que en nuestro ámbito sustituye a veces a la más clásica presentación) de un título de uno, las librerías parecen pintadas de otro color, envueltas en una luz diferente. 

Los amigos o curiosos que esperan por la hora señalada sí suelen recorrer los estantes y hasta ir adquiriendo alguna  novedad. También he sido asistente a estos eventos sociales y he estado tentado a gastar el sobrio bolsillo en otros textos y dejar para después  el tomo que nos hizo salir de casa. Pero habrá que sacar mejor las cuentas, porque el autor espera con ansiedad y esta es la ocasión para que nos escriba algo amable al frente de sus páginas.

Cuando ya se dijeron las palabras —siempre elogiosas— y he firmado (frecuentemente  de pie, sin espejuelos y con mi horrible letra) los libros recién comprados, respiro, me digo que la “actividad” cumplió su sentido y hasta busco entre los anaqueles la creación ajena, un librito  de esos que nos iluminan  o acompañan. Hace poco en Camagüey encontré varias obras que —a precios módicos— pueden enriquecer la biblioteca. Algunos son de los muy atractivos y, antes de formar fila en el librero (librería le dicen en otros lugares para distinguirlo del señor que los vende), antes de mandarlos a dormir, los dejo cerca de la cama, para ir mirando. Se trata como de una actitud golosa, de esa ansiedad del comprador de frutas que devora una guayaba antes de guardarla en el frío.

Con todo, en el caso del teatro prefiero a los espectadores que a los lectores. Claro que la existencia de la publicación garantiza que pueda abrirse algún otro telón a partir de mis obsesiones o fantasmas. Lo que está claro es que al final de la función, el que aplaude y hasta el que se marcha rápido en busca de la novia o el aire fresco, entraron en contacto con la propuesta. Como es sabido, entre comprar un libro y leerlo media una distancia mayor. Otras veces he hablado de esa relación inefable. El ejemplar que tengo de esa clásica obra del siglo XX, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, dice en su sobria primera página que fue entregado a los espectadores de la función de estreno en Cuba, allá por 1964. Yo tenía cuatro años, no sabía leer y andaba por el Tamarindo de mis padres. Quizá muchos de los que aplaudieron la trémula historia en un momento de esplendor de nuestra escena, no volvieron a consultar la vida de Willy Lotman y su familia.  El tomito que iría a parar a mis manos rodó tal vez por librerías de uso o cambió varias veces de dueño.

Hace poco leía que Virgilio Piñera —uno de nuestros más grandes escritores y un hombre repleto de lecturas disímiles— poseía pocos libros, que prefería devolver los prestados y regalar los adquiridos. Vargas Llosa ha confesado que fue un gran lector —y hasta escritor juvenil— de bibliotecas públicas. No creo que ni la vida, ni el dinero, ni el espacio vital me alcancen ya para reunir una sólida biblioteca.  Pero me gusta, me inquieta, me estimula el acto de llevarse un libro a casa, escogerlo entre hileras similares. Cuando alguien generoso, como el prójimo  Benedetti, dona a la Universidad de Alicante varios miles de tomos, no está quitándole sentido a esa costumbre, sino bendiciéndola por otro costado. Es como si nos dijera que nos deja en  herencia no solo papel, verbos, ideas de diverso tipo; que también lega las cientos de veces que asistió al nacimiento de un poemario o novela, las incontables travesías entre un lomo entintado y otro, las variadas ilusiones que condujeron las letras del frío almacén a la tibia casa.

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