Año V
La Habana
2006

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Roberto G. Fernández


Cigarette, please

No smoking on board.

Nos hubieran puesto en la popa. Aquí no se puede estar. ¿A qué velocidad irá este escampavías? Ángela está temblando. Le dieron una camisa de marinero y una cobija, pero sigue temblando con este calor. La inscribieron con el número cincuenta y tres en lo que parece ser un registro de náufragos. Pedrisa Ramírez, number fifty three. Yo fui el que la bauticé con ese nombre: Pedrisa. Podríamos decir que volvió a nacer y que fui su padrino. Esos güeyes que están en cuclillas, formando un semicírculo contra la baranda del castillo de proa, son Ysmael, Lupillo y Lilián. También fui su padrino. Amilsis y Rasil fueron sus nuevas identidades. A Lilián le dejé el nombre. Sonaba ambiguo.

Me llamo Moisés Sahún, licenciado Moisés Sahún pero de tanto pedirles que me llamaran Yusmilis insisten en llamarme así. No sé si ahora lo hacen por costumbre o con mala intención, por despecho.

Todo había marchado a la perfección. La construcción había tomado trece días. Habría podido haber tomado menos, pero soy perfeccionista y la meta era la autenticidad. Tuve que poner disciplina desde un principio. Amilsis (Ysmael el hondureño) insistía en incluir a su amigo guatemalteco en la expedición. No acababa de entender por qué no podía incorporarse al grupo.

—Yusmilis, quisiera que vos permitieras la participación de Diosdado. Es un carpintero de primera y nos podría echar una mano. Fue el que te presenté el sábado pasado, el que tiene el ojo gacho. Casi se queda tuerto cuando le saltó un clavo y se le enterró en el lagrimal. Lo del ojo te lo digo por si vos no lo recordás, pero no lo afecta en su trabajo.

Le contesté que no nos hacía falta un carpintero, que mientras más rudimentaria, mejor. Le recalqué que no tenía cara de ser de allí, y que pondría la operación en peligro. Y le pedí una vez más que eliminara el dichoso “vos”.

—No más vos, asere— le dije y me asombré con mi facilidad de imitación.

Ángela  Pérez (Pedrisa Ramírez) no puso tantos peros. Tenía la madre enferma y seis hermanos que dependían de ella en Puerto Berrío. Se vestía mal, se pintaba poco. Nunca salía.  Guardaba cada centavo. Acató mis instrucciones al pie de la letra y confeccionó cuatro uniformes de boy scouts y uno de girl scouts. Tuvo un pequeño fallo que solo yo noté. El emblema del lobo parecía más bien el de un gato que había visto un lobo. Cuando yo tenía trece años había sido boy scout como parte del afán evangelizador de los mormones en Ometepec. Duré solo dos meses en la tropa. Cuando dejaron de darme los dos dólares para que asistiera a las reuniones, le dije good-bye al jefe de los lobatos.

A Lupillo (Rasil) le había encargado el corte de las cuatro palmas reales para utilizar los troncos en la armazón de la embarcación. Había insistido en ir a Home Depot, la ferretería de la esquina de su apartamento, para comprar el plywood que colocaría sobre los troncos formando la plataforma.

—Legitimidad, amigo. La clave del éxito es esa.

Parece que es la hora del relevo de los marineros. Intentaré otra vez con este pinche güero de los ojos saltones. Me muero por una bocanada.

Please, cigarette.

No smoking on board.

El único contratiempo, al principio, fue la redacción de la cartilla que compuse. Incluía detalles tales como el pueblo de donde provenía cada uno, la provincia, a qué se dedicaban, de dónde habían partido y otros pormenores. Casi toda la información provenía de la anciana de la esquina, Mirta Vergara. Pero cuando hice mis propias lecturas me di cuenta que Mirta vivía en un país ficticio: seis provincias, seis millones de habitantes, todos blancos y ricos, donde llovía maná del cielo y las arenas de las playas eran de polvo de diamante.

Comenzaba las lecciones de la cartilla con un repaso. Los improvisados estudiantes se ponían nerviosos. Y a pesar de que siempre preguntaba al azar, me acusaron de favorecer a Ángela  (Pedrisa).

—A ver, Pedrisa, ¿de dónde es usted? —sé que interpretaban mal mi insistente mirada.

—Soy de Encrucijada, compañero. Para ser exacta, nací en la casa de mi abuelo, Lutgardo, frente por frente al Arroyo de la Vieja. Trabajo en la agricultura. Pero también estoy capacitada para el trabajo pecuario. Fui organizadora de las fiestas de parrandas, que es el evento cultural más importante de mi tierra.

—Muy bien. Mañana Rasil nos repasará el núcleo familiar y los alimentos esenciales de la libreta de abastecimiento. Y recuerden que deben ir directo para la casa. Órale pues, no cortaditos en el San Lázaro.

¡Hay marejada! Y no nos pasan a la cubierta de popa ni nos dejan entrar a la cabina. Los peces voladores andan como desbocados. Debe ser el mal tiempo. El diseño de la balsa fue obra mía. La armazón hecha de cuatro troncos de palma real afianzados con curbatones de madera y reforzados con alambres de perchero. Para ayudar a la flotación cuatro llantas de camión, perdón de guagua, atadas a los troncos con soga gruesa. Seleccioné los troncos de palma por una cuestión de autenticidad. Aparece en un libro de la flora de ese país.

Parece que ahora los del semicírculo no me quieren dirigir la palabra. Pinche pendejos. La caída del héroe es una cosa muy jodida. Les repito que fue cuestión de mala suerte. Me desprecian ahora pero fui el que ingenió darles entrada permanente en la Tierra Prometida. Los conocí a todos en la chamba (en el Hotel Wanda, para ser exacto). Ysmael y Lupillo trabajaban en la cocina fregando platos. Ángela  se dedicaba a hacer las camas y Lilián limpiaba los baños. Yo estaba de jefe de los bus boys, esos que recogen los platos y ayudan a las camareras.

Al principio, cuando les empecé a hablar de mi idea de cambiar de identidad, no me hicieron mucho caso. Pero cuando Lilián, el haitiano, vino con la noticia de que habían hecho una redada de indocumentados en el Blue Lagoon de South Beach (el hotel de los holandeses), la cosa cambió.

—Apostaron agentes de la migra en todas las salidas del hotel. Mwen Dieu! Los trabajadores se escondían debajo de las camas, en los closets, detrás de las cortinas…y me dijeron que mwen Henriette se metió dentro de un refrigerador. Mwen pauvre petite. Los agarraron a todos y los metieron en un bus azul, y Mister Leushuis se lavó las manos.

Nuestra primera reunión fue en mi efficiency, digo en mi recámara. Luego de exponerles mi plan, lo primero que expresaron fue miedo, temor a los tiburones. Los calmé explicándoles mi teoría de que los escualos eran peces computarizados, programados para comerse un número específico de náufragos, suficiente, por cierto,  para aminorar el flujo, no para desalentarlo. Sólo tendríamos que calcular en qué nivel estaría la cuota.

Recuerdo exactamente mis palabras en nuestra última reunión, la noche antes de la partida.

—Lo importante aquí es que no se mojen los pies. La ley dice: “Pies cubanos secos, sí, pies cubanos mojados, no.” Así que ya saben: de la balsa a la tierra. Directo.

La balsa había quedado perfecta, una cosa rústica. Y cuando todo estuvo listo nos pasamos tres días al sol, hasta que la piel nos quedó curtida y ampollada como chicharrón de Tehuitzingo. Utilizamos la camioneta de Efraín para colocar la nave y nos vestimos con nuestros uniformes de boy scouts para así no levantar sospechas. El Boricua, Efraín el camarero del San Lázaro, nos condujo por toda la carretera US-1 hasta Cayo Maratón. Seleccionamos ese cayo para que el regreso, cuando nos apresaran,  fuera más corto. Una vez en Maratón, el Boricua alquiló, con la lana que le habíamos dado, una lancha de pesca para remolcar la balsa. La botamos al mar entonando canciones de scouts que yo había aprendido en Ometepec: “Con la mochila en la espalda y en la derecha un bordón, pirín, pirón. El scout sube y baja, baja y sube y sin más complicación, pirín, pirón”. Recuerdo que los que estaban en el muelle nos hicieron coro. Sin duda habían sido auténticos exploradores en su niñez. Remolcamos la balsa unas cinco millas al sureste. En el punto que señalé, desechamos los uniformes y se los dimos a ¡Ay Bendito! para que los quemara al regreso. Nos quedamos en shorts y sin camisa, excepto Ángela, que llevaba puesta una camiseta. El Boricua cortó la soga umbilical que aún nos unía y zarpó de vuelta, rumbo a la marina.

Ellos estaban asustados, y yo exaltado. La corriente nos impulsaba hacia la costa y empezamos a ensayar nuestro desembarco y los relatos de nuestra ardua travesía.

—Lilián, te toca a ti ahora —le dije, dándole una palmadita en el hombro izquierdo.

—Me llamo Lilián Miel. Soy de Alto Songo, del barrio de Jarahueca. Estudié en el Politécnico de los Reynaldo, pero no terminé porque padecía de enamoramientos. Allá dejé a mi esposa Yamila García y a mis hijos Lilimaris y Mackandal. Es que la calle estaba muy dura y quería mejorar, pa’ mandarles dinero y regresar más adelante, y cuando vi que estos compañeros se lanzaban pa’ la Yuma, me enrolé. Lo único que me interesa es echar pa’lante.

—¿Cómo les suena a ustedes? —pregunté—.  ¿Convence?

—Suena como mi vecino. Parece que salió ayer —apuntó Pedrisa, que mantenía los brazos cruzados sobre el pecho, para evitar que la camiseta mojada revelara sus tentadores pezones oscuros.

Estaríamos a una milla de nuestro porvenir e Ysmael hablaba de que en cuanto le dieran sus papeles, se mudaría a New Jersey y probaría su suerte en el boxeo.

—Más plata para mis cuatro cipotes en Santa Rosa de Copán —en sus ojos brillaba la esperanza.

Iba a hablar de mis propios planes cuando Lupillo, que se había mantenido hasta entonces fuera de la conversación, cabizbajo y con la vista fija en el mar, gritó.       

—¡Licendiado!

—¡No licendiado, coño! Yusmilis —respondí airado.

—Yusmilis. La balsa está más baja. Estamos casi a nivel del agua.

Efectivamente aquella chingada plataforma se estaba hundiendo. Los troncos de palma se habían enchumbado, y las llantas, digo las gomas, no lograban mantenernos a flote. Parece que en mi afán perfeccionista había escogido la madera menos indicada. El sueño americano se nos iba a pique, y a pesar de que la corriente nos favorecía, los troncos se hinchaban cada vez más. De nada valió que la tripulación usara frenéticamente los brazos como remos y Piedad sus bronceadas piernas como motor. Íbamos a flor de agua cuando divisamos un remolino de espuma que se dirigía hacia nosotros. En cuestión de minutos el remolino se materializó en un guardacostas que se aproximaba maniobrando para que la estela de sus motores no acabara de hundir nuestra embarcación.

Hey, Billy! Your first Cubans! You don’t see this off the coast of Oregon! —dijo sonriendo uno de los marinos al novato de Oregón.

—No Cubans! —les grité muy nervioso, ya en el agua, tratando de mantenerme a flote. —Boy Scouts from Haiti, Honduras, México and Colombia. Boy Scout Meeting, pirín, pirón.

Los dos gringos se miraron extrañados mientras nos ayudaban a subir al escampavías.

***

—¿Cuántos días en el mar? —preguntó con fuerte acento el interrogador.

Iba a contestar cuando Ángela, en su nerviosismo, comenzó a contar toda su odisea desde Encrucijada hasta los manglares de la Isabela, su trabajo en una granja de pollos, de donde la habían botado por robarse dos pollos destinado a una limpieza espiritual, en fin... Apenas se dibujó una sonrisa en los labios del interrogador.

—No se preocupen. Ahora los van a conducir al botiquín de primeros auxilios y allí les pondrán un ungüento para las quemaduras. En unas horas estarán de vuelta en su patria. Tienen los pies mojados, you see? I am sorry.

—¡Yo no! —afirmó Lupillo, exaltado.

Entonces se quitó las medias mojadas y mostró los pies cubiertos por dos bolsas de plástico sujetadas por unas ligas.
 


Roberto G. Fernández: Sagua la Grande, 1950. Narrador y profesor universitario cubanoamericano. Reside en Estados Unidos desde 1961. Ha publicado tanto en español como en inglés. Entre sus libros están: La vida es un special (1981), La montaña rusa (1985), Raining Backwards (1988), Holy Radishes (1995) y En la Ocho y la Doce (2001)

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