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—Cigarette,
please
—No
smoking on board.
Nos hubieran puesto
en la popa. Aquí no se puede estar. ¿A qué velocidad irá
este escampavías? Ángela está temblando. Le dieron una
camisa de marinero y una cobija, pero sigue temblando
con este calor. La inscribieron con el número cincuenta
y tres en lo que parece ser un registro de náufragos.
Pedrisa Ramírez, number fifty three. Yo fui el
que la bauticé con ese nombre: Pedrisa. Podríamos decir
que volvió a nacer y que fui su padrino. Esos güeyes que
están en cuclillas, formando un semicírculo contra la
baranda del castillo de proa, son Ysmael, Lupillo y
Lilián. También fui su padrino. Amilsis y Rasil fueron
sus nuevas identidades. A Lilián le dejé el nombre.
Sonaba ambiguo.
Me llamo Moisés
Sahún, licenciado Moisés Sahún pero de tanto pedirles
que me llamaran Yusmilis insisten en llamarme así. No sé
si ahora lo hacen por costumbre o con mala intención,
por despecho.
Todo había marchado a
la perfección. La construcción había tomado trece días.
Habría podido haber tomado menos, pero soy
perfeccionista y la meta era la autenticidad. Tuve que
poner disciplina desde un principio. Amilsis (Ysmael el
hondureño) insistía en incluir a su amigo guatemalteco
en la expedición. No acababa de entender por qué no
podía incorporarse al grupo.
—Yusmilis, quisiera
que vos permitieras la participación de Diosdado. Es un
carpintero de primera y nos podría echar una mano. Fue
el que te presenté el sábado pasado, el que tiene el ojo
gacho. Casi se queda tuerto cuando le saltó un clavo y
se le enterró en el lagrimal. Lo del ojo te lo digo por
si vos no lo recordás, pero no lo afecta en su trabajo.
Le contesté que no
nos hacía falta un carpintero, que mientras más
rudimentaria, mejor. Le recalqué que no tenía cara de
ser de allí, y que pondría la operación en peligro. Y le
pedí una vez más que eliminara el dichoso “vos”.
—No más vos, asere—
le dije y me asombré con mi facilidad de imitación.
Ángela Pérez (Pedrisa
Ramírez) no puso tantos peros. Tenía la madre enferma y
seis hermanos que dependían de ella en Puerto Berrío. Se
vestía mal, se pintaba poco. Nunca salía. Guardaba cada
centavo. Acató mis instrucciones al pie de la letra y
confeccionó cuatro uniformes de boy scouts y uno
de girl scouts. Tuvo un pequeño fallo que solo yo
noté. El emblema del lobo parecía más bien el de un gato
que había visto un lobo. Cuando yo tenía trece años
había sido boy scout como parte del afán
evangelizador de los mormones en Ometepec. Duré solo dos
meses en la tropa. Cuando dejaron de darme los dos
dólares para que asistiera a las reuniones, le dije
good-bye al jefe de los lobatos.
A Lupillo (Rasil) le
había encargado el corte de las cuatro palmas reales
para utilizar los troncos en la armazón de la
embarcación. Había insistido en ir a Home Depot,
la ferretería de la esquina de su apartamento, para
comprar el plywood que colocaría sobre los
troncos formando la plataforma.
—Legitimidad, amigo.
La clave del éxito es esa.
Parece que es la hora
del relevo de los marineros. Intentaré otra vez con este
pinche güero de los ojos saltones. Me muero por una
bocanada.
—Please,
cigarette.
—No
smoking on board.
El único
contratiempo, al principio, fue la redacción de la
cartilla que compuse. Incluía detalles tales como el
pueblo de donde provenía cada uno, la provincia, a qué
se dedicaban, de dónde habían partido y otros
pormenores. Casi toda la información provenía de la
anciana de la esquina, Mirta Vergara. Pero cuando hice
mis propias lecturas me di cuenta que Mirta vivía en un
país ficticio: seis provincias, seis millones de
habitantes, todos blancos y ricos, donde llovía maná del
cielo y las arenas de las playas eran de polvo de
diamante.
Comenzaba las
lecciones de la cartilla con un repaso. Los improvisados
estudiantes se ponían nerviosos. Y a pesar de que
siempre preguntaba al azar, me acusaron de favorecer a
Ángela (Pedrisa).
—A ver, Pedrisa, ¿de
dónde es usted? —sé que interpretaban mal mi insistente
mirada.
—Soy de Encrucijada,
compañero. Para ser exacta, nací en la casa de mi
abuelo, Lutgardo, frente por frente al Arroyo de la
Vieja. Trabajo en la agricultura. Pero también estoy
capacitada para el trabajo pecuario. Fui organizadora de
las fiestas de parrandas, que es el evento cultural más
importante de mi tierra.
—Muy bien. Mañana
Rasil nos repasará el núcleo familiar y los alimentos
esenciales de la libreta de abastecimiento. Y recuerden
que deben ir directo para la casa. Órale pues, no
cortaditos en el San Lázaro.
¡Hay marejada! Y no
nos pasan a la cubierta de popa ni nos dejan entrar a la
cabina. Los peces voladores andan como desbocados. Debe
ser el mal tiempo. El diseño de la balsa fue obra mía.
La armazón hecha de cuatro troncos de palma real
afianzados con curbatones de madera y reforzados con
alambres de perchero. Para ayudar a la flotación cuatro
llantas de camión, perdón de guagua, atadas a los
troncos con soga gruesa. Seleccioné los troncos de palma
por una cuestión de autenticidad. Aparece en un libro de
la flora de ese país.
Parece que ahora los
del semicírculo no me quieren dirigir la palabra. Pinche
pendejos. La caída del héroe es una cosa muy jodida. Les
repito que fue cuestión de mala suerte. Me desprecian
ahora pero fui el que ingenió darles entrada permanente
en la Tierra Prometida. Los conocí a todos en la chamba
(en el Hotel Wanda, para ser exacto). Ysmael y Lupillo
trabajaban en la cocina fregando platos. Ángela se
dedicaba a hacer las camas y Lilián limpiaba los baños.
Yo estaba de jefe de los bus boys, esos que
recogen los platos y ayudan a las camareras.
Al principio, cuando
les empecé a hablar de mi idea de cambiar de identidad,
no me hicieron mucho caso. Pero cuando Lilián, el
haitiano, vino con la noticia de que habían hecho una
redada de indocumentados en el Blue Lagoon de South
Beach (el hotel de los holandeses), la cosa cambió.
—Apostaron agentes de
la migra en todas las salidas del hotel. Mwen Dieu!
Los trabajadores se escondían debajo de las camas, en
los closets, detrás de las cortinas…y me dijeron que
mwen Henriette se metió dentro de un refrigerador.
Mwen pauvre petite. Los agarraron a todos y los
metieron en un bus azul, y Mister Leushuis se lavó las
manos.
Nuestra primera
reunión fue en mi efficiency, digo en mi
recámara. Luego de exponerles mi plan, lo primero que
expresaron fue miedo, temor a los tiburones. Los calmé
explicándoles mi teoría de que los escualos eran peces
computarizados, programados para comerse un número
específico de náufragos, suficiente, por cierto, para
aminorar el flujo, no para desalentarlo. Sólo tendríamos
que calcular en qué nivel estaría la cuota.
Recuerdo exactamente
mis palabras en nuestra última reunión, la noche antes
de la partida.
—Lo importante aquí
es que no se mojen los pies. La ley dice: “Pies cubanos
secos, sí, pies cubanos mojados, no.” Así que ya saben:
de la balsa a la tierra. Directo.
La balsa había
quedado perfecta, una cosa rústica. Y cuando todo estuvo
listo nos pasamos tres días al sol, hasta que la piel
nos quedó curtida y ampollada como chicharrón de
Tehuitzingo. Utilizamos la camioneta de Efraín para
colocar la nave y nos vestimos con nuestros uniformes de
boy scouts para así no levantar sospechas. El
Boricua, Efraín el camarero del San Lázaro, nos condujo
por toda la carretera US-1 hasta Cayo Maratón.
Seleccionamos ese cayo para que el regreso, cuando nos
apresaran, fuera más corto. Una vez en Maratón, el
Boricua alquiló, con la lana que le habíamos dado, una
lancha de pesca para remolcar la balsa. La botamos al
mar entonando canciones de scouts que yo había
aprendido en Ometepec: “Con la mochila en la espalda y
en la derecha un bordón, pirín, pirón. El scout sube y
baja, baja y sube y sin más complicación, pirín, pirón”.
Recuerdo que los que estaban en el muelle nos hicieron
coro. Sin duda habían sido auténticos exploradores en su
niñez. Remolcamos la balsa unas cinco millas al sureste.
En el punto que señalé, desechamos los uniformes y se
los dimos a ¡Ay Bendito! para que los quemara al
regreso. Nos quedamos en shorts y sin camisa,
excepto Ángela, que llevaba puesta una camiseta. El
Boricua cortó la soga umbilical que aún nos unía y zarpó
de vuelta, rumbo a la marina.
Ellos estaban
asustados, y yo exaltado. La corriente nos impulsaba
hacia la costa y empezamos a ensayar nuestro desembarco
y los relatos de nuestra ardua travesía.
—Lilián, te toca a ti
ahora —le dije, dándole una palmadita en el hombro
izquierdo.
—Me llamo Lilián
Miel. Soy de Alto Songo, del barrio de Jarahueca.
Estudié en el Politécnico de los Reynaldo, pero no
terminé porque padecía de enamoramientos. Allá dejé a mi
esposa Yamila García y a mis hijos Lilimaris y Mackandal.
Es que la calle estaba muy dura y quería mejorar, pa’
mandarles dinero y regresar más adelante, y cuando vi
que estos compañeros se lanzaban pa’ la Yuma, me enrolé.
Lo único que me interesa es echar pa’lante.
—¿Cómo les suena a
ustedes? —pregunté—. ¿Convence?
—Suena como mi
vecino. Parece que salió ayer —apuntó Pedrisa, que
mantenía los brazos cruzados sobre el pecho, para evitar
que la camiseta mojada revelara sus tentadores pezones
oscuros.
Estaríamos a una
milla de nuestro porvenir e Ysmael hablaba de que en
cuanto le dieran sus papeles, se mudaría a New Jersey y
probaría su suerte en el boxeo.
—Más plata para mis
cuatro cipotes en Santa Rosa de Copán —en sus ojos
brillaba la esperanza.
Iba a hablar de mis
propios planes cuando Lupillo, que se había mantenido
hasta entonces fuera de la conversación, cabizbajo y con
la vista fija en el mar, gritó.
—¡Licendiado!
—¡No licendiado,
coño! Yusmilis —respondí airado.
—Yusmilis. La balsa
está más baja. Estamos casi a nivel del agua.
Efectivamente aquella
chingada plataforma se estaba hundiendo. Los troncos de
palma se habían enchumbado, y las llantas, digo las
gomas, no lograban mantenernos a flote. Parece que en mi
afán perfeccionista había escogido la madera menos
indicada. El sueño americano se nos iba a pique, y a
pesar de que la corriente nos favorecía, los troncos se
hinchaban cada vez más. De nada valió que la tripulación
usara frenéticamente los brazos como remos y Piedad sus
bronceadas piernas como motor. Íbamos a flor de agua
cuando divisamos un remolino de espuma que se dirigía
hacia nosotros. En cuestión de minutos el remolino se
materializó en un guardacostas que se aproximaba
maniobrando para que la estela de sus motores no acabara
de hundir nuestra embarcación.
—Hey,
Billy! Your first Cubans!
You don’t see this
off the coast of
Oregon! —dijo sonriendo uno de los marinos al
novato de Oregón.
—No Cubans! —les
grité muy nervioso, ya en el agua, tratando de
mantenerme a flote. —Boy Scouts from Haiti,
Honduras, México and Colombia.
Boy
Scout Meeting,
pirín, pirón.
Los dos gringos se
miraron extrañados mientras nos ayudaban a subir al
escampavías.
***
—¿Cuántos días en el
mar? —preguntó con fuerte acento el interrogador.
Iba a contestar
cuando Ángela, en su nerviosismo, comenzó a contar toda
su odisea desde Encrucijada hasta los manglares de la
Isabela, su trabajo en una granja de pollos, de donde la
habían botado por robarse dos pollos destinado a una
limpieza espiritual, en fin... Apenas se dibujó una
sonrisa en los labios del interrogador.
—No se preocupen.
Ahora los van a conducir al botiquín de primeros
auxilios y allí les pondrán un ungüento para las
quemaduras. En unas horas estarán de vuelta en su
patria. Tienen los pies mojados, you see? I am
sorry.
—¡Yo no! —afirmó
Lupillo, exaltado.
Entonces se quitó las
medias mojadas y mostró los pies cubiertos por dos
bolsas de plástico sujetadas por unas ligas.
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