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Isabel Monal: una autoridad política
Paquita Armas Fonseca La Habana


El filósofo francés George Labica, uno de los teóricos marxistas más importantes de la actualidad, define así a Isabel Monal: “A los ojos de todos aquellos que la conocen y singularmente de sus numerosos colegas y amigos en el mundo entero, Isabel Monal representa el modelo mismo de la investigadora comprometida que conjuga en su persona las más rigurosas exigencias científicas y una militancia sin complacencia. Organizadora de manifestaciones internacionales, directora de revista, colaboradora de instituciones internacionales, profesora políglota, ella es en el sentido más noble del término una autoridad política”.

Con una historia personal que rellenaría una interesante biografía, Isabel fue merecidamente Premio Nacional de Ciencias Sociales en 1998. En las conferencias sobre Carlos Marx y los desafíos del siglo XXI, desarrolladas en La Habana, ha sido centro de atención por parte de destacados pensadores de todas las latitudes que han participado en tales encuentros.

En su apartamento de El Vedado, el visitante encontrará centenares de libros en español, inglés, alemán, italiano y francés, aunque con su agudo sentido del humor, su dueña diga que no domina ningún idioma, si acaso el español, pero “trabaja” en otros cinco. Muy pequeñita estudió en el kindergarten de una escuela pública donde temblaba ante los gitanos, y por el miedo que les tenía no le leyeron la buenaventura. Así que no supo que, como sus hermanas, en el futuro estudiaría en la Normal, para en cuatro años ser maestra. Sus padres no tenían condiciones económicas para ofrecerle otra opción. No pudieron predecirle tampoco que escribiría numerosos libros como Cuatro intentos interpretativos, publicados por Cuadernos H, y que en una editorial nombrada Casa de las Américas, publicaría una antología de pensamiento latinoamericano: Las ideas en la América Latina, con una introducción extensísima, que es casi por ella sola un libro.

Tampoco pudo conocer que, como no conseguiría trabajo, solicitaría una beca e iría a estudiar a los EE.UU. y que estando en aquel país definiría su vocación: 

“Después de un primer año en San Francisco State Colege logré ingresar en la Harvard Graduate School of Education. Allí los estudios de Filosofía de la Educación (que era entonces mi especialidad) se hacían tomando cursos en Educación y en Filosofía, así que tomé varios de Filosofía con profesores de primera línea. Por ejemplo, tuve un semestre dedicado a Platón, asistí a otros cursos como oyente y, en ese contexto, me decidí plenamente por la Filosofía.

“Uno de los cursos que tomé fue de Filosofía de la Historia con Morton G. White, un profesor muy prestigioso, y tuve de tutor a Israel Scheffler, quien llegó a ser muy reconocido. Agradezco mucho ese tiempo en Harvard. Fue duro porque era muy exigente, pero me ordenó y me disciplinó la mente. A propósito, en el curso de Filosofía de la Historia leí a Marx por primera vez. Se trataba de un enfoque crítico porque esa fue la perspectiva que me trasmitieron.

“En aquel momento asimilé el enfoque, pero a la vez llegué, desde entonces, a la conclusión de que Marx tenía razón cuando planteaba la existencia de leyes en la historia.

“Durante ese período de mi vida comencé a identificarme con las ideas socialistas, pero de manera muy confusa, una especie de mezcla rara con componentes diversos. Quizá esa inclinación socialista estuvo impulsada por el golpe de estado de Batista antes de mis estudios en los EE.UU. En realidad, desde el punto de vista político, recibí —como tantos otros en Cuba— un golpe tremendo el 10 de marzo. Fue una mezcla de dolor, vergüenza e impotencia.

“Antes del golpe me identificaba con la orientación de Chivás porque representaba la honestidad, el patriotismo... No era de izquierda, aunque tenía ciertas inclinaciones antimperialistas. Recuerdo la intervención de Vicentina Antuña en la televisión, una vez, cuando se enfrentaba al canal Vía Cuba; y su estatura moral y política me impresionó muchísimo. Ya estando en Harvard, no puedo exactamente recordar cuándo escribí una carta diciendo que Fidel era quien tenía la razón.

“Fue un importante avance ideológico para mí, que hasta entonces había creído en la posibilidad de una salida política. Por eso, cuando regresé de Harvard en agosto de 1957 comencé enseguida a contactar con el Movimiento 26 de Julio. Mi hermana Aleida y yo empezamos en la búsqueda de medicinas, a repartir propaganda, vender bonos, etc. Pero nos llevó cierto tiempo establecer vínculos con los compañeros que estaban involucrados, y ello lo logramos a fines del año 1957.

“Hicimos diversas tareas, pero quisiera rememorar un hecho sobre un responsable bancario quien decidió, junto a otros compañeros antibatistianos, crear una organización que llamaron ‘Con la cruz y con la patria’. A veces se cree que esa organización surgió a principios de 1959 y no es cierto. La idea nació y se inició en 1958. No puedo recordar en qué mes exactamente, pero probablemente hacia mediados de año. Ellos querían constituirse en una sección dentro del Movimiento, tal y como existía una de propaganda, otra de acción y sabotaje, etc. Me pidieron transmitir la idea, incluso con un primer boceto de boletín (una hoja plegada); por eso fui a ver uno de los dirigentes del Movimiento y él la valoró como positiva, pero, obviamente, no podía constituirla como una sección dentro del Movimiento porque no era lógico que existiera una sección específicamente de católicos, dejando fuera a otros sectores religiosos. Cuando ya surgen los problemas en 1959, este grupo desempeñó un papel activo en defensa de la Revolución”.

Si a Harvard Isabel debe una parte importante de su formación intelectual, desde la cuna bebió la enseñanza de la generosidad y el odio a la corrupción. En un hogar honrado, en el que no reinaba la izquierda pero sí el patriotismo, la hoy comunista doctora Monal no creció tampoco en un ambiente ateo: 

“Tuve una educación católica porque mi madre me mandaba al catecismo, a oír misa regularmente y a las flores de María. Y, claro está, a esa edad yo rechazaba aquellas tareas porque le robaban tiempo al juego. Hoy, en cambio, agradezco un poco aquella experiencia porque me permite tener una cultura cristiana que es muy útil para entender la historia y la evolución del mundo. ¡Hasta fui hija de María y desfilé en las procesiones cantando! Luego evolucioné, y poco a poco fui cuestionando los postulados de la iglesia católica y, en general, de toda religión. Me interesé inicialmente por leer la Biblia, y eso también fue positivo para mi cultura. Pero, a los veintitrés años ya no creía y me había vuelto agnóstica”.

Muchos fueron los jóvenes de la generación de Isabel que emprendieron el camino de la lucha armada como única solución. Ella y su hermana Aleida fueron arrestadas con un mes de diferencia hacia finales de 1958. Después de unos días de cárcel salieron directamente a los EE. UU., gracias a las relaciones de uno de sus tíos. En el exilio, en la zona de Nueva York, continuaron la lucha, en la que no faltó algún suceso que hoy parece un buen chiste, como lo ocurrido a nuestra entrevistada el último día de 1958:

“El caso es que cruzando el estado de Ohio con otro compañero, tuvimos un accidente cuando llevábamos una carga de armas que no podíamos mover ni trasladar. Esto nos ocurrió en el pueblecito de Hilboro, Ohio. Fue necesario llamar a un garaje porque caímos en una cuneta. El 31 de diciembre y el primero de enero estábamos frente a un televisor del hotel sin poder manifestar nuestra alegría. Y lo triste —casi ridículo— es que el 2 de enero, cuando fuimos a buscar el auto, nos esperaba oculta la policía con un despliegue similar al de las películas del sábado. Hoy me muero de la risa: estábamos rodeados por todas partes, con las pistolas apuntándonos y nosotros sin ningún espíritu del oeste. Nos esposaron y nos trasladaron a la prisión. En los interrogatorios dije muchas mentiras que seguro no me creyeron, pero a los pocos días nos dejaron libres, pues ya había triunfado la Revolución y no tenía sentido mantenernos allí. Regresé a Cuba a mediados de enero, después de haber presentado unos temas en Harvard”.

¿Y cuándo se hace marxista?

Con el proceso revolucionario. Antes tenía ideas socialistas, poco claras y mezcladas. Incluso en 1958, estando en Nueva York, hubo un acto por el 7 de diciembre y me pidieron que dijera unas palabras en nombre de la mujer cubana. Manifesté entonces que no luchábamos solo para derrocar a Batista, sino por transformaciones más profundas como la educación y la reforma agraria. Pero en el contexto de Nueva York aquellas ideas no eran asimilables. Hoy pienso que quizá fue un error. Al regresar a Cuba, comencé a trabajar en la dirección provincial del 26 de Julio en la antigua provincia de La Habana.

En marzo de 1959, más o menos, sin dejar la dirección provincial era también subdirectora de Bellas Artes del municipio. Ese mismo año, un poco más adelante, entré en la Universidad de La Habana como profesora de la Escuela de Pedagogía impartiendo Filosofía de la Educación. Simultaneaba varias tareas. Terminaba de trabajar, junto con los demás compañeros, a las dos o tres de la mañana, lo cual era “normal” en aquellos meses de 1959-60.

Estábamos dedicados sin límites de tiempo. En la dirección del Movimiento tenía la responsabilidad de adoctrinamiento que pude ampliar al terreno de la cultura. Aquel conjunto de actividades en la vida y la propia experiencia de la Revolución fueron impulsando la evolución de muchos compañeros, entre ellos la mía. Había que tomar decisiones ante los problemas políticos e ideológicos tan fuertes de la década de los años 60, y ello nos fue orientando hacia posiciones más de izquierda, aunque yo no tenía inicialmente un respaldo teórico coherente.

Esa fue la época (en 1959) en la que dos compañeros me llevaron a ver al Che. Él nos hablaba de muchísimas cosas, de marxismo, de la unidad, y yo en aquella época, la línea de la unidad no la entendía muy bien. Es el único error de mi vida política que me duele haber cometido: no haberme dado cuenta, desde el principio, de la importancia de la unidad. Sí quería trabajar –y así lo hacía– con los demás, pero siempre bajo la dirección de Fidel y del 26, es decir, en colaboración con los demás, pero no exactamente en el sentido de unidad política y organizativa. En cuanto al trabajo, pues, me mantenía en la cultura, en adoctrinamiento. A mediados del propio 1959 pasé a la dirección del Teatro Nacional, y me mantuve durante algunas semanas más con el trabajo de cultura en la dirección del Movimiento, a lo que se sumaron las clases en la Universidad. Como directora del Teatro Nacional visité China en octubre de 1959, en una delegación cultural con Nicolás Guillén, Enrique Labrador Ruiz, Vicente Revuelta y Mariano Rodríguez. Fue una experiencia muy interesante de contacto con el socialismo en un momento muy lindo de la Revolución china. En aquel entonces sostenían la tesis de las cien flores en cultura y las cien escuelas ideológicas. Después, ya se sabe, vino la revolución cultural que tanto daño ocasionó, pero nosotros fuimos durante la época anterior, que fue muy estimulante. Pasamos unos días por la Unión Soviética y también por Checoslovaquia. Debo confesar que, en aquel momento específico, me sentí más a gusto en el ambiente de China que en la atmósfera de la Unión Soviética. A mi regreso a Cuba continué en la dirección del Teatro y en la actividad universitaria. En esta última participé en la reforma universitaria, en la comisión para la Pedagogía. Más adelante —no recuerdo si en 1960 o en 1961— al crearse un pequeño grupo para Filosofía pedí que me incorporasen a él. Ya en esa época, me había hecho marxista a partir de la propia actividad y experiencia en el trabajo de la Revolución. En el proceso había vuelto a retomar las lecturas de marxismo. Pero cometí un error: me guié por una lista de manuales que alguien me dio. Yo no sabía de manuales. Cuando empecé a leer aquellos materiales, me dije a mí misma: “¡nunca podré ser marxista!”. El primer gran choque fue el tratamiento que le daban a la Historia de la Filosofía, precisamente la rama que yo más había trabajado. Y pensé “¿esto qué es?, ¿cómo se pueden emitir tales juicios sobre Platón y afirmar semejantes valoraciones de Hume o de Kant?”. Yo estaba horrorizada, y me decía que esas barbaridades nunca las podría repetir. Esos fueron mis sentimientos iniciales. Por suerte, otra persona (Mirta Aguirre) me sugirió que dejara esos textos y tomara los clásicos. Cuando lo hice sentí un alivio: ¡los clásicos eran otra cosa! Y con ellos sí me podía identificar. No obstante, siempre he agradecido aquel curso, aquella visión crítica que me dio Harvard. Porque me ha permitido tener una visión crítica hacia todo, hablando de teoría, sea marxista o no.

Sus investigaciones no se encaminan solo al marxismo…

Antes de mis primeros trabajos sobre marxismo me interesé por el pensamiento cubano y latinoamericano. Una vocación que también había iniciado en Harvard desde 1956. En la Universidad, en las escuelas de Historia y de Letras y Arte, tuve la oportunidad de explicar los primeros cursos de Historia del Pensamiento Cubano y también alguno del Pensamiento Latinoamericano. En el plano de la investigación a quienes trabajé más fueron a Félix Varela, José de la Luz y Caballero y José Martí; a la América Latina la he estudiado más bien en conjunto, esto es, por períodos o por corrientes, porque lo que más me interesaba e interesa es, sobre todo, la evolución de la historia de las ideas. Ya después me he ocupado de Mariátegui y de cuestiones relacionadas con Fidel y el Che. Mis primeros trabajos sobre marxismo, a finales de la década de los años 60, giraron en torno al joven Marx cuando ya explicaba Marxismo en las aulas universitarias después de haberme iniciado como profesora de Historia de la Filosofía, una rama que nunca he abandonado en mis lecturas y estudios. Me interesa destacar que todas estas líneas las veo como un conjunto que para mi trabajo representan una unidad. En realidad, me importan mucho los asuntos relacionados con lo que, junto a otros compañeros, he denominado la “articulación” entre el marxismo y lo más revolucionario y avanzado del pensamiento nacional. Uso articulación no en su sentido corriente, sino conceptualizado, es decir, hecho categoría; se trata de evitar que ese nexo se convierta en una amalgama ecléctica. Creo que puede concurrir al actual concierto de las ideas marxistas. Pero, como decía, mis primeras investigaciones en marxismo estaban orientadas hacia el joven Marx. El texto que me parece más logrado en esta línea es el dedicado a los Manuscritos filosóficos y económicos (1844). En él conduzco mi análisis sobre la base de su relación con el texto de Marx sobre La sublevación de los tejedores de Silesia. Se trata no de analizar los Manuscritos... aislados de los otros documentos y textos que Marx estaba elaborando en aquellos meses. Intento, pues, verlos en su relación más amplia con la obra de Marx de esa época y de esta manera llegué a la conclusión de que los Manuscritos... y La sublevación de los... son dos textos inseparables.

He entregado para el Diccionario histórico-crítico de marxismo, que se está publicando en Alemania, uno de los términos clave de ese período de Marx, gattungswesen, es decir —según la traducción establecida— “esencia genérica”. Se trata de una categoría particularmente significativa. En realidad, he tenido la suerte de poder contar con la edición de la MEGA, el texto más seguro y autorizado, con un enorme trabajo de un conjunto de especialistas en el aparato crítico. En estos casos yo no trabajo todo el tiempo con el alemán porque me resulta muy lento y prefiero avanzar inicialmente en otros idiomas más asequibles. Pero al final me siento más segura, para las precisiones y los matices al consultar a la MEGA con sus muchas aclaraciones. Claro, todo esto me garantiza la calidad y solo ofrece un punto de partida más sólido.

Desde hace algún tiempo trabajo más otras problemáticas, en parte estimulada por la participación en congresos y coloquios en Europa (Italia, Francia y España). Así he preparado para Cuba y para el exterior varios artículos sobre marxismo. Uno de ellos lo presenté en la Universidad de Roma sobre ética y política. En ese tema, por ejemplo, creo que no se puede trabajar el enfoque marxista con referencias solo tomadas de Marx y Engels. Así, pienso que no es posible ignorar a Gramsci, por supuesto, pero tampoco podemos desconocer a Aristóteles y a Maquiavelo. Por eso me interesan tanto algunos textos de Aristóteles, porque la ética marxista en algún momento debe tener en cuenta lo que él dijo.

¿Qué textos suyos se han publicado en los últimos tiempos?

Se publicó Antología del pensamiento cubano del siglo XIX (en colaboración con Olivia Miranda) y he escrito y publicado sobre pensamiento cubano y latinoamericano. Respecto al marxismo, nunca abandono al joven Marx, pero he tratado otros temas de pensamiento marxista. Recientemente he trabajado sobre el imperialismo contemporáneo y la situación mundial. He estado publicando artículos y ensayos en Cuba y en varios otros países, en seis idiomas, además del español.

Como toda esta producción está muy dispersa, tengo dos libros en proceso de edición. Uno recoge los textos sobre Cuba y América Latina (incluyendo dos inéditos), y el otro con temas del marxismo, abarcando los trabajos sobre imperialismo, Gramsci, y otros temas. A este lo titularé Reflexiones marxianas; así la referencia es directa a Marx y no al marxismo en general. También he estado trabajando sobre Rosa Luxemburgo, esa mujer extraordinaria, cuyo pensamiento y acción revolucionarios no son, a mi juicio, suficientemente conocidos. De ella tenemos todavía mucho que aprender.

Hábleme un poco acerca del comunista italiano Antonio Gramsci, suerte de fenómeno actual entre jóvenes y no tan jóvenes.

Gramsci ha recibido muchos vaivenes. Hubo tendencias que trataron de ignorarlo, después ejerció una determinada influencia que a veces rozó la fascinación. Lo interesante es que, a partir del momento en que comienza a influir, aparece una lectura idealista de sus textos y un intento de sacralizar esta lectura. Es decir, cuando se trata de sacralizar a Gramsci no es a cualquier Gramsci, sino a su lectura idealista, a la vez que es presentado como divergente o crítico de Marx, Engels y Lenin. Yo estoy plenamente de acuerdo con que hay que ser críticos con ellos, ¡pero críticos con todo el mundo! Hay una situación similar con Mariátegui, porque tiene una real influencia, aparece una lectura idealista de Mariátegui y una sacralización de cierto tipo de visión de Mariátegui. Lecturas idealistas de Marx también han habido, pero con Gramsci está mucho más claro. Todo ello ha producido y motiva un debate internacional permanente. Cada vez que Gramsci pasa a la parte delantera de la escena, surge el debate sobre estas y otras cuestiones, pero son muchos también los que intervienen refutando una lectura idealista de Gramsci y con argumentos muy sólidos.

Creo que Gramsci se inserta en una línea de desarrollo del marxismo a partir precisamente de las ideas que legaron Marx y Engels y tomando muy en cuenta el pensamiento leninista, para crear o desarrollar dimensiones nuevas que no existían en la teoría elaborada por los fundadores. Se trata de un verdadero desarrollo creador del marxismo, es decir, y para usar una terminología de Gramsci, “o buscar ser originales”. Alababa el pensamiento creador y criticaba al llamado original, por supuesto, que se puede disentir de esa terminología, lo significativo radica en el sentido que él les daba. Es una cuestión epistemológica, de avance verdadero del conocimiento que aspira a cerrarles el paso a las improvisaciones. Se puede ser original y no creador. Por eso digo que Gramsci es un creador. La imagen que hay que preservar de él es la del Gramsci integral, una de cuyas preocupaciones esenciales era la revolución, en particular la revolución en Occidente.

Desde la Cátedra de Estudios marxistas Julio A. Mella pudimos organizar un Encuentro italo-cubano sobre Gramsci al que también asistieron especialistas de América Latina y de otros países europeos. He tenido, asimismo, la oportunidad de participar en dos importantes talleres internacionales sobre Gramsci en Italia (Turín) y en Río de Janeiro; como se publicaron los trabajos tuve la suerte que mis ponencias aparecieran en ellos.

¿Qué significa en su carrera la revista Marx ahora que fundó y dirige luego de diez años de existencia?

Es la realización de un proyecto muy querido y que me parece necesario para Cuba en la actual lucha, cada uno desde su pequeña esquinita humilde, en el enfrentamiento ideológico, para superar la ola neoliberal, contrarrevolucionaria, antipopular, que todavía está vigente, para revertir esa tendencia y volver otra vez —y creo que ya se están dando los primeros indicios— a recuperar la fuerza del movimiento revolucionario y dentro de él la línea marxista ¡y leninista!, en un sentido siempre creador, teniendo en cuenta que el marxismo y el leninismo perpetuamente estuvieron inacabados. Marx Ahora ha estado dando a conocer a los cubanos una parte de lo que se está produciendo en el mundo, porque a veces se cree que solo en Cuba se sigue hablando de marxismo, lo cual no es cierto; ya hemos publicado textos de las más diversas latitudes. Personalmente estoy en contacto, para la revista, con muchas de las figuras más importantes en el marxismo de hoy. Todas ellas han aceptado colaborar y, en ocasiones, nos llegan textos de manera espontánea. Acabamos de celebrar hace unos meses los diez años de la revista, y aspiramos a seguir contribuyendo a que se socialice cada vez más el marxismo en Cuba.

Nos propusimos cuidar el nivel teórico, y hoy tiene cierto prestigio, no solo por el contenido y variedad de tendencias, sino también por el diseño. Precisamente, por ser una revista de marxismo requiere de un buen diseño. Soy del criterio que en un texto de política o de ideología no se justifica descuidar el diseño. Experiencias recientes me confirman esa convicción porque hay personas que primero se han acercado por el diseño.

Hemos publicado regularmente sobre mundialización y, sobre todo, acerca del imperialismo actual o contemporáneo, escritos por teóricos marxistas conocedores del tema; sobre la mundialización no se dan a conocer siempre los criterios de los teóricos marxistas, muy serios, a veces en discusión unos con otros, pero es que la ciencia solo avanza con el debate, no con la homogeneización. La revista es teórica, y debo decir que nació gracias al apoyo de Omar González como presidente del Instituto Cubano del Libro, y de Armando Hart, como Ministro de Cultura, y que de parte de Abel Prieto hemos recibido el mismo apoyo. Lo que quisiéramos es que cada vez más cubanos escribieran en Marx ahora. Todo texto de un cubano que tenga determinado nivel teórico tiene prioridad en la revista.

Una importante revista británica anunció que en una amplia encuesta, Carlos Marx emergió como el hombre más importante del planeta en el milenio recién finalizado, ¿qué opinión le merece tal hecho?

Es sorprendente, —dado todo el intento de demonización que se ha hecho durante tanto tiempo—, pero es en gran medida justo. Solo un gran pensador universal, es decir, de un pensar de dimensión universal podía merecer con justeza ese título. A mi juicio solo Darwin o Einstein llenan, en realidad, esa dimensión. Pero como Marx tiene un mensaje de emancipación integral, y se proyecta con ese gran mensaje en el presente y el futuro, es quien, entre los tres, llena más cabalmente las posibles exigencias a ese título.

La declaración del socialismo del siglo XXI de Hugo Chávez, el triunfo del Movimiento hacia el socialismo de Evo Morales en Bolivia, el anterior triunfo de Lula en Brasil y otros movimientos en la izquierda Latinoamérica, ¿qué valoración le merecen?

América Latina vive un momento excepcional de alza del movimiento popular y de rebeldía. Resulta tan increíble que apenas puede uno creer que es testigo de tal privilegio. Y todo esto a tan escaso tiempo del desastre del socialismo esteeuropeo.

 Los procesos son muy variados y los resultados que van obteniendo son bien diversos y hasta contradictorios. Por el momento, si exceptuamos a Cuba, solo Venezuela y Bolivia se están encaminando hacia cambios verdaderamente radicales y revolucionarios en condiciones bien diferentes.

El proceso boliviano me parece sumamente complicado y también particularmente esperanzador. Evo no es, como bien sabemos, el primer presidente indígena en la historia del continente, pero sí es la primera vez en la historia del continente que un indígena llega a la presidencia de la república llevado por un incontenible movimiento popular de los pueblos originarios; otros esfuerzos en ese sentido no han logrado todavía cuajar debido a innumerables causas que no es posible analizar ahora. Asimismo, los compañeros bolivianos han conformado un verdadero proyecto nacional de país, algo que faltó en muchas experiencias de luchas anteriores. La revolución boliviana se enfrenta a problemas tremendos y a ciertas insuficiencias. Preocupa en particular las desavenencias y los choques entre los campesinos y pueblos indígenas, por una parte, y los obreros, por otra. Me parece obvio que la salud del proceso dependerá, en una buena medida, que se logre fraguar una verdadera y estable alianza obrera-campesina-pueblos originarios. El éxito del proceso boliviano tendrá una repercusión enorme en este continente con tantos pueblos indígenas numerosos y avasallados.

Respecto al llamado socialismo del siglo XXI, prefiero referirme al socialismo “en” el siglo XXI antes que “del”. Esta segunda variante puede dar la idea de que habría que lanzar por la borda toda la experiencia y los logros de los ensayos socialistas anteriores. Se trata, pienso, de la necesidad, por una parte, de aprender —y evitar—  los graves errores cometidos, y, por otra, de desarrollar un socialismo en gran medida novedoso que tenga en cuenta y se adapte a las nuevas condiciones del mundo de hoy en sus muy variadas dimensiones.

Le he escuchado a importantes investigadores que el marxismo ha tenido muchas crisis, ¿cómo ve la actual?

Sin duda, el marxismo ha pasado desde su surgimiento por varias crisis. La actual, de la que todavía no hemos podido salir, es la peor de todas. En época de Marx y Engels, ya se dieron las primeras crisis, pero el socialismo no había llegado al poder ni había acumulado una cadena de errores desde una larga historia de uso del poder. Cuando la Primera Guerra Mundial y la traición de la socialdemocracia, la crisis fue tremenda, pero el triunfo de la Revolución de Octubre abrió un camino de esperanza, y en otros continentes nuevas fuerzas se despertaban o levantaban. La crisis actual, aunque ya muy atenuada, fue planetaria y mostraba el fracaso de experiencias concretas; además vino el alza del neoliberalismo y el mundo unipolar. La propia izquierda fue arrastrada en gran medida a la desesperanza. Hoy vemos todavía a muchos compañeros negar el marxismo o ignorarlo. Creo que es un grave error. Y muestra, entre otras cosas, una incomprensión de lo que realmente ha ocurrido en el mundo. Hoy no se puede ser revolucionario si no se es antiimperialista, y el marxismo y el leninismo es la única concepción que ofrece una interpretación y comprensión del fenómeno imperialista contemporáneo: un arma tremenda de lucha.

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