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El filósofo francés George Labica, uno de los teóricos
marxistas más importantes de la actualidad, define así a
Isabel Monal: “A los ojos de todos aquellos que la
conocen y singularmente de sus numerosos colegas y
amigos en el mundo entero, Isabel Monal representa el
modelo mismo de la investigadora comprometida que
conjuga en su persona las más rigurosas exigencias
científicas y una militancia sin complacencia.
Organizadora de manifestaciones internacionales,
directora de revista, colaboradora de instituciones
internacionales, profesora políglota, ella es en el
sentido más noble del término una autoridad política”.
Con una
historia personal que rellenaría una interesante
biografía, Isabel fue merecidamente Premio Nacional de
Ciencias Sociales en 1998. En las conferencias sobre
Carlos Marx y los desafíos del siglo XXI, desarrolladas
en La Habana, ha sido centro de atención por parte de
destacados pensadores de todas las latitudes que han
participado en tales encuentros.
En su
apartamento de El Vedado, el visitante encontrará
centenares de libros en español, inglés, alemán,
italiano y francés, aunque con su agudo sentido del
humor, su dueña diga que no domina ningún idioma, si
acaso el español, pero “trabaja” en otros cinco. Muy
pequeñita estudió en el kindergarten de una escuela
pública donde temblaba ante los gitanos, y por el miedo
que les tenía no le leyeron la buenaventura. Así que no
supo que, como sus hermanas, en el futuro estudiaría en
la Normal, para en cuatro años ser maestra. Sus padres
no tenían condiciones económicas para ofrecerle otra
opción. No pudieron predecirle tampoco que escribiría
numerosos libros como
Cuatro
intentos interpretativos,
publicados por Cuadernos H, y que en una editorial
nombrada Casa de las Américas, publicaría una antología
de pensamiento latinoamericano:
Las
ideas en la América Latina,
con una introducción extensísima, que es casi por ella
sola un libro.
Tampoco
pudo conocer que, como no conseguiría trabajo,
solicitaría una beca e iría a estudiar a los EE.UU. y
que estando en aquel país definiría su vocación:
“Después de un primer año en San Francisco State Colege
logré ingresar en la Harvard Graduate School of
Education. Allí los estudios de Filosofía de la
Educación (que era entonces mi especialidad) se hacían
tomando cursos en Educación y en Filosofía, así que tomé
varios de Filosofía con profesores de primera línea. Por
ejemplo, tuve un semestre dedicado a Platón, asistí a
otros cursos como oyente y, en ese contexto, me decidí
plenamente por la Filosofía.
“Uno de
los cursos que tomé fue de Filosofía de la Historia con
Morton G. White, un profesor muy prestigioso, y tuve de
tutor a Israel Scheffler, quien llegó a ser muy
reconocido. Agradezco mucho ese tiempo en Harvard. Fue
duro porque era muy exigente, pero me ordenó y me
disciplinó la mente. A propósito, en el curso de
Filosofía de la Historia leí a Marx por primera vez. Se
trataba de un enfoque crítico porque esa fue la
perspectiva que me trasmitieron.
“En
aquel momento asimilé el enfoque, pero a la vez llegué,
desde entonces, a la conclusión de que Marx tenía razón
cuando planteaba la existencia de leyes en la historia.
“Durante ese período de mi vida comencé a identificarme
con las ideas socialistas, pero de manera muy confusa,
una especie de mezcla rara con componentes diversos.
Quizá esa inclinación socialista estuvo impulsada por el
golpe de estado de Batista antes de mis estudios en los
EE.UU. En realidad, desde el punto de vista político,
recibí —como tantos otros en Cuba— un golpe tremendo el
10 de marzo. Fue una mezcla de dolor, vergüenza e
impotencia.
“Antes
del golpe me identificaba con la orientación de Chivás
porque representaba la honestidad, el patriotismo... No
era de izquierda, aunque tenía ciertas inclinaciones
antimperialistas. Recuerdo la intervención de Vicentina
Antuña en la televisión, una vez, cuando se enfrentaba
al canal Vía Cuba; y su estatura moral y política me
impresionó muchísimo. Ya estando en Harvard, no puedo
exactamente recordar cuándo escribí una carta diciendo
que Fidel era quien tenía la razón.
“Fue un
importante avance ideológico para mí, que hasta entonces
había creído en la posibilidad de una salida política.
Por eso, cuando regresé de Harvard en agosto de 1957
comencé enseguida a contactar con el Movimiento 26 de
Julio. Mi hermana Aleida y yo empezamos en la búsqueda
de medicinas, a repartir propaganda, vender bonos, etc.
Pero nos llevó cierto tiempo establecer vínculos con los
compañeros que estaban involucrados, y ello lo logramos
a fines del año 1957.
“Hicimos diversas tareas, pero quisiera rememorar un
hecho sobre un responsable bancario quien decidió, junto
a otros compañeros antibatistianos, crear una
organización que llamaron ‘Con la cruz y con la patria’.
A veces se cree que esa organización surgió a principios
de 1959 y no es cierto. La idea nació y se inició en
1958. No puedo recordar en qué mes exactamente, pero
probablemente hacia mediados de año. Ellos querían
constituirse en una sección dentro del Movimiento, tal y
como existía una de propaganda, otra de acción y
sabotaje, etc. Me pidieron transmitir la idea, incluso
con un primer boceto de boletín (una hoja plegada); por
eso fui a ver uno de los dirigentes del Movimiento y él
la valoró como positiva, pero, obviamente, no podía
constituirla como una sección dentro del Movimiento
porque no era lógico que existiera una sección
específicamente de católicos, dejando fuera a otros
sectores religiosos. Cuando ya surgen los problemas en
1959, este grupo desempeñó un papel activo en defensa de
la Revolución”.
Si a
Harvard Isabel debe una parte importante de su formación
intelectual, desde la cuna bebió la enseñanza de la
generosidad y el odio a la corrupción. En un hogar
honrado, en el que no reinaba la izquierda pero sí el
patriotismo, la hoy comunista doctora Monal no creció
tampoco en un ambiente ateo:
“Tuve
una educación católica porque mi madre me mandaba al
catecismo, a oír misa regularmente y a las flores de
María. Y, claro está, a esa edad yo rechazaba aquellas
tareas porque le robaban tiempo al juego. Hoy, en
cambio, agradezco un poco aquella experiencia porque me
permite tener una cultura cristiana que es muy útil para
entender la historia y la evolución del mundo. ¡Hasta
fui hija de María y desfilé en las procesiones cantando!
Luego evolucioné, y poco a poco fui cuestionando los
postulados de la iglesia católica y, en general, de toda
religión. Me interesé inicialmente por leer la Biblia, y
eso también fue positivo para mi cultura. Pero, a los
veintitrés años ya no creía y me había vuelto
agnóstica”.
Muchos
fueron los jóvenes de la generación de Isabel que
emprendieron el camino de la lucha armada como única
solución. Ella y su hermana Aleida fueron arrestadas con
un mes de diferencia hacia finales de 1958. Después de
unos días de cárcel salieron directamente a los EE. UU.,
gracias a las relaciones de uno de sus tíos. En el
exilio, en la zona de Nueva York, continuaron la lucha,
en la que no faltó algún suceso que hoy parece un buen
chiste, como lo ocurrido a nuestra entrevistada el
último día de 1958:
“El
caso es que cruzando el estado de Ohio con otro
compañero, tuvimos un accidente cuando llevábamos una
carga de armas que no podíamos mover ni trasladar. Esto
nos ocurrió en el pueblecito de Hilboro, Ohio. Fue
necesario llamar a un garaje porque caímos en una
cuneta. El 31 de diciembre y el primero de enero
estábamos frente a un televisor del hotel sin poder
manifestar nuestra alegría. Y lo triste —casi ridículo—
es que el 2 de enero, cuando fuimos a buscar el auto,
nos esperaba oculta la policía con un despliegue similar
al de las películas del sábado. Hoy me muero de la risa:
estábamos rodeados por todas partes, con las pistolas
apuntándonos y nosotros sin ningún espíritu del oeste.
Nos esposaron y nos trasladaron a la prisión. En los
interrogatorios dije muchas mentiras que seguro no me
creyeron, pero a los pocos días nos dejaron libres, pues
ya había triunfado la Revolución y no tenía sentido
mantenernos allí. Regresé a Cuba a mediados de enero,
después de haber presentado unos temas en Harvard”.
¿Y
cuándo se hace marxista?
Con el
proceso revolucionario. Antes tenía ideas socialistas,
poco claras y mezcladas. Incluso en 1958, estando en
Nueva York, hubo un acto por el 7 de diciembre y me
pidieron que dijera unas palabras en nombre de la mujer
cubana. Manifesté entonces que no luchábamos solo para
derrocar a Batista, sino por transformaciones más
profundas como la educación y la reforma agraria. Pero
en el contexto de Nueva York aquellas ideas no eran
asimilables. Hoy pienso que quizá fue un error. Al
regresar a Cuba, comencé a trabajar en la dirección
provincial del 26 de Julio en la antigua provincia de La
Habana.
En
marzo de 1959, más o menos, sin dejar la dirección
provincial era también subdirectora de Bellas Artes del
municipio. Ese mismo año, un poco más adelante, entré en
la Universidad de La Habana como profesora de la Escuela
de Pedagogía impartiendo Filosofía de la Educación.
Simultaneaba varias tareas. Terminaba de trabajar, junto
con los demás compañeros, a las dos o tres de la mañana,
lo cual era “normal” en aquellos meses de 1959-60.
Estábamos dedicados sin límites de tiempo. En la
dirección del Movimiento tenía la responsabilidad de
adoctrinamiento que pude ampliar al terreno de la
cultura. Aquel conjunto de actividades en la vida y la
propia experiencia de la Revolución fueron impulsando la
evolución de muchos compañeros, entre ellos la mía.
Había que tomar decisiones ante los problemas políticos
e ideológicos tan fuertes de la década de los años 60, y
ello nos fue orientando hacia posiciones más de
izquierda, aunque yo no tenía inicialmente un respaldo
teórico coherente.
Esa fue
la época (en 1959) en la que dos compañeros me llevaron
a ver al Che. Él nos hablaba de muchísimas cosas, de
marxismo, de la unidad, y yo en aquella época, la línea
de la unidad no la entendía muy bien. Es el único error
de mi vida política que me duele haber cometido: no
haberme dado cuenta, desde el principio, de la
importancia de la unidad. Sí quería trabajar –y así lo
hacía– con los demás, pero siempre bajo la dirección de
Fidel y del 26, es decir, en colaboración con los demás,
pero no exactamente en el sentido de unidad política y
organizativa. En cuanto al trabajo, pues, me mantenía en
la cultura, en adoctrinamiento. A mediados del propio
1959 pasé a la dirección del Teatro Nacional, y me
mantuve durante algunas semanas más con el trabajo de
cultura en la dirección del Movimiento, a lo que se
sumaron las clases en la Universidad. Como directora del
Teatro Nacional visité China en octubre de 1959, en una
delegación cultural con Nicolás Guillén, Enrique
Labrador Ruiz, Vicente Revuelta y Mariano Rodríguez. Fue
una experiencia muy interesante de contacto con el
socialismo en un momento muy lindo de la Revolución
china. En aquel entonces sostenían la tesis de las cien
flores en cultura y las cien escuelas ideológicas.
Después, ya se sabe, vino la revolución cultural que
tanto daño ocasionó, pero nosotros fuimos durante la
época anterior, que fue muy estimulante. Pasamos unos
días por la Unión Soviética y también por
Checoslovaquia. Debo confesar que, en aquel momento
específico, me sentí más a gusto en el ambiente de China
que en la atmósfera de la Unión Soviética. A mi regreso
a Cuba continué en la dirección del Teatro y en la
actividad universitaria. En esta última participé en la
reforma universitaria, en la comisión para la Pedagogía.
Más adelante —no recuerdo si en 1960 o en 1961— al
crearse un pequeño grupo para Filosofía pedí que me
incorporasen a él. Ya en esa época, me había hecho
marxista a partir de la propia actividad y experiencia
en el trabajo de la Revolución. En el proceso había
vuelto a retomar las lecturas de marxismo. Pero cometí
un error: me guié por una lista de manuales que alguien
me dio. Yo no sabía de manuales. Cuando empecé a leer
aquellos materiales, me dije a mí misma: “¡nunca podré
ser marxista!”. El primer gran choque fue el tratamiento
que le daban a la Historia de la Filosofía, precisamente
la rama que yo más había trabajado. Y pensé “¿esto qué
es?, ¿cómo se pueden emitir tales juicios sobre Platón y
afirmar semejantes valoraciones de Hume o de Kant?”. Yo
estaba horrorizada, y me decía que esas barbaridades
nunca las podría repetir. Esos fueron mis sentimientos
iniciales. Por suerte, otra persona (Mirta Aguirre) me
sugirió que dejara esos textos y tomara los clásicos.
Cuando lo hice sentí un alivio: ¡los clásicos eran otra
cosa! Y con ellos sí me podía identificar. No obstante,
siempre he agradecido aquel curso, aquella visión
crítica que me dio Harvard. Porque me ha permitido tener
una visión crítica hacia todo, hablando de teoría, sea
marxista o no.
Sus
investigaciones no se encaminan solo al marxismo…
Antes
de mis primeros trabajos sobre marxismo me interesé por
el pensamiento cubano y latinoamericano. Una vocación
que también había iniciado en Harvard desde 1956. En la
Universidad, en las escuelas de Historia y de Letras y
Arte, tuve la oportunidad de explicar los primeros
cursos de Historia del Pensamiento Cubano y también
alguno del Pensamiento Latinoamericano. En el plano de
la investigación a quienes trabajé más fueron a Félix
Varela, José de la Luz y Caballero y José Martí; a la
América Latina la he estudiado más bien en conjunto,
esto es, por períodos o por corrientes, porque lo que
más me interesaba e interesa es, sobre todo, la
evolución de la historia de las ideas. Ya después me he
ocupado de Mariátegui y de cuestiones relacionadas con
Fidel y el Che. Mis primeros trabajos sobre marxismo, a
finales de la década de los años 60, giraron en torno al
joven Marx cuando ya explicaba Marxismo en las aulas
universitarias después de haberme iniciado como
profesora de Historia de la Filosofía, una rama que
nunca he abandonado en mis lecturas y estudios. Me
interesa destacar que todas estas líneas las veo como un
conjunto que para mi trabajo representan una unidad. En
realidad, me importan mucho los asuntos relacionados con
lo que, junto a otros compañeros, he denominado la
“articulación” entre el marxismo y lo más revolucionario
y avanzado del pensamiento nacional. Uso articulación no
en su sentido corriente, sino conceptualizado, es decir,
hecho categoría; se trata de evitar que ese nexo se
convierta en una amalgama ecléctica. Creo que puede
concurrir al actual concierto de las ideas marxistas.
Pero, como decía, mis primeras investigaciones en
marxismo estaban orientadas hacia el joven Marx. El
texto que me parece más logrado en esta línea es el
dedicado a los Manuscritos filosóficos y económicos
(1844). En él conduzco mi análisis sobre la base de
su relación con el texto de Marx sobre La sublevación
de los tejedores de Silesia. Se trata no de analizar
los Manuscritos... aislados de los otros
documentos y textos que Marx estaba elaborando en
aquellos meses. Intento, pues, verlos en su relación más
amplia con la obra de Marx de esa época y de esta manera
llegué a la conclusión de que los Manuscritos...
y La sublevación de los... son dos textos
inseparables.
He
entregado para el Diccionario histórico-crítico de
marxismo, que se está publicando en Alemania, uno de
los términos clave de ese período de Marx,
gattungswesen, es decir —según la traducción
establecida— “esencia genérica”. Se trata de una
categoría particularmente significativa. En realidad, he
tenido la suerte de poder contar con la edición de la
MEGA, el texto más seguro y autorizado, con un enorme
trabajo de un conjunto de especialistas en el aparato
crítico. En estos casos yo no trabajo todo el tiempo con
el alemán porque me resulta muy lento y prefiero avanzar
inicialmente en otros idiomas más asequibles. Pero al
final me siento más segura, para las precisiones y los
matices al consultar a la MEGA con sus muchas
aclaraciones. Claro, todo esto me garantiza la calidad y
solo ofrece un punto de partida más sólido.
Desde
hace algún tiempo trabajo más otras problemáticas, en
parte estimulada por la participación en congresos y
coloquios en Europa (Italia, Francia y España). Así he
preparado para Cuba y para el exterior varios artículos
sobre marxismo. Uno de ellos lo presenté en la
Universidad de Roma sobre ética y política. En ese tema,
por ejemplo, creo que no se puede trabajar el enfoque
marxista con referencias solo tomadas de Marx y Engels.
Así, pienso que no es posible ignorar a Gramsci, por
supuesto, pero tampoco podemos desconocer a Aristóteles
y a Maquiavelo. Por eso me interesan tanto algunos
textos de Aristóteles, porque la ética marxista en algún
momento debe tener en cuenta lo que él dijo.
¿Qué
textos suyos se han publicado en los últimos tiempos?
Se
publicó Antología del pensamiento cubano del siglo
XIX (en colaboración con Olivia Miranda) y he
escrito y publicado sobre pensamiento cubano y
latinoamericano. Respecto al marxismo, nunca abandono al
joven Marx, pero he tratado otros temas de pensamiento
marxista. Recientemente he trabajado sobre el
imperialismo contemporáneo y la situación mundial. He
estado publicando artículos y ensayos en Cuba y en
varios otros países, en seis idiomas, además del
español.
Como
toda esta producción está muy dispersa, tengo dos libros
en proceso de edición. Uno recoge los textos sobre Cuba
y América Latina (incluyendo dos inéditos), y el otro
con temas del marxismo, abarcando los trabajos sobre
imperialismo, Gramsci, y otros temas. A este lo titularé
Reflexiones marxianas; así la referencia es
directa a Marx y no al marxismo en general. También he
estado trabajando sobre Rosa Luxemburgo, esa mujer
extraordinaria, cuyo pensamiento y acción
revolucionarios no son, a mi juicio, suficientemente
conocidos. De ella tenemos todavía mucho que aprender.
Hábleme
un poco acerca del comunista italiano Antonio Gramsci,
suerte de fenómeno actual entre jóvenes y no tan
jóvenes.
Gramsci
ha recibido muchos vaivenes. Hubo tendencias que
trataron de ignorarlo, después ejerció una determinada
influencia que a veces rozó la fascinación. Lo
interesante es que, a partir del momento en que comienza
a influir, aparece una lectura idealista de sus textos y
un intento de sacralizar esta lectura. Es decir, cuando
se trata de sacralizar a Gramsci no es a cualquier
Gramsci, sino a su lectura idealista, a la vez que es
presentado como divergente o crítico de Marx, Engels y
Lenin. Yo estoy plenamente de acuerdo con que hay que
ser críticos con ellos, ¡pero críticos con todo el
mundo! Hay una situación similar con Mariátegui, porque
tiene una real influencia, aparece una lectura idealista
de Mariátegui y una sacralización de cierto tipo de
visión de Mariátegui. Lecturas idealistas de Marx
también han habido, pero con Gramsci está mucho más
claro. Todo ello ha producido y motiva un debate
internacional permanente. Cada vez que Gramsci pasa a la
parte delantera de la escena, surge el debate sobre
estas y otras cuestiones, pero son muchos también los
que intervienen refutando una lectura idealista de
Gramsci y con argumentos muy sólidos.
Creo
que Gramsci se inserta en una línea de desarrollo del
marxismo a partir precisamente de las ideas que legaron
Marx y Engels y tomando muy en cuenta el pensamiento
leninista, para crear o desarrollar dimensiones nuevas
que no existían en la teoría elaborada por los
fundadores. Se trata de un verdadero desarrollo creador
del marxismo, es decir, y para usar una terminología de
Gramsci, “o buscar ser originales”. Alababa el
pensamiento creador y criticaba al llamado original, por
supuesto, que se puede disentir de esa terminología, lo
significativo radica en el sentido que él les daba. Es
una cuestión epistemológica, de avance verdadero del
conocimiento que aspira a cerrarles el paso a las
improvisaciones. Se puede ser original y no creador. Por
eso digo que Gramsci es un creador. La imagen que hay
que preservar de él es la del Gramsci integral, una de
cuyas preocupaciones esenciales era la revolución, en
particular la revolución en Occidente.
Desde
la Cátedra de Estudios marxistas Julio A. Mella pudimos
organizar un Encuentro italo-cubano sobre Gramsci al que
también asistieron especialistas de América Latina y de
otros países europeos. He tenido, asimismo, la
oportunidad de participar en dos importantes talleres
internacionales sobre Gramsci en Italia (Turín) y en Río
de Janeiro; como se publicaron los trabajos tuve la
suerte que mis ponencias aparecieran en ellos.
¿Qué
significa en su carrera la revista Marx ahora que
fundó y dirige luego de diez años de existencia?
Es la
realización de un proyecto muy querido y que me parece
necesario para Cuba en la actual lucha, cada uno desde
su pequeña esquinita humilde, en el enfrentamiento
ideológico, para superar la ola neoliberal,
contrarrevolucionaria, antipopular, que todavía está
vigente, para revertir esa tendencia y volver otra vez
—y creo que ya se están dando los primeros indicios— a
recuperar la fuerza del movimiento revolucionario y
dentro de él la línea marxista ¡y leninista!, en un
sentido siempre creador, teniendo en cuenta que el
marxismo y el leninismo perpetuamente estuvieron
inacabados. Marx Ahora ha estado dando a conocer
a los cubanos una parte de lo que se está produciendo en
el mundo, porque a veces se cree que solo en Cuba se
sigue hablando de marxismo, lo cual no es cierto; ya
hemos publicado textos de las más diversas latitudes.
Personalmente estoy en contacto, para la revista, con
muchas de las figuras más importantes en el marxismo de
hoy. Todas ellas han aceptado colaborar y, en ocasiones,
nos llegan textos de manera espontánea. Acabamos de
celebrar hace unos meses los diez años de la revista, y
aspiramos a seguir contribuyendo a que se socialice cada
vez más el marxismo en Cuba.
Nos
propusimos cuidar el nivel teórico, y hoy tiene cierto
prestigio, no solo por el contenido y variedad de
tendencias, sino también por el diseño. Precisamente,
por ser una revista de marxismo requiere de un buen
diseño. Soy del criterio que en un texto de política o
de ideología no se justifica descuidar el diseño.
Experiencias recientes me confirman esa convicción
porque hay personas que primero se han acercado por el
diseño.
Hemos
publicado regularmente sobre mundialización y, sobre
todo, acerca del imperialismo actual o contemporáneo,
escritos por teóricos marxistas conocedores del tema;
sobre la mundialización no se dan a conocer siempre los
criterios de los teóricos marxistas, muy serios, a veces
en discusión unos con otros, pero es que la ciencia solo
avanza con el debate, no con la homogeneización. La
revista es teórica, y debo decir que nació gracias al
apoyo de Omar González como presidente del Instituto
Cubano del Libro, y de Armando Hart, como Ministro de
Cultura, y que de parte de Abel Prieto hemos recibido el
mismo apoyo. Lo que quisiéramos es que cada vez más
cubanos escribieran en Marx ahora. Todo texto de
un cubano que tenga determinado nivel teórico tiene
prioridad en la revista.
Una
importante revista británica anunció que en una amplia
encuesta, Carlos Marx emergió como el hombre más
importante del planeta en el milenio recién finalizado,
¿qué opinión le merece tal hecho?
Es
sorprendente, —dado todo el intento de demonización que
se ha hecho durante tanto tiempo—, pero es en gran
medida justo. Solo un gran pensador universal, es decir,
de un pensar de dimensión universal podía merecer con
justeza ese título. A mi juicio solo Darwin o Einstein
llenan, en realidad, esa dimensión. Pero como Marx tiene
un mensaje de emancipación integral, y se proyecta con
ese gran mensaje en el presente y el futuro, es quien,
entre los tres, llena más cabalmente las posibles
exigencias a ese título.
La
declaración del socialismo del siglo XXI de Hugo Chávez,
el triunfo del Movimiento hacia el socialismo de Evo
Morales en Bolivia, el anterior triunfo de Lula en
Brasil y otros movimientos en la izquierda
Latinoamérica, ¿qué valoración le merecen?
América
Latina vive un momento excepcional de alza del
movimiento popular y de rebeldía. Resulta tan increíble
que apenas puede uno creer que es testigo de tal
privilegio. Y todo esto a tan escaso tiempo del desastre
del socialismo esteeuropeo.
Los
procesos son muy variados y los resultados que van
obteniendo son bien diversos y hasta contradictorios.
Por el momento, si exceptuamos a Cuba, solo Venezuela y
Bolivia se están encaminando hacia cambios
verdaderamente radicales y revolucionarios en
condiciones bien diferentes.
El
proceso boliviano me parece sumamente complicado y
también particularmente esperanzador. Evo no es, como
bien sabemos, el primer presidente indígena en la
historia del continente, pero sí es la primera vez en la
historia del continente que un indígena llega a la
presidencia de la república llevado por un incontenible
movimiento popular de los pueblos originarios; otros
esfuerzos en ese sentido no han logrado todavía cuajar
debido a innumerables causas que no es posible analizar
ahora. Asimismo, los compañeros bolivianos han
conformado un verdadero proyecto nacional de país, algo
que faltó en muchas experiencias de luchas anteriores.
La revolución boliviana se enfrenta a problemas
tremendos y a ciertas insuficiencias. Preocupa en
particular las desavenencias y los choques entre los
campesinos y pueblos indígenas, por una parte, y los
obreros, por otra. Me parece obvio que la salud del
proceso dependerá, en una buena medida, que se logre
fraguar una verdadera y estable alianza
obrera-campesina-pueblos originarios. El éxito del
proceso boliviano tendrá una repercusión enorme en este
continente con tantos pueblos indígenas numerosos y
avasallados.
Respecto al llamado socialismo del siglo XXI, prefiero
referirme al socialismo “en” el siglo XXI antes que
“del”. Esta segunda variante puede dar la idea
de que
habría que lanzar por la borda toda la experiencia y los
logros de los ensayos socialistas anteriores. Se trata,
pienso, de la necesidad, por una parte, de aprender —y
evitar— los graves errores cometidos, y, por otra, de
desarrollar un socialismo en gran medida novedoso que
tenga en cuenta y se adapte a las nuevas condiciones del
mundo de hoy en sus muy variadas dimensiones.
Le he
escuchado a importantes investigadores que el marxismo
ha tenido muchas crisis, ¿cómo ve la actual?
Sin
duda, el marxismo ha pasado desde su surgimiento por
varias crisis. La actual, de la que todavía no hemos
podido salir, es la peor de todas. En época de Marx y
Engels, ya se dieron las primeras crisis, pero el
socialismo no había llegado al poder ni había acumulado
una cadena de errores desde una larga historia de uso
del poder. Cuando la Primera Guerra Mundial y la
traición de la socialdemocracia, la crisis fue tremenda,
pero el triunfo de la Revolución de Octubre abrió un
camino de esperanza, y en otros continentes nuevas
fuerzas se despertaban o levantaban. La crisis actual,
aunque ya muy atenuada, fue planetaria y mostraba el
fracaso de experiencias concretas; además vino el alza
del neoliberalismo y el mundo unipolar. La propia
izquierda fue arrastrada en gran medida a la
desesperanza. Hoy vemos todavía a muchos compañeros
negar el marxismo o ignorarlo. Creo que es un grave
error. Y muestra, entre otras cosas, una incomprensión
de lo que realmente ha ocurrido en el mundo. Hoy no se
puede ser revolucionario si no se es antiimperialista, y
el marxismo y el leninismo es la única concepción que
ofrece una interpretación y comprensión del fenómeno
imperialista contemporáneo: un arma tremenda de lucha. |