Año V
La Habana
21 al 27 de OCTUBRE
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ESTHER MONTES DE OCA
Los hijos que quise tener

Nirma Acosta La Habana


A Esther Montes de Oca la saleta de la casa le trae gratos recuerdos. Cada noche después de cenar, los Saíz se reunían junto al tocadiscos y la Dama —como a Luis le gustaba llamarle—, bailaba con alguno de sus hijos alguna pieza de la época. Para ese entonces, ya pasaban las horas volando mientras leían a Martí, Casal, Ingenieros... Luisito se tomaba muy en serio sus historias amorosas y Sergio, escondido bajo la cama, se apresuraba a leer el último tomo de El Tesoro de la Juventud.

Sueño, con tomar la espada,

Caminar en leguas,

“deifacer entuertos”),

y miro a los cielos

y sigo soñando

En la escalera del Instituto de Segunda Enseñanza de Pinar del Río, Sergio sorprende a una muchacha: “¿Por qué tan triste? Cásate conmigo para que seas feliz”. Ella se echó a reír.

Ninguno de los dos descubrió el lente de la cámara fotográfica que tras lo privado de la escena captó su gracia.

Algún tiempo después la foto llegó a manos de Esther, y por curiosidad buscó a la chica para conocer de las pillerías de su hijo. “Ese muchacho inventaba cada cosas...”, dice Esther sonriendo.

Transcurrían los primeros meses del curso 1954-1955 y el calor de las elecciones estudiantiles fatigaba los pasillos; en diversas paredes aparecían carteles: “Vote por Luis Saíz para presidente”... El nuevo candidato sorprendió a los líderes estudiantiles. No se trataba de un nombre conocido y sus condiciones revolucionarias y personales eran ignoradas por la mayoría.

Sergio, impetuoso como siempre, aprovechaba cualquier oportunidad para escribir el nombre de su hermano en las paredes y dar discursos a su favor. Se apasionó tanto que hasta llegó a reñir duramente con los seguidores del otro candidato, Antonio Roig. A raíz de una de esas peleas, Luisito conversó con los contrincantes. Les dijo que su deseo, al igual que el de ellos, era la libertad de la patria. ¿Lo mejor?: Unirse.

Antonio Roig ganó las elecciones y resultó presidente, pero Luis y Sergio fueron incluidos en la directiva de la Asociación de Alumnos. Poco tiempo después los nombres de ambos andaban de boca en boca, ganándose la admiración de quienes los conocían.

Vinieron meses de intenso trabajo para los Saíz; junto a la vanguardia estudiantil revolucionaria picaron en stencils La historia me absolverá y sacaron a la luz un periódico mimeografiado al que titularon El Obrero.

Pero los trajines de la lucha no pudieron apartarlos de sus lecturas preferidas. Martí continuaba animando sus pensamientos, también Marx y Engels. “En una ocasión —recuerda Emilia Delgado, profesora de Literatura del Instituto— Luis me pidió que le prestara un librito antiimperialista. Le facilité la Agonía antillana, del escritor español Luis de Araquistain. Se lamentaba de la falta de este tipo de literatura en las librerías. Le conté que por poseer el libro de referencia tuve que comparecer ante un tribunal de magistrados. Lo leyó rápidamente y al devolvérmelo comentó: ‘Qué amarga realidad’”.

Después de las acciones del 13 de marzo, el doctor Luis aumentó sus visitas al Instituto; tanto él como Esther estaban enterados de hechos como la masacre de Humbold 7, y apenas dormían. La represión en protesta a los repetidos crímenes del régimen era evidente, y los alumnos del Instituto de Segunda Enseñanza de Pinar del Río acordaron abandonar las aulas. Cuenta la Dama —recurriendo a una memoria prodigiosa— que Sergio se convirtió en la voz de los estudiantes al redactar un manifiesto titulado “Por qué no vamos a clases”, y justo al celebrarse un claustro de profesores, encima de la mesa donde estaban reunidos, dio lectura al documento que provocó la ira de algunos maestros y el aplauso de otros.

“Hay mucho de comercial en el estudiante solo preocupado por la obtención de su título: para él, el instituto o la universidad, serán graciosamente estanques de juegos. Ser estudiante es algo más que eso, es llevar en su frente joven las preocupaciones del presente y el futuro de su país, es sentirse vejado cuando se veja al más humilde de los campesinos o se apalea a un ciudadano. Es sentir muy dentro un latir de patria, es cargar bien pronto con las responsabilidades de un futuro más justo y digno, es guiar al ciego y llevarlo al porvenir. Es dolor por el espectáculo de un pueblo que como quiere pan y circo y solo pan y circo, no mira quién se lo da”. Esa fue su sentencia de muerte. Nos dice Esther: “A partir de ese momento, cada paso de mis hijos estaría fichado por los esbirros”.

Ser: constancia plena,

Tocar en firme

y sentir en verdadero...

 

Luisito avanza hacia la escalera Facultad de Derecho; encuentra varios grupos de jóvenes que conversan animadamente; busca a algún conocido de su pueblo, pero son pocos los pinareños —y mucho menos los sanjuaneros— que pueden venir a La Habana a estudiar en la Universidad. No pasaron muchos días cuando ya se hallaba enrolado en las actividades de la FEU. Se reunía con René Anillo y Pablo Silva. Cuenta Félix Pérez Miliáns' que el 24 de febrero de 1956, cuando José Antonio Echeverría anuncia públicamente la constitución del Directorio, Luis fue de los primeros en incorporarse a sus células.

En un principio iban hasta la Quinta de los Molinos para aprender el manejo de las armas con Joe Westbrook, Fructuoso Rodríguez y Faure Chomón; más tarde realizaron otras actividades en las calles. En una de aquellas, recuerda Félix, uno de los compañeros fue herido y Luis decide llevarlo él mismo al hospital, pero antes le da una pistola que tenía consigo y le advierte que no se la entregue a nadie. Al otro día, Félix va al hospital Calixto García a ver a los compañeros, pero en sus alrededores había muchos policías registrando; entonces salta una cerca y va a pedir ayuda a un médico de rayos X, quien esconde la pistola y se las arregla para hacer como si le estuviera tomando una placa. Los guardias pasaron por el lugar, pero no lo reconocieron.

Cuenta Félix que cuando Luisito se enteró, lo mandó a buscar a su casa... Al entrar al cuarto, accionó una grabadora de cinta en la que escuchó una voz muy solemne haciendo una despedida de duelo... Al final decía: “y aquí yace un imprudente”.

Así era Luis, con un don especial para hacer uso de la ironía, carismático y ocurrente, pero con un alto sentido del respeto hacia los demás. En breve, fue elegido para delegado de la FEU en su curso.

Por esos días, Esther aguardaba en la casa de San Juan y Martínez por las noticias sobre su hijo. Se detiene en aquellos momentos de ansiedad: “...todos los días llamábamos por teléfono y cuando había noticias de manifestaciones, la zozobra era mayor hasta que hablábamos con él. La casa nuestra siempre estuvo vigilada por la guardia del pueblo, ellos sabían muy bien que mis hijos y sus compañeros estaban conspirando, pero nunca se atrevieron a registrarla, era la casa del juez”.

Cuando cierran la Universidad, en noviembre de 1956, la Dama sintió un poco de alivio, pues su hijo regresó al hogar y volvían a estar los cuatro juntos de nuevo. Pensó que el peligro era menos, pero muy pronto Luis estaría involucrado nuevamente en la lucha contra Batista. Se alista en el Movimiento 26 de Julio y junto a su hermano llevan adelante importantes acciones contra la tiranía. Quizás, la más definitoria fue aquella huelga del 9 de agosto de 1957. A partir de ahí, la dirección del Movimiento en la provincia nombra a Luis coordinador municipal y a Sergio responsable de acción.

Fueron meses intensos; trataban de mantener en jaque a las fuerzas represivas. Las reuniones en la casa de los Saíz aumentaron; así mismo, los sabotajes, la preparación de artefactos explosivos, los petardos... Ya nadie los podía parar. Esther se remonta a los tiempos en que la incertidumbre familiar crecía: “Muchas veces trataban de convencernos de la seriedad de los peligros. ¡Convencerme a mí, como si yo no lo supiera; si en realidad ya no vivía! La situación estaba cada vez peor, la policía arreciaba la represión, ya no se respetaba a nadie”.

En cierta ocasión, la madre le pregunta a Sergio si tienen "fósforo vivo” escondido en la casa. Él responde que no, pero una noche descubre en el baño un punto luminoso como si fuera un cocuyo; primero no le da importancia; al poco rato, las llamas llegaban al techo. Cuenta Esther que pasó mucho trabajo para apagar aquello. Entonces, fue al cuarto de los muchachos y le dijo a su hijo: “Niño. tú decías que no tenías el ‘fósforo vivo’. Por poco se quema la casa”; y él le respondió: “¿No querías verlo? Pues ahí lo tienes. Ya se conocen”.

Rota la noche en su grito

Se los fue tragando el suelo;

(...)

fue la luz,

la existencia…

Esther evita hablar de la muerte. El día que asesinaron a sus hijos dejó de sonreír por dentro.

“Antes de ir para la calle Luisito me dice: ‘Mami, no te preocupes, que algún día te sentirás orgullosa de nosotros; hoy es el cumpleaños de Fidel y lo vamos a celebrar con bastante ruido’. Fui tras ellos y vi a la gente salir de sus casas corriendo. Yo también eché a correr; pensé en un fuego o algo así... Entonces escuché que una persona le decía a otra: ¡Pobrecita, no sabe que son sus hijos!”.

Es el 13 de agosto de 1957. En el portal del cine Martha, Sergio está frente a la taquilla cuando el soldado Margarito Díaz llega hasta él queriendo registrarlo a viva fuerza. El joven se negó, y el agente —abusando de su superioridad— lo empujó hasta la acera donde trató de pegarle. Muy cerca Luisito advierte cómo abusan del hermano. Grita que lo deje mientras avanza hacia ellos, pero el guardia le dispara. Luis cae. Desde el suelo, Sergio se abre la camisa y le espeta: “Asesino, has matado a mi hermano, hazlo conmigo también”. Con sangre fría el soldado aprieta el gatillo del arma; disparo mortal que le atravesó los pulmones.

La Dama reposa sus manos en los brazos del sillón; ¿acaso olvidó el llanto? La suerte de haber nacido mujer aviva sus ojos... El rostro del doctor Luis aparece por los marcos de un retrato, y sus hijos —asombrosamente callados— acompañan cada raíz del embeleso que crece en el patio.

“Yo algunas veces, en esos momentos que una tiene... me siento, hago una abstracción y digo: voy a recorrer mi vida. Me casé con el hombre que quise y tuve los hijos que quise tener. Fueron como yo quería que fueran... Tengo motivos para sentirme triste, pero realmente tuve todo para ser feliz”.

Bibliografía

Cuerpos que yacen dormidos. Obras de los Hermanos Saíz. Compilación Luis A. Figueroa Pagés. Casa Editora Abril, 1997.

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