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ANACAONAS
Las circunstancias por todas partes
Josefina Ortega La Habana


Fundadas en febrero de 1932, cuentan que su creación estuvo relacionada con la huelga contra el tirano Machado. En medio de un país paralizado, las futuras integrantes de la orquesta femenina cubana más famosa de todos los tiempos no iban a clases y un poco por aburrimiento y mucho por amor a la música, comenzaron a reunirse para tocar los ritmos de moda.

Concepción Castro Zaldariaga, joven inquieta y atrevida, con dominio de la guitarra, el saxofón y otros instrumentos, tuvo la idea original y con ella  arrastró a sus hermanas Olga, Ada y Ondina para que la acompañaran en aquel sueño. 

Primero surgieron como septeto. Después, se convirtieron en jazz-band, con un amplio repertorio de música tradicional cubana. Para ese entonces se unían también al grupo el resto de las hermanas: Caridad, Alicia, Argimira y Xiomara, más dos amigas, Hortensia Palacio y Graciela Pérez.

Y así nacieron las Anacaonas.

En honor a la verdad, no fueron ellas ni las primeras ni las únicas agrupaciones de mujeres que hicieron música en nuestro país. Según precisa la prestigiosa musicóloga Alicia Valdés, en 1928 Irene Herrera fundó y dirigió la primera orquesta de mujeres en la historia de la música cubana. Se llamó La Charanga de doña Irene, especializada en tocar danzones. Dos años después, nacía la orquesta Edén habanero, que agrupó precisamente a las hijas de Irene, quienes fueron más allá, pues, no solo interpretaron danzones, sino también guarachas, boleros y pasodobles. Ese mismo año —1930—, Guillermina Foyo organizó la orquesta femenina Ensueño. En esa misma década, y en las que le siguieron, aparecieron otras agrupaciones integradas solo por mujeres. Entre ellas sobresalen la orquesta Orbe, dirigida por la violinista y saxofonista Esther Lines, y la orquesta Renovación que tuvo a Carmen Franco como su directora.

Merece recordarse también a la Orquesta de las Hermanas Mesquida, la de Loló Soldevilla y La Camerata Santa Cecilia, esta última de Camagüey; Las Indias del Caribe, Casiguaya, Caracuse y las Trovadoras del Cayo, dirigida por la inolvidable Isolina Carrillo, quien también ejecutaba la trompeta.

Todas estas mujeres, al decir de la musicóloga Alicia Valdés, contribuyeron a dignificar la presencia femenina en la música cubana “aunque en circunstancias más adversas para el despliegue de sus dones”.

Sin embargo lo cierto es que en los famosos “Aires Libres” del Prado, justo frente a donde recién se había construido el no menos famoso Capitolio Nacional, las Anacaonas tuvieron quizá el sitio donde mejor se harían conocidas.

La zona tenía ese encanto de la bohemia habanera de los años treinta: el café Senado; en la esquina de Prado y Teniente Rey;  el bar Capitolio, en la intersección de Dragones; la Barrita de Don Juan, el café de Lorenzo García o los bailes del Centro Gallego.

Las Anacaonas interpretaban entonces, con enorme éxito de público, la música popular criolla de la década, aunque, como confesaran ellas, solo ganaban por actuar allí, en un maratón increíble, ¡un peso!: desde las ocho y media de la noche hasta la una de la madrugada.

Tuvieron que luchar duro. Primero contra las incomprensiones propias de la época —se dice que un profesor del Conservatorio Municipal expulsó de ese recinto a una de las muchachas porque se había atrevido a tocar ese “vulgar tipo de música”—; después se enfrentaron contra otro escollo difícil: la discriminación contra la mujer que trabajaba en la calle. Imagínense como sería el asunto si eran artistas y tocaban en cabarets u otro tipo de centros nocturnos.

Mucho ha llovido desde aquel mes de febrero del 32, cuando se formó la agrupación, y todavía, para asombro de algunos, siguen dando de que hablar en el panorama musical cubano. Por supuesto, no son las mismas, ni la música que interpretan es similar, y las coreografías son como del día a la noche.

El tiempo no pasa por gusto, pero hay una línea de continuidad establecida por otras dos hermanas, Georgia y Dora Aguirre, quienes en la década del 80 del siglo pasado, al graduarse en el conservatorio Amadeo Roldán, fueron invitadas por las fundadoras de las Anacaonas para integrar la agrupación. Entonces — 1987—, tras la desaparición física de algunas integrantes y el retiro por edad de otras, la dirección paso a manos de Georgia, quien ha dicho: “Trabajar con Alicia, a quien relevé en la dirección del grupo, nos dio mucha experiencia. Porque las mujeres somos seres difíciles de conducir, muy sensibles y también caprichosas. Todavía recuerdo los consejos y el aliento que nos dieron algunas de las hermanas fundadoras para mantener la imagen de la mujer dentro de lo mejor y más representativo de la música cubana actual”.

Finalmente una anécdota simpática:

Cuando las Anacaonas tocaban por la radio, al comienzo de su carrera, se hacían acompañar en la trompeta por Félix Chapottín, pero los oyentes nunca se enteraron que era un hombre quien tocaba en esas ocasiones con ellas. Pero amenizar los bailes, en vivo y en directo, era otra cosa. La “salida” fue sencilla: siempre se excusaban diciendo que “la trompetista” estaba enferma; el gran “Chapo”, ni con el mejor disfraz del mundo, podía engañar al más ingenuo.

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